La ruta

A don Jaime Cohen Wilson, in memoriam

Tal vez eran las ocho de la noche cuando sonó el teléfono, nos miramos sin decir nada; ambos guardamos compostura, pero en el fondo del alma supimos cuál era la razón de esa llamada. Ella bajó la mirada, su rostro se descompuso en un instante y sus ojos lloraron: Mi papá, fue todo lo que dijo; en silencio, más porque no supe qué decir, la abracé.

El reporte médico de la tarde, unas cuantas horas antes, daba cuenta de una sustancial mejoría de la salud de Jaime; estábamos esperanzados que todo saldría bien y que esta no pasaría de ser una prueba más.

Mañana voy a ir hasta la clínica, me dijo Silvana, se veía aliviada; ese día quiso visitarlo temprano, pero la atención de nuestra última hija que apenas era una bebé, no se lo permitió. Yo me comprometí a cuidar de las niñas para que ella pudiera acompañarlo toda la tarde.

Tal vez mañana le dan de alta y me toque llevarlo hasta la casa, dijo mientras sonreía tímida. Estaba vulnerable, golpeada; el deterioro de la salud de su padre, a ella, como al resto de la familia, le preocupaba demasiado, sin embargo, aguardaba con esperanza que todo terminara de la mejor manera y Jaime, regresara pronto al hogar.

El 15 de enero de ese año celebramos su cumpleaños número setenta y tres; yo preparé unos espaguetis, mi especialidad, que ese día quedaron horribles, escuchamos música y brindamos por salud, por la familia, por la vida; a su lado felices Sixta, su eterna Sixta y Silvana, su hija menor, mi Silvana.

Fue de esos momentos que quedan grabados en la mente como impronta de felicidad, eternos y sublimes, que detienen el tiempo y mantienen vivos en el alma los recuerdos.

Yo estaba contento por atenderlos, siempre he guardado un gran aprecio por mis suegros, y festejar un año más de vida, era una oportunidad para compartir en ese espacio cálido y agradable de la familia.

Solo unas noches antes de aquel día, un suceso inusual me llamo la atención poderosamente, y fue tal vez ese hecho particular el que me convenció que tenía el deber de propiciar más tiempo de calidad entre Silvana y sus padres.

El reloj marcaba las diez de la noche, yo escribía en mi estudio y Silvana estaba en la habitación de la niña con ella en su regazo; suspendí mi trabajo y fui a hasta la alcoba solo para verlas, me encantaba esa imagen de cada noche: Mis dos mujeres en la mecedora, el tono dulce de la canción de cuna, los ojos adormilados de la bebé… era una postal.

Cuando me asomé pude ver a Silvana secando lágrimas de su cara, en silencio, y la niña dormida en sus brazos. Me sorprendió la escena; no había una razón aparente para llorar, de hecho, ella a diario me expresaba su felicidad y la alegría que le producía nuestro hogar.

—¿Pasa algo, Silvana, estás llorando? —fue una de las preguntas más tontas que he hecho en toda mi vida.

—No —respondió, y no supe si la respuesta era tan tonta como mi pregunta o si me respondía con sarcasmo para avergonzarme más.

─ Pero, ¿por qué estás así? —continué.

—No es nada, no te preocupes, ya se me va a pasar.

—¿Cómo que no es nada?, dime qué pasa, por favor, ¿es algo que hice?

—No, no es por ti.

—Pero entonces, ¿qué es?

—Escucha —me dijo y me indicó hacer silencio.

—¿Escuchar qué?, no oigo nada, dime qué pasa.

—Es la ruta —me dijo y lloró sin respiro.

Estaba perplejo, sin poder entender nada, sin saber qué hacer ni qué decir; debe ser esas cosas del posparto, pensé, y esperé inmóvil que retornara a la calma.

Esa noche me confió uno de los dolores más íntimos que guardaba en su corazón. Jaime, casi toda su vida laboral estuvo empleado en una empresa de fertilizantes colombo venezolana, era laboratorista y su horario de trabajo durante el mes, se distribuía en turnos diurnos y nocturnos de ocho horas cada uno.

De niña siempre sintió mucha tristeza cada vez que lo veía llegar tarde por la noche; era consciente del esfuerzo tan grande que hacía para poder llevar el pan a casa, y a ella le dolía el corazón, no solo por no poder hacer nada por su papá sino porque las largas jornadas de trabajo le producían una sensación de orfandad.

Con los años, me confesó, aprendió a distinguir el sonido del bus que lo traía del trabajo cada noche; era el momento en que su corazón de hija volvía a latir, era el momento que se juraba que un día trabajaría duro para ayudarlo.  

Fue el mismo sonido que percibió mientras intentaba dormir a nuestra niña en la mecedora y fue inevitable que los recuerdos y las nostalgias no se convulsionaran, dijo.

El resto de la noche hablamos de él, de sus cosas, de su carácter y me agradó ver el interior del alma de mi mujer, no tenía dudas que era una gran mujer, pero me conmovió su alma de hija, de buena hija, va a ser una buena madre, pensé, una buena hija siempre es una buena madre; no me equivoqué ni un poquito.

La hora de servir los espaguetis llegó; yo lo hice, no acepté que mi suegra o Silvana lo hicieran, quería atenderlos, me sentí complacido de tenerlos en nuestra casa y me regocijaba el rostro feliz de todos, hasta que llegó la cena, un nudo reseco que comieron solo para ser corteses conmigo.

Mi suegro sonreía mientras masticaba, con su característica risa pícara, quise pensar que estaba disfrutando su comida, aunque tuve dudas si en lugar de ello, se estaba burlando de mi malograda gesta culinaria. Sixta, amable como solo lo sabe hacer ella, elogiaba el sabor de las pastas, Silvana sonreía y yo era feliz de verlos.

Siete meses más tarde, el timbre del teléfono nos anunciaría que las reuniones de cumpleaños, jamás volverían a ser iguales.

—Aló —contesté.

—Jorge, vengan inmediatamente a la clínica.

Era Ingrid, la hermana mayor de mi esposa. En el tono de su voz pude percibir el dolor de la muerte. Cuando colgué la llamada Silvana lloraba sin consuelo, mi papá se murió, solo eso repetía.

La incredulidad, el dolor, el desconsuelo nos invadió; fue difícil aceptarlo, esa noche Jaime se fue por el camino que no tiene retorno y a todos los que lo conocimos, nos dejó una marca imborrable y un vacío eterno.

Mio suegro fue la personificación de la nobleza; educado y amable como pocos. Su vida estuvo marcada por luchas y dolores que no pudieron borrar de su rostro la sonrisa discreta pero generosa que lo caracterizó.

Era un melómano, culto e inteligente; de una sencillez impecable, sus palabras eran pocas, pero precisas y era dueño de un humor fino. El respeto era su mayor virtud y a mí me lo demostró a manos llenas.

La noche de su muerte, tuve la oportunidad de acompañar el cuerpo mientras los hijos hacían algunos trámites administrativos, era más de media noche y por, tal vez, una hora estuve solo, sentado a su lado y con mucho dolor agradecí a Dios haber tenido el privilegio de haber gozado de su amistad.

Silvana, las niñas y yo cambiamos de casa, pero cada vez que se escucha el sonido de un bus cuando detiene su marcha, sé que evoca las noches aquellas cuando Jaime, cansado regresaba a casa, es imposible no conmoverse, sobre todo porque en esa ruta, ya no vuelve.

close

Suscríbete a nuestro boletín de novedades

y recibe:

Escritos seleccionados, información sobre próximas publicaciones, promociones y ofertas especiales.

¡No enviamos spam! Lee nuestra política de privacidad para más información.

18 comentarios en “La ruta”

  1. Tatiana hernande

    Me hizo llorar tu relato, a aquellos que él, nos vio crecer de lejos pero de cerca a su vez.. Nos dejó también una huella imborrable, su humor fino y respetuoso, y sus muchas cualidades….. A todos los seres que están cuidándonos allá arriba.. Se les extraña…

  2. Sixta Garcia de Cohen.

    Lo conocí a los 8 años, jamas pensé que sería mi compañero de vida y padre de mis hijos, muy pronto llego el amor a mi vida, amor que lo aglutinaba todo, muchos de los lectores sabrán por qué lo afirmo …conocí la felicidad al nacer cada uno de nuestros 4 hijos a pesar de todas las circunstancias en contra…hoy y siempre la ruta me traerá muchos recuerdos…

    1. La vida nos da los insumos para la mejor novela, esa frase es tuya y está refrendada por tu vida misma. Toda una historia de amor, luchas y victorias, de algunas de las cuales soy testigo. Espero escribir esas historias de vida en breve.

  3. Silvia Arteaga

    Son duda un caballero dibujando entre líneas a otro caballero que marcó su vida dejando surcos de alegría, recuerdos de vida que enfila esa ruta que aún transitamos quienes nos quedamos. Me hizo recordar a otro caballero, el Ing. Orlandino Arteaga, similares características, quizá porque eran de la misma generación, perp lo más impresionante en el relato fue la similitud con que se recorrió la ruta. Gracias por el homenaje, se que su suegro lo merece y que sigue vivo no solo en esta sincera reseña sino también en su interior. Felicidades.
    Con aprecio,
    Silvia Arteaga
    Escritora
    País Guatemala
    Seudónimo SCAL

    1. Silvia, un gusto grande tenerte en mi blog. Muchas gracias por tu fino comentario. Celebro la vida de hombres como Jaimjke, el ing. Arteaga, que honran la hombría con nobleza, carácter y sacrificio, son grandes. Un saludo grande a los hermanos de Guatemala.

  4. Jorge, muchas gracias por tan hermoso escrito, que describe a mi papá en toda su amplitud. Sin duda alguna, el poco tiempo que lo conociste, supiste valorar cada cualidad que lo hizo un ser maravilloso, único, que amo y recuerdo mucho. Gracias por este bonito homenaje a mi papá. Que Dios lo tenga en su santa gloria!.

  5. Joel Peñuela Quintero

    Gracias escritor por contarnos trazos de su vida y transmitir sus sentimientos, porque así no solo conocemos sus letras sino también al ser humano detrás de ellas.

  6. M. Yedenira Cid Z.

    Hay ausencias que pueden provocarnos dolor, tristeza, pero, a la vez, paz. El tiempo y el espacio son infinitos, nosotros no. Por ello, hay que celebrar la vida que HOY tenemos, el mañana no existe, nunca existirá, siempre será HOY.
    Gracias por compartir algo tan íntimo y familiar.
    Mi abrazo cálido para ustedes, desde México.

  7. Patricia Oropeza

    Un sentido homenaje, al maravilloso hombre que forjó la familia, de la cual brotó tu hermosa compañera de vida.
    Así es el amor, nos inunda y rebosa, solo queda compartirlo a través de lo que escribimos. Y así liberar el corazón para llenarlo de más amor 💕🌻
    Saludos Jorge.

  8. Nidia Cavadía

    Jorge, usted siempre tendrá una historia para contarnos con esa excelsa narrativa, ¡felicitaciones! No olvide la de los higuitos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *