Dame ese monte

Desde que tengo uso de razón, he deseado dedicar todo mi tiempo a escribir, conservo una gran fascinación por la escritura y una profunda admiración por esos hombres y mujeres que tienen la capacidad de dibujar con letras universos, leyendas y emociones.

Es fantástico poder visitar otros mundos, conocer diferentes culturas, y vivir experiencias alucinantes, en las páginas de los libros.  

La literatura entretiene, educa, forja pensamiento crítico, trasciende el tiempo y el espacio e inmortaliza ideas. No ha existido ni existirá un vehículo más eficaz para construir sociedad que la literatura.

Nadie puede negar el incalculable valor de la palabra escrita.

A pesar de ello, la escritura fue, gran parte de mi vida, el amor esquivo. Entre compromisos laborales y los afanes de la vida, escribir quedó relegado al final de la lista de mis prioridades, era la tarea pendiente por hacer, el compromiso siempre postergado; así, la gran pasión de mi vida se convirtió en una actividad de fines de semana, cuando quedaba algo de tiempo.

Cada fin de año, entre mis propósitos para el siguiente, la escritura encabezaba la lista, pero nunca pasó de ser una simple intención y escribir quedaba para cuando estuvieran dadas mejores condiciones, decía siempre que mi mujer me cuestionaba por procrastinar cínico.

A finales del año dos mil diecinueve, hice la solemne promesa que el siguiente, terminaría y publicaría al menos uno de los libros que tenía iniciados y que escribía a cuentagotas.

El dos mil veinte llegó acompañado de una dolorosa sorpresa y el mortal virus acechante y furioso, confinó al mundo entero con miedo.

El encierro pudo haber sido una buena oportunidad para escribir, en lugar de ello, afanado como la mayoría, me dediqué a tratar de sacar adelante mis negocios. Guardé con prudencia cada medida de protección que se prescribió desde las entidades de salud y como a La Guajira todo llega tarde, si alguna vez llega, se me dio por pensar que por estas tierras el virus tal vez nuca se aparecería; más equivocado no pude estar.

A nueve meses del inicio de la pandemia me infecté por primera vez. Los síntomas fueron leves con excepción de un fuerte dolor en la región abdominal en donde se centró el ataque; la recuperación fue rápida y continué con mis asuntos. El año siguiente a comienzos el mes de abril, el virus regresó con furia.

El deterioro de mi salud fue acelerado. Recibí asistencia profesional en casa, hasta que simplemente no pude más.

La saturación de oxígeno en la sangre bajó a sesenta y dos por ciento; el dolor en los pulmones, cada vez que desesperado buscaba un poco de aire era insoportable y estaba débil, tanto que no podía dar un paso por mí mismo; el traslado a un hospital se hizo imperioso. Tenía miedo, sabía que el porcentaje de recuperación en mi estado era bajo y las posibilidades de regresar convertido en cenizas altas.

La noche que salí de mi casa hacia el hospital, ha sido la más fea de mi vida. Llovía a cántaros, el fluido eléctrico estaba interrumpido en todo el pueblo y en la puerta de entrada, mi mujer y mis hijas, que estaban infectadas también, lloraban desconsoladas aferradas a mí. No sé de dónde saqué fuerzas para no desmoronarme.

En la urgencia del hospital, se ordenó mi traslado inmediato a un centro de mayor complejidad, fue mi primer viaje —espero que el último— en ambulancia, una experiencia nada agradable.

Tal vez eran las ocho de la noche cuando fui ingresado al Hospital San Rafael de San Juan del Cesar. Estaba atiborrado de personas, igual que yo, con el semblante horrorizado casi impedidas para respirar.

Me condujeron a una sala de espera donde permanecí toda la noche en agonía sobre una silla incómoda, no había camas disponibles; a pocos minutos un paciente a mi lado colapsó; los médicos atendieron la emergencia con prontitud, aun así, el señor murió; el impacto fue terrible, no hay palabras para describir ese momento de lucha frenética entre la vida y la muerte; el ronquido agónico de aquel hombre aún me produce pesadillas.

Veinticuatro horas después, en la unidad de cuidados intermedios, falleció otro paciente, la cama aun estaba caliente cuando me fue asignada; allí permanecería varios días conectado a máquinas de oxígeno, cables y monitoreado minuto a minuto por un equipo de profesionales, encabezados por el doctor Deimer Marín, a quienes nunca podré agradecer lo suficiente.

La vida se detuvo en esos días de dolor, miedo e incertidumbre. Me atormentaba pensar en la posibilidad de no volver a ver a mi familia, de que tantos sueños quedaran truncados. Me dolía el alma más que el cuerpo.

Por las noches la tensión se desbordaba; infaltable casi a la misma hora, la muerte hacía su presencia indeseable después de un barullo angustioso; era tan espantoso como cierto: En las primeras horas de la noche la sala de cuidados intermedios era gobernada por un silencio sepulcral, cerca de las diez, comenzaba una agitación que aumentaba a cada minuto; las enfermeras corrían, los médicos gritaban y de repente algún paciente se ahogaba.

