El amor es eterno

 

—¿Ya viste a la nueva practicante?

—Sí claro, ¡está hermosísima!

—¿Hermosísima? Esa mujer está como quiere.

—Yo por una mujer así, haría lo que fuera.

—Por pensar así es que nunca consigues nada, tienes que cambiar esa actitud suplicante, como si te hicieran un favor. Aprende que el favor se lo hacemos nosotros a ellas.

—Claro, eso lo dices tú porque tienes una suerte loca con las mujeres, has acabado con todas en la oficina; yo le dije a mi hermana que no se apareciera nunca por aquí, tengo que cuidarla de ti.

—No es suerte Carlos, es actitud…, actitud y método.

—A mí ninguna actitud ni ningún método me han servido, de malas para el amor, de malas para los negocios, esa es mi historia.

—¿Y ya se sabe a qué dependencia van a asignar esa muñequita?

—No, no han dicho nada. Desde que llegó está sentada en la sala de juntas; me imagino que esperando a que la jefa le indique.

—Pueda ser que la dejen en este piso.

—Con la suerte que tienes Pedro, de seguro la asignan a tu oficina.

—No creo, la jefa no me haría ese favor.

—Igual, ya en toda la empresa se abrieron las apuestas. Unos dicen que antes que acabe el año la llevas a la cama.

—Ja, ja, ja, espero que antes Carlos, cuatro meses es mucho tiempo y esa nena se ve que está necesitada de amor.

—Menos mal; yo aposté que no pasa de un mes.

La conversación fue interrumpida por la entrada intempestiva de Rocío, o, la doctora Rocío, como le gustaba ser llamada.

Buenos días —dijo Rocío, y la atención de todos en la oficina se volvió hacía ella.

Su impecable presencia gerencial infundía respeto, su reputación estaba precedida por más de veinte años de trabajo abnegado, tres cirugías plásticas en lugares estratégicos del cuerpo para resaltar la personalidad y corregir los efectos de la gravedad, atuendos y perfume finos, de esos que no se usan en casa con la familia ni el esposo sino en el trabajo, para generar buena impresión.

Como se han dado cuenta, desde hoy nos acompaña Laura, ella es nuestra nueva pasante de secretariado ejecutivo. Por su perfil profesional, la hemos asignado como apoyo en la oficina de asistencia de gerencia y será mi enlace con las demás dependencias de la compañía. Le damos una cordial bienvenida a esta, que más que una empresa, es nuestra familia.

—Laura, por favor preséntate ante tus nuevos compañeros.

Con evidente timidez, la nueva auxiliar dio un paso adelante y durante no más de cuatro minutos hizo su presentación formal. La verdad, nadie prestó atención a lo que dijo; las mujeres de la oficina la recibieron con gesto indiferente, casi de desprecio; algunas con evidente molestia por la forma cómo a todos los compañeros, con excepción de Pedro, se les desencajaba la mandíbula mirando a la nueva funcionaria.

—¿Ya los viste? Parecen unos idiotas.

—No sé qué le ven a la flaca esa, si hasta habla como boba —le susurraba en el fondo una compañera a otra, tapando con su mano la boca para disimular.

Pedro, por su parte la observaba sin prisa; con disimulo analizaba cada centímetro de su fisonomía perfecta; era su próxima conquista y la única que no lo sabía era ella; como todos, estaba embelesado por la belleza angelical de Laura.

La perfección de las líneas curvas de su cuerpo, su voz apacible, sus maneras delicadas y sus ojos…, esos ojos con figura de almendra y color café profundo, lo convencieron que ese trofeo era digno de ser exhibido en el muro de sus victorias, pero antes, debía pasar por las sábanas del sacrifico.

—Muchas gracias Laura, bienvenida —dijo Rocío sin que Pedro se diera cuenta siquiera que la presentación había terminado. Él estaba absorto estudiando en detalle el objeto de su próximo safari de amor.

