Crisis y decisiones

La juventud no es más que una bella canción que todo el mundo canta; que tiene un tiempo, una vida y su emoción, como todo, se acaba”. Armando Manzanero.

Siempre que se piensa en la juventud, la memoria es asaltada por las imágenes de una época que se estima como la más feliz, relajada y vital. Casi todo el mundo coincide que es, quizá, la etapa más fantástica de la existencia y recordarla arranca evocaciones, suspiros y añoranzas; rara vez se reflexiona acerca de los desafíos que demanda ese período tan exigente de la vida.

Andaba yo en el trasiego de mis primeros años de juventud y recuerdo, con un poco de angustia todavía, la encrucijada que enfrentaba por entonces: no pude ingresar a la universidad inmediatamente terminé mi escuela secundaria, fracasé estruendosamente en mi intento de estudiar una carrera técnica de sistemas y a los diecinueve años todavía vivía en casa de papá y mamá, además dependía económicamente de ellos.

Era un joven como cualquiera, corría, bailaba, cantaba y gozaba del aprecio de mis amigos, pero por las noches era imposible no inquietarme pensando en el futuro que se asomaba inexorable; era una sensación inexplicable, contradictoria: por una parte sentía que la vida transcurría lenta, no pasaba nada, pero por otro lado me embargaba la sensación de que el tiempo corría demasiado rápido, como si me estuviera envejeciendo sin hacer nada importante. Algunos de mis compañeros de colegio ya eran operarios en la mina de carbón que se explotaba en el departamento, otros, asistían a la universidad y yo estaba parqueado en mi casa viendo pasar los días.

La incertidumbre enceguecía mi visión de lo por venir y la insatisfacción hizo su aparición funesta, atravesaba la primera gran crisis existencial de la juventud.

Empujado por la urgencia de hacer algo con mi vida, se me ocurrió que lo mejor era ingresar a trabajar a la mina de carbón que estaba en plena expansión, pagaba salarios superiores a los que un profesional promedio ganaba en nuestra región y vinculaba a jóvenes bachilleres. Estaba decidido: sería minero.

Determinado, durante una reunión familiar comenté mis planes inmediatos. Hubo silencio, mis padres cruzaron miradas y sin decir palabra, mi mamá se levantó y nos dejó solos. Lo que a continuación dijo mi papá me transportó a dos eventos que unos años atrás sucedieron y de los cuales la verdadera enseñanza conocería ese día en la sala de mi casa.

El primero sucedió a principios de mil novecientos ochenta y uno, la dirección del colegio pudo ese año adquirir los instrumentos para la primera banda de guerra del plantel y la primera en todo el pueblo. Nuestro profesor de educación física fue el encargado de seleccionar a los integrantes y de entrenarlos con la asistencia de los músicos de la base militar acantonada en nuestro municipio.

Desde luego, yo fui de los primeros en acudir a la convocatoria; tres veces por semana asistía a los ensayos sin falta. Escogí el redoblante, su sonido marcial y determinado iba conmigo; en casa apenas comenté el asunto sin muchos detalles.

Pasado algún tiempo, la banda quedó conformada y para mi alegría fui seleccionado.

El día de la independencia, encabezaríamos el desfile que cada año se hacía en honor a nuestra fiesta patria. El detalle era que cada integrante tenía que pagar por el uniforme; supuse que no habría problema con ello y le informé a mi papá del costo que se debía cubrir.

Su respuesta fue un no rotundo, sin lugar a apelación. Con vergüenza informé al director y como en la vida nadie es indispensable, me reemplazó en el acto; así que no asistí al desfile de ese año y toda mi participación se limitó a la de un espectador más.

La casa paterna está ubicada en la esquina de la calle que desemboca en la plaza principal del pueblo, en donde está la iglesia y van a parar, hasta el día de hoy, todos los desfiles y procesiones que se celebran; de manera, que era cuestión de minutos para que todo mi colegio, con la banda marcial a la cabeza, pasara por el frente de mi casa para ahondar mi tristeza.

Desde tempranas horas arrancó el desfile, el sonido que iba y venía en el viento me atormentó toda la mañana y el dolor crecía a medida que se hacía más diáfano, hasta que por fin, el momento indeseado llegó y el desfile inundó radiante la calle; el profesor que fungía como director caminaba al frente vigilante y orgulloso, las bastoneras lucían graciosas y llamativas, la banda toda estaba impecable enfundada en su uniforme blanco con charreteras rojas; aparte de alguna trompeta desafinada, comprensible en un conjunto recién iniciado, sonaban coordinados, armónicos y yo poseído por la envidia, por la ventana los veía acercarse.

