Detrás de bambalinas

Tengo una fuerte afición —casi adictiva— por el cine. No me considero un cinéfilo en el sentido estricto y culto de la palabra, soy más bien un glotón ordinario, hoy en día moderado, dispuesto a consumir cualquier cosa que me entretenga y haga sentir que gastar mi tiempo, absorto frente a una pantalla, vale la pena. 

No tengo un género predilecto, tampoco soy admirador de algún actor o actriz en particular; con que haya acción, intriga, sangre —mucha sangre— y finales inesperados e infelices, me doy por bien servido. Mi dosis personal es una película al día, sin falta; en eso soy religioso, fundamentalista, jamás voy a la cama sin ver una película.

Hace muchos años, me alejé desengañado del séptimo arte; me costó aceptar que la mayoría de escenas que a mí me crispaban los nervios o me emocionaban hasta casi el infarto, eran producidas en un computador, efectos especiales que le llaman; fue duro enterarme que Superman no volaba y que Yellowstone no se hundió en 2012.

Asimilado el golpe y subyugado por mi dependencia regresé a la butaca, consciente de la farsa pero dispuesto a arrastrar mi dignidad con tal de continuar con el disfrute impúdico de una relación artificiosa, basada en fantasías y mentiras.

Por supuesto nada volvió a ser igual; justifiqué el engaño, como todo engañado, aun así fue imposible alcanzar la misma satisfacción que experimentaba antes de estrellarme de frente con la cruda realidad.  Por mucho tiempo estuve considerando terminar mi relación con el cine, se había vuelto tóxica y trataba de invertir mi tiempo de mejor manera, sin embargo recaía una y otra vez.

En alguna ocasión veía una película de Jackie Chang, era divertida como la mayoría de sus filmes: mucha comedia, acrobacias y algunas payasadas, lo usual; bueno, en realidad estaba aburridora, así que solo dejé que el tiempo pasara, no me interesó la trama ni nada, estaba “quemando” el tiempo.

Cuando la película acabó, comenzaron a aparecer algunas escenas detrás de cámaras, situaciones reales de toda índole que afrontaron personajes y productores en la realización: equivocaciones en los parlamentos, movimientos descoordinados y una que otra escena salida de control; supe que en ese rodaje en particular, Chang se había fracturado un tobillo.

Esa realidad, lo que sucedió detrás de bambalinas, me pareció más divertido que la película misma; sí, lo sé, eso suena morboso y desconsiderado, me disculpo por eso, el caso es que al ver esas escenas pude tener una percepción más clara sobre la grandeza de las producciones de Hollywood, desde entonces mi aprecio por el séptimo arte cobró una nueva dimensión.

Casi nadie se detiene a pensar en todo lo que hay detrás de una producción cinematográfica. Es un mundo sorprendente. El trabajo es excesivo y vincula profesionales de toda clase y de la más alta calidad, eso sin contar los costos económicos que supone hacer una producción.

Hay guionistas, productores, profesionales de iluminación y sonido, actores, extras, dobles y muchas horas de trabajo, sudor y lágrimas, todo para que el resto de mortales tengamos dos horas de diversión y esparcimiento.

Cada escena es preparada con cuidado, muchas veces repetidas hasta el cansancio y el trabajo de efectos especiales, es alucinante. Comprender esto me ha enseñado a ver con respeto y admiración cualquier tipo de producción audiovisual.    

En el proceso creativo de los escritores, sucede algo parecido, no en las mismas proporciones por supuesto, pero igual de dramático. En ocasiones me encuentro con personas que piensan, así me han dicho, que escribir es un asunto de juntar letras nada más, o que cualquiera puede ser escritor. Al escucharlos he podido entender por qué el nivel cultural de Latinoamérica deja tanto que desear.

Nadie se imagina, todo lo que hay detrás de un texto ni las angustias que existen debajo de una producción literaria. Yo, guardando las distancias y con todo el respeto del mundo, las comparo con el proceso de la vida; para ilustrar el tema, compartiré algunas de mis experiencias personales como escritor.

Ya en alguna publicación anterior, dejé sentado que el solo hecho de saber escribir no hace al escritor, como no se es médico por saber curar una herida o prescribir una aspirina para el dolor de cabeza. La del escritor es una vida particular, compleja, en parte porque casi ningún escritor goza de las condiciones ideales para escribir.

Ese es el primer escollo a salvar, sobreponerse a las circunstancias que generalmente se oponen a la tarea escritural. Recolectar datos, historias, experiencias que para la mayoría son desapercibidas, después madurarlas y procesarlas, es la siguiente estación. Los ojos de un escritor son diferentes, su forma de ver la vida, de percibir el mundo, es particular, rara quizá.

Escribir comienza con una idea seductora, insinuante, una llama pequeña, a veces insignificante, que aparece con la pretensión de alumbrar el entendimiento, de proporcionar razones, explicaciones y darle sentido a la misión de vivir. Es el placer intenso de buscar en la memoria, de repasar las vivencias, de evocar los recuerdos, hasta que se produce el estallido fantástico e inigualable del éxtasis, es pasión pura.

Ahí no acaba nada, es en realidad el comienzo de todo, el momento de la fecundación, el preciso instante en que una chispa entre un millón gana la partida y se hace relevante, imperiosa y se impone a todas las demás; es el tránsito rápido entre el placer de la cópula y la trascendencia del compromiso, una nueva creación ha sido empollada.

Luego, viene la etapa de gestación; es el período de formación paulatina y exigente. No es un tiempo fácil, es la época de los cambios, los ajustes y la consciencia de la nueva creación. Se atienden las deficiencias, se fortalecen algunos aspectos, se adoptan nuevos estilos de vida y se renuncia a otros, por último, se hacen los preparativos para el siguiente nivel: El parto.

Un paso normal, decisivo y de mucho cuidado; doloroso, muy doloroso. Frecuentemente viene anunciado por contracciones que duelen como un demonio. Sucede en el momento justo; si se adelanta hay inconvenientes, tanto como cuando hay retraso. Hay unos márgenes que la misma naturaleza ha establecido para que el alumbramiento se efectúe, por fuera de ellos, la cuestión se vuelve peligrosa, muy seguramente, fatal.

Finalmente llega el día, es un día feliz; todos los dolores, el sudor y los sufrimientos desaparecen, como por arte de magia, cuando los parteros posan en los brazos de la madre el crío. Ese gozo es de la madre, solo ella entiende la dimensión de tal felicidad, solo ella.

No encuentro un símil mejor para explicar la creación literaria.

El nacimiento no agota la tarea, viene la crianza, la educación y la formación, son la santa trinidad de la vida: tres asuntos diferentes, un solo ser verdadero; igual que la escritura. Cuando nace el texto, como cuando nace el hijo, el deseo de su progenitor es verlo crecer, avanzar, reproducirse y en lo posible, no morir, al menos no antes que él. Por eso, escritor que se respete, quiere publicar sus escritos, no es cuestión de vanidad, es de evolución, de crecimiento.

Es una lucha titánica, a veces infértil; como la de los padres que luchan y luchan en nuestro hemisferio, a veces sin resultados, para ver a sus hijos realizarse, profesionalizarse y coronarse de victorias y glorias, el clímax de la utopía.

No sin sacrificios y mucha suerte, un texto puede llegar a publicarse, se requiere trabajo, correctores de estilo, editores, juntas y un montón de dinero, para conseguir que el engendro literario de un escritor cualquiera, pueda lucir impávido en los estantes de alguna librería. En realidad es más fácil estudiar en Harvard que publicar un libro.

Si por acaso, tal hazaña se lograre, entonces vendrá inevitable la crítica, la sorna y en algunos casos el desprecio y ¿a quién le gusta que desdeñen del fruto de sus entrañas? A nadie.

Por eso la próxima vez que usted tenga en sus manos un libro, sepa que acaricia el fruto del esfuerzo de un Quijote, el sueño de un Calderón De La Barca, las notas de Una Canción Desesperada, a veces, Cien años de soledad, o El Callejón de Jorge Parodi.

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12 comentarios en “Detrás de bambalinas”

  1. Sixta Garcia de Cohen.

    Si, valorar el trabajo de las personas que trabajan en arte y ciencias es bien difícil, así como imagino debe ser tomar la decision de trabajar en esas áreas…

  2. Al leerte, mi querido amigo! Quiero que sepas que valoro cada letra, que admiro tu capacidad narrativa y esa poesía que se deja ver entre lineas!
    A veces siento que expresas exactamente lo que siento, lo que quiero decir y dejo siempre para después…
    Gracias por permitirnos arrullar ese bebe!
    Nos vemos en el proximo…
    La negra

  3. Joel Peñuela Quintero

    Adelante, escritor, no es fácil, pero como todo lo valioso hay un precio que se debe pagar, solo pocos están dispuestos a hacerlo. Éxitos.

  4. No podría estar más de acuerdo con Usted, el trabajo detrás de bambalinas es extenuante y toda una montaña rusa de emociones equívocas.

    El símil del engendro me ha encantado, muy quijotesco “quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse” (Prólogo del Quijote) pero lo ha expuesto de una manera tan concisa y directa, que desde luego la imagen se queda grabada. Su estilo claro, tajante y natural yéndose al grano impacta y transparenta el hombre de leyes que hay detrás.

    Le ha puesto voz a esta desilusión por la que pasamos todos cuando nos damos cuenta de que detrás de los trucos de magia hay tan solo técnicas perfectas de engaño, y , sin embargo, allí seguimos embobados igualmente ante cualquier truco nuevo. Desde luego, me encanta esta característica del ser humano, no llegamos a perder jamás el niño deseoso de creer que la magia es real.

    Siendo Usted cinéfilo me atrevo a recomendarle tres películas de cine europeo. No se les da tanta popularidad, pero para mí son obras maestras que merecen ser conocidas. Dos son de un director alemán, Florian Henckel (este hombre es un mago para mí. Las tramas son impactantes y la fusión de artes que lleva a cabo mediante las imágenes, pinturas, esculturas, música y silencios, más allá de las palabras, es una genialidad. Los mensajes que transmite son desgarradores. ): “La vida de los otros”, yo empezaría por ésta (tiene 7 premios alemanes, más de 50 internacionales y el Óscar, el BAFTA y el César a la mejor película de habla no inglesa). Su otro hijo “Obra sin autor” (traducción del título original) que erróneamente renombraron en unos cuantos países de habla hispana “La sombra del pasado” (se pierde gran parte del impacto y del sentido con este otro título. Desde luego cambiarle el nombre al engendro de un artista, para mí es nada menos que irrespetuoso, pero esto es otro tema de conversación.) Y por último, una película española de la directora Icíar Bollaín, “Maixabell”. Es una película fuerte que conmueve profundamente y que está inspirada en la historia real que hay detrás.

    Le seguiré leyendo.

    1. Me ha honrado casi hasta el sonrojo usted, apreciada Veli, con su comentario cargado de generosidad y afecto. Me alegra mucho su comprensión cabal del mensaje entre líneas y la empatía que ha suscitado en usted. Atenderé presuroso sus recomendaciones cinematográficas. Sin duda serán un deleite. Muchas gracias por comentar.

  5. M. Yedenira Cid Z.

    La analogía que hizo con el ‘detrás de cámaras’ y con el alumbramiento estuvieron geniales, me sacó risas, porque sé que no es fácil, implica una gran, casi titánica labor, el trabajo en equipo es impresionante, pero, sin el escritor y sus creaciones, el equipo no tendría materia prima para trabajar.

    Saludos, maestro.

  6. Patricia Oropeza

    Me fascina la idea, “una chispa entre un millón gana la partida y se hace relevante, imperiosa y se impone a todas las demás…”

    Exactamente así veo nacer cada escrito, ahí en la profundidad de mi corazón. Lo has descrito magistralmente Jorge.

    Te mando un abrazo desde México 🌻🌞

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