El milagro de la guitarra roja

“No traiciones tus creencias, todos merecemos ser aceptados. No podemos remar en contra de nosotros mismos, eso transforma la vida en un infierno”.

Carpe Diem, Walt Whitman

Transitaba los primeros años de la adolescencia, los tiempos del despertar existencial en el que suelen aparecer las primeras preguntas profundas, sin respuesta generalmente; los cambios se fueron tornando evidentes en lo físico, casi imperceptibles en lo emocional. De un momento a otro, todo lo que en la infancia me hizo feliz perdió significado, se tornó fútil y molesto; una sensación de insatisfacción creciente me invadió y me atormentaba hasta la agonía; el niño feliz y descuidado se perdía en los vericuetos de las calles que silenciosas me vieron crecer.

Los carritos de juguete, mis revistas de súper héroes y los programas infantiles de la televisión en blanco y negro de los fines de semana, quedaron de lado y empezó una búsqueda frenética de no sé qué, en no sé dónde; era una urgencia por encontrarle sentido a cada cosa que se apoderó en silencio de mí y gobernaba, incluso, cada acto, cada decisión.

Hoy visto a la distancia que los años permiten, el asunto resulta anecdótico y un tanto hilarante, pero en su momento fue una crisis mayor sin salida aparente, imposible de entender y para la cual nadie parecía tener solución ni los papás que solo unos meses antes lo sabían todo; por el contrario, ellos parecían ser parte del problema.

Los interrogantes irresueltos y la convicción de que nadie comprendía lo que estaba sintiendo, fueron el fulminante que disparó los primeros vestigios de inconformidad, de rebeldía; peregrinaba raudo el sendero obligado y doloroso que saca al infante de la cálida protección que prodigan las alas paternas y lo pone en el umbral mismo de la vida, en donde se percibe la inquietante incertidumbre de un mundo que se abre infinito, misterioso.

Estaba avasallado por las normas y los límites que la autoridad me imponía inmisericorde y me sentía subyugado a la voluntad soberana de los adultos, que estimaba irritante, exigente y dictatorial. No soportaba las instrucciones acerca de qué hacer, cómo vestirme, cuándo hablar, cuánto comer, con quién hablar y a qué hora acostarme.

Hoy sé que mis padres hacían su mejor esfuerzo para encaminarme por la senda del bien, pero entonces no tenía la capacidad de comprenderlo; en cambio, comencé a verlos como unos torturadores insensibles confabulados con el resto de la humanidad para hacerme insoportable la vida.

A despecho aceptaba las admoniciones paternas, pero las exigencias de particulares que sin más se abrogaban el derecho de alzarme la voz y fustigarme me resultaban insufribles y desataban un enojo que no me molestaba en ocultar y que me valió la fama de rebelde y desadaptado. Estaba en franca y abierta pelea en contra del mundo entero, creo que llegué a considerar la idea de abandonar el hogar e irme a vivir a una montaña, alejarme del mundanal ruido de un pueblito que solo tenía diez calles, dejarme crecer la barba y tocar en la guitarra canciones de protesta, arropado por la luz de la luna. El pequeño detalle era que estaba muy niño aún, no tenía ni un pelo en la cara y tampoco sabía tocar guitarra, a eso se sumaba que mi terror a la oscuridad me impedía siquiera imaginarme estar solo y en el monte; rápido abandoné la idea de fuga, pero subsistió el deseo de tener barba y tocar la guitarra.

Me convertí en un dolor de cabeza en mi casa y en el colegio, nadie me soportaba ni yo mismo; atrevido, desafié con frecuencia las estrictas normas paternas y la satisfacción era enorme cada vez que lograba irritar a mis profesores.

Tuve una especie de consuelo cuando me enteré de que mis amigos atravesaban en su mayoría la misma amargura en sus casas que yo en la mía. Estaba seguro que se trataba de un complot de todos los papás de la cuadra para impedirnos ser felices; era lógico, ellos estaban viejos, cansados y todo lo que deseaban era leer acostados en sus camas y nosotros por el contrario, rebosábamos de energía y ganas de conocer el mundo, de correr, gritar y divertirnos.

