Juan Padilla

I

El grito angustioso de su mujer que cruzó cortando el silencio sepulcral de la casa, le hizo comprender a Juan que la espera, que no tuvo nada de dulce, había terminado. Nueve meses preñados de ilusión y esperanza finalizaban en ese momento en que los raudales amnióticos que alojaron la quinta vida gestada en el vientre de su Emma, se vertieron presurosos anunciando que el vástago abandonaba el alojamiento materno e irrumpía el umbral de los vivos.

Aquellos días de espera fueron particularmente extraños. Se entremezclaron el estruendoso fracaso de la gran cosecha de arroz que lo sumió en obligaciones y deudas casi impagables con la alegría del anuncio del embarazo de su quinto hijo que, sin haber sido planificado, trajo ilusión a la pareja.

Fue una época mustia, signada por la escasez y una sensación de frío interno que contrastaba con la candente virulencia del clima del trópico, que el joven matrimonio encaró con silencio estoico y ánimo impertérrito como convencidos que de esa, como sucedió en muchas otras ocasiones difíciles, saldrían airosos y vencedores y, ese tiempo de congoja algún día se convertiría en otra historia que recordar.

Presuroso, Juan llevó hasta el baño, desde donde Emma le impartía instrucciones precisas, un trajecito de tela sencilla y confección humilde, el cual estaba reservado para aquel día. Con evidente impaciencia esperó la salida de su mujer, sosteniendo en sus manos, que se notaban nerviosas, un maletín negro cargado de todo lo necesario para el recibimiento del niño… o de la niña, realmente fue algo que durante el embarazo no los inquietó mucho, pues habían aprendido a recibir con agradecimiento el favor de Dios, viniera en forma de varón o de princesa.

Los niños quedaron al cuidado de la vecina de toda la vida, con la promesa que al finalizar la tarde estarían de regreso papá, mamá y el hermanito del cual no les hablaron mucho durante los meses del embarazo. Los gestos de dolor cada vez más frecuente en Emma, denotaban la impaciencia del nuevo miembro de la familia por nacer.

La tarde llegó fresca y apacible; los niños, que en un principio sintieron algo de libertad por la ausencia de sus padres, comenzaron a asomarse de tanto en tanto por la ventana, descorriendo la vieja cortina de velo amarillento y anhelando que aparecieran los papás y disiparan con su presencia protectora la sensación de orfandad que comenzaba a asomarse en el alma, mientras en la inmensidad del horizonte, el sol se escondía.

Con la claridad de los últimos rayos de luz, Míster Frasier y señora, un par de misioneros norteamericanos que habían llegado a Colombia unos pocos años atrás con la sagrada misión de convertir a su fe de primer mundo, la horda de salvajes que habitaban en esta parte inferior del planeta, tocaron a la puerta de la casa de Juan y Emma, sostuvieron una conversación en tono bajo, después recogieron en bolsas plásticas algo de ropa de los cuatro niños y sin más palabras, los llevaron con ellos hasta su casa, en donde Josías y sus tres hermanos sin entender nada de nada estarían por días arrancados de su casa, lejos de sus padres y compartiendo una experiencia rara y triste con unas personas de habla extraña, enormes y de gesto amable, que comían azúcar por toneladas y no tenían idea que existía la sal para disipar la insipidez de sus preparaciones culinarias.

A la tarde del quinto día de desarraigo, a lo lejos, allá donde cada tarde se perdía la mirada agónica y triste de Josías, apareció una silueta que paso a paso se fue volviendo más real, más tangible, más familiar. Caminando pausadamente con una sonrisa discreta y triste, con el cuerpo vacío, con el mismo vestidito que la vio salir aquella mañana pero que ahora le quedaba holgado, grande y desarreglado, apareció Emma llevando el maletín negro en la mano, también vacío, sola, sin Juan y sin niño.

La fiesta de abrazos y besos de la madre y sus pequeños que se reencontraban no estaba completa, faltaba el padre; además se preguntaron, ¿dónde estaba el niño que fueron a buscar al hospital? Querían llevarlo para que conociera la casita de ladrillos descubiertos y pisos rústicos donde vivían. ¡Ah, cuánto extrañaban su patio! El jardín que su mamá cuidaba con tanto cariño, las arepas asadas cada mañana en el fogón de carbón, las noticias que en la radio escuchaba su papá para saber cómo amanecía el mundo, el olor a café que invadía cada rincón de la casita y hasta la chancleta con la que se imponía el orden y la disciplina en ese universo hermoso e imperfecto que le llamaban hogar.

