Cinco pa’ las cuatro

—¡Niños a levantarse!  Ya es hora; hay que arreglar la casa y cambiarse rápido que el día se pasa volando.

Era sábado y como todos los sábados durante los últimos tres meses, esa era la melodía de tono medio pero firme, con la que Emma levantaba a sus cuatro hijos, cuando apenas asomaba el sol tras las lejanas montañas azules donde terminaba su mundo.

Ella, ataviada en su viejo vestidito marrón, que alguna vez fuera la bata de maternidad de su quinto hijo el cual murió asfixiado en el parto porque venía enredado en su cordón umbilical y los parteros del puesto de salud no supieron qué hacer, distribuía los oficios a sus hijos para que la casita quedara reluciente.

—Para que su papá cuando regrese se sienta contento y orgulloso de ustedes —les decía para infundir ánimo a los soñolientos niños.

Cuatro meses atrás, empujado por una racha de fracasos financieros que sumieron a la familia en una profunda crisis económica, Juan se vio obligado a viajar hasta la capital a buscar nuevas oportunidades con alguno de sus viejos conocidos.

Tenorio Vásquez, su amigo de infancia y copartidario, que había logrado escalar gracias a su carisma y liderazgo en las más altas esferas políticas de la región, lo recomendó con el Gobernador de la época y Juan fue nombrado en la Oficina de Asuntos Culturales del departamento.

Con el nombramiento en las manos y la felicidad dibujada en su cara, regresó a su natal pueblo y compartió la buena nueva con su amada esposa y sus niños, que realmente no entendían mucho de esas cosas de grandes.

—Es una gran oportunidad —le explicaba Juan a su esposa. —Nos va a permitir salir de tantas obligaciones pendientes, cubrir los gastos de la casa y los niños y lo más importante, podremos ahorrar lo suficiente para comprar la finca que el señor Miguelito me está proponiendo desde hace varios meses y ponerla a producir.

—¿Tú todavía insistes en comprar esa finca? Pero si eso es un cerro enmontado y agreste y ya hemos perdido casi todo en los cultivos en los últimos dos años. La verdad, me da miedo —le replicaba Emma, como queriendo disuadirlo.

—Tú no entiendes Emma, esos puestos duran mientras el Presidente no  cambie de Gobernador; no hay garantía que el reemplazo que se nombre me sostenga en ese cargo, por eso hay que pensar en tener lo nuestro; además, comprar esa finca es una oportunidad que no se ve todos los días, me la venden barata y la puedo pagar a plazos; ya el Señor Miguelito está viejo, cansado y aburrido porque ninguno de sus hijos lo ayuda; todos se fueron a vivir al pueblo y él me dice que mejor la vende porque no quiere morirse solo en el monte ni dejarle problemas a los hijos, que muerto él, se van a matar por la herencia, sobre todo por ese al que llaman El Indio, le salió matón y delincuente.

—Bueno, yo no estoy muy convencida, pero tú sabes lo que haces. ¿Y tenemos que mudarnos a la capital, o tú vas a viajar todos los días? —preguntó Emma tratando de hacer un desvío amistoso al desacuerdo por el asunto de la finca que Juan insistía en comprar.

—Eso nos saldría muy costoso —respondió Juan. —Lo mejor es que ustedes se queden aquí en Fonte Seca y yo viajo todos los sábados de regreso. Hay un bus de transporte que llega aquí, justo a las cuatro de la tarde todos los sábados y regresa a la capital los lunes a las cuatro de la mañana; en la capital me quedaré en el taller de mi compadre Ramón; ya hablé con él y me dijo que no había ningún problema; por el contrario, se alegró porque de noche le sirvo de cuidandero.

—¿Y cuándo comienzas a trabajar?

—Debo reunir algunos documentos y presentarlos para mi posesión, tengo quince días para eso.

Como si lo hubieran llamado, Miguelito a la mañana siguiente estaba tocando la puerta de la casa de Juan.

—Buenos días, mi querido Juan.

—Buenos días, mi estimado señor Miguelito, anoche nada más estaba hablando de usted con mi esposa, pase y siéntese por favor; Emma, mira quien está aquí, el señor Miguelito, lo trajimos con el pensamiento, ¿se toma un tintico? Emma, bríndale un tintico al señor Miguelito; pase, pase —decía Juan con evidente entusiasmo, porque muy dentro tenía la sensación que la noche oscura de sus problemas se estaba acabando y así como se le vinieron encima todos a la vez, ahora la buena suerte le estaba sonriendo.