Las reuniones en la esquina dejaron de ser un encuentro de niños con sus juguetes y se convirtieron en un círculo terapéutico con características de confesionario a donde cada uno de nosotros acudía a desahogar las penas de una existencia sufrida e incomprendida, era el único sitio en el universo que nadie cuestionaba a nadie y nos aceptábamos tal cual éramos. Nos hicimos hermanos de aflicciones, monosílabos, circunspectos, oíamos rock and roll y aunque no entendíamos ni una palabra de sus letras, sentíamos en el alma que esa música se identificaba con nuestras agonías y nos expresaba. Ah, y a diario, nos inspeccionábamos unos a otros la cara en busca de la tan ansiada aparición de la barba, celebrábamos con euforia inusitada el nacimiento de cada bello facial.

En casa, mis relaciones con los demás miembros de la familia pasaban por su peor momento, vivía en un aislamiento auto impuesto que instintivamente mi papá sabía sortear, me permitía algo de espacio y privacidad, pero nunca abdicó su autoridad ni transigió las normas establecidas para la familia, como la de asistir cada domingo en familia a la iglesia.

Aquellas dos horas me parecían eternas pero extrañamente entretenidas; era una reunión de personas sencillas que siempre llevaban un libro negro en la mano, se trataban como hermanos y cantaban desafinados y con una rara expresión jubilosa en sus rostros, canciones que acompañaba con su violín también desafinado, uno de los venerables ancianos de esa comunidad, sordo como el mismísimo Beethoven, solo que con un poco de menor prestancia musical. 

Sonreían todo el tiempo e irradiaban serenidad en sus miradas, aún los muchachos de mi edad, eso era un poco perturbador, yo esperaba que ellos como la mayoría de mis amigos, estuvieran atravesando las mismas vicisitudes que nos tenían en franca guerra con el resto del mundo, pero no, sonreían siempre y a pesar de mi ceño adusto, me trataban con afabilidad, con calidez, todos lo hacían, sobre todo la señora que impartía clases a los de mi edad, todos la llamaban hermana Ana. Su trato era amable, cortés y por su forma de hablarme parecía ser la única que podía entender y por momentos sedar las tormentas que rugían en mi interior. Sus enseñanzas sencillas y sinceras me han acompañado a lo largo de los años.

Siempre que terminaba una reunión, juraba no volver más nunca, no me gustaba la religión y ese ambiente plácido me incomodaba. Yo prefería revolcarme en la convulsión de pensamientos confusos que me inundaban; tanta gente feliz en un solo lugar era insoportable, al final, el mundo no era así de maravilloso, era conflictivo, enredado e infeliz, al menos el mío, pero llegado el domingo, yo era el primero en estar vestido para la procesión familiar hasta aquel lugar pequeño y ordenado.

Lo criticaba todo, no me guardaba comentario: que todos vestían igual, que las canciones eran viejas y raras, que los sermones eran aburridores…, pero en el fondo algo me atraía de ese lugar, aunque no lo demostré nunca.

En alguna conversación, de esas que acostumbrábamos tener durante los almuerzos familiares de los domingos, mi papá me preguntó mi opinión sobre las reuniones dominicales: “feas y aburridas”, contesté tajante sin abandonar el rictus de rebelde sin causa, que hasta yo mismo sentía que no iba bien conmigo, “eso es un desorden, parecen locos dando gritos y el señor del violín haciendo bulla por otro lado”, agregué burlón y sarcástico. Y ¿Por qué en lugar de criticar, no aprende a tocar algún instrumento y ayuda a que las canciones se oigan mejor?, sugirieron.

No hablamos más del asunto, pero esa tarde mi padre sembró una inquietud que encauzaría la atención hasta ese momento dispersa en el horizonte nebuloso de la pre adolescencia y acabaría por convertirse en un propósito, el primer gran propósito de mi vida.

No quería ser músico en realidad, pero fantaseaba, como muchos niños, con tocar la guitarra en grandes conciertos abarrotados de público aplaudiendo histérico mi destreza musical, pero la realidad era que nunca había visto una guitarra en mi vida, excepto en televisión.

