EL ULTIMÁTUM

Esa mañana Constantino Román se levantó, como de costumbre, apenas el sol se asomó por el horizonte; ese era su reloj, nunca necesitó otro para medir el transcurrir lento de su existencia octogenaria.

Con la parsimonia impresa por los años, se incorporó de la cama y caminó hasta la puerta de la habitación que abrió con lentitud, sin afán. Atravesó el patio de la casa hasta el fondo donde se encontraba ubicado el excusado y se sentó relajado, entregado al llamado de la naturaleza que en su sabiduría infinita le exigía, entre retortijones y gases, la expulsión en danza fétida de los desechos alojados en sus intestinos.

Los cayos a la madrileña de la noche anterior le estaban pasando factura y habrían de atormentarlo el resto del día.

Acto seguido, sin descuidar un solo detalle del ceremonial de todas las mañanas que escuchaba todo el barrio, llamó a gritos a Fernán, por el remoquete con el que lo había rebautizado:

—¡Capitán Padilla, capitán Padilla!

—¿Qué ordena mi comandante? —le respondió a grito herido el niño.

—¡Tráigame un ultimátum!

—¡Como usted ordene comandante! —se apresuró hasta la sala de la casa que servía como bodega de la tienda, rasgó tres tiras del papel de las bolsas donde venía empacada el azúcar, y se las llevó a Constantino para que concluyera “limpiecito” ese primer compromiso del día.

Un baño de diez minutos y una rasurada de tres, lo dejaban “listo para la guerra”, como decía siempre que salía envuelto en una toalla vieja como su propia vida.

Fernán era el menor de los cuatro nietos de Vera, la señora encargada de los alimentos y los oficios en la casa de Constantino los últimos treinta años, desde que a este lo abandonó por mezquino su mujer. Ella era viuda y pobre, se hizo cargo de sus nietos tras la muerte de su hija durante el parto de Fernán. Los trajo a vivir a la pequeña pieza del patio de la enorme casa de Constantino quien lo permitió, quizá para no sentirse tan solo y de paso contar, eso sí, sin costo alguno, con varios ayudantes.

Vestido de impecable pantalón beige, una clásica camisa blanca y oloroso a Aguaflorida de Murray y Lanman con la que se masajeaba la cara después de cada afeitada, se sentaba a la mesa del comedor en donde humeaba una taza de café y una hermosa arepa asada al carbón hecha por las manos expertas de Vera.

La sincronización de cada actividad era milimétrica, casi religiosa como la conversación extraña que Constantino sostenía con la arepa cada día y que junto a sus otras excentricidades le hicieron ganar fama de miserable.

—Arepa, ¿queréi mantequilla? —decía mientras la abría por la mitad y miraba a un costado, en donde una estantería de madera pintada de rojo alojaba, al menos, cien latas de mantequilla importada desde Alemania; después, volvía su mirada hacia la arepa a la que contemplaba silente; al cabo de un rato en tono de lamento decía:

—¡Carajo! La arepa no quiere mantequilla —y se la engullía sola para no “comerse lo que se habría de vender”, decía en tono picaresco.

De muchas maneras Constantino era un ser particular; fue parte de la segunda generación de inmigrantes europeos que nació en el nuevo continente hacia finales del siglo XIX. Heredó de su padre el amor por el comercio y la primera tienda que se fundó en Fonte Seca, legendaria porque desde esa esquina comenzaba el callejón, célebre por las historias de misterios y demonios y que hasta el día de hoy lleva su nombre.

Una vez por año viajaba a Europa y a Estados Unidos, a su regreso traía consigo mercancías imposible de encontrar en ningún otro establecimiento de esa comarca: telas del Líbano, encurtidos y enlatados de Alemania, vinos de Israel y papel higiénico sedoso de Norteamérica, que él por supuesto no usaba porque prefería el papel de las bolsas de azúcar que cada mañana el capitán Padilla le llevaba hasta el retrete.

A las nueve en punto, todos los días abría las puertas de su tienda; casi nunca se le veía sentado, siempre estaba organizando cajas, reubicando artículos y esperando la aparición de algún cliente. Se jactaba de vender desde una aguja para coser caldero, hasta un elefante.

Sobre un extremo del mostrador exhibía una bombonera de cristal transparente llena de dulces de colores, los cuales ofrecía con amabilidad a sus clientes, siempre y cuando el monto de la compra justificara tal dádiva. Él nació, creció y envejeció en esa tienda.

En los primeros setenta años del siglo XX, Fonte Seca experimentó un crecimiento más bien moderado.

La de Constantino dejó de ser la única tienda; se construyó en el pueblo un puesto de salud, el municipio adquirió una planta eléctrica con capacidad solo para la mitad del poblado, por eso el servicio se prestaba de manera intermitente; había una fábrica de hielo, la primera en toda la región. También, una funeraria que fue un alivio para los deudos de los finados de aquellas épocas; antes de inaugurarla, se debía viajar dos horas para comprar un ataúd cada vez que la muerte pasaba por el pueblo.

El dueño de la primera empresa mortuoria de Fonte Seca fue Idinael Prudencio, un señor muy apreciado por toda la comunidad. Educado y amable, en poco tiempo convirtió la carpintería del patio, con la cual apenas ganaba lo necesario para subsistir, en un gran negocio funerario.

