El epílogo

Una de las situaciones más difíciles y dolorosas de mi vida, la enfrenté a los trece años, el día que visité a mi papá en la cárcel municipal. Aún hoy, tantos años después, no encuentro las palabras precisas para describir el cúmulo de emociones y sentimientos que fluyeron en mi mente en aquel momento; fue una experiencia extraña, como una entelequia macabra y sin sentido cuyo eco de vez en cuando me visita.

Una deuda originada en un fracaso comercial y la inmisericordia de alguien a quien alguna vez consideró amigo, lo pusieron tras las rejas; fue el día mismo en que enterraba en una cajita blanca a su quinto hijo que nació muerto. Dos agentes del desaparecido y tristemente célebre Departamento Administrativo de Seguridad lo condujeron como a cualquier delincuente, desde el cementerio hasta la cárcel. Fue toda una tragedia familiar que afortunadamente se solucionó en pocos días, pero que cambiaría muchas cosas en mi vida para siempre.

Recuerdo como si fuera hoy, el momento casi al finalizar del día en que ingresé a aquel lugar maloliente y mustio, la sorpresa en la cara de mi papá cuando me vio y el abrazo que nos dimos. Sus manos, que siempre han sido firmes, se notaban temblorosas mientras me limpiaba la cara surcada por lágrimas que se desbordaban solas, silentes, espontáneas.

Aquella escena fue inverosímil. Mi papá siempre ha sido el hombre más importante y determinante para mí, un luchador incansable, que no sin errores, consagró su vida a formar y mantener unida a la familia, quizá porque él mismo no creció en una.

Su madre falleció durante el parto y su papá decidió entregarlo en adopción a una señora soltera que lo crio y lo amó como si fuera propio, aunque ese amor no pudo librarlo del desprecio y el maltrato de algunos familiares de ella que se resistieron recibir en su seno a un bastardo sin madre y con el cual, algún día, debían compartir la fortuna acumulada y el abolengo de un apellido que les daba lustre y la sensación de superioridad.

En realidad, las opciones de mi papá siempre fueron escasas, muy escasas. A pesar del amor que le prodigó su madre adoptiva, siempre fue blanco del acoso y del maltrato. Para los demás, siempre fue el niño sin mamá ni papá al que quisieron reducir a sirviente; su gran oportunidad era la de ser un perdedor, un fracasado, pero él decidió otra cosa para su vida.

Cualquier día arregló sus maletas y fue a parar a la capital del país. La pujanza de Bogotá, que estaba en plena expansión en la década de los años cincuenta, lo sedujo. Atrás dejó los cañadulzales, el sonido de los trapiches y el relincho de los caballos, el sonido monofónico de los pitos del acordeón y la idiosincrasia de una sociedad provincial que no lo representaba.

Se hizo a pulso. Estudió periodismo y locución, ingresó al Conservatorio Nacional y se logró integrar, sin mayores dificultades, a las esferas culturales de la ciudad que por entonces reunía en cafetines, salas de concierto y teatros, lo más granado de las artes plásticas, la música y las letras del país.

Dirigió un programa de radio que alcanzó inusitado prestigio, colaboró con periódicos y revistas, dirigió su propio coro lírico, y se casó con mi mamá, tal vez su logro más significativo, porque juntos formaron una familia y un equipo.

Regresó a su pueblo natal cuando su madre de crianza enfermó de cáncer y la acompañó amoroso sus últimos años. Lloró amargamente su muerte un mes entero, transcurrido el cual, se levantó de su lecho de duelo y continuó su vida; fue un comienzo nuevo, ahora de retorno en el pueblo que lo vio nacer. No se apegó a herencia alguna y al lado de mi mamá, trabajó a brazo partido generalmente en labores agrícolas. Fue gerente de varias emisoras de la región y fundó el primer periódico del sur de La Guajira. Con esfuerzo construyó su casa grande, con jardines y terraza, en el interior de la cual edificaron su hogar. Era otro mundo.  

Siempre que hablo de mi papá lo hago en términos exagerados y muy entusiastas. Alguna vez alguien comentó que lo he idealizado, en realidad no es así, sé pensar en mi papá en su justa medida. Reconozco que mi admiración por el viejo es grande y  evidente, pero también soy consciente de sus áreas, digamos, menos iluminadas.

Es terco como una mula y con los años ha perfeccionado esa condición. Ha vivido ochenta y cuatro años en su ley; en ocasiones puede ser irreverente y contestatario, sin miedo cuando de decir la verdad se trata, así incomode. Es hipocondríaco; desde que tengo memoria le he escuchado decir que tiene todas las enfermedades. Alguna vez lo atacó una carraspera insistente y se auto diagnosticó cáncer de garganta; por supuesto, al día siguiente estaba como si nada, pero enseguida se inventó otro malestar. En una ocasión, hizo una llamada a mi oficina para despedirse, cursaba un resfriado común pero él se entregó pasible a la voluntad de la muerte yo creo que de esta no paso hijo, me muero, dijo. Desde luego, a los dos días estaba recuperado y para no perder el áurea tragicómica apuntó con voz trémula: esta recuperación es muy sospechosa, he oído que en ocasiones el enfermo se mejora de repente solo para morir después; en todo caso, yo estoy en el epílogo de la vida. Eso fue hace más de veinte años, no conozco un epílogo más largo.

