Jueves

El día que la vi por primera vez fue tan particular como la mañana del jueves, veintisiete años atrás, cuando sentado en el patio del colegio la inventé. La timidez de su sonrisa contrastaba con la imponencia de su presencia y a pesar de que normalmente me mantengo en control, al verla por fin, no pude evitar sentirme nervioso.

Después de nueve mil ochocientos cincuenta y cinco días, tenía frente a mí la mujer que toda la vida deseé y que no supe esperar; las emociones se arremolinaron y me dolió pensar que tal vez se me hizo tarde llegar al encuentro más importante de mi vida.

Ella era, no tenía la menor duda, a quien antes de conocer presentía esperando por mí en algún recodo del universo, la que buscaba a tientas en las noches sin luna; la que perseguí en los caminos por donde me extravié, en las esquinas de mi existencia vacía y al final de la lluvia, en la gota donde nace el arco iris.

Ese primer encuentro fue lacónico; no pasó de los saludos protocolarios, el intercambio de nombres sin apellidos, y en mi caso, un escaneo disimulado pero detallado de sus maneras delicadas y de su cuerpo escultural, lo confieso; en dos o tres ocasiones nuestras miradas se cruzaron inquisitivas.

A pesar de la sorpresa y de los nervios, me esforcé para parecer calmado; muchos años después, me confesó entre risas, que presintió mi inquietud.

Desde ese momento nuestras vidas, en algunos aspectos, viajaron en paralelo, en otros, no. Nos reuníamos con mucha frecuencia, ocasionalmente los miércoles y los domingos, pero los lunes eran infaltables, conversábamos por horas y de vez en cuando salíamos a tomar un café. El resto del tiempo cada uno en sus asuntos, pero nunca se apartaba de mi mente.

Así transcurrieron tres años, lentos y tranquilos; me tomé todo el tiempo del mundo para conocerla, para entender su forma de pensar, su visión de la vida y me fascinó. Sin el afán de rejuntar sentimientos o de revolver emociones, sin el desespero de las pasiones o el acoso de la soledad, descubrimos que, hasta ese momento, estuvimos escondidos en una vida a la que no pertenecíamos.

La tarde del lunes de un marzo de hace muchos años, sonó mi teléfono celular, era ella, como cada lunes llamaba para confirmar nuestra cita de comienzos de semana, solo que ese día me pidió que nos reuniéramos más temprano, se escuchaba diferente, supuse que estaría atravesando alguna dificultad, tal vez en la oficina, pensé.

Cuando la vi me desconcerté un poco, lucía pálida, descompuesta y con su mano cubría su boca, como si quisiera aguantar las palabras, se me hizo tierna esa imagen. El día anterior estuvimos reunidos buena parte de la tarde, hablamos sin parar, reímos, yo toqué el piano, ella cantó y a pesar de que otras personas nos acompañaban, solo estábamos los dos.

La verdad no sabía qué pensar ni qué decir, estuve callado en espera de que tomara la iniciativa y así fue:

—Jorgillo —casi susurró—de verdad, ¿tú no sabes qué está pasando?   

Seguí mudo, inmóvil, imbécil; tan imbécil como me sentí todos esos años sin poder decirle todo lo que sentía por ella, temeroso de perder su amistad si me arriesgaba a decirle que ella era mi mundo, porque por muchas razones, todas que yo mismo inventé, nunca creí que ella pudiera sentir lo mismo que yo.

—No puedo seguir así —continuó— ya no puedo mirarte de la misma manera. No sé qué hacer.

Para ese momento, en mi cabeza todo estaba al revés, me sentí mareado y la respiración me faltaba; ¿estaba oyendo lo que creí que estaba oyendo, o mi estado de confusión era tal que tergiversé lo que ella decía?

De todo lo que hubiera podido imaginar que comentaría ese día, jamás se me ocurrió que pudiera ser algo siquiera parecido a lo que dijo. Lo que siguió aclaró un poco más las cosas.

—Contigo he aprendido a ver la vida de otra manera, eres lo que yo quiero, pero sé que tú no te fijarías en mí.

Me pareció increíble, ahí estaba ella, el alma de mi alma, el sueño de toda mi vida, confesando muy a su manera, con las manos temblorosas y la voz apagada su amor por mí.