II

A pesar de las dificultades y de su juventud, Juan y Emma eran una pareja de esposos comprometidos, luchadores y soñaban con un futuro feliz y próspero para su familia. Se conocieron en la capital, de donde era oriunda ella, cuando tomaba una clase en el Conservatorio donde él fue su profesor. La historia de su noviazgo que terminó en una boda de ensueño, siempre hizo parte de las memorias secretas de la pareja.

La vida de ciudad, de conciertos en el Teatro Colón y paseos los domingos a Monserrate o a la Media Torta, se vio abruptamente interrumpida cuando a Juan le informaron que Gertrudis, la mujer que lo crio con el cuidado y la devoción de una madre sin haberlo parido, se estaba apagando como consecuencia de una enfermedad fatal que se encontraba en fase terminal y hacía imprescindible su regreso, no solo a acompañar los últimos momentos de su vida, sino a asumir la rienda de las propiedades, no pocas, que por herencia le correspondían.

La reubicación del hogar, aunque significó un cambio abismal para la pareja, que para ese entonces ya le habían nacido los primeros tres hijos, fue rápidamente asumida por Emma, que encontró algo de atracción en el sosiego de la vida de provincia. Por el contrario, él asumió el cambio más con resignación que con convicción y a diferencia de su esposa, extrañaba la vida agitada de la gran ciudad y las reuniones literarias con sus taciturnos amigos poetas y filósofos en los cafetines lúgubres del centro de una ciudad culta, aunque fría e impersonal.

El magisterio musical que en la ciudad le significó reconocimientos, elogios y la sensación de realización plena; que le permitió perderse entre los surcos de los pentagramas que entre negras, blancas y corcheas parían sinfonías de autores alemanes, polacos y rusos, que fueron compuestas en el lado erudito y civilizado del mundo y le prodigaban una sensación exquisita de cultura universal, en un santiamén se vio reemplazado por la realidad del retorno a su natal pueblo, enclavado en las goteras de un desierto yermo, estancado en el tiempo, casi primitivo, habitado por seres básicos que se embriagaban de un veneno destilado de la caña de azúcar, que sabía a cobre y que con el epígrafe de idiosincrasia, arropaban la procacidad e impudicia de la que él había salido huyendo tantos años atrás.

Con todo, Juan se aplicó a las labores del campo en el entretanto que edificaba su hogar con el esmero de un alfarero y el compromiso devoto de un sacerdote, prodigando en cada acto el ejemplo de un padre amoroso, como el que él no tuvo en su infancia y la ternura de un esposo honorable.

Su vida era en muchas maneras diferente a la de sus coterráneos. Hogareño, educado y discreto, su personalidad contrastaba con la del macho ordinario, irresponsable y borrachón que parecía ser el prototipo de aquella región híspida y que se ufanaba de hombría porque podía quitar la vida a su semejante sin remordimiento alguno, aunque llorara patético el desamor de una mujer, borracho al pie de una vitrola que dejaba escapar las notas lastimeras de una ranchera quejumbrosa.

Con esfuerzo y el apoyo decidido de su compañera, construyó una casa que resultaba demasiado moderna en un poblado atestado de casas de bahareque y madera. Era si no la única, una de las primeras en contar con un televisor, nevera y en la que cada miembro de la familia tenía su propia cama. Su hogar era regentado por principios extraños a la cultura vernácula, que poco a poco se fueron convirtiendo en una especie de cúpula invisible que separaba su vida de la realidad de un entorno agreste y abrupto.

Los viernes, al acabar el día religiosamente, la familia se engalanaba con los mejores atavíos, compartían una cena especial y entre Mozart y Chopin, Beethoven y Schubert, los esposos brindaban por tanta felicidad. Los domingos, asistía infaltable al culto con Biblia en mano a la única congregación protestante, de la que eran pastores Míster Frasier y señora.

A comienzos de la década del setenta, la familia creció con la llegada de la cuarta hija; las obligaciones iban en aumento y una seguidilla de resultados adversos en sus cultivos de arroz, que se prolongaría por más de un año, lentamente fueron arrastrando a Juan a una situación económicamente difícil, casi insostenible.

