El primer amor y la primera vez

“He aquí, herencia de Dios son los hijos…Como saetas en manos del valiente, así son los hijos habidos en la juventud”

Salmos 127: 3 y 4

El corazón latía a mil pulsaciones por segundo, a esa edad lo único que sabía sobre los infartos era que les daba a los viejos, así que no me preocupé mucho; las manos me sudaban copiosamente y los movimientos torpes y descuidados, daban cuenta de mi impericia total en el asunto.

En mi cabeza daba vueltas incontrolables la emoción de que lo que estaba a punto de suceder, creí que estallaría.

El escenario estaba dispuesto con antelación; tuve el cuidado, para evitar sorpresas desagradables, de hacer todas las provisiones que ese momento tan esperado demandaría y me preparé psicológicamente (eso pensé) para asumir con responsabilidad, como un hombre, las consecuencias que surgirían desde aquel instante.

Pude darme cuenta que en el sitio había más de uno en mi situación, algunos palidecían, otros ni se preocupaban por esconder la ansiedad y la mayoría caminaba de un lado a otro, quizás, para regular el torrente de adrenalina que inflama las venas en ese segundo inolvidable cuando por fin, el primer amor y la primera vez, concurren al encuentro de nuestra existencia; nada es igual a eso.

Había leído mucho sobre ese momento, tenía cierta preparación teórica y las experiencias que amigos, en esas charlas de hombres, me compartieron sobre el particular; fuera de eso, no sabía nada, era un neófito y los nervios me estaban ganando la partida, con dificultad me pude sostener sobre mis piernas que temblaban sin control.

De pronto irrumpió ella: monumental, imponente, dueña de sí, dominaba la situación porque ella, en cambio, en esas lides acumulaba cien kilómetros de experiencia, de pericia; su voz, a diferencia de la mía, no temblaba, era firme y clara, en sus ojos no brillaba, como en los míos, la emoción de la primera vez, su recorrido le daba superioridad; nunca la olvidaré: era alta y gorda, lacónica al hablar, solo dijo lo que tenía que decir: Ya su hijo nació, está bien, lo felicito.

Cada aviso de un nuevo parto, es celebrado entre risas, gritos, manos en la cabeza y abrazos; nadie conoce a nadie, pero en las salas de espera de las unidades de maternidad, se respira un ambiente de camaradería, ahí, por un breve instante, todos somos hermanos de causa y entre todos nos apoyamos.

Era el año de mil novecientos noventa, tres de enero, el día que mi primogénito vino a este mundo y cuando supe por primera vez qué es sentir amor de verdad, la primera vez que fui padre.

La vida cambió para siempre cuando pude ver ese pedacito de carne a través de la ventana de cristal de la sala de neonatos. Parecía tres rosquitas pegadas entre sí, lloraba con estridencia (anunciaba los trasnochos que vendrían) y movía lento los brazos y sus piernas dificultando mi esfuerzo por contar sus dedos, quería comprobar que la criatura estaba completa.

Ese día, como ningún otro, fui consciente de que era un hombre, no porque tuviera alguna duda sobre mi identidad, sino porque me sentí realizado, pleno.

Recordé la cita del reconocido José Martí y me alegró ser consciente, que de las tres cosas que sugiere todo ser humano debe hacer antes de morir, esa mañana, yo completé dos, me faltaba el libro; a esta altura de mi vida, treinta y un año después, he escrito más de cinco y todavía no estoy listo para morir.

El punto máximo de emoción, tal vez el más sublime de toda la vida, fue cuando por fin tuve a mi hijo en mis brazos.

Tuve que hacer un esfuerzo grande para no llorar de la alegría, la sensación fue increíble: sentir su cuerpecito indefenso pataleando sin parar, ese olor tan distintivo y tierno de su existencia dulce, su llanto tenue que anunciaba la vida, todo junto, no me dejó duda alguna de la existencia de Dios.

Aprendí a dar tetero y lo ayudaba a expulsar los gases, casi siempre se dormía en mi regazo, lo arrullaba por horas con un canto destemplado al vaivén de una mecedora y me convertí en un experto en el cambio de sus pañales.

Alguna vez mientras le cambiaba su ropita, conmovido por ese milagro que alegraba mi vida, busqué un lugar solitario, lo tomé en mis manos y arrodillado lo alcé al cielo; sabía que él era un regalo de Dios y quería comprometerme a guiarlo según sus leyes, él se quedó quieto, yo elevaba mis plegarias y entonces, se le ocurrió vaciar su vejiga urinaria sobre mi cabeza; fue la primera vez que escuché su risa.

Cada momento era especial, único: verlo crecer, jugar con él, llevarlo a pasear en su cochecito, escuchar su primera palabra, su primer día de colegio, todo era una aventura fantástica y feliz. Era como tener un juguete nuevo, el más deseado.

En su tercer año de vida, una protuberancia a nivel de la nuca comenzó a hacerse notoria. En principio, supuse que era normal, tal vez el sobrepeso, pensaba; pero con los días, la hinchazón se hizo más prominente. Las alarmas se encendieron y decidí que era momento de consultar a un médico.

El diagnóstico no fue alarmante y el alma me descansó. El doctor me explicó que se trataba de una acumulación de grasa, algo inofensivo, pero que era necesario extirpar mediante cirugía, más por estética que por otra cosa y por la edad del niño era necesaria la anestesia general. La cirugía se llevaría a cabo en la clínica de un amigo, en la capital del país.

En los días previos a la intervención, los médicos me explicaron con generosidad los pormenores del procedimiento, el tiempo de duración que fijaron en menos de veinte minutos y me indicaron las recomendaciones pos operatorias; hasta me sugirieron que entrara a la cirugía para que estuviera al lado del niño. Para ellos era un asunto rutinario, a mí los nervios me estaban matando.

El día indicado llegó y a la hora fijada todo estaba listo para la operación, el cirujano, mi amigo, me reiteró la invitación a acompañarlos en el quirófano, me negué; mi cobardía no me permitía hacer tal cosa, pensaba que el desmayo sería inevitable y quería que médicos y enfermeras estuvieran concentrados solo en mi hijo.

Afuera, en la antesala del quirófano me paseaba nervioso de un lado al otro; no tenía malos presentimientos ni nada parecido, pero saber a mi hijo sedado y a punto de ser abierto por el filo de un bisturí, era algo para lo que no estaba preparado.

Lamenté que mi falta de valor me impidiera acompañar a mi niño en ese momento tan complicado, pero no estaba arrepentido, siempre he sido un cobarde consciente y confeso.

Desde donde estaba podía escuchar la conversación de los galenos, el sonido de los instrumentos y los equipos médicos. Una abertura mínima que dejaba las puertas batientes de ingreso a la sala de operaciones, me permitía ver las escenas de adentro. Cada cinco minutos me asomaba curioso y asustado.

Justo en el momento que fisgoneaba por segunda vez, pude ver cómo un chorro de sangre bañaba la cara de uno de los doctores. Fue una sorpresa para ellos y todos los temores del mundo cayeron sobre mí.

A pesar de mi estado de nervios, me mantuve en la puerta tratando de entender qué sucedía. Adentro, el alboroto no era poco, las enfermeras corrían, los doctores hablaban rápido, urgían a sus asistentes, el sonido del monitor al que estaba conectado mi hijo era más fuerte y por primera vez tuve miedo de no volverlo a ver.

Un olor a carne tostada inundó el sitio y entonces no pude parar de llorar, me dolía el alma y el desconsuelo me asfixiaba.

Supongo que mis alaridos fueron escuchados, porque una enfermera salió a tratar, sin éxito, de calmarme; por el contrario, al verla salir supuse lo peor. Quién dijo que hay maneras de calmar el corazón de un papá que ve escapar la vida de su hijo. Mi única esperanza la deposité en el Dios que me había regalado a mi niño, confiaba que su propósito de bendecirme con su vida no acabaría en ese momento.

Pasaron los minutos más angustiosos de mi vida, al cabo de los cuales apareció el cirujano, había cambiado su bata pero aún tenía residuos de sangre, se veía cansado y descompuesto: No te preocupes, el niño está bien, me dijo y el corazón descansó.

Lo que se suponía era la sencilla extracción de una bolita de grasa acumulada, terminó siendo una súper acumulación de vasos sanguíneos, que se rompieron cuando el doctor hizo la primera incisión en la piel del niño.

Fue una sorpresa absoluta, me confesó el médico; esa era una condición que se presentaba una en cien mil pacientes y ellos, llevados de su experiencia no tuvieron el cuidado de hacer radiografías previas. En realidad, la vida de mi hijo no estuvo en riesgo en ningún momento a pesar del dramatismo que provocó el reguero de sangre.

Unas horas más tarde, era trasladado de la sala de recuperación a una confortable habitación.

Debía ser vigilado permanentemente para que no se acostara boca abajo o para que instintivamente no intentara tocarse el sitio operado. Eso implicaba que esa noche y las siguientes no se podría quitar los ojos de encima de él; a mí lo único que me importaba era que mi muchacho estaba bien, por mí, el resto de la vida podría no dormir solo para cuidarlo.

A mitad de esa primera noche, noté que su respiración era pesada. Conforme pasaban los minutos respirar se le hacía más difícil, no sabía qué hacer: le hablé, acomodé su cabecita en la almohada y de pronto abrió los ojos angustiados buscando una bocanada de aire, mi hijo se estaba ahogando.