Mi papá estaba detrás de mí, yo me moría por reclamarle la injusticia que había cometido conmigo, pero para evitar problemas, preferí quedar callado pensando que tal vez en el fondo se lamentaba por no ver a su hijo marchando al compás encabezando el río de gente que celebraba una fecha tan importante, y cuando el cortejo iba pasando justo por el frente de la casa, uno de los músicos cayó desmayado bajo los inclementes rayos fulgurantes que a esa hora despedía el sol canicular. Mi papá me puso la mano en el hombro, no tuvo necesidad de decir nada más.

El segundo evento sucedió promediando el mismo año; en el departamento de La Guajira se respiraba un ambiente esperanzador, recién, la segunda mina más grande de carbón a cielo abierto del mundo, había comenzado sus operaciones en las entrañas de sus desiertos.

El estigma de ser una región rezagada y tirada al abandono por el gobierno central y los estragos que dejó la violencia que generó el tráfico de droga, parecía que quedarían en el pasado, la mina prometía riquezas y bienestar. 

En el colegio, nuestros profesores consideraron conveniente organizar una visita al complejo carbonífero, con el fin de apreciar de cerca la envergadura de las obras que traerían el progreso a nuestros pueblos y por supuesto, in situ, impartirnos una clase magistral sobre el precioso mineral; asistiríamos los de los grados cuarto y quinto, que corresponden hoy a noveno y décimo.

La rectoría del colegio tramitó los permisos pertinentes ante las oficinas administrativas de la mina, a los padres de familia solicitó autorización para la asistencia de los alumnos, el aporte de una módica suma de dinero para sufragar los costos del paseo y contrató el transporte necesario.

Le excursión era prometedora; la empresa a cargo de la explotación, una multinacional descomunal, aceptó gustosa la visita de los estudiantes y se preparó con generosidad para recibirnos. Todos estábamos emocionados, alumnos y profesores por igual. Una semana antes del viaje, cada familia debía enviar al colegio el valor de la cuota fijada. Mi papá no lo hizo.

Fui el único de mi curso que no asistió, otra vergüenza, qué injusticia; estuve rabioso, triste y desconcertado. En principio mi papá simplemente dijo que no tenía el dinero, pero a medida que mi molestia y la inconformidad cedió, trató de explicarme que a él esos paseos no le gustaban, porque casi siempre se presentaba algún inconveniente y algunas veces, desembocaban en tragedia. Sus razones me parecieron dramáticas y exageradas, pero igual mi opinión no importaba, a esa excursión no iba a ir y punto.

En la tarde del día del paseo, la noticia se esparció alarmante por todo el pueblo. En el recorrido de regreso, uno de los camiones que transportaba a los estudiantes sufrió un desafortunado accidente; ese día perdí a algunos amigos y otros quedaron mal heridos; el dolor y el luto visitaron nuestra pequeña comarca. En casa nunca hablamos del asunto, tal vez por respeto al dolor ajeno, pero me quedó claro que las razones paternas tenían su asidero.

“Usted no va a trabajar en esa mina, va a ser un profesional, así yo me muera al día siguiente que usted termine sus estudios”, sentenció enfático. Era la tercera vez que el viejo se atravesaba en mis planes.

El desenlace de las dos ocasiones anteriores dejaron un indicio de que el viejo era vidente o sabio; bueno, tenía la certeza de que no era brujo el señor, de manera que comencé a valorar sus consejos, así muchas veces no estuviera de acuerdo con él.

Comprendí en toda su dimensión, creo, la importancia de la obediencia, cobró realidad el apotegma aquel que reza: “el que obedece no se equivoca”, aunque más allá del beneficio de obedecer, la verdadera enseñanza y valor que pude apreciar en las decisiones incómodas de mi papá, era que siempre buscaban guiarme por el camino más correcto de la vida, tenía la autoridad de la experiencia y la esperanza del corazón bondadoso que mueve a un buen padre.

La conversación aquella tarde no terminó con una escena tensa, como las veces anteriores que frustró implacable mis intenciones. En realidad, la determinación de mi papá fue como la luz de un faro que se encendió para iluminar el sendero próximo hacia mi destino.

Sería un profesional, no tenía idea cómo lo iba a lograr; desde ese momento ya ni siquiera era tanto mi deseo, se lo debía a mi papá y me propuse hacer lo que fuera necesario para que viera a su hijo convertido en un doctor. El esfuerzo fue inmenso, pero después de varios años, lo logré.

