La rebelión de las beatas

Cuento publicado en el libro Los Parodi, cuatro generaciones escribiendo.

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Con la puntualidad del novio feo, el padre Olarte el cura más feo del orbe, abría las pesadas puertas de la iglesia del pueblo, como cada madrugada, durante aquellos días de novenario que se habían programado para ofrecerle sacrificios y rezos a la virgen.

—Buenos días Padre, ¿cómo amanece hoy? —lo saludó Venancio el monaguillo de la parroquia mientras se inclinaba con ademán reverente ante el abate, al que esa madrugada advirtió más feo que nunca.

Sabedores de su rutina diaria, el Padre se dirigió a la casa cural, aneja a escasos diez metros del templo, a terminar de arreglarse y ponerse las vestiduras sacerdotales y Venancio, encendió las luces del templo y el equipo de sonido con los himnos marianos que cada mañana sonaban por los altoparlantes ubicados en la torre de la iglesia, para anunciar a las beatas del pueblo que el santo convite estaba próximo a empezar. Subió la encaracolada escalera hasta el campanario sin quitarse de la cabeza la imagen malcarada con la que amaneció el padrecito.

— ¡Verdad que es feo el padre! Con esa cara nunca va a llegar a obispo, menos a cardenal, es linda persona pero se parece al anticristo, cada día está peor, ya no se sabe si camina de frente o de espalda; menos mal que se metió a cura, porque con esa figura extraña de todas maneras estaba destinado a vestir santos —decía en soliloquio susurro, mientras tocaba las campanas que anunciaban que un nuevo día comenzaba.

Al filo del tercer toque fueron apareciendo con sacro caminar y atavíos decorosos de preponderante color gris, armadas de rosarios y píos cancioneros como infaltablemente cada madrugada, la legión mariana que en Fonte Seca ya se acercaba al centenar de vicarias.

En su cama, Juan Padilla se retorcía poseído por los demonios de la ira y la inconformidad. Nunca le gustó la estridencia de las campanas cada madrugada, pero esas canciones que se oían por los altoparlantes entonadas por galillos agudísimos y que pregonaban algo sobre una paloma viajera que había venido a esta parte del mundo a traer la paz, le resultaba mortificante y desagradable, no solo porque, según él, la violencia salvaje en la que toda América estaba sumida, daba cuenta del fracaso rampante de la gesta pacifista del ave límpida sino  porque a fuerza de música le querían imponer una fe con la que él no comulgaba.

El día anterior estuvo hablando con el cura al respecto. Sin argumentar razones, le pidió que al menos por respeto a los que practicaban una fe diferente, no elevaran tanto el sonido de sus equipos porque además a esas horas de la madrugada despertaba a sus niños pequeños. El sacerdote lo escuchó en silencio y sin comentario alguno. Pero el escándalo del nuevo día le confirmaba a Juan que su petición no tuvo la menor atención ni respeto.  

Encolerizado y de fruncido seño, sentado en la orilla de la cama mientras vaciaba en su bacinilla de peltre el contenido acumulado en su vejiga, dijo con determinación y vehemencia:

— ¡Esto no se queda así! La guerra santa ha comenzado —declaró.

No bien comenzada la mañana, se sentó frente a la vieja mesa de cedro que heredó de su madre y en su máquina de escribir Olivetti que ya acumulaba diez años de uso en el oficio periodístico intermitente de Juan, redactó una pieza del más alto contenido jurídico en la que le solicitaba al Juez Promiscuo Municipal de Fonte Seca que le tutelara su derecho a la libertad religiosa y al libre desarrollo de la personalidad y en consecuencia, le ordenara de manera perentoria al señor cura párroco de la ciudad que callara para siempre los altavoces que cada madrugada, con cánticos chillones, soliviantaban a un culto que él no compartía.      

La impetración hecha por Juan, por lo particular de su naturaleza, rápidamente llamó la atención de los funcionarios del despacho judicial en el que las causas más comunes discurrían entre problemas de vecinos, robos de gallinas y peleas de maridos.

Recibida la demanda por el Juez, que era masón por conveniencia para poder escalar en la rama judicial por aquellos tiempos, además de ser abogado, se debía pertenecer a alguna de esas logias secretas, consideró que el petitum de Juan podría levantar incomodidades en una comunidad practicante en su mayoría de la religión tradicional, citó a Juan en su despacho con la intención de disuadirlo de seguir adelante respecto de la reclamación, aunque él mismo estaba convencido que era justa.

Por supuesto ningún argumento fue suficiente para Juan, que dio por terminada la conversación con una advertencia:

—Si usted no me imparte justicia, lo hago meter preso por prevaricato, con todo y su masonería.

La secretaria del juzgado, escandalizada por la temeraria acción de Juan, aprovechó el receso del medio día para visitar al padre Olarte y ponerlo al tanto de la sacrílega maniobra urdida por el impío Juan Padilla, con la que pretendía frenar y profanar los solemnes ofrecimientos que la fervorosa  compañía  de damas piadosas, ofrecían por esos días al objeto inerte de su devoción.

El cura, que recibió a la portadora de las malas nuevas en el entretanto de su almuerzo, se apresuró a visitar la casa de Juan para razonar con él sobre el asunto cuestionable de su proceder irracional y proponerle un acuerdo, que consistiría en que Juan retirara su demanda y les permitiera culminar sin sobresaltos y en paz sus celebraciones.

Por supuesto, tal proposición exacerbó la indignación de Juan que sin reparo alguno le pidió que sacara su fea cara de su casa.

Ofendido y frustrado, el sacerdote se dirigió al despacho judicial tan rápido como sus ciento veinte kilos de peso, distribuidos irregularmente en su amorfa anatomía le permitían. Sudoroso  y jadeante cruzó saludo y esperó impaciente la autorización para seguir a la oficina.

Con amabilidad el Juez le explicó que, fracasado el intento conciliatorio, no le quedaba otro camino que fallar conforme al procedimiento que la ley tenía prescrito para esas causas.

El fallo era esperado con impaciencia por toda la comunidad y durante los días en que se redactaba, fue el tema obligado de conversación en las tertulias familiares, en las esquinas de las casas y hasta en la cantina del pueblo.

Llegado el día del pronunciamiento de la sentencia, las instalaciones del juzgado estaban abarrotadas de feligreses y curiosos esperando el anuncio del veredicto. El buen sacerdote lucía más feo que de costumbre, su rostro que por naturaleza estaba bastante descompuesto, ese día se veía inflamado; la gente lo quería y hasta lo tenían por enviado de Dios mismo, pero eran conscientes que el bendito era feo, feo con ganas y esa tarde estaba como para exposición de lo feo, hasta sus más devotos seguidores nunca sabían si cuando el cura mostraba los dientes se estaba riendo o estaba llorando.

A las cuatro en punto, la puerta de la oficina del Juez se abrió y de su interior emergió la secretaria sosteniendo en sus manos la tan esperada providencia. Por lo adusto de su rostro, todos supieron que las noticias no eran nada buenas.

En efecto, se tutelaron los derechos de Juan Padilla acogiendo la solicitud de ordenar de manera inmediata el cese de cualquier actividad que conculcara los derechos protegidos en el fallo, lo que significaba ni más ni menos que los altoparlantes se debían silenciar.

La multitud se conmocionó; las hijas de la compañía de la luz, que durante la espera se aferraron como nunca a las cuentas de sus rosarios, lloraron amargamente y de entre la multitud revolucionada se escuchó un grito que encausaría tanta rabia y dolor:

— ¡Hay que linchar a Juan Padilla!

Los intentos pacifistas del cura no pudieron calmar la turba enardecida  que comenzó a salir a la calle entre arengas y sollozos dispuestos a hacer justicia divina, porque la humana, había sido inferior a los intereses superiores de su fe. Nadie atendía las suplicas del cura que extendía sus brazos gordos pidiendo la calma y llamando al perdón. La avalancha humana lo arrastraba por las calles y en pocos minutos estaban justo al frente de la casa de Juan; el bullicio se apagó de pronto; Juan alertado por los gritos de la procesión inquisidora había cerrado con llave la puerta de su casa y detrás de las cortinas de la ventana permanecía de pie acompañado por Emma su mujer, impertérrito, victorioso, altivo.

Francisca Ovalle, una de las más ancianas y respetadas damas de la sociedad provincial, dio un paso al frente y a pulmón herido y voz quebradiza increpó a Juan:

— ¿Por qué nos has hecho esto Juan?

—Yo no le he hecho nada a nadie, ustedes son los que no respetan —contestó Juan desde dentro de la casa.

—Tu madre, que fue un ejemplo de devoción se debe estar revolcando en la tumba.

—Dejen a mi mamá quieta, que yo no me estoy metiendo con la de ustedes.

— ¿Qué te pasó Juan?

—A mí nada, solo que salí de la ignorancia.

—Te has convertido en un hereje.

—Ustedes son los herejes, que idolatran un muñeco que no habla ni ve ni oye y aun así creen que puede responder a sus rezos.

—Tú fuiste criado en nuestra fe universal, fuiste monaguillo, ¿por qué ahora tienes ese espíritu de contradicción?

—Por eso mismo sé que todo eso es mentira-

— ¡Hereje, blasfemo! Ven, sal a la calle para enseñarte a respetar.

—Salgo si su muñeco que tanto defienden, viene caminando y me lo pide él mismo.

Dentro de la casa, Emma comenzaba a preocuparse por el curso que pudiera tomar los acontecimientos; sabía que Juan tenía la razón y lo respaldaba, pero comenzaba a pensar que tal vez lo mejor, lo más conveniente, era disculparse públicamente y retractarse de la demanda que estaba ocasionando aquel revuelo y que amenazaba en convertirse en un ajusticiamiento.

Ella recordaba Las Cruzadas, los Tribunales Eclesiásticos de la Edad Media, los juicios de Dios y las ordalías, con los que la religión oficial condenaba a todo aquel que no profesara su fe y declaraban hereje.

Turbada intentó proponerle a Juan que reconsiderara, pero este, con gesto decidido y acento firme, le contestó:

— ¡Primero muerto!

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18 comentarios en “La rebelión de las beatas”

    1. Me alegra que lo hayas disfrutado, Paty. De la vida real, quizá la situación fue más graciosa que lo que logro transmitir en el cuento. Algún dia espero poder compartir acerca de las realidades detrás de cada narración; es cierto lo que dicen, que la realidad es más fantástica que la ficción, la mayoría de las veces. Gracias por comentar siempre.

        1. Sandra Cohen Garcia

          Muy divertido y ameno tu escrito, como muchos….me encanta la descripción que haces del Cura, muy explicito…. saludes!

  1. Viejo Jorge, me complace leer sus escritos. La forma como describe cada uno de sus personajes es muy amena. Muchas gracias por compartirnos sus relatos. Saludos a la familia.

    1. Betty, agradezco mucho tu comentario. Es una verdadera motivación para mí saber que lo que escribo tiene el poder de atrapar y traer esparcimiento a quien lo lee. Recibo con alegría tu opinión. De nuevo, gracias.

  2. Sixta Garcia de Cohen.

    Muy ameno el relato. La verdad, los derechos de los ciudadanos deben ser respetados y eso se extiende a todas las actividades de nuestra vida…

  3. Tatiana hernandez

    Muy bueno…. Pero que paso con el Pobre juan?.. Lo linchan o no…
    Tienes que escribir.. El final… Del pobrecito. Esa es otra historia.
    Saludos
    Tatiana

  4. Julia Maldonado

    Como todos sus escritos, me atrapó desde el inicio y lo disfruté mucho, pero me quedó una ligera inquietud, porque me hubiera gustado conocer cómo terminó esa trifulca.

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