El Come Muerta

En noviembre de mil novecientos ochenta y tres culminé mis estudios de secundaria; se terminaba el suplicio de unos años que transcurrieron lentos, aburridos y en muchos aspectos, dolorosos. Al margen de los buenos amigos, uno que otro profesor y algunos pasajes que recuerdo con afecto, mi época de estudiante fue sufrida y desesperante, así que, concluir ese ciclo insalvable de la vida significó tanto para mí, como la libertad para un condenado. No suena bien, lo sé, pero en treinta y ocho años no he extrañado un solo día de aquellos vividos, quizá mal vividos, en el claustro de terror al que llamaban colegio.

Ese fin de año debió ser el más feliz, pero no, hubo una última charada que empañó el gozo de ser ex alumno y con la que la escuela me retribuyó con generosidad el desafecto que yo le prodigaba: fui escogido, junto a un grupo pequeño de compañeros, para ir al ejército como soldado.

Pasé más de once años estudiando con sacrificios y esfuerzo, impulsado por el deseo de avanzar y tratar de llegar a ser alguien en la vida y justo a un paso del inicio de mis estudios profesionales, con el sofisma de “prestarle un servicio a la patria”, como si se tratara de un privilegio, me mandaban como carne de cañón a una guerra que no era mía, en un país que se ha debatido por décadas en un enfrentamiento fratricida y sin sentido; el gran y único apoyo del estado para poder ingresar a la universidad, si regresaba con vida.

Lamenté profundamente lo paradójico que resultaba todo. Yo quería ir a la universidad, hacerme profesional, conquistar un futuro promisorio para mí y mi familia. Nunca deseé ir al ejército, y no era que considerara algo menor pertenecer a las fuerzas militares, sino que estaba convencido de que eso de hacerse militar requiere vocación, amor a las armas, disciplina y obediencia férreas y nervios de acero; en cambio, yo tenía propensión por la literatura, mi arma era las palabras, era un indisciplinado feliz y consumado con serios problemas a la hora de acatar órdenes, contestatario por afición y cobarde por convicción.

Puntuales, mi papá y yo llegamos a la cita que el gobierno había impuesto para que me presentara “voluntariamente” a prestar el servicio militar, caminamos lento sin afán, callados y a unos veinte metros de la puerta de ingreso al batallón, el viejo detuvo la marcha, puso su mano en mi hombro y dijo: “Nos vamos de aquí, su mamá y yo no nos hemos partido el lomo criándolo para que termine siendo un soldado”, y desde ese momento adquirí la nada honrosa condición de “remiso”, estatus que se prolongaría por varios años y dejaba mi situación militar indefinida y en imposibilidad absoluta, el ingreso a la universidad.   

A los pocos días de mi evasión, mis padres decidieron que lo mejor era sacarme de la casa, por si acaso a los de la oficina de reclutamiento se les ocurriera venir a buscarme. Así fui a parar a Valledupar, una ciudad bonita, ordenada y próspera; el clima, su arquitectura de vanguardia y la amabilidad de su gente me sedujeron muy rápido; era la ciudad de las oportunidades.

En poco tiempo comencé a trabajar de ayudante en un taller de soldadura y por las noches asistía a una corporación educativa a recibir clases de programación de computadores, una carrera técnica y futurista que recién iniciaba. Estaba contento: me libré de ir al ejército, estudiaba -aunque algo que no me gustaba mucho en realidad-, hacía nuevos amigos y no tenía idea que estaba por enfrentar todos los temores que incrustaron en el alma desde muy niño, las historias que mis vecinas recitaban en las noches sin luz de mi pueblo.

La casa donde me alojaba distaba del centro educativo al que asistía al menos cuatro kilómetros. El ingreso a clases era a las seis de la tarde y la salida sobre las nueve, una hora en la que todo el mundo estaba en su hogar encerrado y el transporte público no operaba, así que me tocaba caminar. Eso no era mucho problema, aunque siempre estaba exhausto debido a las jornadas de trabajo diario en el taller. Lo terrible era la soledad de las calles y la oscuridad que me envolvía durante todo el recorrido, pero lo verdaderamente mortificante estaba a mitad de camino: a un lado de la avenida estaba situado el cementerio viejo, lúgubre y mal oliente, y al otro, las urgencias de la clínica de los seguros sociales, donde para mi infortunio, siempre que yo pasaba estaban bajando algún cadáver.

