La actitud, lo es todo

Un mes antes de la primavera de 1980, fue mi cumpleaños número quince.  Era jueves, recuerdo. Normalmente mis cumpleaños pasaban inadvertidos, pero ese en particular, tuvo muchas cosas especiales. Vestía una camiseta azul celeste de marca La Coste, un fino pantalón de Alberto VO5, zapatos Bettar color café, gafas para sol y una boina estilo italiano; además, a kilómetros se sentía el aroma de María Farina, la colonia de mi papá con la que literalmente me bañaba.

Estaba sentado en una banca pequeña debajo de un frondoso árbol de laurel de la India; era la hora del recreo, el feliz intermedio de las jornadas diarias de clases; miraba a lo lejos y mi corazón rebosaba de alegría. Mi papá me había regalado mi primera máquina de escribir marca Brother, de doble cinta, rojo para los títulos y negro para el resto. No sabía usarla muy bien, pero para mí fue el obsequio definitivo que marcó el final de mi infancia y el comienzo de mi juventud; yo no tuve adolescencia, como tampoco ahora tengo adultez, soy un niño feliz atrapado en el cuerpo de un viejo de cincuenta y tantos.

Desde los diez años, tal vez antes, escribía historias fantásticas que aparecían de la nada en mi cabeza; lo hacía en las hojas de la mitad de mis cuadernos, que recortaba y les pintaba un dibujito a manera de portada. Mi papá, no hace mucho, me dijo que aún conserva una de esas joyas de la literatura familiar.

Esa mañana, fantaseaba con las teclas de mi nuevo juguete, me propuse escribir sin parar hasta convertirme en el escritor más famoso del mundo. Lo tenía todo para serlo: ya vestía como uno de ellos, solo me faltaba la bufanda, pero eso sí, ni pensarlo con el calor del trópico, tenía mi máquina Brother y una bandada de ideas revoloteando en el cielo finito de mi imaginación; bueno, casi todo, un buen escritor debe tener un buen amor, pensé. Miré a mi alrededor y los rostros angelicales e inocentes de mis compañeras de clases me convencieron que ahí no estaría la musa de mi inspiración, ellas eran como mis hermanitas menores; así que me detuve un poco en ese pensamiento y la comencé a construir en mi mente. La quería de pelo rizado pero suelto, esbelta, discreta, de risa contagiosa y por supuesto, inteligente, muy inteligente, no más que yo, pero al fin, inteligente, además y en lo posible, judía.

Mi onírica cavilación fue abruptamente interrumpida por la risa estridente de algún compañero burlándose de mí a mandíbula batiente. Su dedo me señalaba mientras en las pausas de su grotesca carcajada le decía a los demás que yo parecía un loco, en segundos fueron dos, luego tres, después cinco carcajadas retumbando en el patio de la escuela como un coro del averno haciendo escarnio de mí, o por lo menos intentándolo.   

No podía entender qué les resultaba tan gracioso. En realidad no me molestó que intentaran ridiculizar mi vestimenta. Yo me sentía bien, a la moda, como las fotos de los jóvenes que veía en la revista Selecciones. Me visto diferente nada más, pensé; había cambiado los jeans por pantalones formales y los tenis marca Panam por zapatos de cuero, las gafas y la boina…, bueno eso era estilo; desde entonces ya sabía que el estilo hace al hombre.

Lo que sí me molestó fue que interrumpieran mis fantasías, pero no lo demostré. Tomé mi maletín negro marca Echolac, que solo usaban los abogados, me levanté y caminé orondo sin darle la menor importancia al orfeón de bocones que no sabían apreciar la clase; <<pura envidia, eso debe ser, pura envidia>>, concluí y me alejé haciendo una exhibición de actitud poco frecuente en muchachos de mi edad. Hoy cuando revivo los recuerdos de aquella escena, comprendo la risa de mis compañeros, <<tenían razón>>, pienso, me veía como un loco, elegante, pero muy loco.

De actitud ya había aprendido bastante, adaptarme al cambio de la ciudad a la provincia, en materia de relaciones, me exigió mucho; pero, particularmente, hubo dos eventos que me enseñaron que en la vida, la actitud lo es todo.

