El tesoro en el patio

Este cuento fue publicado en el libro Los Parodi, cuatro generaciones escribiendo, editado por Papel y Lápiz Casa Editorial, en noviembre de 2020.

 

Parecía que había caído una bomba en el pequeño patio. Ya no cabía un hueco más y la fatiga de un día de hambre hacía imposible continuar con la faena; las esperanzas de hallar la huaca que los sacaría de esa infame pobreza eran cada vez menores, más exiguas. Uno a uno, los tres hijos fueron cayendo rendidos por el desaliento y la debilidad. No se miraban; cabizbajos y apesadumbrados sentían pena por ellos mismos. La euforia y la esperanza con la que iniciaron la búsqueda de su propio Dorado, se había esfumado. Estaban sucios, vencidos, tristes y hambrientos; esa era su realidad.

Con rostro derrotado, Juan le comentaba a Emma la infructuosidad de la tarea, mientras ella miraba con el alma desgarrada las caritas mugrientas de sus mohínos hijos, y estos, sentados en los montículos de tierra, bebían con agonía desesperante el vaso de agua que su hermanita menor les ofrecía.

La noche anterior, todos se fueron a la cama con la confianza que el nuevo día traería para ellos, la redención de tantos años de escasez y aprietos económicos; Juan, que era un optimista crónico y sin cura, nunca dejó que las circunstancias determinaran el clima del hogar y con su actitud a toda prueba logró establecer una atmósfera de confianza en la familia, a pesar de los reveses y los momentos difíciles.

Esa noche en particular la visita de Emilio Márquez, el amigo de toda la vida insufló nuevos alientos a Juan y a los suyos.

Las visitas de Emilio eran frecuentes y bien recibidas. Juan y él eran grandes contertulios; hablaban de lo humano y lo divino entre risas, cuentos y uno que otro desacuerdo que siempre zanjaban con amabilidad y respeto; y como buenos amigos, se ayudaban mutuamente en sus necesidades; eran dos intelectuales de provincia, un par de filósofos criollos con ínfulas de sabios griegos, de prosa agradable y verbo rebuscado. Ambos hombres de hogar; más Emilio y por eso tenía dos, uno con la esposa con la que fue al altar y otro con Manuela, con quien procreó cinco hijos, criados con disciplina castrense y régimen conservador, “para entregarle a la sociedad hombres de valor”, decía con acento poético siempre que se refería a ellos.

Era la época en que los guanábanos comenzaban a florecer y el patio de la casa de Juan, estaba inundado por ese aroma tan agradable y particular que los pétalos al caer despedían.

Emilio y Juan conversaban sobre política, religión, futuro, dificultades financieras y las preocupaciones que particularmente Juan atravesaba y que se habían prolongado por más de un año sin atisbo de solución.

Emilio, con la amabilidad acostumbrada, extendió su mano de ayuda como lo había hecho otras veces a Juan; de manera desinteresada y sincera le reiteró su permanente disposición para socorrerlo las veces que fuera necesario mientras el tiempo de las afugias persistía y él pudiera.

En una pausa de la conversación, Emilio con actitud misteriosa volteó la mirada al fondo del patio y tras unos instantes preguntó:

—¿Juan, escuchas?

 —¿Qué cosa Emilio?

—Ese sonido, como si estuviera cayendo arena en las hojas del guanábano.

—Ah, eso. Son los pétalos de la flor que caen y hacen ese ruido.

—Nada de eso Juan, ¿tú no sabes qué significa?

—No Emilio, no tengo idea, ese sonido lo escuchamos todas las noches, para nosotros es normal —respondió Juan.

Puesto de pie Emilio, ahora con gesto más transcendente y misterioso, empezó a explicarle a Juan que ese sonido era prueba inequívoca de la existencia en algún lugar de aquel patio, de un tesoro enterrado.

Juan con gesto de incredulidad y burla lo escuchó, interrumpiéndolo de tanto en tanto para tratar de convencerlo que el sonido no tenía nada de extraño. Sin embargo, Emilio continuaba con vehemencia subida, testimoniando casos similares, que terminaron con el encuentro de riquezas escondidas en vasijas de barro enterradas, reveladas precisamente por un sonido similar al que estaban escuchando.

Tal era la vehemencia de Emilio, que en pocos minutos Juan, mudado de gesto y con expresión interesada, escuchaba absorto y obsequioso el cuento, quizá con la esperanza interior que todo aquello fuera verdad y en el patio de su casa estuviera escondido el milagro esperando por él, para poder ofrecer a los suyos lo único que les faltaba: dinero, porque todo lo demás lo tenían de sobra.

Ya convencido Juan, y como en cada decisión, cada circunstancia, cada acontecimiento involucraba a su esposa, la llamó al patio para que escuchara de voz de Emilio las nuevas buenas de prosperidad.

Al segundo Emma apareció, seguida de los niños.

Al escuchar a Emilio, tuvo la impresión que se trataba de un chiste de mal gusto, sin embargo oyó hasta el final, más por educación que por interés.

—Eso no puede ser verdad —respondió exhibiendo toda la objetividad que caracteriza la racionalidad femenina. —Puro cuento —agregó.

A pesar de su tajante posición, Emilio se dispuso a defender su tesis, exhibiendo algunos indicios que, según él, podrían señalar como posible la existencia de un tesoro en aquel patio.

