El callejón

I

Ya habían transcurrido cinco semanas desde que Hipólito Ramírez, fuera internado en una clínica mental en la capital hasta donde fue trasladado de urgencia, acosado por una severa crisis nerviosa, tan extraña como repentina, que obligaba a mantenerlo bajo sedación constante.

El distinguido miembro de la sociedad provincial, ganadero exitoso, próspero agricultor, parrandero y enamorador, apreciado por sus amigos y respetado por todos, se consumía entre pesadillas, visiones terroríficas y ataques de ansiedad. Sus familiares presenciaban impotentes cómo se consumía la vida de aquel hombre rústico, valeroso y alegre.

En el pueblo no se hablaba de otra cosa; los comentarios estaban a la orden del día, las especulaciones sobre lo sucedido y el temor crecieron con cada versión que se inventaba para darle explicación a un hecho inexplicable, irracional y poco objetivo, pero que confirmaba de la forma más dramática, la espeluznante realidad de las historias aterradoras de ese callejón oscuro, frío y añoso.

El miedo que aquella calleja infundía a instancia de las leyendas de ultratumba transmitidas de generación en generación, se convirtió en pánico descontrolado que se propagó por toda la comarca con la velocidad del rayo y sobrecogió de espanto a todos los que allí habitaban.

Ni el cura del pueblo fue indiferente a los sucesos que conmovieron a su parroquia; desde el mismo día del incidente, en cada misa ofrecía rezos y sacrificios con la esperanza que desde el más allá se impartiera la orden de regreso a las penantes ánimas, que escapadas del limbo en donde tendrían que purgar sus pecados y maldades, irrumpieron en el mundo de los vivos para atormentar a los habitantes de aquel pueblito tranquilo y feliz.

A dos siglos de su existencia, Fonte Seca conservaba las particularidades de la arquitectura propia de los pueblos colonizados por la corona española: En la esquina nororiental del fértil valle donde se estableció, entre las estribaciones de la serranía del Perijá y a distancia prudente del cauce del río Ranchería, se erigió la capilla consagrada al santo que sería el objeto de devoción de la parroquia.

Aledaña al templo y calle en medio, se construyó la casa cural y enseguida el convento con colegio y todo lo necesario para que las monjas impartieran la educación religiosa, característica del proceso colonizador español y la que fue tal vez su arma más poderosa, porque la religión al paso que desnaturalizaba a los conquistados, les enseñaba a ser sumisos y a no pensar.

Alrededor de un área aproximada de diez mil metros cuadrados que se destinó como plaza principal del poblado, se construyeron las casas de los hidalgos conquistadores, entre las que destacaba la de los fundadores, un par de hermanos italianos que sirvieron como corsarios de guerra al servicio de los ingleses, bajo las órdenes de la corona española.

Los reyes de Castilla, apegados a su delirio de amos de lo que no era suyo, premiaron con generosidad los buenos oficios de sus bucaneros y extendiéndoles sendas cédulas reales, les concedieron la propiedad de extensos globos de tierra en el nuevo mundo, en donde fundaron aquel poblado al que llamaron Fonte Seca, en honor a la calle donde nacieron y vivieron en su natal Génova, Italia.

De las cuatro esquinas de la plaza nacían estrechas calles que se extendían a lo largo del asentamiento y en donde al paso de los años, se levantaron los barrios del pueblo, cada uno con su característica especial y particular.

En torno a la calle que se derivaba del extremo noroccidental, se construyeron los ranchos de los peones que trabajaban en los latifundios de los hidalgos y de las sirvientas de las casas de las señoronas que en Europa eran mujeres del vulgo, pero en Fonte Seca posaban de cortesanas, porque el color desteñido de sus pieles y la tinta azul de sus ojos les concedían el hálito distintivo para hacerlas sentir de raza superior.