Tratando de salir del atasco en el que estaba, decidió duplicar el tamaño de sus siembras. Fue una decisión aventurera que le significó grandes esfuerzos y un endeudamiento necesario y bastante considerable, el cual respaldó con un cheque personal, en la época en la que un título de esa calidad no solo prestaba mérito civil, sino consecuencias penales también.

Todo iba bien. El nerviosismo generado por la ambiciosa empresa se disipaba con el crecimiento ordenado y sano del cultivo que prometía un éxito rotundo. La alegría crecía cada vez que la vista de Juan y de Emma se perdía en el horizonte verde de su esperanza. Pero dos días, tan solo dos días antes de la cosecha, las compuertas del cielo se abrieron inmisericordes e imparables, ahogando su ilusión en un diluvio que después de agua, lo inundó de angustias y deudas.

Ahí, en el centro de la borrasca de desesperación y desconcierto, una tarde cualquiera, a la hora que acostumbraban tomar su café, que ese día no tomarían porque no hubo dinero para comprarlo, Emma, sin saber si la noticia era buena o no, le dijo que nuevamente estaba embarazada.

III

A pesar de la alegría de volver a casa, la ausencia inexplicable de Juan, la tristeza disimulada en la cara de Emma, las pocas amistades con halo lúgubre que visitaron por esos días el hogar de los Padilla, le impregnaron una atmósfera triste, pesada y oscura al hogar.

Durante los siguientes quince días, no se habló nada acerca de lo que acontecía; los hijos no preguntaban y la mamá no comentaba nada con ellos. Ella, sin mudar su melancolía silente atendía cada cosa del hogar; la limpieza, el jardín, la ropita de sus hijos. Trataba de continuar las rutinas normales de la familia.

Cada dos días eran visitados por algún familiar que aparecía cargando una bolsa con víveres, algo que resultaba extraño para los hijos y que su mamá recibía con un agradecimiento triste; así mismo, que todos los medio días y todas las tardes, Emma le encargara a Josías la entrega de un recipiente con comida al celador del Palacio Municipal, que llevaba a regañadientes, pues para él implicaba caminar bajo la tutela del sol canicular de la hora meridiana y suspender el juego en la calle con sus amiguitos de la cuadra.

Una de esas tardes de juego, tal vez inocentemente o con intención dañina, un vecinito le preguntó a Josías a qué hora le llevaría la comida a su papá. Desconcertado, le respondió que él no estaba en el pueblo, andaba de viaje. El niño, con risa burlona, le dijo que no fuera tan mentiroso, todos sabían que la comida que llevaba cada día al Palacio Municipal era para su padre que se encontraba preso por pícaro y ladrón. Sin mediar palabra, le propinó un puñetazo que hizo explotar de sangre la nariz para castigarle su insolencia y el atrevimiento, al llamar de esta manera al único héroe de carne y hueso que conocía.

Respirando su furia y su desconcierto, Josías corrió hasta su casa, sabiendo que su mamá no pasaría por alto tal acto de violencia y resoplando y entre sollozos le contó lo sucedido, dispuesto a recibir con resignación el castigo, que él asumiría gozoso por ser ganado en la defensa del honor de su papá. Para su sorpresa, no lo regañó, no entró en cólera, no se sacudió el pie para sacar la chancleta que en varias ocasiones le había dejado marcada en alguna de sus piernas; esta vez dejó escapar un par de lágrimas que rodaron por sus mejillas, solo dos como si no tuviera más que llorar; atrajo a sí a Josías y con voz entrecortada le contó la verdad.

Le dijo que el día que Juan la llevó al hospital a parir su quinto hijo, el Juzgado del pueblo había emitido una orden de captura en contra de su papá por un cheque que no había podido cubrir. Le contó que justo cuando los médicos le informaban que su hijo había nacido muerto, unos agentes de la policía, avisados que se encontraba en el hospital, se trasladaron hasta allá para hacer efectiva la captura, él les suplicó que le dejaran enterrar a su hijo, accedieron escoltándolo hasta la funeraria del pueblo, donde fio la cajita blanca en que reposaría por siempre su hijo.

Apenas pudo despedirse de su esposo, lo vio cargar la caja mortuoria saliendo del hospital. Juan cruzó todo el pueblo hasta el cementerio, siempre vigilado por los agentes que, como buitres, lo acechaban ansiosos por hundir sus garras y destrozar su vida que ya sangraba por dentro.