Terminados los protocolos, todos en la oficina regresaron a sus tareas habituales. Las apuestas se doblaron. Nadie dudaba que Pedro cazaría esa presa, la cuestión era en cuánto tiempo.

La asignación de Laura a la oficina de asistente de gerencia, la puso lejos del alcance de Pedro, la única oportunidad para cruzar algunas palabras era la hora del almuerzo en el casino; la bella joven siempre estaba rodeada de compañeros de oficina y asediada de un buen número de buitres que como él, esperaban el mejor momento para hundir sus garras con frenesí.

Dejar a Laura en el piso de gerencia fue una movida estratégica urdida por Rocío, quien sabía muy bien que el mujeriego de Pedro no iba a desaprovechar la posibilidad de meter en su cama a la nueva practicante, igual que lo había hecho con tantas otras mujeres que sucumbieron ante las tácticas de conquista bien diseñadas y que no terminaban en nada diferente a una gran decepción, porque al final solo era un remedo de hombre con ínfulas de macho chauvinista.

Ella actuaba con conocimiento de causa, pues a pesar de ser una mujer casada y con hijos, sostuvo un romance “de oficina” con él, con el cual puso en riesgo la estabilidad matrimonial y el honor como dama de sociedad. Nada serio se decía a sí misma para acallar las voces de su conciencia sucia.

Laura por su parte, concentrada en el trabajo, se aplicaba con disciplina y compromiso a las actividades asignadas. Aspiraba ser contratada formalmente una vez terminara las prácticas. Sabía que para lograrlo todo esfuerzo era poco; cuidaba su puntualidad, la presentación, el rendimiento, el trato respetuoso con los jefes y los demás empleados.

Conseguir ese trabajo era vital, de manera que si era necesario trabajar tiempo extra no dudaba en hacerlo, aunque eso significara llevar tareas a la casa o descuidar un tanto su descanso. Las relaciones afectivas no se encontraban en el futuro inmediato de su agenda.

Un lunes, cuando se celebraba una importante junta de accionistas, los informes que Rocío debía presentar no estaban sobre su escritorio. La hora de la reunión se acercaba y ella no contaba con los soportes organizados y tabulados de su gestión durante el último año. Molesta, inquirió a su asistente personal acerca del asunto, quien le recordó que Laura se ofreció llevar todos los soportes a su casa el fin de semana para organizar la presentación del reporte.

—¿Y dónde está Laura? —preguntó impaciente.

—No ha llegado aún —contestó la secretaria intimidada.

—¡Búsquenla! ¡Llámenla! ¡Tráiganla en avión! ¡Hagan lo que sea, pero quiero esos informes en mis manos en veinte minutos, si no, la cabeza de todos aquí va a volar! —replicó Rocío, descompuesta y ofuscada.

—Hay un inconveniente, jefa, a Laura la ingresaron esta mañana de urgencias a cirugía, la están operando de cálculos biliares, esta mañana enviaron la incapacidad.

—¡Manden urgente a buscar esos papeles a la casa de Laura! —ordenó Rocío.

—Jefecita —interpeló nerviosa la secretaria, —el mensajero no se encuentra, está en el banco y usted sabe cómo demora eso y mientras está en fila no puede contestar el teléfono.

—¡Bueno, busquen a alguien, no importa quién sea, pero háganlo ya! —apremiaba mientras chorros de sudor brotaban en su frente.

El revuelo en la oficina no fue poco y Pedro vio la oportunidad para echar a andar su plan de conquista, así que generoso se ofreció para ir hasta la casa de Laura a buscar los documentos.

La situación era perfecta: quedaba bien con la jefa, que lo detestaba desde que terminaron el amorío que sostuvieron y esperaba ansiosa la ocasión para echarlo, además conocería la dirección de esa nenita que estaba a punto de echarle a perder su fama de mujeriego.

En no más de treinta minutos estaba tocando la puerta. Se presentó con exceso de gentileza y una amabilidad que a la madre de Laura se le hizo poco frecuente; le informó las razones de su visita y preguntó con prudencia e interés por la salud de “Laurita”.