—Pero… yo quiero estar contigo el resto de mi vida, yo no quiero una novia —fue todo lo que pude decir, sin abandonar mi ademán imbécil.

—Y a ti quién te dijo que quiero ser tu novia, yo quiero ser tu esposa, de eso estoy segura —sentenció.

Unos meses después de aquella noche, decidimos unir nuestras vidas para siempre.  

La primera noche en nuestro apartamento del quinto piso en el edificio Palma Grossa, hablamos hasta que los primeros rayos del sol despuntaron en el horizonte; planeamos el número de hijos que queríamos tener, conversamos sobre nuestros proyectos profesionales y decidimos que construiríamos un hogar basado en el respeto y la amistad. A las tres de la tarde el hambre nos visitó desaforada.

Emocionada, se aprestó a preparar el primer almuerzo de nuestra vida juntos. Después de una hora me llamó a la mesa, estaba arreglada de manera impecable y encima, humeante, un plato de lentejas duras como piedras y cubiertas con una capa de condimentos que no se terminaron de disolver. Era un desastre mayor, se sentó a mi lado con cara de vergüenza y me dijo: Mejor te invito a cenar en un restaurante.

Su manera de zanjar las diferencias es sabia; me enseñó que un minuto de disgusto, es un tiempo valioso que le quitamos a la felicidad; es determinada pero nunca tozuda, es una profesional destacada pero su entrega al hogar ha sido incondicional; admiro su diligencia y su capacidad de trabajo, es esposa, amiga, socia y madre ejemplar, es incansable.   

Es idealista y comparte conmigo la convicción que la mejor, si no la única, forma de servir a Dios es sirviendo a los hombres. Su fe es aprueba de todo y su hombro, el apoyo fundamental de mis proyectos.

Hemos caminado tantos caminos, vivido experiencias hermosas y otras retadoras en extremo, siempre tomados de la mano, a veces con lágrimas de dolor, pero siempre con esperanza en el corazón.

Somos cómplices de la vida y nuestra misión mayor es honrar a Dios por sobre todas las cosas.

Desde el primer instante que la escuché hablar, el timbre sereno de su voz ha sido mi embeleso, su cabello ensortijado el reclusorio donde pago feliz la dulce condena de amarla para siempre y su sonrisa franca y generosa la luz de mi sendero.

Me gusta verla revolotear y confundirse entre las flores del jardín que planté para ella; es lluvia en el verano, abrigo en el invierno, sombra cuando la incandescencia del sol enceguece y faro en la oscuridad de las noches huérfanas de luna, es poesía, es canción, es idónea…

Este jueves, como cada jueves desde el día bendito que se cruzó en mi camino e inundó mi vida de su presencia, alzaré mis manos en señal de victoria porque está conmigo.

Porque fueron tantos años pendiente y tras de ti

Porque fueron muchas noches orando a Dios por ti

Fueron tantas madrugadas mirando un lado vacío

Ensayé tantas palabras pa’ que me amaras

Y hoy tu corazón es mío

 

Fragmento de la canción En señal de victoria.

Autor: Fabián Corrales

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10 comentarios en “Jueves”

  1. ¡Linda historia!, el amor lo puede todo y más si está cimentado en Dios; ni hablar por las lentejas, pero eso tuvo solución.
    Saludos, maestro Parodi.

  2. Joel Peñuela Quintero

    Bueno, en momentos donde a veces parece que el hedonismo ególatra gana ampliamente su partida contra la humanidad, qué hermoso es saber que aún existen espacios para el idilio y el Amor, con A mayúscula.

  3. Patricia Oropeza

    ¡Que lindo! Con lo que me gustan las historias de amor 💕
    Maravilloso regalo ver a dos almas llegar a la cita, puntuales, que Dios planeó.
    Saludos Jorge

    1. Es un milagro, Patricia, un verdadero milagro el que se opera cuando el universo conspira para llevarte al encuentro de la persona que es. Eso, mi querida amiga, es intervención divina. Gracias por comentar.

  4. Sixta Garcia de Cohen.

    Siempre he dicho que la vida es un libro que se escribe todos los días, por eso he podido pasar la página tantas veces para que se escriba la de mi familia…libro intangible el mio…que bueno poder plasmar con lindas palabras la historia personal…felicitaciones!

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