Sobre su escritorio donde todos los días se sienta a escribir, pende mi diploma de abogado, pienso que es más logro de él y de mi mamá que mío.

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14 comentarios en “Crisis y decisiones”

  1. Sixta Garcia de Cohen.

    Si como madre me identifico con sus padres…En algunas ocasiones mi segunda hija y mi primera nieta me han dicho “bruja”, por que con mucha antelación he vaticinado hechos que marcaron sus vidas…

    1. Eso, mi estimada Sixta, es ni más ni menos que la sabiduría que da la experiencia y el amor infinito que presagia los caminos de la desdicha y las rutas de la felicidad; lamentablemente, los hijos, casi nunca, vemos a través de los ojos de los papás. Gracias por comentar.

  2. Patricia Oropeza

    Claro cuando eres el hijo, no comprendes de dónde sacan los padres sus comentarios, sus negativas o regaños, parecen sermones irreales y castrantes. Pero cuando ya pasaste al rol de padre-madre y te toca guiar a los hijos, puedes ver con gran claridad a dónde los llevan sus decisiones inexpertas y surge la necesidad de evitarles descalabros innecesarios.
    Muy hermoso homenaje a tus padres Jorge. Cada martes siento que los conozco más.
    Un abrazo 🌻

    1. Y la gran realidad es que cada admonición, reprimenda o instrucción de los padres, lo único que busca es el bienestar de los hijos, pero como dices, es algo que solo llegamos a comprender cuando la vida nos da el privilegio de estar en la posición de papás. Así es la vida… o así somos. Gracias por tu opinión, apreciada Paty.

  3. M. Yedenira Cid Z.

    Felicitaciones, escritor… Cada lectura que me hace favor de compartir y que me plazco de leer, me cercioro que usted es un excelente hijo. Yo sigo siendo una irreverente, no me gusta que me impongan, ni reglas ni deberes, ni nada que suene a: ‘tienes que hacer, si no…’ Me he dado cuenta que las reglas de mi vida me las he impuesto yo misma por convicción. He procurado guiarme por principios éticos de conducta, ya sabe, para lograr la ‘sana convivencia’ y armonía con todos aquellos de los que me hago rodear.
    Saludos hasta su bella patria desde mi México lindo.

    1. Gracias mil, querida Yedenira. Muy complacido de que mis escritos produzcan disfrute y esparcimiento, valoro mucho tu opinión. Estoy convencido que apreciar los principios de ética en cada acto de la vida, es el mejor tutor de la conducta humana y ello para nada riñe, con la independencia de criterio y de voluntad. No requiere la imposición de reglas, quien se conduce a la sombra del sentido común y de la justicia y aún así, el derecho a la irreverencia se alza inviolable. Gracias por tus comentarios, siempre.

  4. Nidia Cavadía

    Con cada escrito que compartes, además de tu excelsa narración me dejas una enseñanza valorable para mi vida. Gracias por compartir. Jorge.

    1. Sus amables comentarios, estimada profesora Nidia, logran siempre el benévolo efecto de compensar, sobre manera, las horas frente a la pantalla y de traer estímulo al alma: el combustible perfecto para un escritor. Sabe subir usted, el nivel de compromiso indeclinable con esta noble tarea de llenar al mundo de poesía y de virtud. Gracias a usted, por tomar de su tiempo para leerme y opinar, gracias.

  5. Sandra Cohen Garcia

    Muy bonito tu escrito Jorge. Muchas veces nuestros padres predicen nuestro futuro y sin duda alguna muchas veces aciertan, sin embargo debemos vivir nuestras propias experiencias. Caernos y levantarnos…. Eso nos hace personas más fuertes. Finalmente buscamos nuestra propia felicidad.

  6. Tatiana hernande

    Pienso.. Que nosotros fuimos jóvenes.. Nos equivocamos.. Nos desilusionamos.. Acertamos.. Etc etc.. Para eso es la vida.. Para aprender.. Vinimos a este mundo a dos cosas.. Amar incondicionalmente.. Y a aprender… Eso es lo que debemos enseñarles a nuestros hijos… Ningún padre por muy experimentado que sea.. Tiene un manual…

    1. Sí, no hay manual para la vida, aunque sí principios que, tenidos en cuenta, sirven de dirección y soporte. Gracias a Dios, siempre habrá oportunidades cada día para comenzar y, como dices, aprender. Gracias por comentar.

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