Escribo con el pie derecho

Esta es la primera vez en varios meses que logro sentarme frente al computador y escribir más de cuatro palabras, sin que aparezca esa densa bruma en mi mente que eclipsa mis pensamientos y nubla mis ideas.

Hace casi noventa días, un sábado esplendoroso, soleado y sereno, sentí un deseo enorme de salir a rodar. Celebraba un año de haber sido dado de alta de la clínica en donde estuve internado por COVID.

Fue una lucha cruenta en contra del virus mortal, que gané; ese día agradecí que el desenlace de la historia no concluyó con mi cuerpo varios metros bajo tierra, la viudez de mi mujer y la orfandad de mis hijos, en cambio, ahí estaba, en el patio de mi casa contemplando el brillo fulgurante de las flores de mi jardín y en un rincón mi motocicleta amada, igual que yo, paralizada por causa de la pandemia.

Estaba pletórico, sentía que por fin estaba superando los efectos funestos del virus que en forma de secuelas, aparecían en sucesión macabra para no dejarme olvidar que una vez fui habitáculo de esa infernal enfermedad.

Todavía recuerdo cuando pude caminar cinco minutos, solo cinco minutos sin sentir que me ahogaba. Fue difícil, hasta ese momento dar más de diez pasos implicaba un esfuerzo descomunal y el terror incontrolable al pensar que nunca sería igual.

Con tenacidad logré en poco tiempo llegar a caminar una hora al día a velocidad moderada, entonces apareció el agotamiento extremo. Un cansancio escandaloso, como si me invadiera una legión de demonios flojos.

Fui sometido a toda clase de exámenes y los resultaron mostraron que hígado y próstata estaban demasiado inflamados, sufría de lagunas mentales sin explicación alguna, la glándula tiroidea se descontroló por completo; por fortuna, el corazón y otras funciones, caras al sentimiento masculino, no fueron impactadas, gracias a Dios.

Los médicos tratantes sugirieron incapacidad permanente, sobre todo por las grietas mentales que se presentaban con frecuencia y me impedían sostener una conversación o caminar por una calle sin el riesgo de perderme. Así que cosas como manejar, salir solo o cualquier oficio que requiriera atención, me fue prohibido rotundamente.

El proceso de recuperación fue paulatino y cuando las secuelas físicas comenzaron a menguar, aparecieron las intangibles pero no por ello menos terroríficas.

Sin aviso, mi estado de ánimo fue atacado con saña. Una noche me acosté feliz porque mi proceso de mejoría avanzaba y a la mañana siguiente todo estaba de color gris oscuro. Nunca pensé que la depresión me pudiera visitar algún día y de esa manera tan despiadada.

He sido una persona optimista desde la niñez; fui forjado en medio de experiencias duras que me enseñaron que todo cuanto sucede tiene una razón y que con tino y buena actitud, cualquier experiencia puede conducir a mejores destinos.

“Eso es un asunto meramente hormonal, estás atravesando por un desequilibrio” me dijo el médico, mientras escribía, sin mirarme, la remisión para el psiquiatra y la prescripción de algunas medicinas que jamás quise tomar; tampoco fui a una sola cita con el loquero.

Creo que mi fe fue fundamental para atravesar el valle de la depresión. Recordar pasajes de la Biblia, orar, hablar con mi esposa, ver correr a mis hijas por la casa, la atención de algunos amigos que estuvieron presentes con su cariño en ese momento y pelear desde el alma para asumir a fuerza pura la situación, me fue llevando al otro lado, hasta que volví a sonreír.

Y justo cuando celebraba mi victoria, perdí el sueño por completo. Al principio no le di mucha importancia, soy cuasi noctámbulo, de manera que no me espantaron dos noches sin poder dormir. Pero cuando se extendió a tres, cinco, diez días durmiendo casi nada, el asunto se tornó preocupante.

De nuevo el doctor dictaminó el evento como una secuela más pos virus. La situación era delicada, grave fue la palabra que usó en realidad, “estás a las puertas de un colapso nervioso” dijo y entonces sí me atacó la desesperación, tanto, que tomé con disciplina cuanta pastilla me recetó, solo que más allá de sumirme en un estado de idiotez, ninguna pudo hacerme dormir.

Aquel sábado cálido y feliz, respiré profundo y agradecido, caminé libre, erguido, sentí que estaba reconciliándome con la vida, rebosaba de ganas de vivir; la brisa se estrellaba en mi cara, estaba viviendo la Primavera de Vivaldi justo en el patio de mi casa; después de un crudo invierno, mariposas y pájaros, flores y verdes hojas me hacían olvidar los aterradores estertores de los relámpagos y un rayo de sol resplandeciente disipó las nubes espesas que oscurecieron mi vida.