Poder abrir los ojos a un nuevo día era una razón para agradecer y llenarme de esperanzas, a pesar de que el tratamiento por momentos parecía no avanzar.

La vida se impuso y después de siete días de fiera batalla, los médicos me dieron de alta; podría continuar mi recuperación en casa; estaba cansado y frágil pero feliz. La primera parte del drama estaba superada, quedaba un largo y tortuoso camino por delante.

Los siguientes meses, habría de encarar las secuelas que el paso del virus dejó.

A la debilidad y la dificultad para respirar, se sumaron algunos problemas neurológicos, afecciones en hígado y tiroides. Perdí el cabello y dos meses después de haber salido de hospitalización un cuadro severo de insomnio me tuvo cerca al colapso nervioso.

Lo más difícil de todo fue luchar cara a cara con el demonio de la depresión, aún me cuesta reconocerlo; un día sin explicación alguna, se borró la sonrisa, se presentó el pesimismo y me faltó voluntad hasta para caminar; pasaba horas enteras sentado mirando lejos y a veces la ansiedad me sacudía hasta el desespero y la irritación.

El dictamen de los especialistas indicaba que no sería posible continuar con el estilo de vida previo al contagio. La indicación fue simple: Incapacidad por seis meses prorrogables por un periodo igual y en lo posible un cambio completo de mis actividades laborales: “busque una actividad menos agitada” dijo el especialista “escriba, por ejemplo…olvídese de lo demás si quiere recuperarse, su vida no va a ser igual”, sentenció.

Decidí salir adelante, estaba vivo, eso ya era bastante; a pesar de que la lucha era titánica, hice el mejor esfuerzo físico y emocional para superar esa nueva prueba; no fue nada fácil, me asaltaba el temor por el futuro; comenzar de nuevo a mi edad, cambiar de trabajo, asumir un estilo de vida más tranquilo, eran pensamientos que me sobrecogían día y noche.

Escribir… el doctor sin saber mi inclinación por la escritura lo dijo, ¿sería premonitorio?, ¿me estaría dando algún mensaje el universo por medio del galeno? No sabía qué pensar, lo cierto es que según su diagnóstico era la tarea permitida.

Esperaba algún día dedicarme a escribir, pero cuando estuviera, no sé, jubilado quizá, por ahora mis negocios ocupaban toda mi atención, quería hacerlo por afición, no como actividad principal y menos como medio de vida. Comenzar una carrera como escritor a estas alturas de mi vida, me parecía una montaña imposible de conquistar.

Una tarde, sentado en el patio de mi casa vino a mí el recuerdo de una historia que leí siendo muy joven. El protagonista se llamaba Caleb, un guerrero que luchó muchos años en las batallas que su pueblo libró para conquistar los territorios en donde establecerían su nación.

Cuando la gesta conquistadora principió, Caleb era un hombre de cuarenta años; en los albores de la misión pidió a su comandante que, a él y a su parentela, le concediese la posesión de una montaña que lo deslumbró desde el día que la vio por primera vez: El Monte Hebrón.

A contrapelo, se comprometió a luchar para que el resto de su gente se posesionara primero en los vastos valles fértiles que rodeaban la montaña. Su comandante accedió y Caleb cumplió a cabalidad su palabra. Fueron cuarenta y cinco años de guerra, al cabo de los cuales, Caleb reclamó su trofeo.

En el interregno de las batallas, el comandante murió, lo sucedió uno que fue testigo del acuerdo sobre el monte Hebrón. A este se dirigió Caleb; el siguiente, más o menos, fue el diálogo:

─Josué, yo cumplí mi promesa, he caminado con integridad y honré mi palabra; Dios me ha hecho vivir estos cuarenta y cinco años; y ahora, he aquí, hoy soy de edad de ochenta y cinco años.

>> Todavía estoy tan fuerte como hace cuarenta años; cual era mi fuerza entonces, tal es mi fuerza ahora para la guerra.

>> Dame este monte; allí está agrupado el enemigo y tiene fortificaciones y grandes ciudades, quizá Dios estará conmigo, y los echaré.

Las incidencias de las batallas para la conquista de la montaña no están descritas con detalle; asumo que los combates fueron feroces, en todo caso hasta el día de hoy esa montaña ha sido la habitación de la decendencia de Caleb.

El desasosiego y mis temores se diluyeron, en su lugar una nueva idea, más positiva y reconfortante, comenzó a gobernar mi pensamiento: “yo puedo, nada impide que lo haga”. Consideré que tal vez, en medio de tanta adversidad, estaba frente a la oportunidad que nunca me quise dar, bueno, en realidad no es que tuviera muchas opciones.

La inercia, la desocupación y yo nunca hemos sido amigos; así que escribir era la posibilidad de mantenerme activo en medio de las incapacidades, entonces, ¿por qué no llevar la escritura a un nivel más alto que simplemente una afición? ¿por qué no hacer de la literatura mi actividad principal y la labor de esta nueva etapa de mi vida?

