El retorno

No fue una tarde cualquiera y, a pesar de que la esperé con ansias tantos años, fue imposible evitar un frío en lo más profundo del alma, como si las melancolías que experimentaría en los años siguientes, se hubiesen anticipado todas.

Pensaba en los meses que estaría lejos de mi familia. Hasta ese momento, jamás nos habíamos separado y tenía por cierto, que extrañaría los consejos de papá, la sonrisa de mamá, los juegos en el patio con mis hermanos y hasta el gato de la familia.

El autobús que me llevaría a Bogotá donde iniciaría mi etapa como estudiante universitario tenía más de dos horas de retraso; ya algunos de los que serían mis compañeros de viaje durante las próximas veintidós horas, molestos, protestaban con vehemencia. Nosotros permanecíamos en un rincón de la pequeña estación, callados, reprimiendo las palabras para impedir que las tristezas brotaran.

El bus apareció por fin cuando los últimos rayos de luz despedían el día; sobre las alas de la brisa fresca de enero viajaba el sonido de algún vallenato viejo que le daba a la tarde un tinte más pesaroso. Llegó el momento de la despedida, entonces entre lágrimas y los consejos de último momento nos fundimos en un abrazo que jamás olvidaré.

Desde la ventanilla, di un último adiós a mi familia que permanecía unida, incompleta, de pie a la vera del camino en nostálgica despedida del hijo que partía a su encuentro ineludible con el destino. 

El vehículo inició su marcha lento, quizá para que los viajeros pudiéramos contemplar con detenimiento, por última vez, al pueblito de nuestras cuitas, pensé; el manto de la noche comenzaba a caer, algunas casas encendieron sus luces y agradecí a Dios por haberme permitido crecer de la mano de mi padre en las calles alegres de aquella comarca.

Los años transcurrieron imparables; unos en apariencia más lentos que otros, algunos fueron amables, pocos mortificantes. Culminé mis estudios y fijé mi residencia en Barranquilla, una urbe amable, pujante y próspera; la ciudad de las oportunidades, en la que conocí a mi mujer, nacieron mis hijos y me convertí en abuelo.

Me adapté al ritmo vertiginoso de la ciudad, cultivé amistades entrañables que en su nobleza me recibieron como hijo adoptivo de su tierra y alcancé metas inimaginables, aun así, en todos esos años, más de treinta, nunca perdí el contacto con mi pueblo y con frecuencia viajaba a visitar la casa paterna.

Mantuve el contacto cercano con algunos de los amigos de infancia y el “rincón guajiro”, un espacio que recreaba la atmósfera de mi pueblo, se hizo célebre entre quienes visitaban mi apartamento. Yo había salido del pueblo, el pueblo jamás salió de mí. Siempre extrañé el olor a café hervido en fogones de leña, las aguas —no tan cristalinas— del río Ranchería y el sonido tan particular de las campanas de la iglesia.

Mis añoranzas obedecieron siempre al lazo afectivo que existía entre mi familia, los amigos y las primeras experiencias de los años maravillosos del despertar a la vida. En ninguna manera entrañaban lamento alguno por residir en Barranquilla; por el contrario, tuve y siempre tendré un agradecimiento enorme a la ciudad procera que en su seno me acogió.

En aquella metrópoli gigante, decidí ser un embajador ad honorem de mi pueblo, honorable e íntegro y sin tanta palabrería, traté de dejar la imagen de mi terruño siempre en alto. Asumí con dignidad la representación de mi Guajira en todos los escenarios en los que Dios me ha permitido actuar, así en la docencia universitaria como en el ejercicio profesional y en mi paso por la política, no sin errores por supuesto, como corresponde a cualquier humano.

Cada vez que los deberes me lo permitían, en fines de semana o vacaciones de fin de año, viajaba a visitar a mis padres. Se hacían mayores y no quería que el tiempo pasara sin que pudieran disfrutar a sus nietos. Eran momentos especiales: la alegría en la cara de todos, compartir otra vez los alimentos y las peleas de mi papá con sus nietos.

Hace algunos años decidí visitarlos sin avisarles; me topé con una situación bastante dolorosa. Ambos estaban postrados en cama, mi papá atacado por una fuerte virosis y mi mamá con una infección renal grave. Estuvieron solos, sin quien les brindara un vaso de agua siquiera o les preparara los alimentos; se veían desmejorados, deshidratados; por puro milagro no hubo un desenlace fatal.

Mi papá se restableció, a mi mamá le esperaba un largo camino de operaciones, tratamientos y recaídas en clínicas de Barranquilla a donde la trasladamos. Fueron casi dos años transitando entre mi apartamento y las salas de cirugía, luego de lo cual, la salud volvió.

Considerando sus edades les propuse que pensaran en quedarse a vivir en Barranquilla; la respuesta del viejo fue tajante: ¡Yo me voy a morir en mi casa, en la tranquilidad de mi pueblo!

Ante tanta determinación y la tozudez que caracteriza a mi papá, no había muchos argumentos que oponer; por otra parte, lo podía entender. Amaba su casa, la construyó junto a mamá a pulso, los vi hacer los planos y levantarla ladrillo a ladrillo; hicieron de ella un sitio acogedor, siempre limpio, ordenado y con un jardín bello; sacarlos de allí era arrebatarles toda su vida.

Ellos estaban solos en esa casa enorme; los cuatro hijos vivíamos en ciudades distantes, con familia y obligaciones laborales, yo vivía a seis horas de distancia en viaje por carretera y era el que más cerca estaba.