Con el tiempo, en aquel sector se establecieron las cantinas y los burdeles, que eran visitados de tanto en tanto por los distinguidos señores anhelantes del amor furtivo y salvaje que a cambio de algunas monedas, les prodigaban las nativas en sesiones de pasión salvaje; la calle desembocaba en el cementerio que habría de servir como la última morada de sus habitantes.

Saliendo de la esquina suroccidental se abría una vía que conducía a una edificación levantada como centro de gobierno, donde se regentaba la vida administrativa, política y judicial, en cuyas instalaciones se construyó el primer calabozo.

Desde allí y de manera paralela a la acera sur de la plaza principal en la parte posterior, se establecieron los mercaderes y comerciantes; además, se encontraban las primeras posadas que ofrecían descanso a los viajeros que circulaban entre las capitales de las dos provincias limítrofes, se le conoció como La Calle de las Provisiones.

Los cien metros de su extensión estaban cercados por grandes casas de barro construidas de manera que le daban a la calle una apariencia curvilínea; al final en la vieja casona de la esquina, se encontraba la tienda de Constantino Román, un caballero nacido en aquella tierra pero de estirpe española y sangre de comerciante.

La tienda de Constantino fue la primera de su clase en Fonte Seca, ofrecía víveres, enseres, abarrotes y textiles, la mayoría traídos de Europa y famosa por contar con un variado y exclusivo surtido de mercaderías.

Colindaba por el patio con la casa del turco Abuchaibe en la esquina de la plaza principal y frente a esta en la esquina lateral se alzaba la casa de los fundadores del poblado; la pared del patio de su casa, inclinada como si se fuera a caer, pintada de rojo y blanco, se extendía hasta el frente de la tienda de Constantino formando una calle muy angosta: el temido Callejón de Constantino.

Solo algunos minutos en las horas del mediodía el sol penetraba el callejón, el resto del día las sombras gobernaban, por eso la sensación térmica siempre era fría; su estrechez ocasionaba que las ráfagas de la brisa del nordeste se escurrieran raudas produciendo un silbido que le daba un aire misterioso, sepulcral y crispaba los nervios de los más valientes.

II

La colonia no solo trajo consigo la depredación de las riquezas, la muerte, el mestizaje y el impacto microbiano; también importó leyendas de ultratumba que los nativos no conocían, las cuales se diseminaron con el objeto claro de atemorizar, porque nada mejor que el temor para controlar.

La leyenda de La Llorona, originada en la historia de una indígena de México que supuestamente fue madre de los hijos de Hernán Cortés, y que ella misma decidió asesinar porque siendo testigo de excepción de la crueldad del conquistador, tuvo temor de reproducir esa casta sanguinaria y vil; el relato de Inocencia, la niña asesinada por su propio padre en un acto de demencia el día que ella celebraba su primera comunión en contra de su voluntad, con el cual se le dio vida al mito de la aparición de la niña vestida para recibir el sacramento, con un cirio encendido y levitando de un lado a otro en angustiante quejido; el cuento de El hombre sin cabeza de piernas largas que aparecía a ciertas horas de la noche y raptaba a los hombres que se hallaban fuera de sus casas, todas fueron historias propagadas para infundir el temor suficiente y asegurar que la gente se abstuviera de merodear por las calles durante la noche.

El callejón de Constantino Román por su particular estilo lúgubre, se designó como el habitáculo perfecto y perenne de tan distinguida liga del terror.

A partir de entonces y por más de doscientos años, como no fuera de día o en numerosa compañía, ni el más guapo del pueblo se atrevía después de las tres de la tarde a caminar por aquel callejón maldito.

Las historias de apariciones y espantos eran el pan de cada día en Fonte Seca; todos los días se escuchaban cuentos de nuevas experiencias de ultratumba que algún transeúnte despistado sufrió por estar en horas no indicadas en la ruta de ese sendero diabólico.

Las procesiones que cada año los feligreses ofrecían a su santo patrono, desfilaban por el callejón al salir de la capilla, sobre las tres de la tarde y porque la romería excedía las cincuenta almas devotas; pero al regreso en tácito acuerdo tomaban una ruta distinta, porque todos sabían que era mejor evitar un encuentro con los agentes del más allá.

La previsión buscaba también proteger de un sobresalto a los cargadores de su milagroso aunque inmóvil patrono, no fuera a ser que en despavorida desbandada lo dejaran caer y ahí sí, roto, todas las desgracias cayeran sobre el pueblo.

III

Aquella tarde soleada de finales de noviembre fue especialmente feliz para Hipólito; había recibido el pago de su cosecha de algodón, la cual fue un éxito rotundo. Con su mochila repleta de billetes de doscientos pesos regresó a su casa a compartir la buena noticia con su esposa, quien lo recibió de brazos abiertos, la pareja estaba pletórica de felicidad.

Los festejos conyugales se extendieron buena parte de esa tarde, cumplidos los cuales, Hipólito, se sintió con el derecho inalienable de celebrar su fortuna; eufórico y decidido, enfundó en los bolsillos de su pantalón un fajo de billetes, se despidió de su esposa a quien no le hizo mucha gracia quedarse sola en el lecho nupcial y partió en busca de sus amigos de parranda.

El jolgorio comenzó bajo un frondoso árbol de mango en el patio de la casa de uno de sus compadres y al poco tiempo se trasladó al barrio de las cantinas.

Ron, comida y mujeres corrían como ríos; nadie se preocupaba por la cuenta, todos sabían que don Hipólito, el nuevo rico del pueblo invitaba; la muchedumbre de borrachos que sentía más exquisito que nunca cada trago, porque nada más dulce que el ron que no cuesta, festejaba su esplendidez.

En poco tiempo la cantina estuvo desbordada de parroquianos celebrando felices y sin medida a Hipólito; esa noche recibió más de veinte invitaciones para ser padrino de bautismo de igual número de infantes; todas las aceptó orgulloso, con la promesa de celebrar “como Dios manda”. Se sentía toda una celebridad, querido y admirado por hombres que hasta ese momento ni siquiera sabía que existían.

Cerca de las tres de la madrugada, el cansancio hizo su aparición. A pesar de los litros de alcohol que había ingerido, Hipólito se mantenía casi sobrio, lúcido, en control de sí mismo; con disimulo, abandonó el lugar rumbo a su casa. El frío y la soledad de las calles contrastaban con el ambiente pesado y humeante de la cantina; con paso decidido, cruzó varias calles dejando atrás el bullicio del barrio del pecado y atravesó la plaza principal del pueblo, en dirección al callejón de Constantino Román, la vía más rápida hasta su residencia.

Quizá envalentonado por los efectos sedantes del alcohol, avanzó sin considerar siquiera la infausta reputación del callejón al que estaba próximo a ingresar, aunque por segundos las historias que se contaban acerca de este, cruzaron su mente. Eso es pura mentira y hoy lo voy a comprobar, pensó.

Sin variar la velocidad de su andar, se internó en el callejón y el frío cortante de la brisa le erizó la piel; tuvo el impulso de correr cuando se vio rodeado por la oscuridad sepulcral que reinaba, pero mantuvo el paso firme mientras hacía esfuerzo por espantar los cuentos de horror que revoloteaban sobre su cabeza.

Ya del otro lado, dejó salir un suspiro de alivio y prosiguió su marcha. En ese momento, un señor de apariencia otoñal, amable, de voz cálida aunque temblorosa, que salió no se sabe de dónde, lo llamó por su nombre:

—Hipólito, muchacho, ¿cómo has estado? No me recuerdas, ¿cierto? Yo soy don Jacinto, amigo de tu papá, yo te conozco desde niño.

—Qué pena don Jacinto, realmente no lo recuerdo.

—Claro, hace mucho tiempo me fui de por aquí; dame razón de tu papá.

—Mi papá está muy bien, con los achaques de la edad, pero ahí va.

—¡Hombe! Hipólito, me da vergüenza pedirte esto, pero aprovechando que te encuentro, ¿será que me puedes ayudar con un asunto que me tiene en pena?

—Bueno don Jacinto, con mucho gusto, en la medida que esté a mi alcance; cuénteme de qué se trata.

—Gracias mijo; resulta que yo hace mucho tiempo recibí cincuenta pesos prestados de mi compadre Rafael Durán y hasta el día de hoy no se los he podido entregar, ¿tú me podrías hacer el favor de llevárselos por mí? Le dijo mientras extendió su mano con el dinero. Si me ayudas con esa caridad, te lo voy a agradecer eternamente.

—Claro que sí don Jacinto, basta que usted sea amigo de mi padre; con el mayor de los gustos yo le hago ese favor.

El viejo Jacinto extendió su mano y le entregó un billete de cincuenta pesos, Hipólito lo guardó en el bolsillo de su camisa para no confundirlo con el dinero que llevaba en los bolsillos de su pantalón.

—Pierda cuidado don Jacinto, mañana por la mañana le llevo la platica a Don Rafa.

—Gracias mijo —contestó Jacinto haciendo una pequeña reverencia—. Bueno, me saludas a tu padre, adiós.

—Adiós don Jacinto, que tenga buenas noches.

Despedidos, Hipólito continuó su caminata hasta llegar a su casa. Su esposa lo esperaba despierta con preocupación y la intriga que le producía no saber dónde ni con quién estuvo de celebración su marido.

A la mañana siguiente, con un espantoso sabor a cobre en su boca y un agudo dolor de cabeza, Hipólito se levantó de su cama y se dispuso a iniciar sus labores como cada mañana. Se acicaló, tomó su desayuno, se despidió de su esposa y partió en dirección al banco a consignar el dinero producto de la cosecha. En el camino, recordó el favor que en la madrugada don Jacinto le había pedido. Decidió dirigirse hasta la casa de don Rafa Durán antes de ir hasta el banco; mejor salía de ese compromiso y después se dedicaría a sus asuntos personales, pensó.

Quince minutos después, tocaba la puerta de la casa de la familia Durán; una señora de mediana edad lo recibió con amabilidad y lo hizo seguir hasta donde Don Rafa se encontraba.

Lo halló en el patio, sentado en una silla de madera con la mirada perdida en el horizonte, fumaba sin prisa un tabaco húmedo hasta la mitad como si lo hubiera tenido en la boca toda la vida; Hipólito lo saludó con respeto y sin sentarse le explicó la razón de su visita al tiempo que de su mochila sacaba el billete que don Jacinto le había encomendado entregarle.

El viejo lo miró con ojos de desconcierto, retiró el tabaco de su boca y molesto, muy molesto, le dijo:

—Joven, eso que usted está haciendo no se hace, ¡cómo se atreve a semejante irrespeto!

Hipólito, que no entendía nada volvió a explicar, esta vez con más detalle la razón por la que se encontraba en esa casa.

—Me disculpa don Rafa, yo solo estoy haciendo un favor a Don Jacinto, que me dijo estar muy apenado porque no le había podido pagar estos cincuenta pesos.

—Y usted joven, ¿cómo sabe de esa deuda?

—El mismo señor Jacinto me lo dijo anoche.

—Pues sí, es cierto que Jacinto me debe ese dinero, yo se los presté hace más de veinte años, justo un año antes de su muerte.

En ese momento, Hipólito comprendió lo sucedido; el terror como una daga atravesó su pecho, su corazón se aceleró y la sangre se agolpó en su cara y de tajo la alegría de sus triunfos recientes, se mudó en pánico y terror. 

Acostado en una cama de aquel sanatorio de la capital, sedado y amarrado, su mente revive una y otra vez la escena de aquella noche en el callejón de Constantino Román.

Imagen: “Sulle vie di Jalasmer”. Alessandro Fioraso – Italia.

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