—Ante todo Emma, ten en cuenta que esta casa está construida sobre una tierra habitada por tribus indígenas antes de la colonización española. Has de saber también, que la mayoría de los españoles atesoraron muchas riquezas que enterraban para evitar los robos durante la Guerra de los Mil Días. ¿No recuerdas cuando tumbaron la casa de bahareque de las Ávila, para construir la que hoy tienen, cómo se descubrieron paredes dobles donde se hallaron vajillas completas de porcelana fina europea? No deberías dudar Emma, tal vez Dios tiene aquí mismo la respuesta a sus plegarias, ¡no seas incrédula! —le dijo inclinando un poco la cabeza y mirándola por encima de los anteojos con aire sacramental.

—Entonces, ¿qué hay que hacer Emilio? —preguntó Emma vencida ante tan abrumadora argumentación.

En los siguientes minutos, Emilio convenció a la pareja que él tenía un método infalible para la búsqueda de tesoros. Era un poco particular, pero efectivo:

—Ya ha sido probado con éxito en varias ocasiones —dijo y acto seguido la pareja se dispuso a obedecer sin cuestionamiento alguno las indicaciones que Emilio comenzó a dar.

Sin abandonar el aire sacerdotal con el que triunfante derrotó la incredulidad de Emma, pidió que le llevaran una tijera grande y una cuerda delgada, petición que fue atendida al punto, rebuscando en la puerta del mueble de la máquina de coser que arrinconado como un mueble digno de cualquier cuarto de San Alejo, esperaba paciente el día que se dispusiera su final destino junto a los cachivaches que ya no sirven, pero que se guardan por si algún día se llegaren a necesitar.

Con tijera y cordel en mano, presurosa regresó al patio donde esperaban Emilio y Juan, aquel con pose místico, con los labios contraídos como si fuera a entrar en trance o se estuviera aguantando las ganas de reír, y este con las manos sudorosas e inquietas, al borde de un colapso nervioso porque sentía que el inicio de la ceremonia de búsqueda se demoraba y a él, la demora lo perjudicaba.

Emilio procedió a amarrar un extremo de la cuerda en uno de los ojos de la tijera. La abrió y con detalles sortílegos les explicó que la tijera, si ahí había algún tesoro, comenzaría a dar vueltas y se detendría señalando el punto exacto donde estaría ubicado el entierro.

Acto seguido extendió la cuerda con la tijera suspendida que comenzó a girar cada vez más lento, quedando una de las puntas señalando algún rincón del patio, el cual Emilio marcó como el primer punto a excavar. Como la tijera empezó a girar en sentido contrario al movimiento inicial, Emilio con voz de emoción les indicó que, muy probablemente en el patio habría más de un entierro.

—¡Bendito sea Dios! ¡La cosa es grande mija, la cosa es grande! —exclamaba Juan pletórico de felicidad.

Emma, más prudente guardaba silencio, pero su faz se había tornado rosada; no había duda, estaba emocionada. Los niños seguían en procesión a los adultos sin saber mucho del tema, salvo por Josías el mayorcito, que presentía que algo con platica tendría que ver el asunto.

Al final de media hora de recorrer de un lado al otro el patio según la indicación hecha por la tijera, Emilio dejó marcados siete puntos donde al día siguiente se debía adelantar la segunda fase del proceso: las excavaciones.

Juan, afanado por tener en su poder las riquezas que su patio le prodigaría, propuso iniciar el proceso de búsqueda esa misma noche, a lo que Emilio se opuso con la grave advertencia, que de hacerse por la noche, las morrocotas, lingotes, collares y demás probables piezas de oro, se podrían hundir y perder sin posibilidad de recuperación.

Juan con cara de angustia soltó inmediatamente de sus manos la pala que ya había empuñado dispuesto a hacer un hueco que llegara a Rusia si fuera necesario para encontrar sus riquezas ocultas.

—Tiene que ser en el día Juan, tiene que ser en el día.

Emilio, con la misma serenidad se despidió pasados unos minutos; Juan y señora perdieron el sueño aquella noche, angustiados en espera que el astro rey emergiera imponente para iluminar la senda de su fortuna.

A las nueve de la mañana ya se había excavado en los siete puntos marcados por Emilio la noche anterior; nada, no habían aparecido las piezas de oro ni los collares ni nada.

—¿Será que comenzamos muy temprano y el sol no había calentado lo suficiente? Seguro fue eso. Hijos, no nos desanimemos, sigamos excavando. —manifestó Juan.

Dos horas después ya eran diez huecos. Una hora más tarde doce y debieron suspender porque en todo el patio no había un solo centímetro más para horadar, las fuerzas se les habían escapado junto con el tesoro y el hambre hizo su dolorosa aparición.

—Yo te dije que eso era cuento. Los tesoros no existen Juan —dijo Emma mientras miraba en dirección de aquel desastre.

Desengañado y frustrado, Juan observó con el corazón arrugado aquella escena patética, y al ver las caritas sucias de sus muchachitos caídos sobre los montones de tierra removida y a su niñita menor brindándoles un poco de agua para que mitigaran su sed, los señaló y con voz entrecortada le dijo a Emma:

—¿Los ves? Sí tenemos un tesoro en el patio, ellos son nuestro tesoro.

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8 comentarios en “El tesoro en el patio”

  1. Patricia Oropeza

    ¡Que lindo! 💕
    Siempre la familia es el mayor tesoro, especialmente, cuando son tus padres haciendo un gran esfuerzo por sacarte adelante. Ese si es amor del bueno.
    Un abrazo Jorge
    Saludos 🌞🌻

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