Es de muy pocos amigos y practicante de una fe protestante que riñe con la mayoría de sus actos. Es el hijo más imperfecto de Dios, por eso será que he visto caer sobre su vida toneladas de misericordia.

Pero es noble, detrás de su repelencia de momentos hay un corazón grande y dadivoso. Es feliz compartiendo su pan con el más necesitado. Es educado y culto, conocedor de los clásicos y siempre nos ha inculcado el amor por el arte y la literatura. Su consagración al hogar ha sido ejemplar y cuida la unidad de la familia con celo. Ya está viejo, pero el único que no lo sabe es él. A su edad, monta en bicicleta, arregla circuitos eléctricos, corrige las goteras del techo… Sí, aún se monta al techo. Es un carpintero formidable, cocinero exquisito, ha sobrevivido a tres ataques cardíacos, una operación a corazón abierto y la envidia de algunos. El coronavirus no lo pudo someter, aunque le hizo pasar unos días muy malos y todavía cree que yo, a mis cincuenta y seis años, soy un niño.

Cada dos días llega temprano a mi casa y toca la puerta con tanta fuerza que el susto es inevitable; trae siempre consigo guayabas que cultiva en su patio, mira de reojo todo y sin más monta su bicicleta, vieja como él, y se despide no sin antes preguntarme cuándo voy a visitarlo, algo que hago casi todas las tardes. Él prepara sus tortas de cumpleaños, dedica un buen rato cada mañana a tocar el piano en el solaz de su casa, escribe en su computador artículos de actualidad que publica en la emisora del pueblo, es anti gobiernista cualquiera que sea el gobierno de turno y está planeando viajar a Venezuela a comprobar que los medios de comunicación colombianos mienten acerca de la crisis del vecino país. Para él, Venezuela sigue siendo el paraíso en el que vivió en su juventud cuando estudió teología en San Cristóbal, Estado Táchira.

Lo he visto, a lo largo de la vida, caer muchas veces y levantarse otras tantas, siempre con fe, con optimismo. De su ejemplo aprendí que el mayor deber de la  cabeza del hogar es poner siempre a la esposa y los hijos en primer lugar. Recuerdo verlo, siempre que regresaba de algún viaje, cargando emocionado una caja con artículos de belleza para mi mamá y regalos para nosotros. Pero quizá, el recuerdo que más aprecio de él, es su imagen todas las tardes sobre las tres, sentado en la terraza interior de la casa leyendo la Biblia que tiene desde los diecisiete años y resaltando algunos pasajes con lapicitos de colores. Aún lo hace, toda su vida se ha aferrado a ese libro, en los momentos buenos y en los difíciles, cuando ha tenido y cuando no. Para mí es un genio y como todo genio, es incomprendido y está fuera de época.

Aquel lejano día en la cárcel, mientras me explicaba las razones que lo redujeron a la condición de reo, me enseñó que en la vida es posible recibir golpes impredecibles, innobles  y dolorosos, pero que siempre subsiste la esperanza de que la justicia brille cuando se ha actuado bien y en el entretanto hay que saber guardar la gallardía y mantener la dignidad.

Yo era solo un niño, no niego que el golpe fue fuerte, devastador, pero al escucharlo hablar con tanta calma y seguridad regresé a mi casa orgulloso y en paz. Desde entonces, aprendí a caminar con la frente en alto no importa cuán difíciles sean las circunstancias, todo es pasajero: la tristeza, el dolor, las derrotas, hasta la vida misma, todo lo que cuenta es lo que hacemos en el aquí y el ahora para hacer más amable el momento y llevadera la carga.

La vida de mi padre ha sido inspiradora para mí en varios aspectos. Es el personaje principal en varias de mis obras publicadas por la Editorial Papel y Lápiz. Ha sido una forma de homenajearlo en vida y perpetuar su nombre.

Hoy veintisiete de julio del año dos mil veintiuno, mi papá está celebrando su cumpleaños número ochenta y cinco y por lo que veo, el viejo piensa seguir en esta parte del universo por muchos años más, cosa que me alegra mucho.

Debo dejar de escribir ya, está tumbando la puerta, acaba de llegar…

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24 comentarios en “El epílogo”

    1. Jorge Parodi Quiroga

      En realidad, es un gran privilegio poder hacerlo, Sixta. Al pasar el tiempo, los momentos vividos toman una tonalidad diferente y más especial. Aún las dificultades y las injusticias redundan en experiencias que enriquecen la vida. Gracias por comentar

    2. Cuanto recuerdo los escritos de mi abuelo al leer sus escritos. Cómo la descripción tan detallada me permite visualizar todo, cuanto lo disfruto. Gracias!

      1. Rossette, me alegra mucho leer sus comentarios y sobre todo saber que disfruta de la lectura al tiempo que esta le permite revivir memorias bonitas y traer al presente momentos y personas tan caras a los sentimientos. Usted, como otros tantos, ennoblecen mi oficio. Gracias por su comentario.

  1. M. Yedenira Cid Z.

    Un merecido homenaje el que le hace a su papá en este escrito.
    Como padres, siempre se agradece y se aprecia tener hijos tan buenos, y usted lo es.
    ¡Enhorabuena, escritor!
    Mis mejores deseos de cumpleaños a su señor padre y un abrazo para él en este su día, con respeto y admiración desde México.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Muchas gracias, Yedenira, por creer que soy buen hijo, otra generosidad tuya. Lo que sí puedo afirmar, mientras agradezco a Dios, es el buen papá que es el viejo y como creo que los homenajes son mejores en vida, hoy le tocó el turno. Gracias por unirte a la celebración y comentar

  2. Rodys Brito Brochero

    Muy interesante Jorge, me identifiqué mucho con el contenido, de niña me tocó vivir circunstancias similares, éxitos

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Mi apreciada, Rodys, qué alegría me produce leer tu comentario. Sé, los años de escuela me permitieron comprobar, que eres luchadora, esforzada, noble y valiente. Admiro la calidad de persona que eres. Un abrazo. Gracias por tu comentario

  3. Patricia Oropeza

    Encantada de conocer a su señor padre… Y que mejor desde las letras del hijo.
    Feliz cumpleaños 🎉🎉🎉
    Y gracias Jorge por esta delicia de blog. Soy fan. 😊

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Seguro mi papá, que es un coqueto, se va a emocionar con tus saludos. Yo me emociono y agradezco el tiempo que inviertes en leerme y comentar. Le insuflas ánimo a lo que hago. Gracias mil

  4. Que regalo más hermoso del hijo al padre en su Cumpleaños. Su lucha y ejemplo sirven de inspiración al hijo que hoy lo admira como a un héroe, como debe ser. Espero que su progenitor pueda disfrutar esta historia, tanto como yo. ¡Felicitaciones! ¡Aplausos, Jorgito!

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Betty, muchas gracias por acompañarme siempre con tu comentario tan amable. Así es, el viejo ha marcado con tinta imborrable la vida de todos sus hijos. Junto a nuestra madre, ha luchado más de medio siglo para hacer de nosotros gente de bien. Gracias por tanto apoyo

  5. Nidia Clavadía

    Jorge, no tengo palabras para describir desde la otra orilla, como lectora, lo ingeniosa que es tu pluma para narrar. ¡Felicidades! Y como tu compañera de colectivo, sugerirte que atiendas la convocatoria de SIN MÁRGENES. Excelente escrito.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Profesora querida, muchas gracias por tan excelsa opinión. Me honra usted. Atenderé presuroso su sugerencia, que para mí es orden.

  6. Tatiana hernandez

    Hermoso… Lo extraordinario.. del ser humano.. Es que a pesar de las cicatrices del nacimiento e infancia… No podemos dejarnos vencer. Y esas cicatrices…no deben dictar
    el resto de nuestras vidas…..

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Tatiana, tienes toda la razón. Las cicatrices son la evidencia de las experiencias vividas que nos dejan enseñanzas para continuar el resto del viaje. Gracias por comentar.

  7. Joel Peñuela Quintero

    Qué grato es poder leerlo, y sobre todo conocer aspectos tan sensibles y significativos, como lo es su relación con el viejo.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Gracias Joel. La maravilla de la escritura, que nos permite ver la cotidianidad con otros ojos. Aprecio tus comentarios

  8. Julia Maldonado

    Hermoso relato que describe ese ser maravilloso, como pocos; que te deleita con orgullo al evocar cada etapa de tu vida, donde siempre ocupa un importante lugar.
    Un bonito homenaje a el en vida, como debe ser y que Dios le permita por muchos años, contar con tu cariño y disfrutar tus éxitos.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Muchas gracias, Julia, por su comentario y sus buenos y benditos deseos. Noble detalle anhelar vida y triunfos a las demás vidas, me bendice usted

  9. Sandra Cohen Garcia

    Que lindo homenaje escrito a tu papá , Jorge. En cada palabra se siente la admiración y respeto hacia el. Me hiciste acordar a mi papi… a quien también admiro mucho por el gran ser humano que fue. Un abrazo.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Gracias, Sandra. Tuve el privilegio de conocer de cerca a Jaime Cohen, tu papi y mi suegro; un gran ser humano caracterizado por muchas virtudes pero de nobleza sobresaliente. Créeme que durante la escritura de este relato, en muchos pasajes lo recordé con mucho cariño. En mi escrito, hay una nota de honra para él y para todos los papás. Gracias por comentar

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