—Bueno Juan, hace días estaba pendiente de visitarte, quería saber si te interesa el negocio de la finca, yo me estoy pudriendo de soledad en ese monte y quiero venderla ya, yo hago más con la platica, me podría mudar al pueblo y disfrutaría algo de lo mío, a mí no me queda mucho tiempo y ya no tengo las mismas fuerzas para el trabajo del campo; esa finca te queda de lujo a ti, cómpramela; si te interesa hacemos negocio hoy mismo, aquí traje las escrituras y solo es que me digas que sí y te las entrego.

Para Juan no había duda, la fortuna comenzaba a sonreírle, aunque Emma, que escuchaba todo desde la cocina mientras preparaba el café, por el contrario, se llenaba más de incertidumbre con el negocio ese, tal vez por eso la llaman intuición femenina y pone a las mujeres un grado más cerca de ser brujas por lo premonitorio que suele ser, le estaba advirtiendo a su corazón que ese asunto de las tierras, era solo una ocasión para más problemas.

La visita del viejo se extendió por más de dos horas, al cabo de las cuales, quedaron acordados todos los términos del negocio. Juan recibiría materialmente las tierras con autorización para comenzar a explotarlas el día de la entrega del primer abono, el cual se pactó a cuarenta y cinco días después de aceptado el acuerdo; posteriormente, cada mes por seis meses, en cuotas de igual valor, Juan se obligó a pagar hasta alcanzar el setenta por ciento del total del precio convenido y el restante, sería pagado con los frutos de las cosechas que la misma tierra produjera, con la salvedad, que si los resultados de la cosecha no fueran suficientes para cubrir la deuda, se podría ampliar por cinco meses más el plazo y se cancelaría con las resultas de la nueva cosecha.

Los negociantes rebosaban de satisfacción; Miguelito por fin se vendría a vivir al pueblo y el pago por instalamentos que Juan le haría, garantizaba su sostenimiento en el poco tiempo de vida que presentía le quedaba. Juan, por su parte, se sentía el gran negociante. Tenía un trabajo en la Gobernación y acababa de comprar su finquita, un patrimonio para su familia y un medio para asegurar libertad financiera para el resto de sus días, pensaba él.

Acordaron no hacer documento escrito del negocio, se dieron la mano y en un acto más simbólico que formal, el viejo le entregó las escrituras dobladas y ajadas de la finca que traía en el bolsillo de su pantalón, que parecía prestado por lo enorme que le quedaba y que traía amarrado a la cintura con una cabuya. Era la época donde la palabra de un hombre era más segura que una escritura pública.

Para celebrar el negocio, Juan abrió una botella de aguardiente que no terminó de ser consumida en la última fiesta de año nuevo y brindó con el viejito. Ese aguardiente le supo a gloria; tomaron un segundo trago y otro y otro; ya emocionado, Juan encendió su radiola alardeando de su buen gusto musical.

—Vamos a escuchar lo mejor que hay de música en el mundo entero —le dijo a Miguelito, quien tal vez por efecto de los   tragos ingeridos, se le comenzaron a tornar rojas las enormes orejas que colgaban de su cabeza cubierta de un muy fino y escaso cabello emblanquecido.

Miguelito, con evidente dificultad para expresarse porque la lengua se le estaba volviendo un nudo, le preguntó a Juan quién era el que tocaba en ese disco, nunca había oído nada igual y de todos los instrumentos que se entrelazaban en aquel sonido, apenas podía identificar el piano. De la radiola brotaban unas notas melodiosas pero incomprensibles para él, quien toda su vida escuchó solo la música de Francisco El Hombre y del Pollo Vallenato.

—Beethoven —le contestó Juan.

Pasados los cuarenta y cinco días, Juan ya posesionado en su cargo público entregaba el primer pago conforme a lo pactado a Miguelito en la misma finca, que ese día recibía materialmente. Era un día memorable. Casi de inmediato, Juan dispuso lo necesario para adecuar las hectáreas de tierra para sembrar los primeros cultivos y Miguelito recogió sus motetes y se fue a vivir al pueblo.

Durante el siguiente mes, Juan viajaba cada lunes a las cuatro de la mañana a la capital y regresaba todos los sábados en el bus de las cuatro de la tarde. Se bajaba en la Carretera Nacional, que quedaba a dos calles de su casa; traía además de su maletín con ropa sucia, dos cajas, una repleta de frutas, dulces y carnes que no se conseguían en el pueblo y en la otra, las revistas de moda y las cremas para mantener la eterna juventud de su mujer. Los domingos visitaba por las mañanas la finca para supervisar el avance de las labores y al llegar la fecha establecida, puntualmente hacía el pago de la cuota correspondiente. Así sucedió el segundo mes y el tercero.

Las labores de limpieza y aseo que aquel sábado comenzaron bien temprano, se interrumpieron cerca de las ocho de la mañana cuando Emma llamó a sus hijos a la mesa a tomar el desayuno. Uno a uno, se fueron sentando, luego de asear sus manos y en un momento, la conversación era un alborozo completo por la emoción que les producía saber que esa tarde el papá estaría de nuevo con ellos.

No habían terminado el desayuno aún, cuando se sintieron tres golpes fuertes en la puerta principal. Emma se levantó sin mucha prisa, caminó hasta la entrada de la casa, los niños la siguieron, abrió la puerta y saludó a un señor alto, moreno, de mirada fría, que sin responder el saludo, preguntó por Juan:

—No está, él trabaja en la capital- respondió desprevenida al visitante.

—¿Cuándo lo puedo encontrar aquí? —inquirió el hombre.

—Él llega hoy sábado en el bus de las cuatro —le informó.

Sin más palabras, el desconocido se dio vuelta y se marchó. Emma lo vio alejarse con dirección a la Carretera Nacional hasta cuando cruzó la esquina. Cerró la puerta y retomó sus labores de organización y aunque el desconocido visitante no le quitó mucho tiempo, sentía que ya tenía un retraso en sus labores las cuales debía recuperar.

Al doblar la calle, el extraño personaje decidió ingresar a un billar que apenas abría sus puertas. Estaba ubicado a dos casas de la esquina. Pidió una cerveza y una silla que puso en la puerta, desde donde podía mirar con total claridad todo lo que sucedía en la casa de Juan. No entabló conversación con nadie aunque amablemente respondía el saludo de los parroquianos, que poco a poco iban llegando hasta el negocio a consumir en cerveza y juego el dinero ganado durante la semana de trabajo.

Así pasaron las horas, hasta que cerca del medio día alguien lo reconoció.

—Es El Indio —le dijo en voz baja a su compañero de juego, quien conocedor de la reputación que lo precedía, le respondió:

—Entonces alguien se va a morir hoy porque donde ese diablo aparece siempre hay un muerto.

Se santiguaron y con disimulo salieron de aquel antro sin terminar de jugar su partido de billar y dejando a medio tomar las cervezas que libaban.

En el camino de su huida de aquel lugar, a todo el que encontraban le advertían que en el billar de la Reina estaba sentado El Indio. No más de treinta minutos más tarde, casi todo el barrio sabía que ese día habría de suceder una tragedia y seguramente enlutaría a una familia.

El Indio, hijo mayor de Miguelito, desde muy temprana edad había escogido su camino: el de la ilegalidad. En tercero de primaria decidió que eso de caminar varios kilómetros de ida y vuelta para asistir a la escuelita rural, para que una maestra amargada le pegara en las manos con una regla de madera porque no se aprendía las tablas de multiplicar, no era para él.

Por su renuencia al estudio, Miguelito lo sentenció al trabajo duro del campo, pero El Indio tampoco sirvió para el trabajo.

Comenzó a emborracharse y cuando llegó a los trece años, era un completo inservible. Le robaba las gallinas a su padre, luego a los vecinos, después, desesperado por aumentar sus ingresos, comenzó a robar ganado y en uno de esos robos fue sorprendido por el dueño del hato, quien amenazó con denunciarlo a la policía, razón suficiente para que El Indio lo asesinara.

Huyendo de sus actos fue a parar a la ciudad fronteriza de Tierra del Maíz; era el sitio perfecto para él. El contrabando era el motor de la economía en ese lugar y la delincuencia asociada iba en crecimiento. En ese ambiente, rápidamente las habilidades delincuenciales de El Indio se desarrollaron y su fama se tornó casi legendaria.

A los veinte años, ya contaba con más de diez asesinatos, era el jefe de una poderosa banda de asaltantes y tenía azotados a los comerciantes de la región. Nunca, a pesar de su prontuario, lo pudieron apresar y a la hora de definir una pelea, de la única manera que sabía hacerlo, lo hacía a tiro limpio; era temerario; nunca corría, nunca se resguardaba, siempre ofrecía guerra a mitad de calle con gesto diabólico y actitud suicida. Nunca sufrió una herida y siempre sus oponentes resultaron muertos. Rápidamente corrió el rumor que tenía pacto con el diablo, aunque realmente, el diablo mismo le tenía miedo.

Una semana antes de aquel sábado, había regresado a la finca de su papá Miguelito. Con sorpresa, se enteró que el viejo ya no vivía allí y que la finca ahora le pertenecía a Juan Padilla. En su retorcido cerebro de criminal salvaje, su única conclusión fue que Juan le había robado su herencia y eso lo iba a pagar con su vida.

—El sábado lo mato —sentenció.

Al lado de la silla donde vigilaba la esquina de aquella calle, ya se acumulaban cinco botellas de cerveza vacías; en su mano, la sexta escurría gotas de agua sobre su pantalón, cada vez que la llevaba a su boca para embuchar un sorbo que tragaba sin gesticular y sin quitar los ojos de su objetivo.

Así se hicieron las dos de la tarde y el morbo en el barrio crecía descontroladamente ante la certeza del muerto que esa noche velaría alguna familia del sector. Intrigado por conocer la identidad del futuro finado, alguien se arriesgó a cruzar algunas palabras con El Indio, con la esperanza que este le revelara el nombre del desgraciado que ese día pasaría a mejor vida y en efecto, con la misma frialdad de su mirada, anunció el nombre del sentenciado:

—Juan Padilla, hoy se muere Juan Padilla.   

La noticia se regó rápido por todo el barrio. Las rezanderas se apresuraron a elevar plegarias por la futura alma bendita; las endechadoras, que no faltan en los pueblos, sacaron sus vestidos negros, esos que usan solo en el primer día del velorio. Todo estaba preparado para despedir al vecino.

Mientras tanto, Juan estaba de regreso en un viaje que, ese día le pareció eterno y Emma en su casa arreglaba cada detalle para que la morada se viera refulgente cuando su Juan entrara por aquella puerta; ambos ignoraban que una calle antes de su casa, acechaba la muerte con intenciones definitivas de llevárselo.

Finalmente, el bus llegó a Fonte Seca, a las cuatro en punto como cada sábado. Juan se bajó, se dirigió al compartimento de carga y recibió su maletín y las acostumbradas dos cajas. Llamó a un joven que ayudaba a los viajeros y le ofreció un peso para que le cargara una de las cajas por dos cuadras hasta su casa.

Al llegar, después del saludo cálido a Emma y los niños, de abrazarlos, de abrir las cajas de dulces, cremas y frutas, de cambiar su ropa, en el solaz de su hogar que tanto extrañaba, sentado en su mecedora favorita, mientras Emma le brindaba como cada sábado, una copa de vino Cinzano frío, Juan preguntó:

—Emma, ¿tú sabes qué pasó en el billar de la Reina, has oído algo inusual?

—No, ¿por qué?  —le contestó.

—Porque ahora que pasé por la esquina, vi un tumulto de gente en la puerta; alguna pelea de borrachos, seguramente.

—¡Qué raro! Yo no he escuchado nada — asintió Emma.

Una hora después, uno de los vecinos los visitó y les comentó que cinco minutos antes de la llegada del bus que traía a Juan de regreso, a El Indio, que tomaba cerveza en el billar y había anunciado que ese día mataría a Juan a su llegada, uno de los tantos enemigos que había cultivado en su larga vida delincuencial, enterado de su presencia en aquel billar, se acercó y por la espalda le descerrajó tres tiros en su cabeza, provocándole la muerte instantáneamente.

—¡Maldito, ahí está tu pacto con el diablo! —dijo, mientras el cuerpo del Indio se desplomaba bañado en sangre.

Consternado pero agradecido, Juan abrazó a su familia que se enteraba que ese pudo ser su último día de vida y convencido que un designio divino lo guardó de tan grande mal, como queriendo levantar el ánimo apocado de su prole, con voz trémula y sentida recitó un verso que de niño alguien le había enseñado:

—“Dios es mi escudo y mi salvación”.

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11 comentarios en “Cinco pa’ las cuatro”

  1. Sixta Garcia de Cohen.

    Excelente relato…una vez más la vida nos da argumentos para nuestro libro, que bien que ud. tenga la formación y calidad para escribir el suyo y de su familia. Felicitaciones!

  2. Joel Peñuela Quintero

    Gracias, escritor, por compartir recuerdos como este, que de seguro, son escritos con el alma misma. Gracias a Dios por su protección permanente sobre sus hijos.

  3. Lilia Vergara Hermida

    Así es mi dilecto amigo, DIOS es nuestro escudo, nuestro defensor y fortaleza. Nos defiende, nos cuida y pelea a nuestro favor.

    Leí y dibuje en mi mente historias de mi tierra. Gracias por compartir

  4. Patricia Oropeza

    La frase “los tiempos de Dios son perfectos”, aplicada en una deliciosa narrativa.
    Saludos Jorge.
    Bendiciones infinitas 🙏🏻

  5. Juan Manuel Gómez Cotes

    Excelente relato, había tenido la oportunidad de leerlo en el libro “Los Parodi”. Que bueno volver a viajar a Fonte seca.

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