Crecer en un pueblo pequeño tuvo muchas ventajas, pero también los inconvenientes propios de las provincias alejadas de los grandes centros comerciales y culturales. En todo el pueblo no había un solo almacén de instrumentos ni academias musicales y aunque Fonseca era la cuna de un muy importante número de juglares, compositores y músicos, no era común encontrar una guitarra, los pocos que tenían una, la cuidaban con celo extremo.

La primera guitarra que tuve en mi mano, la conseguí en la basura; estaba rota, prácticamente inservible, había terminado en la cabeza de alguien durante una de esas parrandas, tan características de mi región, por culpa de un desacuerdo entre amigos, avivado por el octanaje del alcohol artesanal que consumían sin parar.

En los dos talleres de carpintería adonde llevé lo que quedó de la guitarra aquella, el diagnóstico fue el mismo: irreparable, pero la ilusión no menguó. Yo había decidido tocar la guitarra y lo iba a hacer, así fuera con las astillas que tenía en la mano, entonces la envolví con cinta pegante, tensé las dos cuerdas que sobrevivieron y pasaba horas en el patio de mi casa intentando, sin resultados, sacar algún sonido que resultara armónico, al menos. La frustración fue apoderándose de mí, comencé  a pensar que eso de tocar la guitarra, nunca lo conseguiría hacer.

Algunos meses después, al regreso de un viaje de negocios, mi papá vino cargando en su mano derecha una guitarra roja, no era nueva, me dijo algún tiempo después que la compró a un empleado del hotel donde se alojaba por doscientos pesos, un precio muy económico aun en aquellos días. El color era un poco extraño, todas las que había visto eran de color madera, pero esta era mía, no lo podía creer, ¡tenía mi propia guitarra!, estaba tan feliz que se me olvidó que la edad me autorizaba a ser rebelde y amargado. Esa guitarra marcó el inicio de una nueva y mejor temporada en mi vida.

Para ese tiempo, ya había estrechado lazos de amistad con algunos de los miembros de la pequeña iglesia local, quienes celebraban como si fuera de ellos, la llegada de la guitarra roja, tanto que dos de ellos, José de Jesús y Jairo, a quienes aún tengo el privilegio de contar entre mis amigos, me apoyaron asumiendo el costo de mis primeras clases de guitarra; el profesor era el violinista de la iglesia.

El hermano Nicolás como era conocido, fue un músico autodidacta, brillante, y disciplinado. Leía el pentagrama y era dueño de una cultura vasta. Perdió casi por completo la audición como resultado del motor de la sierra de su taller de ebanistería, aun así ejecutaba con maestría la flauta, la guitarra y el violín, aunque debido a la sordera casi nunca estaban bien afinados.

Asistí emocionado a mis primeras clases con el hermano Nicolás, era metódico en la enseñanza y se propuso transmitirme con generosidad sus conocimientos musicales. La primera semana me enseñó el nombre y valor de las notas musicales; la segunda, el pentagrama; la tercera, la clave de sol. Transcurrido el primer mes no habíamos puesto un dedo en mi guitarra roja y yo estaba impaciente por sacarle música a ese aparato, decidí no asistir más a sus clases.

Le comuniqué con el mayor respeto mi decisión y el día que lo hice, pude ver en su biblioteca un método de enseñanza de guitarra, todavía no sé cómo accedió a prestármelo por un fin de semana, nada más. Estaba escrito en inglés y contenía los diagramas de más de doscientos acordes para guitarra. Como ese fin de semana se celebraban las fiestas de carnavales, no fue posible encontrar un sitio para fotocopiar el libro, de manera que me encerré en mi alcoba y me aprendí uno a uno cada acorde, en una jornada casi sin descanso. El siguiente martes bien temprano, don Nicolás visitó mi casa en busca de su apreciado libro, pero en mi cabeza quedó grabado gran parte de su contenido.