—Está muy delicada, pero estable — explicó la señora.

Pedro se mostró apesadumbrado, le deseó fortaleza y éxito en la recuperación y se despidió con tal cortesía que dejó impresionada a la señora. ¡Qué joven tan agradable! pensó mientras lo despedía. Pedro prometió visitar a Laura una vez estuviera de regreso y recuperada en casa, la doña se mostró complacida.

En los siguientes días, con intención medida, Pedro visitó la familia de Laura, solo para preguntar por su estado de salud; jamás pasó de la puerta de entrada, hablaba con la mamá acerca del posoperatorio. En ocasiones aparecía con una canasta de frutas y flores y dejaba saludos a Laura.

Nunca insistió en verla, aparentando respeto por su convalecencia, aunque realmente, cual buen cazador, esperaba con paciencia que se le presentara alguna oportunidad para atacar, mientras se ganaba a punta de gentileza, la confianza de la progenitora que comenzaba a alabar la simpatía de Pedro.

La estrategia funcionó a la perfección. Cualquier día, lo invitaron a pasar hasta la habitación de Laura, tácitamente le estaban dando la bendición para que la visitara.

Ese día conoció al papá de Laura y fueron necesarias pocas palabras para que el señor de la casa pudiera comprobar que su esposa no exageraba cuando se refería a la educación y amabilidad del apuesto joven; no sospechó que enfrente tenía un depredador sexual, a quien lo único que le interesaba era tomar el honor de su hija, así le destrozara la vida. 

En pocos días, Pedro y el que aspiraba fuera su futuro suegro, aunque por poco tiempo, parecían amigos de siempre.

A las canastas de frutas y flores, Pedro le adosaba chocolates para la mamá y la abuela de Laura, una señora nonagenaria y lúcida que permanecía sentada en algún rincón del patio con la mirada perdida, como si estuviera esperando que la muerte llegara por ella; esa imagen lo intrigaba y perturbaba un poco.

Con la confianza ganada, se hicieron más frecuentes sus visitas, tanto que se le extrañaba la tarde que no pasaba después de salir de la oficina. Pedro tenía ganado el aprecio de la familia y un puesto en la mesa del comedor.

Los fines de semana, llegaba acompañado de una botella de buen vino que compartía con el papá de Laura entre risas y boleros; dedicaba un rato a hablar de cualquier cosa con la mamá; se sentaba unos minutos con la abuela en el patio y, por último, para disimular sus verdaderas intenciones, cruzaba algunas palabras con Laura.

Pedro era un experto en conquista; sabía de sobra que ganada la familia, la primera línea de resistencia estaba vencida y esa en particular, se hallaba literalmente rendida a sus pies.

La mamá procuraba que la casa estuviera arreglada, apremiaba a Laura para que luciera presentable para atender la visita y bromeaba acerca de la relación que se asomaba en el horizonte.

—Ese muchacho es un buen partido: trabajador, simpático y serio, se nota que le gustas -—le decía con picardía.

La tarde de algún domingo, para continuar con su papel de buen muchacho, Pedro se sentó en el patio junto a la abuela. Ella no era de su agrado, siempre tuvo la impresión que olía a moho, aunque nunca estuvo tan cerca de ella como aquella tarde; estaba empecinado en consolidar la buena impresión de la que gozaba entre los miembros de la familia.

A pesar de su edad, la abuela era una señora sana; se movía por sí sola, hablaba con fluidez y conservaba nítidos los recuerdos de su juventud, aunque poco o nada le gustaba hacer remembranza de ellos.

La familia toda se dolía del laberinto en el que parecía estar perdida; casi nunca hablaba; su vida estaba reducida a la silla en el patio donde absorta dejaba pasar el tiempo.

—Qué tarde tan bonita, ¿verdad doña Sara?

—Para los viejos no hay tardes bonitas, joven.

—Usted no está vieja mi señora.

—Ya son noventa y dos, estoy en tiempo extra.

