El alma de la Meona

Sentado en la terraza de su casa como todas las tardes, al vaivén acompasado de su mecedora de mimbre de colores desgastados y la mirada fija en algún punto de la calle angosta e irregular que serpenteaba en medio de casitas de bahareque y techumbre de palma, Juan Padilla con rostro visiblemente angustiado mascullaba su maldita suerte.

Sus pensamientos se paseaban entre la angustia por el futuro de su familia y la cantidad de deudas acumuladas por la pérdida de su último cultivo de arroz, ese que lo haría rico y reconocido antes de cumplir los cuarenta años de edad.

Emma lo había acompañado los últimos doce años de su vida de manera abnegada y fiel y fruto de su relación procrearon cuatro hijos que eran su impulso y su motor; ella, aunque provenía de la capital y ser de costumbres citadinas y refinadas, se había adaptado bien a la realidad de un caserío mustio  y gris y a la idiosincrasia primitiva de sus pobladores, honrando el  voto que hizo en el altar de acompañarlo siempre, a pesar de todo y en cualquier lugar, aunque eso significó abandonar su cultura y renunciar al  porvenir que ofrecía una ciudad que por su desarrollo y proyección se había ganado el título de la Atenas de América, convirtiéndose además de la esposa, en el ama de casa y la compañera fiel en las jornadas de siembra de Juan, para lo cual, sus finos vestidos y tacones de puntilla fueron reemplazados por botas pantaneras y pantalones haciendo ningún juego con el trapo blanco que envolvía su cabeza debajo de un sombrero de paja de iraca  usado para proteger su fina piel de armiño de los caniculares rayos que, en el trópico, el sol furioso despide como filosas lanzas de fuego.

Como todas las tardes, mientras Juan se mecía absorto en la bruma densa de sus desesperanzas sin salida, Emma, con el cuidado amoroso y tierno de siempre, terminaba de arreglar a sus retoños para que asistieran a la cita diaria de la familia en la terraza de su casa, en donde hablaban, reían, y veían a sus padres tomar sorbitos de tinto en tacitas de porcelana fina traídas del interior del país en mejores épocas.

Cambiados los niños y ya sentados en la terraza alrededor de Juan, Emma se dirigió hasta la cocina para preparar el café. Abrió la llave del tanque de gas, colocó una olla pequeña y ennegrecida por partes que llenó hasta la mitad de agua sobre uno de los fogones de la estufa vieja, abrió un tarro de plástico que tenía dibujada la cara de un señor regordete y blanco con cabellera larga y sobre su cabeza un extraño sombrero azul y con una cuchara pequeña raspó insistentemente los diminutos granos de café que estaban pegados en el fondo y esperó hasta que del alboroto causado por la ebullición del agua en la olla, explotó un aroma indescriptible que inundó toda la casa.

Con sus tacitas de café delicadamente dispuestas sobre una bandeja de madera marrón que en su centro tenía pintada una rosa roja, caminó de vuelta a la terraza, alegre de repetir ese ritual de familia como todas las tardes y ofreció con gesto de cortesana inglesa el café a su esposo apoltronado en su trono de mimbre remendado y se sentó en la silla que esperaba por ella colocando sobre sus piernas la bandejita, tomó en su mano su tacita de café y justo antes de sorber el primer trago, le dijo a Juan con tono circunspecto:

—Se acabó el café.

—No puede ser, por lo visto se nos juntaron todas las desgracias —dijo él en tono amargo y subido.

—No es para tanto.

Pero Juan, que acumulaba en el alma el abundante material inestable de sus angustias, frustraciones y miedos, encontró en la fatídica noticia que le acababa de dar Emma la gota fatal que desbordó sus límites y en corrientes de estiércol con figura de palabras, desfogó irracional su rabia la cual apagaba la risa de sus hijos y arrugaba el corazón de su amada.

Esa tarde no hablaron, no rieron, no tomaron en sorbitos su café. Todos menos Juan entraron a la casa, tristes, desorientados y dolidos; y eso que no le dije que no tenemos nada que preparar para la cena, pensó Emma llena de pesar.

Solo en su mecedora, Juan volvió a perder la mirada en la distancia, mirando sin ver, respirando sin vivir. Su mente era un hervidero de pensamientos derrotistas que lo sobrecogían y aumentaban su pesimismo y que repetía incesantemente como si quisiera autoflagelarse.

—Bonita suerte la mía —musitó. —Perdí mi cultivo, ahora el banco me va a quitar mi casa y para colmo de desgracias, el café se acabó.

La retahíla demoníaca de sus pensamientos desmoralizantes se vio de repente interrumpida con la visita de Martina Ibáñez, que sin esperar a ser invitada tomó una de las sillas vacías y se sentó mientras recogía en un moño su abundante cabellera negra y descuidada al tiempo que preguntaba por Emma y los niños.