Los siguientes días los dediqué con esmero a practicar cada acorde, cada círculo armónico, a explorar y conocer mi guitarra roja. Fue un tiempo especial, estaba aprendiendo algo que quería saber, no tenía tiempo para otra cosa; toda mi atención y la fuerza que galopaba dentro de mí, todas mis energías estaban volcadas sobre mi guitarra. Las rabias, la inconformidad y la rebeldía sin sentido desaparecieron, se fueron disipando al son de las melodías que destilaban las cuerdas de mi instrumento maravilloso.

Esa guitarra canalizó la furia de los años mozos y me ayudó a entenderme, a descubrir los talentos y los dones que Dios en su bondad me había regalado. No sé si el viejo era consciente de lo que hacía cuando me la regaló, pero en cualquier caso, con intención o no, ese instrumento exorcizó los fantasmas que intranquilizaban mi paso obligado a la pubertad; punto para el viejo.

Con mi guitarra le llevé serenatas a mi mamá, hice parte del coro del colegio, amenicé las reuniones con mis amigos, convertí mis poesías en canciones y cualquier domingo terminé siendo el músico de la pequeña iglesia del pueblo, después de que el hermano Nicolás ya no tocó más su violín, un recuerdo que honro aún hoy.

Con el paso del tiempo la guitarra se deterioró y quedó colgada para siempre del clavo en la pared de mi alcoba al frente de mi cama, desde donde la contemplé tantas noches antes de dormir. La reemplacé una y otra vez y hasta el día de hoy una guitarra siempre adorna mi habitación. Ya no la toco con la misma frecuencia, pero de vez en cuando la tomo y entre acordes y arpegios, entre melodías y canciones, el milagro vuelve a suceder: me encuentro conmigo mismo flotando entre las dulces notas de sus seis cuerdas maravillosas y sonrío feliz.

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23 comentarios en “El milagro de la guitarra roja”

    1. Sandra Cohen Garcia

      Muy bonito relato Jorge. Nos transportas a esa etapa un poco difícil, pero definitivamente importante para re-encontrarnos con nosotros mismos e identificarnos con muchas cosas que marcaran nuestra etapa adulta. Felicidades por tu escrito!.

  1. M. Yedenira Cid Z.

    La adolescenciaha sido, sin duda, el qubradero de cabeza para muchos padres, y una etapa difícil para los jóvenes. Yo también me sentí así, ni las órdenes ni lo cuadrado me gustaban. Cuánto anhelé ser poseedora de una libertad absoluta.. Pero nada.
    Y como diría mi adorado papá: ‘La juventud es la única enfermedad que se cura con el tiempo’.
    Gracias escritor, por hacerme partícipe de sus creaciones.

    1. Así es, Yedenira. Una etapa nada fácil en general; el abandono de una etapa de la vida y la entrada a un nuevo mundo, siempre supone un quiebre y caos, pero la manera en que se afronta hace la diferencia para el resto de la vida. Muy amable, como siempre, tu comentario. Gracias.

  2. Sixta Garcia de Cohen.

    Oh la adolescencia, todo el que tenga hijos mayores de13 sabe lo que es lidiar con “eso” ; hacemos de todo: ordenamos, negociamos, leemos el futuro, aconsejamos y al final la vida nos enseña que cada quien construye su propio futuro a partir de esa edad…perdóneme pero no puedo dejar de hablar como mamá
    Felicitaciones, que buen escrito…

    1. Creo que no hay un término más apropiado que “lidiar” para referirse a las maromas que esa etapa de la vida exige. Mientras escribía este relato, tuve mucho tiempo para reflexionar desde las dos orillas, la del hijo y la del papá, ambas son muy complejas. Gracias, Sixta, por comentar.

  3. Felicitaciones señor Parodi desde luego esas primeras crisis existenciales nos ayudan a buscar el cuestionamiento del que el porque y camino a seguir. Siempre aparecen buenos Nicolás

    1. Rubélio, bienvenido a mi blog. Me alegra mucho poder interactuar con usted. Esas crisis, como bien lo anota usted, son los dolores de parto a una etapa de la vida decisiva. Muchas gracias por su comentario.

