La dote

Los gritos desgarradores de Arundhati cortaban el silencio de aquella tarde aburrida y opaca, azotada por los rayos del sol que como latigazos implacables, caían sobre la duna del gran desierto de Thar1. Los dolores que anunciaban la nueva vida se presentaron no bien había despuntado el alba y a medida que transcurrió el día, aumentaron de manera pavorosa. El momento había llegado; la alegría se conjugaba con la expectativa, la impaciencia y la preocupación.

—¡Es niña! —anunció la partera, y la decepción en el rostro de Ranjit se hizo evidente; tuvo la certeza que su vida estaba a merced de la desgracia, los dioses lo habían abandonado. Este completaba el quinto intento en busca de un varón y el nacimiento de Alisha, sepultaba cualquier esperanza.

Con la resignación de quien sabe que los designios superiores son inescrutables, aplicó sus fuerzas a levantar el hogar y proveer para su familia.

Su mujer y sus hijas eran todo para él; nada en el mundo era mejor y más grande que el gozo de regresar a casa cada tarde; ver la sonrisa tierna de su amada Arundhati y el alegre revoloteo de sus cinco princesas radiantes, era el aliciente al final de las extenuantes jornadas de pastoreo en el desierto.

Sus hijas crecían bellas y nobles, eran doncellas graciosas; él era un papá feliz, orgulloso y sin embargo, la razón de tanto gozo, era al mismo tiempo la causa de su tormento y su diario desvelo. En el fondo del corazón lo angustiaba la precariedad de su economía, el inexorable paso de los años y la ineludible llegada del día en que debía conceder en matrimonio a sus hijas.

La sola idea de no poder ofrecer la dote a los futuros esposos de sus hijas, la vergüenza que produciría romper una tradición milenaria, observada con tanto celo por sus antepasados, la deshonra y el repudio del que sus hijas podrían llegar a ser blanco, eran una descomunal tormenta amenazante en el horizonte próximo de sus pensamientos más íntimos y le carcomía el alma hasta la desesperación.

Su carga era insoportable y todos los esfuerzos por no hacerla evidente eran infructuosos. El rictus agónico de su semblante, su introspección cada vez más acentuada y claro, el paupérrimo nivel de vida que les permitía sus escasos recursos, eran suficientes para hacer comprender a toda la familia la tempestad que rugía con furia en su interior y el futuro que les deparaba.

 

 

Así, atrapado en una madeja de pensamientos y temores asfixiantes, amilanado y resignado, el tiempo pasó y sus hijas se convirtieron en mujeres, en las bellas hijas de un hombre viejo y pobre, más del alma que del bolsillo.

Eran los días de la luna nueva del Kartica, el mes santo; la fecha del Diwali, la fiesta de Las Luces en que todo el país celebraba con regocijo la victoria del bien sobre el mal y que marcaba el inicio de un nuevo año.

Con la esperanza de que la buena diosa Lakshmi2 los visitara con regalos de riqueza y prosperidad, las familias embellecían sus casas, vestían sus mejores atuendos, prendían velas para hacer feliz el camino de la diosa en su viaje de retorno hasta la morada del dios Rama3 y, por cinco días con sus noches se entregaban a las oraciones, las ofrendas y a los festejos nocturnos.

En una de aquellas noches, la del quinto día, el de la celebración de los hermanos, Kiran no pudo apartar sus ojos de Alisha. A pesar del tumulto, los gritos y la algarabía que reinaba, no la perdía de vista un instante; la belleza juvenil de Alisha, la tersura de su piel que brillaba como si tuviera luz propia, el destello diamantino de su sonrisa pícara y los movimientos precisos, cadenciosos que se le antojaban sensuales mientras bailaba Kathak4, lo atrajeron como imán.

Para Alisha, la presencia del joven militar apuesto, de pose marcial y semblante amable, tampoco pasó desapercibida. Entre movimiento y movimiento del tradicional baile milenario con el que festejaba en compases precisos a su diosa, buscaba con disimulo y diligencia la imagen del soldado forastero que había logrado llamar su atención.

Los cruces de miradas dieron paso a un ritual de sonrisas tímidas, insistentes, discretas; de esas que no dicen nada pero sugieren mucho y en minutos, los movimientos de Alisha se tornaron descoordinados y el galán enfundado en su impecable casaca, perdió el rigor castrense que lo hacía ver imponente y se tornó humano, pueril y hasta torpe.