Usé el timbre de alarma, me asomé al pasillo, grité pero nadie venía en mi ayuda. Regresé a la habitación y noté su frente morada, quería sacudirlo pero el miedo a lastimar su herida me paralizó, entonces, no sé por qué lo hice, no sabía que eso se podía hacer, abrí la boca de mi hijo y aspiré con la mía tanto como me era posible: una flema espesa y gigante brotó de sus entrañas y la respiración se normalizó.

La experiencia fue demasiado fuerte. En un mismo día, sentí en dos ocasiones que pude perderlo. Cada día he agradecido que ello no sucediera.

Mi hijo hoy es un hombre digno que siempre ha sido obediente, es un esposo amoroso y un padre ejemplar. Un soñador incorregible y es dueño de un corazón grande y servicial como pocos; es noble en las victorias y gallardo en las luchas.

A veces cierro los ojos y todavía puedo verlo correr hacía mí emocionado como cuando era un niño y todo su mundo era yo, y él, mi juguete más valioso. El tiempo se fue muy rápido y por mucho que me alegre verlo realizado en la vida, extraño al gordito que se dormía cada noche en mis brazos.

Soy padre de cinco hijos, y con cada nacimiento he vuelto a vivir la ilusión del primer amor y la emoción de la primera vez.

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22 comentarios en “El primer amor y la primera vez”

  1. Rodrigo Alberto Daza Cárdenas

    Buen relato y mejor la dosis de dramatismo, jajaja. Muy sabrosa aún cuando tensionante leerla.

    Felicitaciones.

  2. M. Yedenira Cid Z.

    Así es, cada uno desearía que nuestros hijos tuvieran una vida plena y llena de salud; a veces no sucede de esta manera. Pero, uno debiera procurar (en la medida de nuestras posibilidades) que su paso por este plano sea lo más feliz posible.
    Gracias por compartir con sus lectores memorias tan vívidas.

  3. Patricia Oropeza

    Con mi instinto maternal inagotable, me he bebido cada palabra como si fuera mi criatura. Gracias a Dios por sus bendiciones, especialmente las materializadas en forma de hijos. 🙏🏻
    Un abrazo, Jorge.

  4. Joel Peñuela Quintero

    Escritor, gracias por compartir algo que los que somos padres hemos tenido que vivir en algún momento y que usted hoy nos ha hecho revivir. Buen relato y con ganas de más.

  5. Sandra Cohen Garcia

    Que hermoso relato Jorge, me hiciste revivir el nacimiento de mi pequeña Sofi, ese momento tan maravilloso, que no se compara con nada y la hermosa experiencia de verla crecer… Sin duda alguna, es la etapa más bonita de nuestras vidas. Gracias por compartirnos tus vivencias.

  6. Sixta Garcia de Cohen.

    La verdad, el más grande amor diría yo, los hijos se convierten en la razón de nuestra vida desde el momento en que sabemos de su existencia en nuestro ser, me refiero a las madres, y que decir cuando los vemos por primera vez, esa imagen jamás se borra de nuestra retina..que vivan los hijos, los presentes, los ausentes, el primero, el último, los intermedios. Gracias Dios por la vida!

  7. Cada detalle en la narración nos permite experimentarlo como si estuviésemos ahí. 🤗 Gracias! ,cuanta emoción despiertan tus escritos

  8. Natalia Suárez Cohen

    ¡Qué lindo relato Jorge! Sin duda, los hijos son lo más lindo del universo, y a pesar de que en muchos momentos nuestra vida se vuelva caótica a su causa, no sería lo mismo sin ellos. Saludos

    1. Son lo más lindo, Naty. Son el único caos bendito, son reorganización; su presencia en nuestras vidas, viene a poner en orden las cosas; son sentido y propósito, son pregunta y respuesta. Gracias por comentar.

  9. Jorge, haz abierto con este hermoso relato, un libro que se escribe solo en nuestras vidas al ser padres, en mi caso; doloroso, absolutamente difícil pero glorioso y a pesar del nivel de dificultad y frustración, una bendición, que no existe en palabras, para describir. (un día te contaré mi dolorosa odisea 💔)
    Me encanta tu capacidad narrativa y esa delicada mezcla de poesía y realidad.
    Gracias, me nombro tu fan #2
    La negra

    1. Negra, cada vida es una historia única y particular, bella y edificante. Como te conozco, sé que de cada situación, por difícil y dolorosa, siempre saldrás fortalecida y victoriosa. Gracias por tu opinión, tan bonita, sobre mis escritos. Un abrazo. Me honra sobre manera, que te digas mi fan, me honra.

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