Ni un solo día de los que asistí a aquellas clases pude concentrarme; todo el tiempo pensaba en el camino de regreso, siempre iba con la cabeza gacha sin saber si correr o llorar y con la impresión que desde la penumbra me observaban seres malignos que en cualquier momento saltarían delante de mí para llevarse mi alma o algo así; pero cuando llegaba a la altura del cementerio, perdía la voz y el corazón no palpitaba más fuerte, por el contrario, latía lento, aunque cada golpe se hacía horriblemente audible, el pánico me doblegaba hasta las lágrimas y terminaba corriendo despavorido el resto del camino, una pesadilla que se repetía todos los días.

Por vergüenza, nunca le comenté a nadie sobre mi experiencia terrorífica de cada noche. Por momentos pensé que la mejor manera de acabar con aquel sufrimiento era retirarme y abandonar mis estudios, pero el día que tuve la intención de irme y no volver más nunca, anunciaron que la corporación -interesada en el bienestar de sus estudiantes- ponía al servicio de la comunidad educativa la oficina de bienestar en donde, entre otros servicios, había un consultorio psicológico.

¡Claro, un psicólogo, eso es lo que necesito!, pensé; yo sabía que el problema estaba en mi cabeza, al fin de cuentas, en tanto tiempo de miedo nunca se me apareció nada extraño en realidad, así que la idea de un psicólogo me ilusionó y desistí de la idea de retirarme del plantel.

Por supuesto, yo fui el primer estudiante en solicitar cita con el profesional del alma. Era la cita de mi vida, mis miedos tenían sus días contados y podría tener una vida normal como todo el mundo. Estaba impaciente por reunirme con el doctor; escribí -con cuidado de no omitir detalle- una lista con los síntomas y las que consideraba posibles causas de mi padecimiento. Había visto psicólogos en programas de televisión, por eso sabía que una parte importante de su trabajo lo hacen inquiriendo en los laberintos de la mente de sus pacientes, así que me preparé para entregarle información detallada y cronológica, con el fin de facilitarle el asunto.

El día que entré al consultorio sonreía todo el tiempo, supuse que me veía un poco loco, pero bueno, iba a reunirme con un psicólogo y qué mejor que una cara de loco para que el doctor se sintiera en su ambiente; además, con seguridad se interesaría un poco más en la cuestión, pensé.

El recinto del doctor no era lo que imaginaba, no había un sofá largo y cómodo para recostarme, tampoco una butaca acolchada para que él estuviera plácido mientras escuchaba mis requiebros emocionales, no tenía una biblioteca con libros de psicología… ¡Nada! Dos sillas plásticas baratas y una bombilla de luz amarilla deprimente que colgaba de un cable, eran todo el mobiliario del gabinete, pero lo que más me llamó la atención fue que el doctor tenía más cara de loco que yo.

A pesar de la no muy buena impresión, mantuve mi entusiasmo y esperanzas, quedó claro que la realidad es muy diferente al mundo cuasi perfecto de las películas, pero no iba a permitir que ello interfiriera en el tratamiento que con seguridad ese día iniciaría.

El doctor me hizo seguir sin mucha amabilidad, ni siquiera me invitó a sentarme y simplemente me preguntó la razón por la que estaba ahí. Se asomó un poco de frustración, pero la sofoqué pensando que tal vez esa actitud era parte del rol profesional que debía asumir para tratar pacientes tan especiales como yo.

Atrevido entonces, corrí la silla que estaba disponible, me senté y comencé a abrir mi corazón y a recitar una por una las angustias de mi pobre existencia; nos esperaba cerca de dos horas de historias que tenía preparadas para esa primera sesión; tenía que sacar esa cantidad de cosas que me indigestaban y atormentaban el alma, solo que el doctor no tenía tanto tiempo ni paciencia ese día; antes de quince minutos me mandó a callar y sin levantar la cabeza dijo: hombe, tú lo que tienes es fobia a la oscuridad, se levantó de la silla y me abrió la puerta en una invitación poco cortés para que saliera de su oficina.

¿Fobia a la oscuridad?”, yo sabía que sufría de eso, no necesitaba ir a un loquero para que me dijera lo que yo sabía; lo que necesitaba era que me dijera cómo me quitaba eso de encima, que me indicara un tratamiento, algún sedante, una camisa de fuerza, cualquier cosa para superar tantos temores. Estaba frustrado, confundido y sin esperanzas; sin embargo, comprendí que debía hacer algo por mí mismo para superar aquellos traumas, no podía continuar viviendo de aquella manera y después de todo, ya estaba cerca de la mayoría de edad como para seguir con miedos de niños.

Me convencí de que los miedos es mejor enfrentarlos, eso también lo escuché en una película, de manera que establecí un plan de acción para mirar a los ojos a los míos y vencerlos. Cada noche, al regresar de mis clases, caminaría un metro más cerca del cementerio, hasta llegar a la puerta misma de entrada, de esa manera vencería mis temores.

Los primeros días no fueron nada fáciles, dudé, gemí, sudé, pero al final de la primera semana estuve cinco metros más cerca de mi meta. Cada noche me evaluaba con satisfacción y metro a metro comprobé que en realidad no había nada que temer. Con cada logro los temores se iban haciendo más pequeños, me convencí de que los muertos no salían de sus tumbas y que los fantasmas solo viven en la imaginación.

En poco tiempo el temor a la oscuridad había desaparecido, me sentía seguro, más tranquilo. El momento de la prueba final llegó y todo el día estuve preparándome para ello. Asistí a mis clases sin sobresalto, conversé distendido con algunos compañeros en los descansos y esperé paciente el campanazo final, después del cual, caminé firme a mi encuentro con las puertas del cementerio viejo de Valledupar.

A la distancia, entre la penumbra de la Avenida La Popa divisé las paredes vetustas de aquel campo santo y la tenue luz de un rayo de luna hizo visibles las bóvedas que servían de morada final a sus huéspedes; no sentí miedo, por el contrario, estaba satisfecho, un poco orgulloso, ese día quedaban sepultados todos los fantasmas del pasado y justo cuando estuve al frente de las rejas en la entrada del cementerio, de su interior salieron un par de brazos que intentaron agarrarme mientras una voz extraña gritaba palabras ininteligibles.

Mi grito se tuvo que haber escuchado en toda la ciudad, como pude me solté de aquellas manos frías y corrí despavorido la carrera de mi vida. Estaba en shock, pero no dejaba de correr y de gritar sin poder entender lo que acababa de suceder.

Casi tumbé la puerta de la casa donde vivía; estaba histérico, jadeante, aterrorizado; no tenía duda, un muerto me acababa de salir e intentó atraparme. ¡Sí salen, sí salen!, gritaba descontrolado y en medio de mi agonía comprendí que me tendieron una trampa y había caído, me dejaron tomar confianza y justo el día que más me acerqué, se revelaron con todo su poder, ¡qué malos!

En la casa todos fueron comprensivos conmigo; yo vivía en la residencia de Joel Peñuela, donde me hospedaron con cariño y generosidad, su papá -un hombre que aprecio por sabio y respeto por noble-, su mamá y sus hermanos intentaban calmarme de todas formas, menos Joel, él se burlaba gozoso de mi situación.

En la medida que mi ataque de pánico lo permitió, me explicaron que, en Valledupar, había un loco que se metía a los cementerios de noche, siempre que se enteraba del entierro de alguna mujer, principalmente si esta era joven. Lo apodaban El Come Muerta, porque las malas lenguas decían que en su delirio esquizofrénico practicaba necrofilia.

Todos, excepto Joel, se ofrecieron a acompañarme esa noche al cementerio para constatar que se trataba de ese extraño personaje. Convencido por las persuasivas palabras de don Noel Peñuela, accedí a regresar al cementerio; por el camino fuimos recogiendo los cuadernos y los libros que quedaron desparramados en mi huida y al llegar, efectivamente, pudimos ver al sujeto saltando una pared para salir de aquel lugar; se alejó caminando, hablando y riendo; la prueba era irrefutable y mi alma descansó.

Ese día comprobé que, a los que hay que tenerle miedo, es a los vivos.

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22 comentarios en “El Come Muerta”

      1. Sandra Cohen Garcia

        Jorge, muy entretenido tu relato y un poco a la expectativa de lo que ocurriría en el cementerio..
        Al final como dices tu: Hay que tenerle miedo es a los vivos.

        1. Sandrita, gracias por estar nuevamente por aquí y opinar. Qué bueno que encuentres entretención en mis escritos, es parte de la finalidad, traer esparcimiento y recreación, tus comentarios que animan mucho, son un espaldarazo a mi pasión por la escritura. Cada comentario tiene significancia y valor inconmesurable.

      2. Becky, qué alegría tenerte en mi blog, bienvenida. Gracias por comentar y más gracias, que creo en aquellos días no te las expresé, porque siendo entonces muy niña aún, entre risas y risas fuiste condescendiente con el momento del susto vivido. Un abrazo enorme.

  1. Joel Peñuela Quintero

    Escritor, gracias por empujarme a momentos que por la distancia comienzan a esfumarse. Sin embargo, sí, tengo en la memoria varias escenas relacionadas con su estancia en Valledupar y especialmente en mi casa, pero no voy a mencionarlas porque sé que un día de estos usted las resucitará y lo contará mejor de lo que puedo hacerlo. Fueron buenos momentos, sin duda. Gracias por hacernos parte de su historia personal.

    1. No, apreciado Joel, soy yo quien agradezco, y creo que nunca lo haré suficiente, la amabilidad suya y de toda su familia demostrada en la hospitalidad a mí brindada por aquellos días. Entiendo que algunas memorias no se vean con tanta claridad, la edad supongo je,je,je; pero hay un detalle imborrable e inmodificable: la amistad, con la que he sido altamente bendecido.

  2. Jorge, terminé de leer su relato muerta de la risa por su escalofriante susto y logró traer un recuerdo vivido por mi padre, también en el cementerio. Gracias nuevamente por sus excelentes relatos.!

    1. Gracias a usted, mi aprecida profesora Nidia; me alegra que disfrute mis escritos y me consuela, con todo respeto lo digo, saber que experiencias similares, como el caso de su señor padre, otros han vivido.

  3. Patricia Oropeza

    La mente siempre nos trae sometidos a los miedos, pero has logrado una historia muy divertida Jorge. Creo que hasta mi estómago brincó de imaginar esos brazos sujetándote con fuerza. 😂😂😂
    Saludos ✨🎉

    1. Mi apreciada, Paty, indudablemente los temores someten y subyugan, hasta que los enfrentamos y entonces el terror migra a la anécdota, el susto a la risa y la experiencia a la historia; es nuestra venganza a la supervivencia de los miedos que algunas vez vivimos. Siempre gracias, por comentar, por hacerme saber que disfrutas mis escritos y compartir experiencias.

  4. Totalmente de acuerdo señor escritor. “Se teme a los vivos”. Mil gracias por compartir sus vivencias y escritos; siempre cultivan la atención del lector, con la claridad y fluidez de su palabra escrita. ¡Felicitaciones!

    1. Betty, muchas gracias por leer y comentar acerca de mis relatos. Celebro tu opinión acerca de mi escritura y la agradezco infinitamenmte; es apoyo y estímulo a mi tarea, y sí, los vivos son de temer, más en estas épocas, carentes de valores y nobleza. Otra vez, gracias por tu apoyo.

  5. M. Yedenira Cid Z.

    Escritor, gracias por hacerme partícipe de sus memorias al leerle.
    Que su fuente de inspiración sea inagotable.
    ¡Enhorabuena!

    1. Mi querida, Yedenira, gracias a ti por participar con tu lectura, tu opinión y tus aportes de autoridad, en todo este proceso literario. Me alegran mucho tus comentarios cargados de sinceridad y buenos deseos. Espero que, en efecto, el caudal nunca se seque.

  6. Luz Janet Quiroga Suárez

    Me gusta mucho tu estilo de narrativa. Me mantienes en la expectativa del desenlace. Es divertida y rica en detalle. Fácilmente me trasladas en la historia.
    Un fraterno abrazo, con mi agradecimiento por compartir tu talento conmigo.

  7. Cuantas cosas interrumpieron mi lectura en todos estos días; pero al fin pude disfrutarla . Cuantas experiencias Jorge, esos terrores que a tantos nos marcan en la vida y que gracias a Dios supimos enfrentar y vencer. Un poco de todito pues también reí,. Gracias por permitirnos disfrutar de tus escritos . Espero el próximo 🤗

  8. Tatiana hernandez

    Si.. Jorge hay que tenerle mas miedo a los vivos.. Pero.. También a las cosas que no conocemos.. Muy entretenido y chistoso tu relato…

    1. Tristemente, así es Tatiana; hay tanta maldad en el mundo que nos obliga a vivir precavidos y a la defensiva, muy estresante. Los misterios de lo que no conocemos, infunden respeto, pero terminan siendo menos dañinos, algunos. Gracias por tu comentario.

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