LA FIESTA

Estoy próximo a cumplir cincuenta y siete años, el corazón se sobresalta y no es precisamente de alegría; navego entre dos sentimientos extraños: por un lado la sorpresa que me causa la rapidez con la que mi vida ha transcurrido y por el otro, la inquietud que produce el inminente ingreso a la liga de la tercera edad que arrancaría a los sesenta, si a algún piadoso no se le ocurre correr un poco el inicio de la etapa otoñal de la vida. 

De cualquier forma mis cumpleaños, casi todos, son de ingrata recordación. Nací en una fecha invisible del calendario, en el mes más extraño.

Febrero, durante mis épocas de estudiante, era el final de las vacaciones y principio del nuevo año lectivo, por lo que en mi caso, jamás hubo una celebración con mis compañeritos de escuela y tampoco en mi casa; por esos días la compra de los útiles escolares –inútiles la mayoría de ellos- consumían el presupuesto familiar y adivinen quién se quedaba sin su fiestita de cumpleaños; para rematar, ningún 12 de febrero, que yo recuerde, ha coincidido con algún viernes; todos caen en lunes.

El único recuerdo que guardo de una celebración en honor a mi onomástico, es el de mis diez años. El día anterior a aquel cumpleaños mis papás me dijeron que invitara a mis amiguitos de la cuadra para que celebraran conmigo.

La invitación era de boca, no había tarjetas, y la hice yo mismo. Emocionado visité las casas de mis vecinos y formalmente anuncié a los padres de mis compinches, que el siguiente día a las cuatro de la tarde, ofrecería una maravillosa fiesta por mi cumpleaños; todos aseguraron su asistencia. Estaba alegre, por fin una fiesta en donde yo sería el agasajado, recibiría muchos regalos y disfrutaría la compañía de mis amigos; por supuesto, esa noche no dormí.

Amaneció y me dispuse a salir de mi habitación; estaba henchido de júbilo, me imaginaba a mis padres organizando todo, globos de colores decorando las paredes, como hacían en los cumpleaños de mis hermanos, bolsitas de recordatorios con dulces y juguetitos, ah… y el pastel de cumpleaños con diez velitas incrustadas; lo podía ver en mi mente, gobernando el escenario desde el centro de la mesa del comedor corrida hacía el fondo de la sala para que hubiese espacio suficiente para brincar, correr y bailar, como en toda fiesta de niños.

Toda mi emoción se fue a los pies cuando vi la casa tal cual estaba la noche anterior. No había globos ni bolsitas de recordatorio ni pastel ni nada; no había ambiente de fiesta. ¡No puede ser que se les haya olvidado!, pensé melancólico, ¡no puede ser; ahora que voy a hacer con los invitados!, me preguntaba angustiado.

Busqué a mi mamá por toda la casa, quería saber qué pasaba con mi fiesta, por qué la casa no estaba preparada para ese evento tan importante; el tiempo se hacía corto y no habría suficiente para arreglarla adecuadamente, era una catástrofe lo que sucedía.

—No se preocupe, su papá va a hornear el pastel, hay suficiente tiempo, y usaremos las bolsitas de recordatorio que quedaron del cumpleaños de su hermano, les ponemos dulces, confetis y listo.

—¿Mi papá va a hornear el pastel? Pero si a él se le quema todo, además no sabe preparar el glaseado; y las bolsitas del cumpleaños de mi hermano son de Mickey Mouse y yo cumplo diez años, además ya estoy grande, yo quiero de Superman.

—Eso es lo que hay y así se va a hacer   —dijo para darle finiquito a la discusión.

No había remedio, así que no tuve otra salida que resignarme, como tantas veces. Al menos, pensaba, mis amigos vendrán a acompañarme y traerán sus regalos. Mi alegría estaba menguada, no extinta, y con la poca que me quedó me di el ánimo suficiente para mantener una actitud aceptable. En verdad yo soñaba con una fiesta a lo grande.

A las dos de la tarde ya lucía mi impecable ropa de fiesta, que tampoco era nueva, se trataba de un tradicional pantalón beige de bota ancha, la camisa blanca que ya no lucía tan blanca, y mi cabello bien peinado, brillante y fijado con abundante gel.

Estuve sentado en una silla frente a la puerta esperando que llegaran los invitados. Se hicieron las cuatro, luego las cinco y nadie apareció. Estaba desilusionado y solo. Decidí hacer algo y entonces corrí de casa en casa para recordar que mi fiesta esperaba por ellos.

Media hora más tarde solo siete vecinitos acudieron a mi llamado; el ambiente no era muy festivo que digamos, lo recuerdo más bien sobrio, un poco lúgubre. Nadie se movió de la silla donde se acomodaron; estaba frustrado, triste, aunque lo disimulé en todo momento.

No hubo regalos ni gritos ni baile ni carreras, tampoco hubo piñata y todos se rieron del pastel malogrado y de las bolsitas de recordatorios con la imagen del icónico ratón, llena de papelitos de colores y algunos dulces; fue la primera vez en la vida que deseé que la tierra se abriera en dos y me tragara.

Antes de partir, como un acto de benevolencia, todos posaron a mi lado sonrientes… todavía conservo la foto de aquella reunión.

Han transcurrido más de cuarenta años desde aquel momento, el recuerdo permanece en mi mente exacto y aun cuando la experiencia fue fuerte y dolorosa, la he agradecido profundamente, no solo porque me ayudó a hacerme más fuerte, sino porque desde entonces aprendí a poner cada cosa en la perspectiva correcta.

Fue, en principio, una muralla de protección. Me dejaron de interesar las reuniones de cumpleaños, dejé de asistir a fiestas infantiles y la importancia de las celebraciones la relativicé. Con el tiempo pude construir mi propia cosmovisión, una particular manera de concebir la vida y de vivirla, por fuera de la corriente, a veces en su contra.

Supe que mis alegrías, los momentos especiales, mis festejos, no podían depender de otras personas; la propia felicidad es un asunto muy serio como para ponerlo en manos ajenas, así que comprendí que la posibilidad de felicidad, del gozo y del bienestar, debía depender enteramente de mí: “las manos que te han de ayudar, se encuentran al final de tus brazos” le escuchaba decir con frecuencia a mi papá.

Me propuse ser un hombre feliz conmigo mismo, así que me apliqué a construir los momentos, las aficiones, las circunstancias que pudieran procurar alegrías y paz, sin que ello implicara que me convirtiera en un amargado o en huraño.

Pude ver la banalidad de las construcciones sociales, de las relaciones convencionales y me parecieron patéticas y sin sentido. Esa carrera desenfrenada por la aceptación social, negociando a veces hasta la dignidad, solo para conseguir algo de aprobación, no fue una carrera que yo quise correr jamás, aprendí a encontrar en mí mismo lo que requería para vivir bien, tomé responsabilidad por mi vida propia.

Lo más importante es que aprendí a festejarme, a no depender del aplauso o de las congratulaciones ajenas para sentirme bien, completo. No tengo apegos por fechas o conmemoraciones y no las necesito. Sé agradecer cada día, como si fuera el primero, como si fuera el último.

Recibo con alborozo las muestras de cariño sincero y las llamadas de mis amigos cuando recuerdan mi fecha de cumpleaños, pero en manera alguna me intranquilizo cuando no lo hacen, no hay juicios ni molestia, menos desilusión.

Vivo intensamente, cuando tengo y cuando no, y todos los días tengo algo que celebrar; el solo hecho de estar vivo, de respirar, de ver crecer a mis hijos o despertar cada mañana al lado de mi mujer, son razones para tener, en medio de todo y a pesar de todo, el corazón contento y el alma de fiesta.

Hoy es el día de mi fiesta.

 

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14 comentarios en “LA FIESTA”

  1. No, no, no… como así que está bien? JAMAS…
    Por primera vez no estoy de acuerdo contigo:estas experiencias nos marcan la existencia. Como niños, nunca entendemos el porqué de las carencias, el porqué de que a veces y a veces no!
    Lamento que esa fiestecita no hubiera llenado las expectativas de un niño de 10 años ☹️
    Pero que triste historia…
    Entiendo pues, el porqué de tu indiferencia por las celebraciones.
    Entonces ahora que puedes; llena esas bolsitas de superman de dulces de todos los colores y una piñata mas grande que tu corazón ♥️ para que caigan esas bendiciones que armaste con tu vida! ES MONENTO DE CELEBRAR 🎉
    Abrazos Jorge 🎈

    1. Tienes razón, esas experiencias tienen la capacidad de herir, y sus marcas resultan ser imborrables, de uno es decidir de qué manera sume esas marcas y si les permite que sean obstáculos en la vida, que pueden frenar, o escalones por encima de los cuales se avanza. Yo decidí esto último. Lo más importante, en mi caso por supuesto, he podido tener una perspectiva objetiva y modesta acerca de celebrar. He sido empujado a vivir de fiesta, es lo que hago a diario, celebrar la vida, mi familia, los amigos y los que no son tantos. Voy a atender tu sugerencia acerca de la piñata, esa sí me la debo. Saludos, Negra. Gracias por comentar, siempre.

  2. Yelitza Cañate

    Una reflexión insuperable,…. Un texto impecable y maravilloso. Pero volviendo al relato, que diríamos los Capricornio. !En todas partes se cuecen habas! Feliz cumpleaños🎂🎁🎉 por adelantado mi querido amigo, quedan diez días para seguir felicitándote y toda la vida para dar gracias por tu existencia.

  3. Joel Peñuela Quintero

    Todos tenemos recuerdos dolorosos de nuestra niñez que amalgamados con los agradables forman el tejido que somos; madurar es procesarlos, es predisponer una respuesta racional que —según creo— consisten en dejarlos ir para dedicarnos a aquellos sobre los que sí podemos decidir y cambiar.

    Gracias, escritor, por compartir con nosotros sus recuerdos convertidos en literatura.

    1. La vida es eso mi estimado amigo, una concatenación de buenos momento y otro no tanto; unos y otros forman nuestra existencia; cómo los asumimos, es nuestra decisión. Siempre he descansado tranquilo, desde que aprendí que todo ayuda para bien y que el control de mi vida esta en manos de Dios. Gracias por comentar.

  4. Lilia Vergara Hermida

    Celebro tu vida mi querido amigo. Mi alma abraza el alma de ese niño de 10 años, cubriéndolo con cariño y esperanza, diciéndole la vida es bella! Suceda lo que suceda al día siguiente siempre sale el sol y brilla.
    A vivir se aprende viviendo!!! Genial que el niño haya hecho catarsis y que el hombre de hoy apartir de la enseñanza haya elaborado tan buena consciencia de la felicidad,
    resultado del ejercicio de crecimiento interior. Hace falta Mucho por decir a través de las letras, mucho que regalarle a los lectores y mucho por celebrar… Que la fiesta de la vida siga. La felicidad, como el amor, el perdón, creer, avanzar y otras tantas cosas, es de decisiones y acciones. Saludos.

    1. Nena, querida amiga, gracias por tu comentario tan cargado de afecto; de ese afecto que disfruto desde nuestra infancia a pata pelá en la calle de Las Provisiones. La fiesta continúa, Nena, la fiesta continúa.

  5. Triste recuerdo acerca de ese cumpleaños, no hay nada qué hacer, el tiempo no regresa, sin embargo, la manera de sobreponerse es de admirarse.
    Rescato la parte ‘Las manos que te han de ayudar, se encuentran al final de tus brazos’, coincido con esta afirmación, nuestra felicidad no debe depender de nadie solo de nosotros, de otra forma estaríamos depositando en los demás expectativas y, a veces, nos sentimos defraudados o frustrados por no verlas cumplidas.
    Si bien es cierto, un niño espera siempre que las cosas traigan su magia, y duele cuando no sucede, pero también sirve de palanca para hundirnos o impulsarnos, todo depende de la actitud con la que se haga frente, del cristal con el que se mire.
    Le felicito por esa capacidad de resiliencia que ha tenido que hacer parte de usted, sin esta, segura estoy, sería una persona sin ganas por vivir… La felicidad propia depende de uno, de nadie más.

    Reciba mi abrazo (desde México) repletito de los mejores deseos. ¡Larga vida !

  6. Patricia Oropeza

    Jorge, ¡que historia!
    Me recuerda que nuestro niño interior puede ser muy duro y difícil de tratar, si el adulto que somos ahora no lo cuida y guía amorosamente.
    Mis felicitaciones cumpleañeras, yo también cumplo años en febrero y a mi me parece un mes maravilloso.

    Un abrazo desde México 🌻🌞

    Saludos amigo.

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