La marcha del ladrillo

Hace algunos días visité las instalaciones del colegio en el cual cursé mi bachillerato. Bueno, no estaba en plan de visita realmente, daba una caminata y aprovechando las horas frescas de la tarde, cuando el tórrido sol canicular hace más benevolente la vida en la península de La Guajira, decidí pasar por allí, tal vez en busca, sin ser consciente, de algunos recuerdos.

En tanto me acercaba, caí en cuenta de que habían pasado más de cuarenta años desde la última vez que lo visité.  Me pareció mucho tiempo transcurrido, rápido e imperceptible; no soy tan viejo, pensé, cómo es posible que se hayan escurrido tantos calendarios desde los días aquellos cuando tareas y uniformes, profesores y compañeros eran todo mi mundo.

Hasta ese día jamás tuve interés en regresar a aquel lugar. Dejar atrás esa época significó liberarme de la tortura de madrugadas frías, imposiciones y ordenanzas que chocaban de frente con la rebeldía propia de una edad compleja e incomprendida.

Por otro lado, la ventana al universo que se abrió tras el paso forzoso y sufriente por la secundaria, el aroma de emancipación, la posibilidad de construir mi destino, me ayudó a enfocarme en lo porvenir sin muchas ganas de mirar por el retrovisor de la vida.

No sé si por cuenta de los aires otoñales que han comenzado a visitarme con frecuencia, empecé a experimentar algo de nostalgia por aquellos días de la escuela. Estaba a una cuadra de la calle que termina en la entrada misma del colegio, y viajé hasta mi tiempo de estudiante, cuando caminaba a prisa para llegar antes de que las campanas anunciaran el inicio de las actividades del día.

Me vi como siempre, rodeado de mis amigos, planeando la próxima pelea, el siguiente viaje hasta el río, compartiendo los papelitos llenos de información con los que hacíamos trampa en los exámenes escritos y hablando acerca de alguna de nuestras compañeras de clases. Fue una visión, una incursión intempestiva y fugaz a esa parte de mi pasado, y la sentí real; escuché las risas, el murmullo y me reencontré con aquellos que llenaron el espacio vital de mis primeros años de juventud.

Un portón gigantesco, feo y marrón me trajo de vuelta a la realidad. Estaba empotrado a unos muros altos, apropiados para una penitenciaría más que para un colegio, se levantaban enormes, impertinentes entre mis quimeras y los espacios en donde aprendí a crecer, a conocer, a vivir. No hubo forma de convencer al vigilante de turno para que me franqueara el paso al que fuera una vez mi colegio; me pareció una completa ironía.

Durante casi todo el bachillerato, hasta antes de los dos últimos años, la cerca que delimitaba los predios de la escuela no era más que dos hilos de alambre, los cuales permanecían reventados la mayor parte del tiempo.

Las instalaciones se encuentran ubicadas al final del pueblo y, en aquella época, a los lados y por la parte posterior, funcionaban  algunas fincas ganaderas, lo que suponía un problema mayor, pues no había noche en que las vacas vecinas no ingresaran al colegio y dejaran su verde y pastosa huella en el campo de fútbol.

Al curso que le tocaba la clase de educación física a la primera hora del día, le correspondía la nada agradable labor de recoger montañas de estiércol de ganado, empacarlo en sacos y llevarlos hasta el sitio de disposición final. El tiempo restante de la clase, siempre estaba aromatizado con la fragancia natural de boñiga fresca.

El lamento era generalizado y a pesar de que las directivas de la institución suplicaban a los dueños de las reses que tomaran acciones para evitar la incursión diaria de sus semovientes, nunca, en realidad, hicieron algo para impedirlo. Estábamos destinados a recoger estiércol de vaca como parte de nuestra formación media.

A mediados del año 1980, se decidió que era el tiempo de levantar paredes alrededor del colegio. Hubo entusiasmo, todos nos esperanzamos, ese era un logro gigante; poder jugar fútbol y no oler a potrero el resto de la jornada nos llenó de ilusión.

Nuestro colegio, era un colegio público, pobre, de gente pobre, de un pueblo pobre, de un departamento pobre. Lo único que teníamos eran ganas, porque dinero para acometer tamaña obra de ingeniería criolla, no. No hubo estamento municipal o departamental, con capacidad para aportar un peso siquiera para la construcción de las murallas anheladas y tan necesarias.

Nunca supe a cuál de los profesores se le ocurrió la extraordinaria idea de involucrar a toda la comunidad en el proyecto de encerramiento. Cualquier día, de salón en salón, en reuniones de padres de familia convocadas para tal fin, se comenzó a socializar el plan y la comunidad lo hizo suyo. Era uno de los pocos centros de enseñanza en el pueblo, así que casi todas las familias tenían un hijo formándose allí.

Con la generosidad que caracteriza el alma de la gente de provincia, los aportes comenzaron a llegar al colegio. Los más pudientes aportaban camionadas de ladrillos, cemento y arena, otros, maestros empíricos en el arte de la construcción, ofrecieron su trabajo y la única ferretería de entonces, la famosísima Ferretería Yale, donó las varillas de acero y el alambre requerido, no todo; la gran obra de construcción social había iniciado su marcha.

Mi colegio está construido en un espacio de dos hectáreas de terreno aproximadamente. Sus instalaciones se encuentran desperdigadas en todo ese espacio; los cursos que corresponden a los primeros tres años académicos están ubicados en la parte sur del predio, le llamábamos la isla; un poco más al norte se extiende la cancha de fútbol, una de basquetbol y otra de voleibol. En seguida está el continente, conformado por los salones de los últimos tres años y las oficinas administrativas.

El muro que habría de encerrar todo ese complejo académico, mediría mil metros lineales aproximadamente; con una altura de al menos dos metros con cincuenta centímetros, más sus bases y muros, se trataba de una obra monumental, y los aportes de la comunidad, terminaron siendo escasos.

Después de algunos meses, los trabajos se encontraban paralizados, inconclusos y nuestros problemas con las vacas vecinas continuaba; era descorazonador, tanto esfuerzo, tanto trabajo y parecía que nuestro suplicio no terminaría. No hubo un estudiante que no trabajara fervoroso en la construcción de aquellas paredes; esa sería nuestra fortaleza en contra de la invasión vacuna, pero la escasez nos estaba ganando.

Los profesores hacían lo pertinente para que el entusiasmo no menguara, nos infundían ánimo con palabras motivadoras, mientras de pala empuñada, cada mañana recogíamos las excretas bovinas, que cada vez parecían más abundantes, espesas y olorosas. Yo estaba convencido de que las vacas sabían de nuestras intenciones de expropiarlas de ese campo grande y limpio que les venía bien de escusado, y en venganza, nos dejaban su desprecio en forma de fétida porquería.

Cierto día, el profesor de educación física tuvo una iluminación de lo alto: Debemos hacer una marcha por todo el pueblo para recoger de casa en casa los materiales faltantes para la conclusión de la obra, la llamó La Marcha del Ladrillo. Una idea brillante; recibió, por supuesto, aprobación institucional inmediata y el estudiantado la acogió con júbilo.

Dos veces por semana salíamos bajo su tutela y de casa en casa íbamos recolectando los materiales que la gente buena del pueblo pudiera donarnos.

La respuesta fue generosa; éramos cientos de estudiantes organizados en dos filas, cada una por una acera de la calle, con la mano extendida pidiendo lo que fuera, era indistinto si nos regalaban una piedra, un ladrillo o una libra de arena, todo era bienvenido. Al regresar nos sorprendía la cantidad de materiales obtenidos, aun así la meta parecía inalcanzable.

En busca de mejores resultados, el profesor nos aminó a traer cada día un ladrillo, con la promesa de subirnos un punto en la nota definitiva de su materia; a la iniciativa se sumaron otros profesores, y entonces la primavera nos iluminó la vida.

Los días en que salíamos a la marcha del ladrillo eran los mejores de la semana, amábamos ese momento, terminábamos sudados y malolientes pero nos librábamos de las jornadas de clases, y ahora la vida mejoraba ostensiblemente, un punto adicional por cada nuevo ladrillo, era una oportunidad única que mi pandilla y yo sabríamos capitalizar.

Desde el día mismo del anuncio, en el recreo, orquestamos un plan maestro para ganar tantos puntos como nos fuera posible.

Esa noche caminamos divididos en tres grupos, todo el pueblo; la primera actividad consistió en ubicar las nuevas construcciones; Fonseca, empezaba su crecimiento y las casitas de bahareque le abrían paso a otros materiales. Con los datos en mano, el segundo paso, consistió en agendar visitas nocturnas por barrios, para “llevarnos” una contribución involuntaria de materiales para las paredes de nuestro amado colegio.

No diré nada más, solo que en un mes, ya tenía ganado el año escolar a punta de bonificaciones conseguidas a cambio de materiales aportados con esfuerzo y sacrificio. Penaba solo con álgebra y religión, pues los titulares de esas materias no se incorporaron al ofrecimiento; del resto, hasta recreo tenía librado.

Nuestra laboriosidad no pasó desapercibida de los propietarios de las construcciones, quienes con cada nuevo día encontraban disminuidos sus materiales. Estábamos tan entusiasmados con aportar para las paredes del colegio, que, digamos, nos pasamos un poquitín, y la queja no se hizo esperar, hubo revuelo en el colegio, vergüenza institucional y los beneficios académicos a cambio de ladrillos, fueron revocados en su totalidad.

Sin el estímulo correspondiente, nuestro arriero ánimo decreció, no había ninguna motivación para seguir robando ladrillos a los vecinos, fue decepcionante y encima de todo, después de tanto trabajo denodado, fuimos sancionados con la pérdida total de las calificaciones conseguidas con tanto esmero.

Nadie dijo nada, nadie nos señaló, pero todos sabían que mi grupo fue el gran aportante de materiales, no tan dignamente conseguidos, para la terminación de la tapia escolar.

Cuarenta y dos años después, ahí enfrente a las paredes que yo ayudé a levantar, un nuevo vigilante —al menos para mí— me impedía el paso al interior del colegio en el que dejé sudor, amores y lágrimas.

Sí, era una ironía indiscutible.

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4 comentarios en “La marcha del ladrillo”

  1. Sixta Garcia de Cohen.

    Ojalá todos tuviéramos el valor de reconocer todos los actos de nuestra vida…que lindo saber que se aporto sangre , sudor y lágrimas para colocar un grano de arena…ladrillo…para la educación, eso en lo material, por que se del enorme potencial como formador de juventudes que pone al servicio de la sociedad…Felicitaciones maestro!

  2. Patricia Oropeza

    Me encanta recordar lo fácil que es, en la adolescencia, planear conquistar al mundo y poner manos a la obra. Sin importar los daños colaterales. 🤣🤣

    Un abrazo Jorge gracias por compartir esta aventura.

    Saludos desde México 🌻🌞

  3. ¡¡¡¡No recuerdo haberme reído tanto en mucho tiempo!!!!

    Las metáforas y símiles son estupendos (la isla de Guajira (transmite mucho sobre el estado de animo del narrador); la isla y el continente para referirse a los edificios estudiantiles, que desde luego SON TAN ACERTADOS, porque el primer acercamiento al saber es como explorar una isla, algo desconocido, atrayente que nos parece finito para acabar entendiendo con el tiempo que el saber es como un continente inabarcable y que cada área es un continente diferente de tierras infinitas e imposibles de dominar jamás por completo; y tantos más símiles y metáforas que abundan en el relato, el del retrovisor me ha tocado mucho también) Pero más allá de la risa o de la ironía que transmites casi sarcásticamente sobre todas aquellas vivencias lejanas pero sentidas todavía como algo realmente cercano en el tiempo (“no soy tan viejo”, yo mismo me miro a veces en las fotos antiguas y siento como si la persona de enfrente estampada en colores fuera una impostora que se empeña en quitarme mi lugar, porque desde luego tampoco noto el paso de los años) me ha encantado el matiz nostálgico y dolorido de las palabras seleccionadas y el orden de desarrollo de la historia, que va al unísono al desarrollo y evolución cada vez más compleja de las emociones y sentimientos del narrador.

    Comparar los estudios con un capital diferente del que solemos relacionarlos normalmente me ha parecido un retruécano que más que jugando con letras, juega con doble sentidos que evocan carcajadas y son una muestra de ingenio espectacular.

    Las descripciones e imágenes con el animal vacuno y sus regalos que se convierten en venganza abierta y descarnada me ha hecho desternillarme de risa. Me ha encantado esta presencia del mundo vivo, palpitante, tangible por los sentidos hasta maloliente en un espacio reservado para aromas del saber bien diferentes y que suele ser abstracto e inasible.

    La generosidad del pueblo destaca frente la tacañería de aquellos de los que la pandilla decide echar mano para acumular recursos en la batalla desigual frente el animal bovino tozudo y vengativo.

    Me ha tocado el ingenio del profesorado, incluso su modo de animar al alumnado a empaparse de la vida real que les circunde y con la que tendrán que enfrentarse del mismo modo activo e incansable, tirando de ingenio y de aguas saladas (como dijo la escritora danesa Isak Dinesen “la cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas y el mar”) Y como en la vida misma, por mucho que uno trabaje y las noches que se pase en vela, puede verse privado de los frutos tan ansiados, aunque éstos sean las clases aprobadas y los recreos libres, desde luego una gran lección.

    El final más allá de la ironía te hace sentir desamparo y desesperanza, el mundo vivo que respira ha dejado de formar parte del otro, del abstracto, y nosotros como seres humanos no somos ni solo uno ni solo otro por separado, somos las dos caras de la misma moneda. La locura y deshumanización se palpan y se respiran (el muro, el portalón marrón, el guarda que se empeña a salvaguardar aquello que debería tener sus puertas abiertas, no se le puede poner un candado al conocimiento y a encerrarlo en un cubículo para ofrecerlo solo a algunos y solo en determinadas ocasiones bajo estrictas condiciones, como ocurre realmente en una cárcel; aunque el gris carcelario sea sustituido por el marrón, color de la tierra embarrada y de la insatisfacción. Es una visión patética).

    El título con su doble sentido literal (por la misma marcha) y metafórico (por todo el esfuerzo, sudor y lágrimas que implica) es una delicia también.

    Es un relato que te hace reír a carcajadas para dejarte con el ánimo revuelto de dolor y de pérdida sin retorno, más allá del tiempo, de las ilusiones, esperanzas o energías juveniles, está la pérdida de aquella esencia y amalgama que nos humanizaba y esto causa mucho desconsuelo.

    Otro relato realmente fantástico, Jorge, por su contenido, forma y estructura.

  4. Que hermoso relato Jorge. La unión hace la fuerza y qué gran satisfacción saber que cada uno de sus estudiantes hizo un gran aporte a la Educación.

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