—Juan, regálame un cafecito que hasta la esquina se siente el aroma y me tiene antojada —le dijo.

Estaba sudada, su rostro brillaba por el exceso de grasa sin limpiar, de su hombro colgaba una mochila tejida por los indígenas de la región y sus ojos que normalmente parecían ojos de loco, ese día parecía que saldrían de su órbita, sus labios temblaban y aunque se veía descompuesta, medía cada palabra que expresaba cuidando de ser precisa y clara al hablar.

Martina como Emma, también era forastera en aquella comarca; había llegado allí por causas parecidas a las de Emma: detrás del hombre de su vida, el único abogado del pueblo al que había conocido muchos años antes,  cuando este hacía su judicatura en un Juzgado en el que ella trabajaba como secretaria en la capital de otro departamento y aunque el togado era galán y mujeriego y más de una trabajadora de centro judicial le brindó sus atenciones afectivas con la esperanza de cazarlo por marido, él se rindió a los encantos de Martina Ibáñez, la esbelta secretaria de ojos expresivos y mirada altiva, elegante y locuaz con la que rápido comenzó un tórrido idilio, aunque él jamás abandonó por completo la atención fugaz a otros quereres.

Con la confianza que años de amistad les había permitido desarrollar, Juan se disculpó por no poder brindarle la taza de café solicitada;

—Se nos acabó el café Martina y no tengo ni un centavo para comprar más —continuó narrándole la interminable lista de sus desgracias como si estuviera desahogando sus penas o tal vez confesando sus culpas.

—Carajo Juan, verdad que cada quién tiene sus angustias —comentó Martina mientras esculcaba el interior de su mochila buscando el paquete de Lucky Strike, del cual sacó un cigarrillo que puso en su boca con gesto elegante y prendiéndolo comenzó a fumar con impaciencia.

Martina escuchó el tiempo que duró el cigarrillo en su boca, asintiendo de vez en cuando y poniendo cara de comprensión a una situación que en verdad a ella le importaba muy poco.

—Ojalá mis problemas fueran de dinero Juan, pero yo estoy en una situación que me está volviendo loca.

Ella había llegado como la consorte del primer, único y por lo tanto el mejor abogado del pueblo, su vida era toda una novedad y por supuesto eran ella y su marido los invitados especiales a las reuniones de las principales familias; las fiestas no empezaban hasta que ellos hacían su majestuosa aparición. Pero con el paso de los años, otros abogados fueron llegando a la región, por lo que poco a poco el marido de Martina dejó de ser el primero, el único y mejor abogado y hasta él mismo comenzó a concebirse obsoleto y anacrónico.

Sin el prestigio de antes y con su clientela reducida, comenzó a asesorar sus males con altas dosis de wiskey irlandés que ingería al terminar cada jornada de atención hasta caer vencido por el efecto soporífero del remedio que anestesiaba sus dolores del ego y cuyos efectos secundarios, cada mañana los trataba con quinientos mililitros de vino israelí helado, que empinado en la botella bebía angustiado hasta cuando desaparecía la tembladera incontrolable de sus manos.

De alguna manera, Martina soportaba y hasta patrocinaba el alcoholismo ritualista  de su marido, pero con lo que no podía era con las frecuentes aventuras amorosas que el jurista sostenía con una y con otra y particularmente con aquella auxiliar de secretaría que fue la primera en prodigarle en su regazo de mujer, la solaz bienvenida  cuando llegó a aquel despacho como Juez,  ávido de practicar lo aprendido en la facultad y que al final fue cambiada por Martina; sobre todo por eso, porque en su momento el Juez se decidió por ella y no por aquella mujercita  insípida y sin gracia que siempre olía a orines, decía Martina, pero que era la causa de un viaje sin explicación y mensual del abogado.

Martina volvió a meter su mano en la mochila de donde sacó algunos billetes que le dio a Juan mientras se incorporaba con dificultad despidiéndose para regresar a su casa. Ahí en esa misma mochila llevaba el remedio irlandés infaltable para el doctor y en su pecho la furia de la mujer dolida y humillada que no entiende por qué su beodo marido después de tantos años seguía tras el aroma de la meona.

—No te preocupes Juan, para tu problema y para el mío debe haber alguna solución —le dijo mientras se alejaba.

Esa noche hubo pan en la mesa de los hijos de Juan y café para la mañana siguiente y en la casa de Martina, como todas las noches, ella luchaba por arrastrar a la cama el cuerpo gordo y desvencijado de su jurisconsulto borracho.

Dos tardes después, cuando todavía el sol brillaba intensamente, antes que Juan y su familia salieran a la puerta a disfrutar de las tardes frescas del verano, Martina Ibáñez con inusitado arrebato tocaba a la puerta y llamaba casi con desesperación a Juan quien acudió presuroso al llamado de su amiga invitándola a pasar y tomar asiento en la sala de su casa.

Emma que se sentía en vergonzosa deuda con Martina por lo ocurrido dos días atrás, se apresuró a la cocina para preparar un café del que habían comprado con el dinero que les había dado aquel día.

—Juan, tengo la solución para tus problemas y para los míos —le comentó con tono ceremonial y transcendente. —Apenas me enteré de lo que te voy a comentar, yo misma fui a comprobarlo y tengo la prueba que es real y efectivo —continuó diciendo con evidente acelere como si lo que estuviera fumando no fueran cigarrillos Lucky strike sino otra cosa.

Juan, con gesto de sorpresa y sin entender todavía de qué se trataba el asunto que mantenía en estado de éxtasis a Martina, mirándola y con movimientos muy lentos, se sentó frente a ella sin decir nada, solo esperando a que la ráfaga incontrolable de palabras que salían de la boca de la mujer, le aclarara la cuestión.

—Juan, a Bellavista hace como un mes llegó un brujo, es buenísimo, ha ayudado a mucha gente con diferentes problemas y aunque tiene pacto con el diablo, es bueno; a mi compadre Hugo Cruz lo sacó de un problema como el que tú tienes, él debía millones al banco y este brujo le dio diez millones; a mi comadre Lola no solo le devolvió al marido que la había dejado hace cinco años por otra mujer, sino que hizo alejar a la sinvergüenza esa y se desapareció de estos lares; el brujo ese es bueno, ahí está la solución a tu problema de plata y a mi problema con el doctor.

—Pero Martina, yo no creo en eso —le contestó Juan.

—Yo tampoco creía en eso, hasta que comprobé por mí misma lo que te estoy contando, es efectivo, es efectivo —decía exaltada de la emoción.

En ese momento apareció Emma con su bandejita y tres tacitas de café, que sorprendida escuchaba la conversación de su esposo con Martina.

—Vea, ¿y eso no será malo? Porque eso es con el diablo y es peligroso —dijo con cierta timidez Emma.

—Mira Emma —dijo Martina. —Esto no tiene riesgo y te digo que es real, el brujo está repartiendo de diez millones a todo el que lo consulta, bueno no los da él, los da el diablo pero él dice dónde se recoge el dinero, vine a decirles porque yo los aprecio y sé que están en un momento difícil y los quiero ayudar, me encontré esta solución buscando cómo salir de mi problema y lo primero que pensé fue en ustedes y salgan de su mal momento.

Martina repitió una y otra vez los testimonios de sus allegados beneficiados con esta solución, logrando despertar el interés de Juan y de Emma, quienes sin darse cuenta comenzaron a fantasear con los diez millones que recibirían por consultar al prodigioso brujo.

—Emma, con diez millones podría pagar al banco el préstamo del cultivo que perdimos y hasta comprar uno o dos buses para entrar al negocio del transporte —decía Juan.

—Y terminar de arreglar la casita —complementó Emma

—Y cagarse en el mundo entero si ustedes quieren, pero primero hay que ir a Bellavista —agregó con ojos de loca Martina.

—Bueno Martina —dijo un poco más sosegado Juan. —Pero tratándose de un asunto con el diablo, algo debe querer a cambio, no creo que eso salga gratis.

—Claro Juan, eso tiene un precio —respondió Martina.  —Hay que entregarle el alma de una persona, el diablo tampoco es tan pendejo para andar regalando plata en estos tiempos.

—Anda Martina, ahí sí la cosa se pone fea, porque yo no voy a entregarle mi alma a satán ni por todo el oro del mundo ni la de mi mujer, de pronto la de mi suegra, pero mi mujer me mataría y no podría disfrutar la platica —respondió Juan con gesto abrumado, mientras Emma lo miraba entre asustada y rabiosa por haber pensado siquiera en su mamá como candidata al trueque con el maligno.

—Juan, ya te dije que yo tengo todo resuelto, tú vas a salir de tu problema y yo del mío, porque el tuyo y el mío son distintos y se pueden resolver con la misma alma —insistió Martina eufórica.

—¿Sí, Martina?

—Sí, Juan.

—¿O sea que ya tienes resuelto el asunto del alma que le vamos a negociar a belcebú?

—Claro que sí, Juan.

— ¿Y el alma de quién es Martina?

—El alma de la meona.

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8 comentarios en “El alma de la Meona”

  1. Patricia Oropeza

    ¡Nadie como una mujer para encontrar soluciones prácticas y contundentes! 😂😂😂
    Muy divertido desde el título.
    Un abrazo desde México.🌻
    Saludos Jorge

  2. Sandra Cohen Garcia

    Jajaja… muy divertida la historia, sobre todo el final. Que pecado haber pensado en entregar el alma de la suegra, jajaja.

  3. Joel Peñuela Quintero

    Escritor, ya había leído el cuento en el libro “Los Parody”, peto fue bueno volverlo a leer, como ocurre cada vez que leo algo bien logrado. Gracias por compartir.

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