El viaje de las ilusiones

“Las ilusiones son peligrosas, no tienen defectos”

                           Nicolás Chamfort

 

―La ilusión no se come ―dijo ella.

―No se come, pero alimenta ―replicó el coronel.

Gabriel García Márquez

El tiempo de preparación de mi viaje a la universidad fue particularmente extenso, no obedeció ello a una planificación cuidadosa del asunto, sino porque no había nada más que hacer; en realidad el día del inicio de mis estudios no se asomaba ni remotamente en el horizonte, pero eso no impedía que mis padres se sentaran por horas cada tarde con lista en mano a considerar meticulosamente cada detalle.

Lo contemplaron todo, la cantidad y tipo de ropa necesaria para el frío de la capital, el valor del semestre académico, de los libros, del alojamiento, transporte y alimentación; el pequeño detalle era que no había ni medio peso para cubrir aquellos costos.

Eran un par de soñadores, ni más ni menos. Así transcurrieron varios semestres sin que las condiciones para mi viaje se concretaran, pero ellos no perdieron nunca el entusiasmo ni la fe y mucho menos, abandonaron los esfuerzos ingentes para ahorrar cada centavo de los miles que se requerían para que su hijo mayor pudiera ser un profesional.

Soñadores pero tesoneros y con su determinación lograban alimentar mi ilusión de estudiar, a pesar de que por momentos mi esperanza menguaba.

A finales de mil novecientos ochenta y cuatro, después de mil peripecias, los esfuerzos rindieron sus frutos: El siguiente semestre iniciaría mi educación profesional, por fin. Aquel año, no pudo ser más feliz para nuestra familia.

Con mi guitarra al hombro, dos pantalones, tres camisas, un par de zapatos y una chaqueta para el frío, una quinta parte de lo planeado, partiría a la capital de mi país a presentar examen de admisión para dar inicio a la carrera de abogacía.

Con similares esperanzas y los mismos sacrificios, Eder Peñaranda, buscando abrirse paso en la vida por esa misma época se presentaría a la Universidad Nacional, intentando conseguir un cupo para ingresar a la facultad de Medicina, de manera que concertamos hacer el viaje juntos.

Eder es el primer gran amigo que emerge de entre las memorias de mi lejana niñez; cuando nos conocimos apenas caminábamos, ha sido una amistad a prueba del tiempo, de todo. Los juegos de la infancia y el amor por la guitarra nos hermanaron; compartimos algunos rasgos temperamentales y la templanza de carácter que las dificultades labran en los hombres.

Entre risas y llanto, nuestros familiares nos despidieron la tarde que abordamos el autobús que nos llevaría a Bogotá; era un viaje de más de veintidós horas. La tristeza de dejar atrás nuestro pueblo y a los seres queridos, la apaciguaba la ilusión de retornar un día convertidos en profesionales; anticipar el futuro traía consuelo al alma de un par de pueblerinos, que partían con las maletas llenas de sueños.

El periplo arrancó sin mucho sobresalto, la mayoría de pasajeros dormía, Eder y yo no parábamos de hablar; lejos de pisar el claustro universitario ya nos sentíamos profesionales y así nos veíamos, no éramos conscientes de los años de estudio y esfuerzo que teníamos por delante, ese era solo otro escollo por superar; en lo que a nosotros respectaba, el asunto era cuestión de tiempo nada más, porque las ganas las teníamos y el empeño lo íbamos a poner, hasta sudar sangre de ser necesario.

La emoción nos embargaba y el hambre nos asaltó también, lo peor del caso es que no teníamos presupuesto para comer en los restaurantes del camino y lo único que llevábamos en nuestras mochilas era un dulce de leche, así que cada cierto tiempo comíamos un poco buscando atenuar la fatiga.

Cerca de la media noche, el ayudante avisó que haríamos una parada en uno de esos restaurantes, la mitad del recorrido estaba hecha. El autobús se estacionó; salvo Eder y yo, todos los pasajeros bajaron en busca de comida. Nosotros continuamos dando cuenta del dulce de leche, que lejos de mitigar el hambre ya nos estaba produciendo náuseas.

Enfrentábamos nuestra primera adversidad fuera de casa.

En un acto intempestivo, mi amigo Eder puesto de pie con ademán elegante y gestos afables, alzando la voz se dirigió a los pasajeros que regresaban de tomar sus alimentos: Señoras y señores, les suplico amablemente que me presten su atención por unos segundos. Mi compañero de viaje y yo, nos dirigimos hasta la ciudad de Bogotá para iniciar nuestros estudios profesionales, él va a ser abogado y yo médico, decía mientras yo me escurría apenado en mi silla, ambos somos guitarristas, compositores y cultores de nuestro folclor, si ustedes lo permiten, quisiéramos entonar para ustedes algunas canciones para hacer más agradable el resto de nuestro viaje. Obtuvo un sí rotundo, hasta el chofer asintió fascinado.

El resto del viaje fue una fiesta completa. Nadie durmió esa noche, todos cantaban con nosotros, bailaban en el pasillo del bus y aplaudían emocionados, el conductor movía graciosamente los hombros en evidente muestra de euforia que lograba preocuparme por momentos. Comenzaron los brindis, porque costeño que se respete lleva guardada una botellita de whisky por si acaso, y ese bus iba atestado de ellos.

Lo mejor de todo fue que la comida comenzó a circular dentro del bus y entre tanda y tanda, éramos invitados infaltablemente por algún compañero de viaje, que ya nos sentía como de la familia, de hecho, no faltó quien nos pidiera que le bautizáramos algún hijo. Eder y yo llegamos a Bogotá que no podíamos de la llenura, buen presagio. 

Toda la vida, desde aquel viaje, he admirado la iniciativa y el arrojo de Eder.

En aquella ocasión no pudo ingresar a la facultad de medicina y se devolvió al pueblo a preparar por años las condiciones para estudiar.

Su persistencia le permitió hacerse abogado, uno muy destacado. Yo era ya profesor de la universidad cuando lo encontré estudiando la carrera, por cuenta de las ocupaciones nos habíamos distanciado por varios años, de manera que encontrarlo, fue una gran emoción y agrandó el aprecio y la admiración que siempre le he profesado.

Mi tiempo de estudiante en Bogotá fue muy especial, pero difícil. Lejos de la casa materna las cosas no son fáciles, el frío que calaba hasta los huesos acentuaba las nostalgias y las penurias económicas agravaban la situación. Mis padres hacían su mejor esfuerzo, pero a veces no era suficiente; mi guitarra, mi amada guitarra terminó empeñada por causa de alguna de esas crisis.

En procura de disminuir los costos, decidimos que lo mejor era continuar mis estudios en la ciudad de Barranquilla; estaría más cerca de mi pueblo, la universidad era menos cara y la vida más económica. Así llegué un mes de febrero a la Arenosa, la bella Qurramba (anagrama que forma las primeras ocho letras de Barranquilla al revés) la ciudad procera e inmortal ceñida de agua y madurada al sol, me abrió los brazos y me adoptó como su hijo.

El cambio fue favorable en muchos aspectos, pocas ciudades tienen el calor humano y la afabilidad de Barranquilla, pero las afugias de mi familia no desaparecieron del todo; la amenaza de aplazar los estudios se asomaba y como rendirme no estaba en mis planes, decidí entonces que la respuesta al esfuerzo de mis padres debería ir más allá de ser un buen estudiante.

Intenté comenzar algunos negocios, busqué empleo y ofrecí servicios para transcribir trabajos académicos en mi máquina de escribir Brother; por alguna razón a mí nada de eso me daba resultado, llegué a pensar que todo conspiraba en mi contra y por momentos la duda aparecía, sin embargo, ninguna circunstancia fue tan fuerte como para aniquilar mis objetivos.

Fue por puro accidente que en una conversación casual, de esas de pasillo, escuché que por ley, las universidades becaban a los estudiantes con promedios académicos sobresalientes. Emocionado indagué acerca del tema y comprobé la información: El mundo se iluminó, esa era la oportunidad que necesitaba y lucharía sin descanso por alcanzarla.

Mis esperanzas recobraron fuerzas; había encontrado una manera de hacer realidad la ilusión, solo que la lucha para lograrlo sería feroz, igual eso no me asustó, a pesar de mi juventud ya había aprendido que las cosas que son valiosas en la vida tienen un precio alto, solo la mediocridad y el conformismo exigen el mínimo esfuerzo; desde que ingresé a la facultad me fijé la meta de ser un buen profesional, pero obtener una beca por desempeño académico, eso era otro nivel.

Tuve el privilegio de compartir aulas con un muy especial grupo de compañeros; todos ellos inteligentes y destacados buscaban, quizá sin la necesidad que me acosaba, distinguirse como el mejor estudiante del semestre, y condiciones tenían de sobra; fue una faena noble y ardua que valió la pena. Buena parte de los diez semestres de mi carrera, los pude cursar gracias a aquella beca. ¡Pude!

La tarde de un veintidós de julio de hace ya muchos años, mis papás sonreían radiantes en las gradas del anfiteatro donde se celebró la ceremonia en la que recibí el grado de abogado. Pocas veces me he sentido tan satisfecho, como aquel día que pude entregar en sus manos mi título profesional; fue el primer gran logro del hijo de una familia humilde de una provincia olvidada de mi país.

Muchas veces sentí desfallecer, otras tantas pensé que no lo lograría y entonces como para insuflar nuevas fuerzas, a mi mente regresaba el recuerdo de las tardes de planes y sueños de mis padres, las tardes de las ilusiones, y eso era suficiente para fortalecer las alas de mis propios sueños.

El recorrido de la existencia, siempre será más confortable si en cada estación hay una ilusión que preñe el alma de fantasías; así, la conquista de nuevas etapas será más amable, el pasado podrá ser apreciado sin dolor y considerado el gran maestro de la vida, concentraremos toda la atención en el presente con pasión mientras avizoramos con esperanza el futuro.

Después de todo, la vida es el viaje de las ilusiones.

Dedicado con aprecio a mis colegas: Dexter Cuello, Viviana Iriarte, Yelitza Cañate, Isabel Machado, Ana Cecilia Mosquera, Catalino Osorio y Adalberto Guerra; inolvidables compañeros de viaje.

In memoriam: Ana Polo de Weber y Jorge Sanín; se nos adelantaron un poco.

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18 comentarios en “El viaje de las ilusiones”

  1. Sixta Garcia de Cohen.

    Cada persona es una historia. No una, la suma de muchas; que bueno que alguien narre de manera tan linda la suya…Felicitaciones!

  2. Eder Hugues Peñaranda Alvarez

    Cuanto significan los recuerdo para alguien? poco o mucho, pero hay recuerdo de recuerdos.
    Escribir el Viajé de las ilusiones puede ser para otros un relato pintoresco, una imaginación cargada de subjetividad, o quizás, toda la realidad vivida por alguien en los años 80, que en procura de sus sueños, sòlo lo acompañaban las ganas. Eso último significa para mí, qué tuve la gracia de transitar con el autor ése peldañito de su vida.
    Lo conocí de niños y sé que nada lo detiene. Su determinación ha sido y será su patrimonio. Todo cuanto ha querido ha logrado, dejando siempre una huella a quien quiera replicar.
    Leer el Viajé de las Ilusiones me transpotó al màs recóndito y amado de mis recuerdo, a ése pedasito de la juventud, donde él mundo parece estar al alcance de la mano, hasta que se enfrenta la cruda realidad. Entonces, los titánico, los que vencen en la lucha, escuchan los aplausos para la eternidad. Jorge, aun el mundo no ha dejado de aplaudir. Bendiciones mi hermano.
    Eder H. Peñaranda A.

  3. Nidia Cavadía

    Jorge, tu relato por el logro alcanzado no difiere mucho del mío, gracias por recordarme no la entrega del diploma pero si la copa que levanté al cielo In memoriam a mi padre, no le alcanzó la vida. Gracias por contarla, es ejemplo de superación.

    1. Gracias por compartir su experiencia, profesora Nidia; digno de admirar. Esos logros, que llevan implícitos propósitos tan nobles, son los verdaderos actos que honran y muestran respeto; eso es amor en proceso.

  4. Sandra Cohen Garcia

    Jorge, tu relato me hace recordar cuando inicie la Universidad…. Es una satisfacción muy grande lograr lo que queremos, sin duda alguna trae muchos esfuerzos y sacrificios…afortunadamente, valieron la pena, con la ayuda incondicional de nuestros padres.

  5. M. Yedenira Cid Z.

    Escritor, con todos los relatos ya hechos me ha llevado paso a paso por cada una de las etapas de vida transitadas por usted.
    Sin conocer su país, pareciera que lo siento, lo respiro, lo vivo.
    Considero, que los triunfos más saben a miel en tanto lleven un poco de hiel.
    Agradecida estoy con la vida y con Papel y Lápiz-Casa editorial por permitirme conocerle y disfrutar de sus talentos literarios.
    Un abrazo enorme hasta La Gran Colombia. 🇨🇴

    1. Logras, Yedenira, impregnarle un sentido adicional a mi pasión por la escritura; agradezco tu noble comentario y recibo con emoción de patria tus palabras. Las luchas engrandecen y adornan los triunfos.
      Importante ponderar, como lo haces, la trascendencia cultural de la Editorial Papel y Lápiz en las letras, no solo en Colombia, sino en Latinoamérica y Europa. Gracias.

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