Comencé a contemplar la posibilidad de regresarme a vivir al pueblo; una locura les pareció a mis hijos mayores, a mis amigos y a mis colegas, no así a Silvana, solo que entre pensarlo y hacerlo había un mundo de imposibilidades.

Volver al lugar de donde había salido tantos años atrás, dejar el ritmo de vida al que me había integrado, alejarme de mis hijos mayores y mis nietos, dejar en suspenso mi carrera política que estaba en ascenso, regresar a un pueblo en donde yo era casi un forastero, nada de eso era un asunto menor.

Después de algún tiempo de pensar y dialogar al respecto, empujados por algunas circunstancias que aparecieron en el camino, concluimos que regresar a Fonseca era la decisión más correcta, aunque ello implicara el quiebre de mi vida como la llevaba hasta entonces y el comienzo de una nueva etapa.

Irónicamente, quienes se opusieron con mayor vehemencia fueron mis padres. Su desacuerdo fue total, consideraron una locura siquiera pensar en mi regreso, pero la decisión estaba tomada; no fue fácil en ningún aspecto.

Conservo vínculos y mis afectos intactos con Barranquilla, aun así, estar lejos de mis hijos y mis nietos ha sido fuerte; para Silvana, que siempre ha tenido una relación cercana con su madre, el no poder verla con la frecuencia de siempre, también ha significado un dolor inmenso.

Dimos el paso convencidos que más que un deber, era un privilegio; unos días antes del viaje de retorno a mi tierra, sostuve una conversación en la sala de mi casa con mi suegra, estaba triste, dejaba ir a su hija menor a una tierra lejana, ella sabía, así me lo dijo, que eso tenía que suceder, comprensiva como nadie, entendía que mis viejos necesitaban de mí.

Ya han transcurrido cinco años, el pueblo ha cambiado mucho, ya tiene perfil de ciudad y casi no conozco a nadie. Con el desarrollo han llegado también las dificultades y los desafíos propios de la modernidad; del pueblito polvoriento y tranquilo en el que crecí poco ha quedado, pero mi casa continúa en la misma esquina y adentro, cada día más viejitos, aún están ellos, papá y mamá, esperando al final de cada tarde la visita de su hijo.

La experiencia dicta que ellos deben salir primero que yo de este mundo, no sé si ello pase; de llegar a suceder, quiero saber que he podido devolverles un poquito de todo lo que ellos me han dado; soy consciente que eso no minimizará el dolor de perderlos ni el vacío que dejará su ausencia, así que quiero disfrutar el tiempo que Dios en su benevolencia me los preste.

No sé si después de que partan yo seré capaz de ir a visitarlos a sus tumbas frías, de lo que sí estoy convencido es de que quiero pasar con ellos el mayor tiempo posible aquí, mientras me pueden ver y escuchar.

Sé que los homenajes póstumos son buenos, nunca mejores que los que se brindan en vida. Las flores se ven hermosas sobre las lápidas, yo prefiero tomar aguapanela con limón por las noches ahora que están vivos.

Me gustan las tardes de tertulia con ellos en el patio de mi casa. Ya estoy casi tan viejo como ellos, somos tres abuelos que hablan de política, Biblia y plantas de jardín. Compartimos algunas dolencias y nos prestamos medicinas. De vez en cuando se asoma algún desacuerdo que no trasciende mucho ni afecta la armonía familiar.

A veces hago junto a mi papá trabajos de carpintería y me da gozo ver a mi mamá compartir ideas sobre manualidades con mis hijas menores.

Regresé a mi pueblo y volví a ser el muchacho de los mandados de mis papás. No hay mayor privilegio.

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15 comentarios en “El retorno”

  1. Tatiana hernande

    La melancolía… Que da.. Añorar algo o a alguien.. Y no poder devolver el tiempo.. Es hermoso aquellos que tienen el privilegio de entender comprender y atender a sus padres en vida… Y darles un poquito de todo aquellos que nos dedicaron en vida a nosotros sus hijos… Hermoso.. Siempre he pensado que uno vive y se es feliz…….. donde esta el corazon.

    1. Es una realidad dolorosa, un día habrá melancolía, es inevitable; el vacío que dejan los que marchan es grande, queda el recuerdo de lo vivido y la tranquilidad por lo que dimos. Gracias, Tatiana, por tu comentario.

  2. Catalina Pérez

    Hermoso relato-homenaje. Los padres son las raíces que nos sostienen firmes y nos recuerdan la tierra, el territorio, que es más que un simple espacio geográfico.

  3. Que gran bendición poder compartir con nuestros padres las pequeñas cosas de la vida y darles todo nuestro tiempo y amor. Gracias Jorge, por compartirnos tus vivencias.

  4. Patricia Oropeza

    Lo único que nos llevamos al trascender esta vida, es el amor que hemos dado.

    Un alma plena es aquella que rebosa de felicidad, gratitud y amor y que mejor que nuestra familia para compartir.

    Saludos desde México 🌻

  5. La vida es un suspiro en la inmensidad del tiempo y del universo, y hay que saborear cada instante, de las venturas o desventuras, no importa… eso, precisamente, es lo que le da el toque, la sal y la pimienta.

    Reciba mi abrazo lleno de admiración y afecto desde México.

  6. Joel Peñuela Quintero

    Es mejor llevar abrazos a la casa que flores a la tumba, sin duda. Felicitaciones, escritor, por poder devolver a los viejos algo de lo recibido. Algunos no tenemos igual privilegio. Bendiciones.

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