Le parecía un poco irónico que los muertos le generaran las ganancias que nunca consiguió con los vivos; en un principio hasta la propia familia cuestionó su negocio, pero el tiempo y la mejor calidad de vida conseguida, los convenció de lo digna de esa actividad tan noble. Después de todo, así es la vida, un estrecho espacio donde conviven plácidas la riqueza junto a la pobreza, la alegría y la tristeza, la luz y la oscuridad, la vida con la muerte.

En sus inicios, Don Idinael fabricaba las cajas mortuorias, luego adecuó su casa y ofreció servicios de sala de velación; como el negocio iba en alza, pudo comprar un carro viejo y largo que servía como carrosa fúnebre. En Fonte Seca, gracias a sus servicios exequiales, los muertos ya no irían más a la última morada en hombros.

Con el paso de los años, comenzaron a circular comentarios de un supuesto pacto de don Idinael con el diablo.

Al principio no pasó de ser una intriga alimentada por la envidia que en Fonte Seca era una epidemia más peligrosa y contagiosa que cualquier enfermedad; pero el chisme tomó fuerza.

Las malas lenguas aseguraron que el mismísimo Satanás le había concedido un poder especial, con el cual don Idinael con solo mirar de arriba abajo a una persona, podía medir su estatura.

El asunto no acababa ahí, las informaciones daban cuenta que quien por desgracia se dejara ver completamente de pie, al día siguiente, por extraña coincidencia, amanecía muerto y los datos se respaldaban con varios casos que le daban visos de veracidad al rumor.

La habladuría cobró tanta fuerza, que, desde el alcalde hasta el cura del pueblo, no había hombre, mujer o niño, que no entrara en pánico cuando la carroza fúnebre de don Idinael aparecía por las calles. No había quien no perdiera la compostura y emprendiera despavorido la huida o se tirara al piso sin ningún sonrojo, por si acaso el asunto del rumor resultara siendo verdad.

Don Idinael se enteró de los comentarios que lo señalaban socio de Satanás; no hizo nada para cambiar esa percepción, por el contrario, asumió una actitud más lúgubre en su vestir y en su hablar, disminuía intencionalmente la velocidad del carro cuando encontraba gente en las calles y los miraba de arriba abajo con cara de misterio. No le importaba el chisme. Igual, a su negocio tendrían que ir a parar todos algún día.

Sobre las tres de la tarde, Constantino, atormentado por el malestar estomacal, decidió cerrar más temprano la tienda; sufrió todo el día fuertes dolores abdominales y la necesidad en varias ocasiones de visitar con urgencia el excusado, las contuvo todo el día, pues él era hombre de una sola visita al baño.

Vencido por el malestar, casi sin fuerzas para seguir aguantando el embate intestinal y resignado a perder las ventas, llamó a Fernán para que lo ayudara a cerrar.

Antes de entrar definitivamente a la casa, quiso tomar un poco de aire fresco, así que se asomó a la calle, ese día el olor a guardado de la tienda lo tenía molesto; fuera de la tienda estiró sus brazos largos, bostezó y se mantuvo estático con el cuidado de no hacer un esfuerzo que derrotara sus esfínteres. Con amabilidad saludó a dos señoras que pasaban rumbo a la iglesia y no se percató que detrás de él se acercaba lentamente la carrosa manejada por el mismísimo Idinael, a quien por supuesto él también le tenía pánico.

Constantino era un hombre supersticioso y aprehensivo; varias experiencias con seres del más allá en el callejón, lo tenían convencido que los asuntos con el diablo eran de cuidado y de mucho respeto. Ya en otras ocasiones literalmente se había lanzado al suelo al ver el carro de don Idinael, por sí o por no, él de todas maneras no se iba a dejar medir del sepulturero ese.

Cuando giró atraído por el ruido del motor del carro quedó paralizado de terror. Frente a él mirándolo con detenimiento desde la cabeza hasta los pies y con ademán siniestro, estaba don Idinael Prudencio; sintió cómo se nublaba la poca vista que tenía, las piernas le temblaron y el estómago se revolucionó. Pudo sentir en sus pantalones cómo se le escurría hasta los tobillos en chorros la masa tibia de su malestar estomacal. Con la exigua fuerza que le quedó, gritó:

—¡Capitán Padilla, capitán Padilla! ¡Tráigame un ultimátum!

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Cuento del libro El Callejón. diponible en:

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ImagenDevozione – Olio su tela – 50×60 – 2017

Pintor italiano Alessandro Fioraso.

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3 comentarios en “EL ULTIMÁTUM”

  1. Silvio Hugo Velásquez

    Que bueno Jorge y pensar que todo eso pasó en nuestro pueblo en la calle de las provisiones una parte y la otra por la carretera principal y al señor Dinael dela funeraria le decían agachence que los mide
    Gracias por recordarme tiempos idos en mi pueblo.

  2. Patricia Oropeza

    Vaya manera de hacer una gran historia con dos personajes tan sui generis.
    Gracias por el final. Inesperado!!!

    Saludos desde México Jorge

    Un abrazo y bendiciones infinitas 🙏🏻

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