  4. Patricia Oropeza

    Aún recuerdo mi adolescencia cómo si fuera ayer, efectivamente odiaba a todos y me parecían horribles las exigencias de mis padres.🤣🤣🤣
    Quién me diría, que el tiempo me pondría en el aborrecido lugar de organizar la vida de mis hijos adolescentes.
    Y cada que alguno de ellos voltea los ojos después de una instrucción mía, me acuerdo que yo fui peor y mejor agradezco a Dios estos hijos tranquilos que me mandó.
    ¡Muy divertido como siempre!
    Saludos Jorge 🙂

    1. Hola Paty, tu comentario me recuerda una de las realidades más absolutas de la existencia: la vida es tremendamente compensativa; simpre terminamos siendo maestros de lo que alguna vez fuimos alumnos. Gracias por participar con tus comentarios y opinión, siempre.

  5. Jorge, tu relato me acaba de enseñar lo que pasa con mi hija, tiene 13 años y con tu escrito comprendí su mundo. Además, muy bien narrado, ¡felicitaciones!

    1. Profesora, Nidia, valoro cada comentario que amablemente dejan en el blog quienes leen mis escritos, y este suyo, particularmente, me llena de regocijo, tanto por su opinión cortés sobre la estructura narrativa del relato, como por el alcance que su contenido ha tenido para ofrecerle algunas luces en la crianza de su hija. Agradezco a Dios que mis escritos no solo puedan llevar esparcimiento y tocar emociones, sino que además dejen alguna reflexión de vida perceptible entre sus líneas. Muchas gracias por su opinión.

  6. Definitivamente la adolescencia marca al ser humano con tanta confusión de sentimientos, de quereres y gracias a la sabiduría de su padre con ese regalo con el que logró encontrar un camino que lo satisfizo. La historia como siempre la he disfrutado en cada uno de sus apartes 🤗 Gracias!

    1. Así es, Rossette. Es una mezcla de emociones, hormonas y vivencias casi cataclísmicas, pero la adolescencia es bella; gracias a Dios por cada padre y cada madre que enfrentan con amor, sacrificios y a veces sufrimiento (casi siempre) esa etapa, tan compleja, de la vida de sus hijos. Gracias por leer, gracias por compartir tu opinión. Gracias

  7. Ilba del Socorro Vides Meza

    Me hiciste recordar a mi hermana menor, que era desobediente, estrafalaria ( en el argot de esa época no le importaba si el vestido tenía el dobladillo zafado o arrugado) y busca pleitos tanto con sus hermanos a quien no les perdonaba nada, como con sus amigos adolescentes igual que Ella. Se sorprenderán del cambio drástico para bien después de esto. Se convirtió en una jovencita organizada, menos rebelde y amiguera alcanzando su madurez una vez ingresó en una Academia de baile clásico, dónde nuestra Madre la inscribió.

    1. Ilba, bienvenida a mi blog. La experiencia que compartes amablemente, ratifica la importancia de enrutar la fuerza de la adolescencia por caminos que ofrezcan, no solo la alternativa de la lúdica y el entretenimiento, sino valor agregado en la formación del ser. Me complace sobremanera tu comentario. Gracias.

  8. Joel Peñuela Quintero

    Felicidades, escritor. Qué bueno es recordar esos momentos de la infancia y adolescencia, en los que hay un caudal inagotable de literatura por aflorar. Hoy recuerdo que mientras usted luchaba con su guitarra yo lo hacía con mi acordeón piano. Solo por mi obstinación (a la que desde hace poco llamo disciplina) fue que aprendí a tocar ese armatoste… recuerdo que juntos chicharreábamos con nuestros instrumentos creyéndonos los nuevos depositarios del arte musical… ¡Qué tiempos! Gracias por recordarlo. Bendiciones a montón.

    1. De acuerdo, Joel. En los recuerdos hay vida, enseñanzas y literatura. Buenos momentos compartidos con amigos, como usted, que se convirtieron en hermanos de la vida. Debemos, algún día, repetir esas noches de tertulia, música y café. Gracias por comentar.

  9. Tatiana hernandez

    Dios mio… Ninguno… de ahora padres.. Nos acordamos de esa edad.. Pero tu mismo. Lo has dicho, encontrar.. Algo que hacer.. Algo con que desahogar tantas frustraciones.. De esa edad… Maravilloso relato.

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