Seguro sería una empresa descomunal; para nadie es un secreto que, en nuestra Latinoamérica, ser escritor es una tarea nada fácil. El apoyo a la cultura es exiguo, las oportunidades pocas y, tal vez lo más vergonzante, es que el promedio de lectura por persona es el más bajo del mundo.

Con todo, después de considerar todas las aristas posibles, decidimos (mi mujer y mi familia fueron decisivos) que la literatura, sería la ocupación del resto de mi existencia en esta parte del universo.

No era un nuevo comienzo en realidad; he escrito por años, incluso ya había publicado algo. Mi montaña, la cima a conquistar era hacer de la escritura mi nueva profesión y el primer reto enfrente, transitar el largo recorrido para que mis escritos se llegaran a conocer.

Así, nació este blog; una herramienta para presentar mis letras y mantener una disciplina de trabajo. Cada uno de los relatos, veinte desde que lanzamos el blog, los he escrito durante mi proceso de recuperación, salvo los cuentos literarios que fueron publicados en el libro Los Parodi, cuatro generaciones escribiendo.

Escribir durante este tiempo ha sido demandante, ha exigido sobreponerme al cansancio, al estrés y a la confusión mental de momentos. He dividido mi tiempo en jornadas de estudio, planificación y trabajo frente al computador. Ha habido días en los que he deseado dejar todo a un lado, pero esos malos momentos pasan rápido.

El azote de la pandemia ha traído tristeza y luto al mundo, he perdido grandes amigos y familiares. He visto de cerca el horror de familias que padecen bajo el látigo inclemente del letal virus, pero en mi caso, hoy agradezco, y nunca pensé decir esto, haber padecido esa enfermedad terrible; a través de ese valle de dolor he sido direccionado al camino de mi destino; creo que de otra manera nunca hubiese decidido dedicarme a la escritura.

La primera resistencia la he logrado vencer. He desarrollado una disciplina de trabajo escritural aceptable, mis escritos son leídos en más de cuarenta países y recibo en los comentarios de mis lectores un estímulo incalculable para seguir adelante. En breve saldrá al público mi primera publicación en solitario, en la sala de espera se encuentran tres obras más, y la producción continúa.

Aprendí que la fuerza que se necesita cada día para luchar no está en los brazos, sino en el alma; la inteligencia para labrar el destino no reside en la mente, su habitáculo es el corazón.

Por fin en mi vida se han conciliado mis pasiones con mis actos; eso es una magnífica cuota inicial para la felicidad; ya no ando por la vida ocupado en una cosa y con el anhelo de hacer otra.

He venido retomando algunas de mis otras actividades, con un enfoque diferente, más sosegado y la consciencia que debo abocar todo con mesura; las fuerzas y el cabello han regresado —no tanto como quisiera— y hoy escribir es el centro de todo, mi trabajo, lo que deseo y haré hasta el último día de la vida, todo lo demás le está subordinado. Por fin puedo decir sin miedo al sonrojo: Soy escritor.

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6 comentarios en “Dame ese monte”

  1. Juan Manuel Gómez Cotes

    La escritora creativa es algo reciente para mi, de hecho profundicé mucho en ella durante la pandemia aprovechando el enorme tiempo disponible que tenía, y la verdad es que conociendo esta experiencia que relatas me motiva más para seguir haciéndolo, muchas gracias por compartirla, eres un guerrero y te expreso mi admiración, estoy pendiente de cada publicación que haces porque siempre hay expectativa por la historia que uno va a descubrir, reitero mis agradecimientos.

  2. José Antonio Ayala

    Que hermoso relato de tu vida, y como Dios te mostró el camino a seguir, que bueno que todavía halla escritores en mi Colombia y que uno de ellos sea mi amigo y hermano
    Dios te bendiga, un abrazo

  3. Sixta Garcia de Cohen.

    Cuantas personas que hubiesen podido contar su experiencia en esta pandemia se fueron; esta historia merece ser tomada como insignia de estos últimos tiempos…Una vez más se lució, felicitaciones!

  4. Patricia Oropeza

    El alma siempre encuentra salida a su expresión, pero nuestra mente bloquea esas sutiles señales, terminamos necesitando una fuerte sacudida para escucharnos y poner en práctica lo que nos hace felices y plenos.
    ¡Felicidades por sobrevivir a esa dura batalla!

    Saludos desde México 🌻🌞

    Un abrazo ✨

  5. M. Yedenira Cid Z.

    ¡Qué lindo escrito, lleno de fuerza, ánimo y confianza!
    Esas palabras son motivantes.
    Claudicar debiera estar prohibido cuando se trata de nuestros sueños.
    Saludos desde México, escritor.

  6. Que gran testimonio que sirve de motivación y estímulo a todos los que se sientan Desanimados, derrotados! Se ha convertido en testimonio del poder de Dios y el deseo de aceptación de los cambios que dan frutos y estímulo para otras cosas. Se ha convertido en un guerrero, en un líder!

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