Las respuestas lacónicas y cortantes de la abuela no desanimaron a Pedro; prosiguió, no tanto porque le importaran los recuerdos escondidos en el baúl de las memorias de la vieja, sino porque sabía que si lograba despertar simpatía en la señora, ganaría puntos extras con la familia de Laura.

—Pero parece de sesenta, usted se ve rozagante y llena de vida.

—Vida que me pesa.

—¿Cómo así? Usted es una señora sana, tiene una bonita familia…

—Hay penas que se llevan en lo profundo del alma.

—Qué penas puede tener usted, mi querida señora; mírese: hermosa, saludable y llena de vida —le decía Pedro con tono lisonjero.

—Una vida que no he pedido ni quiero vivir; una vida que se me ha dado por martirio y condena; cada día que abro mis ojos, la tristeza y el dolor son más agudos y la pena infinita.

—¿Una pena infinita? ¿Usted? —preguntó sorprendido Pedro.

—Sí.

—Pero, ¿qué ha podido sucederle para hablar de esa manera, para sentirse así?

—No se imagina y tampoco le gustaría enterarse.

—Todo lo contrario, si usted está dispuesta a contarme, yo lo estoy a escucharla. Quizás lo que necesita es hablar con alguien; dicen que hablando se exorcizan los dolores del corazón.

Todos en la casa se sorprendieron, ninguno recordaba cuándo fue la última vez que la abuela sostuvo una conversación que pasara de cuatro palabras. A los papás de Laura, no les quedaba duda, Pedro era un príncipe, había encantado hasta a la abuela.

La calma y la voz trémula con la que ella comenzó a hablar de su vida, las historias bien hilvanadas y contadas sin afán, lo atraparon; con cada línea que recitaba la abuela, pudo comprender la nostalgia que envolvía su vida y en su mente las escenas se reproducían con realidad. 

Lo que estaba a punto de escuchar cambiaría su vida para siempre.

—Una vez fui una mujer bonita, de las más bonitas del barrio —le dijo dejando escapar una sonrisa discreta.

—Mi infancia y mi juventud fueron muy alegres —continuaba Sara—, pero la verdadera felicidad la sentí el día que conocí a Ernesto; no era el más guapo del vecindario, pero sí el más inteligente, el más serio.

—Era amigo de todos, alegre, juguetón, a todo le sacaba un chiste. Era buen estudiante, su madre lo crio sola y lo hizo bien: él era juicioso, educado y noble.

Desde el primer momento, me enamoraron sus ojos, sus detalles, era un caballero. Hablar con él me encantaba y siempre estábamos buscando cualquier oportunidad para estar juntos.

Cuando su mano rozaba la mía, podía sentir mi sangre corriendo con fuerza en las venas, era imposible esconder la emoción. Con solo verlo, mi corazón se desbocaba y el día que no lo veía era gris y triste—.

—Imagino que me habla de su esposo, el papá de sus hijos —interrumpió Pedro.

—No, realmente no —contestó Sara retomando la conversación—. A mí me obligaron a casarme con Alfonso, no era un mal hombre, durante los cuarenta años de matrimonio me comporté con dignidad y respeto; le parí cuatro hijos y me entregué por completo a la crianza de ellos; nunca lo amé, él y todos lo sabían.

Mi padre nunca estuvo de acuerdo con una relación entre Ernesto y yo, hizo todo lo posible por alejarnos; no estaba dispuesto a aceptar que su hija se fijara en un muchacho sin padre y sin futuro, decía con vehemencia.

Le prohibió que se acercara siquiera al frente de nuestra casa; a mí, me envió a un internado en la capital, pero nada fue suficiente para hacer que nos dejáramos de amar. Todas las semanas nos escribíamos sin falta, en sus cartas, juró amarme hasta la muerte y en las mías, prometí amarlo esta y la otra vida.

»Durante las vacaciones, a pesar de la vigilancia estricta de papá, nos las arreglábamos para vernos aunque fuera de lejos. Cada noche dejaba en la entrada de la casa una nota escondida que yo respondía con el corazón en cada palabra.

Por más que mi madre intercedió en favor de Ernesto, mi papá fue inflexible y reprobó la relación. Decidí fugarme, no tenía alternativa, no me importaba si el mundo se me iba a venir encima; todo lo que deseaba era vivir el resto de mis días perdida en la mirada de ensueño de Ernesto y estuve dispuesta a pagar el precio que fuera para lograrlo.

»Nunca supe cómo, pero mi padre se enteró de mis planes de huida; entonces no solo redobló la vigilancia sino que adelantó los planes para mi matrimonio con Alfonso. Su decisión condenaría mi destino a la infelicidad.

»Los planes de escape siguieron adelante, estaba decidida a no darme por vencida. Me fugaría con Ernesto dos días antes de la boda, nada en el mundo tenía suficiente poder para disuadirme de mi empeño de ser feliz.

El momento acordado llegó y la cita más importante de mi vida no se dio; todas las salidas estaban aseguradas con doble candado y mi padre dormía con las llaves; Ernesto esperó por mí hasta el amanecer, supuso que tal vez arrepentida cambié de opinión.

La madrugada del día del matrimonio, decidió que debía hablar conmigo, necesitaba una explicación, así que con determinación y sigilo llegó hasta mi ventana, esa fue la última vez que lo vi.

Aferradas las manos, lloramos juntos y lamentamos el designio que nos sentenció a la separación. En pocas horas, yo sería la esposa de otro hombre y él se convertiría en mi más bello recuerdo.

El dolor me ahogaba y ardía como fuego y supe entonces que mi alma estaría pegada a la suya hasta el día de mi muerte, lo amaría el resto de mi existencia.

Nos despedimos para siempre y como último recuerdo de un amor que nunca pudo ser, le entregué el pañolón que usé el día que bailamos juntos por primera y única vez; entre sollozos lo vi alejarse y con su partida se llevó mi corazón.

»Ernesto se fue a otra ciudad donde se hizo arquitecto. Llegó a ser un profesional de prestigio. Me convertí en ama de casa, madre abnegada y esposa infeliz. El amor por mis hijos me ayudaba a sobrellevar mis cargas, pero jamás olvidé a Ernesto.

»Treinta años después, leí en el periódico que el reconocido contratista Ernesto Villareal, fue encontrado muerto en una de sus construcciones. Al parecer, por accidente cayó desde el octavo piso del edificio en el que era arquitecto residente; como hecho curioso la prensa resaltó que su mano derecha empuñaba con fuerza un pañuelo de seda, era el mismo que le regalé la madrugada de nuestra despedida.

»Me amó hasta su muerte y yo, más de sesenta años después, lo sigo amando como el primer día; me acuesto cada noche con la esperanza de no despertar, para más allá de la muerte encontrar a mi amado y estar con él por la eternidad…, porque el amor es eterno.

La dramática historia, no solo dejó estupefacto a Pedro, sino que logró conmoverlo profundamente; al escuchar a la abuela, comprendió que su vida era una mentira vendida al placer sin compromiso y a la destrucción sin sentido de la mujer que se cruzara en su camino, una sarta de enredos en los que el único engañado era él.

Por un instante llegó a sentir vergüenza y asco de sí. De alguna manera, la historia de Sara tuvo el poder suficiente para hacerlo entender que el amor, ese del cual él no sabía nada, era más que sexo y desenfreno. Nunca fue tan consciente de lo equivocado que había vivido.

Visiblemente perturbado, se levantó de la silla y salió de la casa sin despedirse de nadie. Fue la última visita. Nadie supo jamás qué le pasó, la abuela no le dijo a nadie de qué hablaron. Pedro solo se alejó con la decisión, por primera vez en la vida, de hacer las cosas de la manera correcta.

Imagen: Connubio Sacro –  olio su tela – 80 x 100  2020 – Alessandro Fioraso – Italia.

Imagen: “Sulle vie di Jalasmer”. Alessandro Fioraso – Italia.

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