Feliz, caminé hasta la esquina en donde mi motocicleta esperaba por mi. Ah, mi motico, cuanto he querido a ese aparato; he vivido momentos felices recorriendo sendas y trochas sobre ella. La obtuve hace años, no fue uno de mis mejores negocios pero sí el más feliz. La cambié por una de mis guitarras y desde entonces ha sido mi vehículo favorito.

Intenté prenderla, obviamente eso no sucedió, más de un año de inactividad e intemperie hicieron lo suyo, así que decidí llevarla al taller aun en contra de las razones que mi esposa esgrimía, “mira que el médico aún no te ha autorizado que conduzcas esa máquina infernal” me dijo con el seño adusto.

Por supuesto no atendí su consejo y una hora después, Roni, mi mecánico de cabecera, hacía roncar el motor con furia, “esta máquina está pidiendo carretera, don Jorge” sentenció  y yo, sobrecogido de emoción, apreté el embrague, pisé marcha y una hora después me estrellé contra otro motociclista que se movía a más de cien kilómetros por hora.

No hubo tiempo de reaccionar, quedé en blanco cuando lo vi venir, el hombre frenó y su motocicleta se estrelló con furia contra mi tobillo derecho, él salió despedido a más de seis metros; creí que quedaría muerto sobre el pavimento y esa angustia no me dejó percatarme de la gravedad de mi lesión.

Como pude me incorporé para tratar de auxiliarlo y entonces sentí un frío de muerte que subió por mi pierna hasta la médula espinal y caí. Entretanto, el otro accidentado se levantó como si nada, subió a su moto y desapareció.

Fui auxiliado por algunas personas que me llevaron hasta las urgencias del hospital del pueblo; una institución decadente que a estas alturas de la vida, no pasa de ser un puesto de salud. La máquina de rayos X estaba dañada, de manera que por segunda vez en la vida, me montaron a una ambulancia y fui a parar al hospital en donde un año atrás estuve luchando por mi vida.

Entre papeleo y espera pasaron más de seis horas, al cabo de las cuales apareció el médico ortopedista quien después de revisar las radiografías correspondientes, dictaminó fractura del maléolo tibial derecho; ni siquiera sabía que tenía un hueso con ese nombre, al menos no lo recordaba.

Decidió no operar, lo que otro ortopedista consideró un error, colocó un yeso alrededor de mi tobillo y me envió de regreso a casa, con la indicación de reposo absoluto y un monitoreo pasados los primeros veinte días de la lesión.

¡Veinte días en cama! No es posible, pensé; qué injusticia, justo cuando estaba dispuesto a retomar mi vida en el punto en donde el virus me la había dejado en suspenso.

Qué ironía más grande, ¡veinte días! Acababa de arreglar mi moto. El mundo se volvió a poner oscuro y la Primavera de Vivaldi se apagó, ahora escuchaba la Marcha Fúnebre de Fréderic Chopin y una carcajada burlesca en el ambiente.

Con una fractura de tobillo la vida cambia por completo. Nunca fui tan consciente de mis piernas y pies hasta ese día. Algo tan simple como bañarme, enfundarme en un pantalón o ir al baño en la madrugada, se hicieron cosas simplemente imposibles.

Los dolores fueron intensos, tan intensos como el sonido de las campanas de mi pueblo, fríos, agudos, indescriptibles. La inflamación era absurda y en pocas horas detecté una alergia al material que recubría mi pierna. Ah, como para mayor dramatismo, en esos días al planeta le dio por ponerse más caliente. Estaba en agonía, acongojado y con rabia.

Ningún malestar físico fue más grande que la preocupación por la inactividad prescrita. Tenía muchos planes esperando ejecución, en el trabajo, mis negocios y mi familia.

Durante los primeros días de convalecencia me enteré que el proceso de recuperación no sería menos de seis meses. Tenía el uso de muletas y las limitaciones a la movilidad garantizadas; hubo momentos de inquietud, de incertidumbre, rabia y a veces desespero. Soy humano, no puedo dejar de sentir frío cuando hace frío.

Las voces de solidaridad se dejaron escuchar desde todas las latitudes y la recomendación al unísono fue: Jorge, aprovecha este tiempo para escribir. ¡Claro! ¡Escribir! en todo caso tenía una incapacidad en uno de mis miembros inferiores, mis manos estaban perfectas, no sufrí golpe alguno en mi cabeza; ¡sí, por supuesto, escribir, eso es lo que haría! Estaba dispuesto a convertir esta situación de inmovilidad en el momento especial para escribir.