En el país de los dioses estaba presente Cupido, el querubín regordete y chiquito, de pipí recortado y apariencia inofensiva, especialista en poner el mundo al revés a quienes la saeta certera de su arco, les atraviese el corazón.

Esa noche Kiran no pensó en nada más que en la imagen perfecta de aquella muchacha, la intranquilidad lo inundó y perdió el sueño; por encima de cualquier otra cosa, conquistar su corazón se convirtió en la misión más importante.

A la mañana siguiente, se dio a la tarea de averiguar por el lugar de vivienda de Alisha, no fue nada difícil, la aldea no era muy grande y todos se conocían.

El militar supo hacer su primer movimiento; rodeado de sus subalternos, caminaba acompasado, se advertía preciso en sus movimientos y mantenía el mentón en alto, como si estuviera mirando el horizonte siempre.

En esa primera incursión cortésmente dejó saber a sus padres la seria intención de pretender el cariño de su hija menor. Su arrojo y decisión indicaron que nada sería impedimento suficiente para estorbar los planes de conquista. Se retiró de la misma manera en que llegó, imponente, altivo y al salir miró a Alisha de tal forma, que todas las palabras sobraron.

Cada día, desde esa misma mañana, envió sin falta flores silvestres de todos los colores, dátiles y esencias aromáticas; por las tardes, acompañado de su escolta personal, visitaba el hogar de Alisha hasta la puesta del sol.

Ella ansiosa esperaba cada tarde la visita del enamorado; él pensaba todo el día en aquellos ojos enormes que lo trastornaban, ella sucumbía ante el porte, los ademanes finos y caballerescos de Kiran; él estaba deslumbrado por la belleza única de Alisha; ambos creían estar viviendo un sueño. Ella jamás se imaginó que un hombre tan importante pudiera llegar a fijarse en una aldeana de vida humilde, él nunca pensó que en un lugar tan remoto pudiera existir tanta belleza.

Había arribado a esa región solo seis meses antes, era parte de una delegación compuesta por funcionarios civiles del gobierno e ingenieros militares. Una de sus misiones era la adquisición de tierras y el trazado de la nueva línea férrea que atravesaría toda esa región desde Bombay hasta el norte en lo más inhóspito del desierto de Thar.

De cuna noble y abolengo, Kiran era un orgulloso descendiente de los Chatrias, la legendaria casta hindú de la que históricamente provenían los más destacados militares y caudillos.

Fue educado para ser un militar, como su padre y el padre de su padre antes de él; adelantó estudios de ingeniería en la academia militar y su carrera que iba en ascenso, la conjugaba con una natural facilidad diplomática que hacía presagiar que en algún punto de su vida, la milicia y la política conspirarían para hacer de él un gran gobernante, el más grande de toda la India, decía frecuentemente su padre hinchando sus pulmones mientras echaba sus hombros hacía atrás, con soberbia y en procura de que su pecho se viera más prominente que su panza.

Era el hijo mayor de una familia rica y altiva, que por esos azares del corazón, era un esclavo de los ojos de Alisha, un vasallo de su sonrisa, un súbdito de la princesa de las arenas de Thar, que no tenía palacio ni riquezas ni nada, pero que para él, era todo.

La desigualdad social y económica era más que evidente; a los enamorados eso poco parecía interesarles, tal vez porque el sentimiento nivela las diferencias o, porque el amor turba a quien lo padece, hasta nublar la razón y los sentidos.

Aunque la visita de un oficial del ejército ennoblecía la humilde morada de Alisha, sus padres de mil maneras intentaron convencerla de no seguir alentando un sentimiento que finalmente le traería solo dolor y vergüenza.

Sin la bruma de sentimientos que eclipsan la conciencia, trataban de hacerla comprender las diferencias entre ellos, las cuales eran muchas e insalvables por lo protuberantes.

Ningún argumento fue suficiente para disuadir a Alisha de vivir su romance con aquel príncipe que parecía salido de un sueño y a ella le alegraba la vida con solo pronunciar su nombre.

La madre sufría pensando que para el soldado, su hija solo sería un romance más y al final le rompería en mil pedazos su corazón de niña soñadora; el padre, por su parte, no dormía aterrorizado por la posibilidad que el romance escalara y al militar se le diera por pedirla en matrimonio, porque ahí sí el asunto pasaría de castaño a oscuro.

Los sentimientos de Kiran hacia Alisha transitaron rápido del embeleso a la fascinación, del amor agónico y ardiente a ansiosa desesperación por tenerla, por hacerla su mujer.

A pesar del asedio y la insistencia que eran constantes, ella inquebrantable en la decisión de conservar su pureza y su castidad intactas hasta el día de su matrimonio, resistió la tentación sin ceder a los requerimientos íntimos de su príncipe, que tenía encendida con fuego infernal, la pasión que solo podría calmar el día cuando en el lecho sacrificara en nombre del amor su virtud.

Él, enfermo de amor y angustiado por el deseo cada vez más grande e incontrolable, comprendió que la única opción para saborear las mieles del amor que presentía destilaba el objeto de su deseo, era tomarla por esposa.

Con la decisión asumida viajó hasta la capital a casa de sus padres. La noticia para ellos fue una sorpresa desagradable y desde luego, no fue bien recibida, menos cuando se enteraron de la estirpe de la futura consorte; entonces, no dudaron en oponer resistencia férrea a tan desigual relación.

Las razones, que sobraban, no pudieron desanimar al joven enamorado, nada en este mundo tenía la suficiente fuerza para reversar la intención de Kiran.

Él tomaría por esposa a Alisha por encima de las opiniones y la aprehensión de su familia; no le importó que la despreciaran por ser una mujer, para gusto de ellos, sin clase, de cuna humilde y de familia pobre que con seguridad «ni para ofrecer la dote por su hija tendrían».

La insistencia y tozudez de Kiran pudieron más que todos los argumentos; al final, no hubo otra salida que aceptar la decisión matrimonial de su heredero.

El arribo de Kiran y sus padres a la lejana comarca fue un gran acontecimiento. Nunca se había visto tanta gente elegante y ostentosa en ese poblado. La noticia de su llegada corrió rauda entre todos sus habitantes que sin recato procuraban averiguar la razón de su presencia.

Llegados a la casa de Alisha, se apearon de sus lujosos vehículos y caminaron hasta su interior con hálito real y ademanes rimbombantes. Sin mayores ceremonias, contrastando con las ínfulas que se presentían en sus miradas altivas, el padre de Kiran pidió formalmente la mano de Alisha y en cuestión de una hora, fecha y lugar del casorio ya se habían convenido.

La celebración fue la ocasión perfecta para la demostración de la inigualable riqueza y gala de la familia del novio.

Las atenciones eran generosas, la música, el baile y las viandas, todo era espléndido, casi exagerado, un derroche de pompa que rayaba en lo ridículo; la novia lucía más bella que nunca, estaba feliz, el sueño de una boda de fantasía se hizo realidad y a su lado el príncipe azul.

El novio se veía contento, sonriente en todo momento, internamente lo único que deseaba era terminar ese convite, porque para él la fiesta realmente comenzaría el momento mismo en que por fin, en la cámara nupcial su cuerpo se fundiera al de Alisha en las llamas del ardiente infierno de pasión que lo estaba consumiendo por dentro.

El padre de Alisha, que para la ocasión adquirió deudas que ni en tres reencarnaciones podría pagar, solo pensaba en la imposibilidad de dar la dote; aunque estaba prohibida por ley, era una costumbre tan arraigada que no observarla sería una afrenta al novio y su familia y una deshonra para su hija.

Los festejos terminaron, el matrimonio fue consumado y las ansias fueron apaciguadas en los días sin noche que tienen luna de miel. Las rutinas de la nueva vida de casados se abrieron paso y aunque los augurios eran buenos, la tristeza y la desdicha paciente los asediaba.

Pasado algún tiempo, el oficial por razones del servicio fue trasladado hasta la capital y el matrimonio estableció su domicilio cerca de la familia; él asumió nuevas responsabilidades y Alisha quedó a merced de la madre y las hermanas de Kiran, quienes no escondían su desprecio por “la princesa del desierto” como la llamaban en tono burlesco.