Le contó que una vez Juan hubo enterrado al niño fue trasladado esposado, como si se tratara del peor delincuente, hasta la cárcel que estaba aledaña al Palacio Municipal y, que ella debía quedarse por cinco días más en el hospital a causa de una hemorragia posparto.

Pero le dijo a Josías, que sentía que su corazón iba a estallar con tanta información y tan grave, que su él no era ningún ladrón, que la razón de su detención se debió a una deuda, producto del fracaso de la última cosecha y que no le habían respetado un acuerdo donde se comprometía a cancelar la deuda con el precio que recibiría de la venta de la finca, de manera que habían protestado el cheque y solicitado su captura solo por el deseo malevo de hacerle daño a él y a toda la familia.

No bien terminó Emma de hablar y Josías corrió presuroso hasta el Palacio Municipal. Sus ojos llenos de lágrimas no le permitían ver con claridad, su sollozo lo contenía apretando sus dientes con furia, atravesó una, dos calles sin mirar a los lados; tenía la sensación que el Palacio Municipal estaba más lejos ese día; jadeante llegó y frente al celador que reposaba en una butaca recostada en la pared, le dijo que quería entrar a ver a su papá. Su insistencia y sus gritos lograron hacer que el guardia se incorporara con lentitud y se asomara por la puerta al interior de lo que parecía el patio del Palacio. Con un grito le dijo a Juan que su hijo mayor estaba ahí y que quería entrar. Fue autorizado.

Para el niño, aquella escena sería imborrable por el resto de sus días; en un habitáculo ridículamente pequeño, oscuro, húmedo y mal oliente, sentado sobre un colchón de rayas rojas y amarillas, estaba el hombre más grande del mundo. No se abrazaron, no hubo explicaciones, solo se sentaron juntos, quizá evitando que con las palabras se escapara el dolor y la tristeza y Juan, le había enseñado a su hijo que en los momentos difíciles es cuando un hombre debe mostrarse más fuerte y la ocasión exigía toda la fortaleza que un niño de diez años podía tener.

Juan sabía con seguridad que su esposa ya le habría dado los pormenores a su hijo, solo atinó a decirle que no bajara nunca la cabeza ante nadie, que mirara siempre con altivez y orgullo y que pronto estaría de regreso; le encomendó la tarea de ser el hombre de la casa, cuidar de su mamá y de sus hermanos siempre.

Josías, sin mucho qué decir, recordó que era la hora de llevarle la comida y con esa excusa, se despidió con la promesa de regresar en breve para traer, como cada tarde hasta entonces y por quince días más, la olla con su comida y el termo con el agua de panela bien fría, que su padre tanto disfrutaba. Esa tarde, de regreso a la cárcel armado de portacomida y termo, caminó orgulloso y con la frente en alto, como su papá le había indicado.

Cincuenta años después, cuando Josías ve a Juan todavía montando su vieja bicicleta como si los años no le pasaran, después de haberlo visto sufrir la cárcel, el fracaso económico, la envidia de la gente y tres infartos, se acuerda que solo hay una manera de vivir la vida: Con la frente en alto.

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10 comentarios en “Juan Padilla”

  1. Natalia Suárez Cohen

    Alegría, melancolía, sorpresa y muchas emociones más, estoy segura que son las que se despiertan en los lectores de sus relatos. Muy interesante la historia y muy buen mensaje: a pesar de las dificultades, siempre debemos tener la frente en alto. Saludos!

  2. Joel Peñuela Quintero

    Caminar con la frente en alto ha sido posible solo porque él ha sido fiel a los valores que hacen grande a los seres humanos. Gracias por compartirnos tu historia.

  3. Sixta Garcia de Cohen.

    Muy interesante relato, cuantas emociones! que fortuna tener padres que aún siendo señalados por la sociedad, tengamos la certeza que son merecedores de nuestra admiración, que son buen ejemplo, que son dignos de nuestro orgullo!

    1. Así es, Sixta. Es una fortuna incalculable los padres que luchan a brazo partido por levantar y mantener unida a la familia. Agradezco a Dios por eso. Tus hijos son afortunados, muy afortunados. Gracias por comentar.

  4. Julia Maldonadoel

    Bello relato de una familia, de las que, con el pasar de los años, van quedando pocas, en la que los valores inculcados a sus hijos, la hacen tan sólida que nada de lo que suceda a su alrededor le hará tambalear y antes por el contrario, se fortalece con cada circunstancia adversa que le toca afrontar. Interesante mensaje en su contenido.

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