Decidido entonces, transformé la segunda planta de mi residencia; hice subir un escritorio e improvisé un estudio, pedí mis cuadernos de apuntes, una docena de lápices negros y mi iPad. Iba a escribir, tenía enfrente una temporada solo para eso, nadie esperaba de mí, más que eso, que escribiera.

La verdad, ni siquiera pude contestar los mensajes amables que los lectores dejaban en mi blog personal. Tenía mil ideas en la cabeza, cien historias que escribir, mil anécdotas, un millón de poesías, no sé cuántas cosas plasmadas en mis libretas, pero no pude escribir una sola palabra.

Si intentaba escribir sentado en la cama, la presión que producía el ángulo de noventa grados de mi torso con respecto a la pierna fracturada, provocaba un dolor indescriptible. Si me sentaba en una silla, descolgar la pierna generaba tal molestía que las lágrimas se me salían solas. Escribir, fue sencillamente un imposible.

Lo intenté todo, de todas formas; use el teclado, la herramienta de escritura por voz, lo hice todo; mi esposa se ofreció de secretaria, pero nada. Ni media palabra, ni una letra.

Hace solo unos días me retiraron la bota de inmovilización. Ya estoy en terapia para fortalecer los músculos y estoy dando algunos pasos ayudado de un bastón; no tengo dolores, no tan fuertes como hace solo unos días.

Quise saber si ya podría escribir algo y me vine a mi estudio al fondo de mi casa, me senté sobre mi silla de escritor, frente al monitor de mi computador y sí, no sé cuántas palabras he escrito, pero son muchas más de las que pude siquiera pensar en los tres meses que han pasado desde el accidente.

Eso no me pasó con el coronavirus. Hospitalizado escribí; de hecho publiqué algún relato estando conectado a una máquina que me suministraba oxígeno. Escribí con depresión, sin dormir, con la próstata (que ya está bien) inflamada como una guanábana, con la tiroides dañada, con ahogos, con fiebre, siempre escribí.

Pero una fractura de una extensión de la tibia me paralizó absolutamente, con lo que comprobé que, en mi caso, no escribo con los dedos, ni con la imaginación, yo escribo con el pie derecho.

close

Suscríbete a nuestro boletín de novedades

y recibe:

Escritos seleccionados, información sobre próximas publicaciones, promociones y ofertas especiales.

¡No enviamos spam! Lee nuestra política de privacidad para más información.

8 comentarios en “Escribo con el pie derecho”

  1. Juan Carlos Abuchaibe lopesierra

    Excelente relato Jorge me encantó hasta el final, incluso reí en algunos pasajes. Sigue escribiendo con esa misma pasión y creatividad.

  2. Silvio Hugo Velásquez

    Felicitaciones muy buen relato
    Le pido a Nuestro PADRE CELESTIAL que te mejore y que te diga dando el don de la escritura para disfrutar de tus escritos
    PD: No sabía que estuviste enfermo

  3. Una prueba mas de nuestra fragilidad y un testimonio fehaciente de fortaleza y voluntad. A veces no entendemos u olvidamos los designios divinos.
    Pero cada reto, cada dificultad nos vuelve de cara a lo que a veces obviamos y nos pone de rodillas al creador ( esto lo aprendí de ti mi querido amigo)
    Cuan importante es cada célula de nuestro cuerpo y no lo sabemos hasta cuando tenemos una limitación.
    Haz tenido la bendición de esa columna vertebral que es tu familia y la gente que te quiere.
    Estoy absolutamente convencida de que nada pasa en este universo si no es comandado por nuestro creador!
    Que te limitó, que dolió, que te frustró que te permitió entender y recordar y quizás librarte de algo mayor…
    Pero gracias a Dios estas de vuelta para deleitarnos una vez más con tu genialidad, con tus vivencias… te extrañamos aquí Jorge. Que maravilla es tenerte de vuelta.
    En buena hora!
    Abrazos mi querido amigo.
    La negra

  4. Nidia Cavadía

    Jorge, que bueno que nos sigues deleitando con tus letras. Gracias a Dios que a pesar del virus y la fractura, tus letras siguen presentes. Es tu mejor regalo divino y nuestro mejor regalo tuyo. Con el pie derecho, sin duda.

  5. Jorge , deseo de corazón que sigas recuperandote. Muchas veces de situaciones inesperadas y dolorosas, nacen cosas, que nos motivan y alegran el espíritu. Felicidades por tu escritos!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *