La oficina

“Si el hombre fuera constante, sería perfecto”

William Shakespeare

Ahí estaba yo, petrificado  frente al coloso Centro Cívico, nunca hasta esa tarde me había sentido tan insignificante. Recién había concluido el ciclo académico y para aclimatarme a la atmósfera jurídica, decidí hacer mi primera visita como egresado, al Palacio de Justicia más grande de la costa norte del país.

Siempre soñé con el día que llegaría allí convertido en todo un profesional. De estudiante, como parte del entrenamiento, visité en muchas ocasiones ese lugar, no era un sitio desconocido para mí.

Para la ocasión, me enfundé en el traje más formal que pude, llené de papeles el maletín que me acompañaba desde séptimo semestre y practiqué varias veces, frente al espejo, el gesto enigmático y la mirada profunda que les da a los abogados esa apariencia perspicaz y trascendental, como Keanu Reves en la película el abogado del diablo, porque no solo hay que ser abogado, también hay que parecerlo.

A pocos pasos de la entrada principal, inmóvil, tuve la sensación de que el viejo edificio se venía encima de mí; casi no pude resistir el impulso de alejarme corriendo despavorido, a mi lado transitaban cientos de personas que entraban y salían, sus voces mezcladas se volvieron un zumbido que retumbaba en mis oídos.

El síncope pareció eterno, las manos sudaron copiosamente, el corazón se agitó, las piernas se paralizaron y un frío profundo colonizó mi vejiga urinaria, el asunto estuvo crítico; la voz amable de un caballero, indagando si me sentía bien, me hizo comprender que la angustia viajó de las entrañas hasta mi rostro ―no se preocupe usted ―dijo con voz amable ―eso nos pasa a todos―. Una cosa quedó clara: era un novato, lo transpiraba.

Asumí la experiencia como el resultado de enfrentar cara a cara la realidad. El tiempo de estudiante le abría paso al del profesional, las reglas cambiarían sin duda y en ese punto se marcaba el comienzo de una nueva etapa, más compleja y demandante, creo que en ese momento comencé a volverme viejo. Los ajustes se hicieron imperiosos.

Comencé por abrir mi primera oficina, o bueno, decidí que debía abrir una, porque la tarea no era nada fácil para un profesional en ciernes. Consulté en los avisos clasificados, visité edificios de oficinas en arriendos y nada… Los precios eran demasiado altos y en mi presupuesto los números estaban en rojo.

Visité cada profesor que tuve en la universidad, esperanzado en convertirme en dependiente de alguno de ellos, tampoco resultó esa estrategia; sin embargo, el doctor Amado Gómez, mi antiguo profesor de Derecho de Familia, me ofreció en alquiler un cubículo muy pequeño en un rincón de su oficina. Treinta mil pesos fue el canon que estableció de arriendo.

A pesar de que el precio no era demasiado alto, sobrepasaba mi capacidad adquisitiva, así que, para poder tomarla, conseguir un socio; era imprescindible. El indicado, pensé, debía ser Dexter Cuello, un estudiante de provincia como yo, inteligente y estudioso -más que yo-; fue mi compañero inseparable durante todos los años de estudio, nos unía la amistad y compartíamos los mismos sueños de grandeza profesional.

Convencer a Dexter no fue nada fácil. Su racionalismo se imponía a la emoción mía y sus argumentos eran casi que irrebatibles: que somos nuevos en el medio y nadie nos conoce, que no tenemos escritorio, que la oficina es pequeña, casi simbólica, en fin; yo solo atinaba a contestarle que por algún lado debíamos comenzar y que tenía una máquina de escribir Brother, de las buenas.

Mi optimismo se impuso sobre la realidad de unos hechos que se alzaban casi infranqueables y una semana después, inauguramos la primera oficina del que sería, algún día, el bufete de abogados más grande de Colombia: Parodi & Cuello Abogados o, Cuello & Parodi Abogados, no nos pusimos de acuerdo, pero no dejamos que ese pequeño detalle nos desanimara.

La oficina, en realidad era un espacio ínfimo de doce metros cuadrados, sin ventilación y tapizada en el piso con una alfombra gris (alguna vez fue crema) y mal oliente; con dificultad acomodamos un escritorio metálico, viejo y aparatoso, que nos prestó el profesor Amado, sobre el cual pusimos mi máquina de escribir, arrimamos dos sillas, una para los clientes, otra para trabajar y listo.  

Era un espacio estrecho. Para poder sentarse a trabajar en el escritorio, se debía entrar de medio lado y pegados a la pared. La falta de ventanas hacía pesado el aire que se respiraba y aumentaba la sensación de humedad. Contratamos una línea telefónica, compramos una resma de papel blanco y puntuales cada día a las ocho de la mañana, abríamos la oficina con la esperanza de que aparecieran los clientes.

Promediando la cuarta semana estábamos deshidratados, con dos kilos de peso menos, el desánimo y la preocupación en alza y las finanzas en estado crítico; tratábamos de mantener la actitud pero el horizonte se veía turbio y desesperanzador.