A pesar de su extracción humilde, Alisha asimiló muy rápido los modos refinados de la nueva familia, vestía a diario con elegancia el Sari5 y trataba de ser la digna esposa de un militar de carrera brillante y futuro promisorio, aun así, para la familia de su esposo, ella nunca estaría a la altura de su clase y de su alcurnia.

Las burlas y los desprecios con el tiempo se convirtieron en insultos y más de una vez en amenazas. Eran implacables con ella, inmisericordes y la humillación era constante, sin pausa; nunca le perdonaron ser la hija de un hombre pobre que no pudo pagar la dote que la tradición imponía.

Kiran le dio prioridad a sus ocupaciones sobre las quejas de su esposa, las que consideró asuntos menores, problemas de mujeres; con el paso de los días la relación se tornó distante y el tiempo se encargó de enfriarla, hacerla rutinaria y aburrida, como si el interés y el deseo se hubiesen escapado.

Lejos de los suyos, sufría en silencio la indiferencia de su esposo, los ataques y las humillaciones de su familia. Estaba atrapada en una vida que jamás imaginó, encerrada en el interior de un primoroso palacio que terminó convertido en su prisión.

Él se volvió en un ser irritado, intemperante, soberbio e impasible, en sus palabras y sus gestos se advertía fastidio; del galán que la sedujo con detalles y cortesía, poco o nada quedaba. Nunca hizo nada por defenderla, era áspero con ella y con su actitud parecía aprobar la sarta de injurias que a diario disparaban sin misericordia sobre ella.

El sueño se convirtió en pesadilla y así pasaron los años. La princesa quedó reducida a nada. Todas las ilusiones, el anhelo de tener una familia grande y feliz se le escaparon como agua entre los dedos.

Su vida que alguna vez fue feliz, se volvió triste y oscura. Nunca más fue requerida en la intimidad por su esposo, nunca le pidió que lo acompañara a las fiestas familiares o a las reuniones sociales de la base militar de la cual llegó a ser comandante.

 

La desilusión mayor la sufrió el día que supo que su amado e indiferente esposo, se había comprometido en matrimonio con otra mujer, una que a diferencia de ella «provenía de familia de mejor posición social y económica» y aunque las leyes del hombre lo permitían, las del corazón se resistían.

Los noticieros registraron que la bella Alisha, la esposa del comandante Kiran había sido encontrada incinerada en la cocina de su residencia. Se cree que tal vez el metro con veinte centímetros de la cola de su Sari, pudo haberse enredado en el fogón de la estufa mientras ella preparaba el té de la tarde. Las voces callejeras especulaban acerca de otra hipótesis por el fuerte olor de querosene que la tela adherida a su piel chamuscada expelía.

¿Accidente o asesinato? Lo cierto es que, antes de ser consumida por las llamas, la vida de Alisha ya estaba extinguida por el fuego del desprecio y la humillación.

Seis meses después, Kiran contraía nuevas nupcias con su segunda esposa. Esta le parió seis hijos; su foto junto a su marido adornaba cada rincón de la casa y con frecuencia se veía acompañándolo en la agitada vida social que un militar de su trayectoria tenía. Su padre, por supuesto, había pagado la dote, eso hizo la pequeña diferencia.

A pesar de las tradiciones y costumbres, a los paisanos de Alisha siempre les resultó injusto que en el país de los dioses, las mandalas y las religiones, imperara tanta indolencia y desprecio, que en la tierra de las filosofías elevadas y principios humanistas, la vida de una mujer valiera tan poco y las vacas fueran sagradas.

 

 

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  1. Situado al noroeste de India y al este de Pakistán
  2. Diosa hindú de la abundancia y la prosperidad
  3. Dios hindú, personificación, descenso del dios Visnú
  4. Danza clásica de la India
  5. Vestido tradicional de las mujeres del subcontinente indio.

 

Imagen: Il dubbio – olio su compensato – Alessandro Fioraso – Italia.

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2 comentarios en “La dote”

  1. Natalia Suárez Cohen

    Y pensar que aún con todos los avances que se dan en la sociedad, hay quienes se quedan en el pasado y peor aún, crean cosillas que parecieran que viviéramos en los primeros días del mundo…

    Buen texto. Saludos!

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