Siendo muy niño, a comienzos de la década de los setenta conocí a la señora Joselina López, una mujer octogenaria muy particular; era extranjera, rubia y alta. Vestía ropas de principio de siglo y, a pesar de los estragos de la edad evidentes en sus coyunturas, caminaba con donaire, siempre con la cabeza en alto, midiendo cada paso; era cortés y de hablar fino, su timbre de voz era suave, casi sedante. Era muy amiga de mis padres, con frecuencia visitaba nuestra casa y compartía con mi papá tazas de café, conversaciones amenas y escuchaban música clásica.

En las calles, la gente se reía de sus vestidos pasados de moda, del soliloquio con el que deambulaba, de su cabellera canosa acomodada en un moño con apariencia de maraña. Muchos pensábamos que no estaba del todo bien de la cabeza. Recorría las polvorientas calles del pueblo de arriba abajo cargando una cartera grande que siempre se veía llena, como esperando que el sol se ocultara para refugiarse en su casa gigante y vieja, que como ella, mostraba rastros de que hubo tiempos mejores.

Su prestancia la aprendió en el país que la vio nacer, estudió en la escuela especial para señoritas a la que asistían las niñas de bien para aprender modales y etiqueta. En su juventud conoció Mateo Santiago Cortez, un médico recién graduado que viajó allá para adelantar estudios de posgrado. Se enamoraron. Al terminar Mateo Santiago su especialización la tomó por esposa y así terminó ella por estos parajes. Llegó siendo la esposa extranjera de uno de los primeros médicos de toda la región. Se aplicó al cuidado de la casa y de los hijos que uno a uno fueron llegando, mientras el feliz esposo cumplía con lujo y decoro el juramento hipocrático.

Para ese tiempo, mucha gente que consultaba al doctor Mateo Santiago, en agradecimiento por su noble servicio, lo colmaba con generosidad de dádivas. Unos, ofrecían el fruto de sus cosechas, otros, queso o carne y algunos más pudientes, le obsequiaban tierras. De esa forma, con el paso de los años, se convirtió en propietario de una muy considerable extensión de tierras fértiles que él, por supuesto, nunca supo explotar.

Cualquier día, el doctor, de repente murió; Joselina quedó devastada, con varios hijos y en un país que no era el suyo. Fue un impacto muy fuerte, tanto que nunca pudo superar su pérdida; de esa experiencia le provino una especie de enajenación y se sumergió en un mundo de irrealidades que construyó para hacerle quite al sufrimiento. Claramente, desde la muerte de su esposo no estaba muy bien de la cabeza y el alma le quedó destrozada, pero no era loca; recuerdo escucharla hablar de libros, autores, sonatas, sinfonías y poesía. Alquilaba las tierras que heredó a agricultores de la región y con eso alimentó y educó a sus hijos. Edificó su propio mundo, su personal realidad; era una cápsula detenida en el tiempo, ese en el que fue feliz. Sabía que la gente la tenía por loca, ella misma lo decía y simplemente se reía: “hay que dejarlos que crean que estoy loca, yo vivo mi vida y soy feliz”. Con ella tuve mi primera lección sobre la actitud.

Mi segunda gran enseñanza, la aprendí unos días antes de la navidad del setenta y cuatro. Las cosas ese año no fueron muy buenas en los negocios para mi papá, un fanático de la fiesta de navidad. Era generoso en los regalos, pero ese año la cosa fue distinta. Para prepararnos para el golpe que sería una merma sensible en la calidad de los juguetes, nos contó una historia que en el momento no entendí muy bien; en realidad la entendí a cabalidad muchos años después.

Una noche llena de luceros mientras tomaba un vaso de aguapanela en el patio, mi viejo nos contó la historia de un señor padre de dos hijos, uno de ellos, dijo mi papá, era exageradamente pesimista, todo era malo para él, y el otro, por el contrario, era dolorosamente optimista. Sabido que los extremos son viciosos, decidió hacer algo para que ambos hijos fueran un poco más equilibrados a la hora de percibir la vida, así que ideó un plan que ejecutaría la noche de navidad. Al pesimista le compró una bicicleta de última generación, un reloj fino, gafas para el sol, ropa de marca y zapatos carísimos que envolvió primorosamente y colocó al pie del arbolito de navidad. Al optimista, en cambio, solo le dejó una caja de cartón vieja que en su interior contenía estiércol de vaca. Así, pensó el amoroso papá, el pesimista se daría cuenta que no todo es malo y el optimista que no todo es bueno. Ansioso, esa noche casi no durmió expectante por la reacción de sus vástagos amados. Se sentía genio y sabio.

La mañana del veinticinco de diciembre él fue el primero en adosarse a la umbría de la cornácea de plástico con bolitas y lucecitas. Los hijos llegaron, él ansioso abrió los ojos y casi se muere al ver la reacción de los niños: don pesimista se puso las manos en la cabeza, visiblemente angustiado y maldiciendo su vida; el papá no podía entender, le preguntó por qué estaba así; el hijo respondió: Es que tú no te das cuenta lo de malas que yo soy, hasta el niño Dios está en mi contra, mira todo eso que me trajo; yo salgo a la calle con eso y seguro me matan para atracarme, qué de malas soy yo. El papá quedó perplejo, pero su sorpresa fue mayor cuando vio la cara radiante de don optimista: “Y tú ¿de qué te ríes, No ves lo que tienes en las manos?” Preguntó. Sí, por eso estoy feliz papá, yo soy el niño más de buenas, el niño Dios me trajo una vaca, debe estar por aquí, ya salgo a buscarla…

Con esa historia, ya imaginarán cómo fueron mis regalos de navidad, muy precarios; en cambio me quedó una enseñanza invaluable que marcó mi vida para siempre.

Muchos años después de aquella mañana de mil novecientos ochenta, en una reunión donde ofrecía una charla vi llegar a la que sería mi mujer. Me pareció increíble verla, su cabello ensortijado, esbelta, discreta casi tímida, usaba lentes que le daban una apariencia intelectual y para más, era de ascendencia judía, de la tribu de Levy. Hasta ese entonces, nunca volví a acordarme del ideal que construí a los quince años, pero al estar frente a ella supe que era la materialización perfecta de mis sueños. Nos hicimos buenos amigos; comprobé rápido que era inteligente, solo que mucho más que yo; hablábamos muchas veces a la semana, pero siempre fui incapaz de decirle nada, ni siquiera una mirada maliciosa, aunque en el fondo sabía que estaba hecha a mi medida. Ella asistía infaltable a mis conferencias, la amistad crecía, sin embargo, me parecía inalcanzable por muchas razones, así que yo, relajado, disfrutaba de su amistad.

Una tarde de marzo, sonó mi teléfono, era ella; me gustaba escuchar su voz: Quiero hablar contigo, me dijo, ¿puedes reunirte conmigo hoy?, preguntó, mi respuesta fue inmediata, claro que podía y así sucedió. Cuando nos encontramos, la noté nerviosa, más limitada en sus palabras que siempre, me inquieté un poco, pero al cabo de un tiempo tomó la iniciativa diciéndome… ¡Je, je!… No creerán que les voy a contar, ¿verdad?

Pocos días después decidimos unir nuestras vidas para siempre; desde entonces es mi socia, mi amiga y mi manager. En alguna de las tantas conversaciones de nuestros comienzos, ella me dijo que la actitud con la que encaraba cada cosa le había llamado la atención, eso y otras “cualidades” la convencieron de que era yo con quien quería pasar el resto de su vida; y yo la esperaba desde los quince.

La actitud, lo es todo.

Me gusta vestir bien todavía, me baño en perfume aún, uso boinas italianas y las gafas para el sol las he cambiado por lentes de aumento, me tocó. Sé que todo cuanto sucede, por difícil que sea o aunque no lo entendamos, trae consigo cosas buenas; de alguna manera ayudan para bien, ¿cómo no mantener buena actitud?

Ahora que lo pienso, creo que no es descabellado creer que puedo ganarme el premio Nobel de literatura… ¡Tengo la actitud!

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26 comentarios en “La actitud, lo es todo”

  1. Isaura esther García Chávez

    Excelente reflexión, sin duda alguna no hay arma más importante en el ser humano que tener una buena actitud frente a cada situación de la vida ya sea negativa o positiva tendremos una experiencia la cual nos dará un aprendizaje para seguir adelante. Felicidades ☺️👌

  2. Yelitza Cañate

    Un relato fresco, que te engancha desde sus primeras líneas. Casi que refleja al autor pero quiero dejar también algo a la imaginación. Sin duda alguna llegará al Nóbel! Enhorabuena, es un gusto leerte!

    1. Mi apreciada y recordada Yelitza, me honra tu comentario. Satisface saber que has disfrutado el relato, visto algo de este servidor, pero que puedes echar a volar sobre las alas de este escrito tus propios recuerdos. Esperemos que los de la academia sueca piensen igual. Gracias por tu comentario

    2. Sandra Cohen Garcia

      Muy bonito escrito Jorge. Me gusta mucho la forma tan jocosa como expresas tus vivencias e ideas. Siempre logras transportarnos con tus relatos.

  3. Adalberto Camargo Molina

    Usted lo dice todo con solo el título de este extraordinario relato que entre otras cosas hay apartes que parecen escritos por mi porque coincide mi historia en algunos casos con la suya!!

    1. Profesor Camargo, me parece extraordinaria la oportunidad que nos da las letras para encontrar espacios comunes de reflexión y pensamiento. Ya quisiera yo tener la finura de su pluma autóctona, en todo caso, muchas gracias por su invaluable opinión

  4. Excelente tu escrito, me transporte a mis años de colegio.. pero tu actitud hizo la diferencia y por eso tantas experiencias vividas y por eso siempre tenias tu mirada puesta en lo que podías lograr en el futuro, y mira jajaja, de verdad que lo lograse, felicitaciones.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Gracias, Isabel. Tu comentario me hace reflexionar sobre todas las veces que dudé, las que creí que no podría y las mil que me dijeron que no servía. Pero como dices, lo he logrado, bueno me falta el Nobel, voy por él.

  5. Minerva Yedenira Cid Zamora

    Escritor, con todas las imágenes manejadas, hizo transportarme a esos momentos, me pareció ser un tercer espectador.
    ¡Enhorabuena, que su pluma e inspiración no se agoten!

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Muchas Gracias, apreciada Yedenira. Su opinión es valiosísima. Su experticia y conocimiento del idioma, le conceden un tono de autoridad a su comentario. Eso me alegra y me compromete. Muchas gracias

  6. Que bella historia Jorge, sencilla, fácil de degustar y que atrapa. Determinamos cada paso de nuestra vida con nuestra actitud!

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Gracias por comentar, Ingrid. De acuerdo, la actitud determina el andar, traza el camino y sostiene en medio de las pruebas

  7. Tatiana hernandez

    Me gustó… La actitud y las ganas. Y puedo añadir algo más: Como encaras los conflictos, dudas e inconvenientes de ésta vida. Pudiste renunciar, pudiste aplazarlo, pero decidiste enfrentarte a la burla de tus compañeros que no creían en ti… Y solo digo: De esos hay muchos en esta vida, pero Lo Importante es la creencia de la fe en uno Mismo. Felicidades.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Tatiana, muchas gracias por tu comentario. Muy importante tu apreciación; realmente la convicción interior es el combustible de la actitud correcta.

  8. Natalia Suárez Cohen

    De los tres escritos suyos que he leído, no ha habido alguno en el que no haya sonreído y eso dice mucha de la actitud con la que escribe. Me agradó mucho conocer la historia de amor con su esposa y no sólo la edificada desde hace algunos años, sino la que empezó a construir incluso antes de conocerla. Deseo de todo corazón que Dios los siga bendiciendo y dando su gracia para que día a día con amor enfrenten con la mejor actitud cualquier situación a la que se enfrenten. Un abrazo.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Aprecio mucho tu comentario, Natalia. Me alegra que la lectura te haya resultado amena y que pudiste advertir el espíritu que gobierna mis momentos de escritura. Muchas gracias

  9. Sixta Garcia de Cohen.

    Que hermosa historia. Si que dice mucho de la actitud que tomamos en nuestras vidas en todos los aspectos. Nos devuelve al pasado y somos conscientes que mucho de lo que vivimos lo hemos soñado con todo nuestro corazón. Por ejemplo , lo más grande que uno puede tener que es la familia, los hijos, son la realidad de lo que había en nuestro inconsciente desde niñas, en lo que a mi respecta. Gracias por ese recorderis…

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Muchas gracias, sixta. De acuerdo totalmente, lo más importante, la familia, el gran sueño que todos soñamos despiertos desde la más temprana edad

  10. Cuanto he disfrutado leyéndote. Soy convencida de la importancia de la actitud frente a cada situación y que valioso pues doy a leerlo a mis nietos. Gracias a Dios por ese don concedido

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Me alegra Mucho, Rossette, que mis escritos puedan ofrecerte solaz y esparcimiento. Muchas Gracias, Rossette, de acuerdo, Gracias a Dios por el don y por el privilegio de compartir vida a través de mis escritos

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