Nos habíamos anunciado en los periódicos locales, repartimos tarjetas, visitamos emisoras y nada… Nadie, ni por curiosidad, nos visitó. Al final del primer mes, no ganamos dinero ni para comprar un veneno, el barco hacía agua.

Llegado el día convenido para el pago del canon de arrendamiento, Dexter cumplido me entregó la parte que le correspondía pagar a él, estaba serio, eso era muy extraño, él se reía de todo y a todo le sacaba un chiste, de manera que supuse que el desenlace era inevitable.

Compadre, yo no sigo más ―dijo, ―esto no está dando resultado y usted sabe que yo ya tengo compromisos, me voy a presentar a un concurso para tratar de conseguir un empleo en la Fiscalía.

Aunque presentía que eso pudiera pasar, la noticia me cayó como un balde de agua fría.

Por todos los medios intenté disuadir a Dexter de retirarse de la oficina; ninguna razón fue suficiente para convencerlo de seguir adelante, así que nos dimos la mano y nos despedimos, la gloriosa firma de abogados había llegado a su fin. Dexter ocupó el primer lugar en el concurso e inició una carrera en la rama judicial que lo ha llevado por las más altas dignidades. Siempre he estado orgulloso de mi amigo.

Yo me quedé en mi remedo de oficina, tenía un mes pago así que esperaba que algo bueno sucediera en esos treinta días próximos, de lo contrario, el cierre sería inevitable.

Pasó otra semana y las cosas seguían igual de estáticas, a pesar del optimismo que me incrustaron al nacer, estaba inquieto y tuve que luchar con el fantasma del pesimismo que parecía ser el único visitante permanente de mi oficina.

Alguna tarde, de esas calurosas y lentas del mes de mayo, apareció un amigo cercano, fue la primera visita; él estaba comprometido con una joven que trabajaba como administradora de un almacén de colchones y muebles del cual era propietaria un familiar de ella. Algunos clientes presentaban mora en los pagos superior a noventa días y necesitaban presionarlos de alguna forma.

La propuesta fue simple, yo hacía una gestión de cobro jurídico y ellos me pagarían el veinte por ciento de lo recaudado; la verdad, no me hizo ninguna gracia.

Yo quería ser un abogado de causas grandes e importantes, me había preparado para los juicios sonados e impactantes; no estudié tanto para terminar cobrando deudas de colchones, pero como la necesidad tiene cara de hereje, me convertí en  el flamante asesor jurídico de “Colchones Dormir Feliz”.

A disgusto, una tarde visité a uno de esos clientes renuentes a pagar las cuotas del colchón en el que dormía plácido. Lo encontré en un parqueadero de automóviles al sur de la ciudad, en un sector deprimido; me llamó poderosamente la atención que en su interior estaban estacionados vehículos muy finos y costosos, además de una lancha rápida.

Después de anunciarme, fui recibido por un señor bajito, moreno, de facciones indígenas y armado de revolver en el cinto; se veía arrogante y era ordinario en su hablar.

Con la elegantia juris con la que fui enseñado en la facultad, le comenté las razones de mi visita. Su respuesta me asustó: –puede irse por donde vino- dijo, –yo no voy a pagar un peso, ese colchón salió malo y haga lo que quiera, gritaba mientras ponía la mano en la empuñadura del arma.

Con la voz temblorosa y el rabo entre las piernas, salí cabizbajo, suplicando por dentro que al hombre en cuestión no se le diera por descerrajarme un tiro.

Suspiré aliviado cuando atravesé la puerta de salida de aquel lugar y entonces me topé de frente con tres patrullas de investigadores judiciales que desembarcaban activos, luciendo sus chalecos anti bala y con armas semi automáticas en posición de ataque. No me había repuesto del susto anterior y ya estaba enfrente de una situación dramática. Ese no era mi día.

Un agente me apuntó con su arma y me ordenó levantar las manos y regresar al interior del parqueadero. Mi voz desapareció y pensé que tal vez fue mala idea estudiar abogacía.

Como pude, le expliqué al agente que yo no trabajaba allí, que era un abogado cobrando una deuda de colchones, que yo era inocente, el temblor en mis manos le hizo comprender que no mentía, me dijo que bajara las manos pero que no saliera del sitio. Yo quería llorar del susto; fue uno de esos momentos en los que uno quiere cerca a su mamá.

Otros policías ingresaron a la oficina y retuvieron al administrador y requerido no pudo aportar el salvoconducto del arma que portaba. Fue detenido en el acto bajo el cargo de porte ilegal de arma de fuego; lo esposaron y mientras lo conducían hasta uno de los vehículos, comenzó a llamarme: -¡doctor, doctor, no deje que me lleven preso, yo le pago lo que sea, pero no me deje solo! Sentí que por fin la vida me sonreía, había justicia en el mundo.

En ese momento comencé la defensa de mi primer caso importante que se extendió por más de un año. De no querer pagar ochenta y cinco mil pesos que adeudaba a Colchones Dormir Feliz, tuvo que cancelarme una suma bastante considerable en honorarios profesionales, más de los que yo mismo esperaba.

El proceso en cuestión, no solo contribuyó al mejoramiento de mi economía, sino que me confirió notoriedad. Era un abogado joven con un caso muy delicado, que involucraba porte de armas y la investigación de otras posibles conductas delictuosas, pero obtuve buenos resultados.

El día de mi grado de abogado coincidió con la notificación de la sentencia que ponía final a aquel proceso. Temprano me presenté en el despacho del juez de la causa y solicité copia de la providencia con destino a mis clientes, a los que cité a mi oficina para entregarles el proveído y recibir el pago restante por mi gestión profesional, un dineral.

Había llevado un proceso sin titularme aún, amparado en la tarjeta profesional de mi profesor de derecho penal, que decidió creer en mí.

A la hora acordada mis clientes asistían a la cita, nos encontramos en el lobby del edificio y después del saludo, que esa vez fue más efusivo, los invité a subir a mi despacho, claro, solo podía, por el espacio, entrar uno de ellos; miré de reojo y me aseguré que el maletín con mis estipendios estuviera presente.

En eso se abrió la puerta del ascensor y salió el profesor Amado, mi arrendador; me abrazó emocionado y no se guardó elogios y felicitaciones por mi grado que se celebraría esa misma tarde. Mis clientes se miraron entre ellos y hubo silencio.

Ya en los pasillos del octavo piso, uno de ellos no se contuvo y me preguntó sorprendido por el asunto del grado: –¿cómo así que usted apenas se gradúa hoy? dijo entre perplejo y molesto. Por un momento no supe qué decir, aclaré la voz y le dije: –Ah, es que hoy me graduó de una especialidad-, le mentí con descaro.

Superado el momento, ellos recibieron copia de la sentencia que los declaraba libres de toda culpa y ordenaba la entrega de todos los vehículos que se incautaron en la diligencia de allanamiento y yo, el maletincito con mis honorarios.

Compré una oficina de mejor ubicación y tamaño, la doté con los mejores equipos de oficina y cómputo que por entonces apenas se comenzaban a comercializar, cambié mi carro y comencé la primera de varias especializaciones.

Fundé mi propia firma de abogados; con el tiempo, pude asesorar varias entidades bancarias y algunas empresas importantes de la región, mi clientela crecía sin parar y me vinculé a la docencia universitaria; estaba haciendo lo que proyecté para mi vida: era un abogado litigante e independiente, en mis planes nunca estuvo ser empleado.

Con frecuencia rememoro esta historia para reflexionar acerca de la importancia de vencer los temores y ser persistente en la búsqueda de los propósitos que me trazo: “la constancia logra lo que la dicha no alcanza”, me enseñó mi mamá siendo muy niño.

Tener un proyecto, planificarlo y trabajar para materializarlo, con frecuencia es una tarea ardua; vencer la sensación de imposibilidad es el primer reto, continuar a pesar de las dificultades y no abandonar en el camino, es la labor sublime de cada día a la salida del sol.

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13 comentarios en “La oficina”

  1. M. Yedenira Cid Z.

    ¡Ups, qué historia!
    La imaginé todita, hasta el aspecto suyo, petrificado por el temor de ser baleado o cuando enseguida llegaron los judiciales.
    Nada hay más grato que labrar por cuenta propia y cosechar los frutos.
    Gracias por una vivencia más.

  2. Patricia Oropeza

    Grandes memorias, siempre con una gran hilaridad, aún en los momentos más complicados.
    Gracias Jorge por esta nueva entrega. ✨
    Un abrazo cálido.

  3. Sandra Cohen Garcia

    Que bonito plasmar en un escrito la forma como nos lanzamos a la realidad, después de culminar nuestros estudios profesionales. Definitivamente la practica es otra cosa…Empezamos. temerosos y con muchas expectativas… lo importante es atreverse., luego vemos nuestros merecidos frutos. Me dio mucho gusto leer tu escrito Jorge.

    1. Claro que sí, Sandra. Culminar la etapa académica es un escaño apenas, la fiesta comienza el día siguiente; es una odisea que compartimos, de diferentes formas, todos los que por ventura hemos podido luchar para salir adelante en la vida. Gracias por comentar.

  4. Nidia Cavadía

    Escritor Jorge. No lo puedo negar, volvió a repetir su dosis de enseñanza y sonrisa al imaginar sus cara de pavor. Con tan excelente narrativa logra que como lectora pueda observarlo. Felicitaciones! Gracias por compartir.

  5. Solo lanzándonos es como podemos superar la voz del “no puedes”, el primero cuando sales de la U, sin saber q es un camino q dominaremos con la sabiduría q te dan práctica y los años.
    Un abrazo.

  6. Sixta Garcia de Cohen.

    Experiencias de novato hay en todas las profesiones y oficios…unas más difíciles que otras. Excelente narración, gracias
    .

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