La tinaja

Dicen que las primeras veces no suelen ser tan especiales como se supone deberían ser. La primera vez de lo que sea, generalmente es un trauma de algo. Por ejemplo, la primera vez que manejé un carro lo dejé enterrado en un árbol, la primera vez con mi bicicleta me dejó un codo casi inservible, mi primer baño en las corrientes del río Ranchería por poco me cuesta la vida; así por esa vía, casi todas las primeras veces significaron experiencias no tan agradables.

Un tanto sucedió el primer día de universidad, mi primer día de clases.

Era un guajiro recién llegado a Bogotá, el frío de la capital estaba empecinado en colonizar mis huesos y desplazaba con una bocanada gélida el calor que llevaba grabado en los tuétanos. Las congojas producidas por la lejanía de la casa paterna eran acentuadas con la atmósfera sepulcral de una ciudad agitada, gris e impersonal.

Estaba emocionado, sería un profesional y eso hacía que valiera la pena cualquier esfuerzo, cualquier sacrificio, hasta la sensación de caminar por las calles con el pantalón húmedo y frío, como si me hubiera orinado encima, pero peor.

La noche del domingo antes de mi primer día de universitario, alisté la mejor ropa, mi mochila y practiqué caminar con estilo, para no parecer tan primíparo. El termómetro marcaba diez grados centígrados en una tarde de domingo aburrida y triste, inolvidable por lo fea, acababa de llegar y ya estaba loco por volver al calor arrasador de mi Guajira;  linda la guabina pero nada como un acordeón, deliciosa la changua, pero no compite con un sancocho de gallina criolla.

Recuerdo la primera pisada que di en el claustro universitario, otra experiencia poco agradable, fue una emoción congelada; la construcción antigua, característica del barrio La Candelaria, le daba aspecto de convento. Todo el mundo caminaba con un rictus de circunstancia en la cara, nadie sonreía, y todos apretaban contra el pecho las libretas como si tuvieran miedo de que se las arrebataran, al poco tiempo comprobé que el temor no era infundado.

Casi a tientas pude hallar mi salón de clases, el 404, no lo olvidaré, cuando ingresé esa primera vez, ya habían transcurrido los primeros quince minutos de la clase de Derecho Romano, así que la forma torpe en que abrí la puerta interrumpió la disertación magistral del encartonado profesor, otra primera vez desagradable.

Me acomodé en el primer pupitre que encontré vacío, al lado de un joven también de aspecto costeño, caribe como yo y nos presentamos en voz baja, aunque los costeños no sabemos hablar en voz baja realmente.

—Me llamo Diovanis Hernández ̶ dijo

̶ Soy de Gaira, ¿y tú?

̶ Jorge, soy guajiro, de Fonseca

̶ Ombe qué bien, de la tierra de la iguana, y ¿cómo te trata el frío?

̶ Esta vaina es horrible, estoy que me devuelvo pa’ mi pueblo

̶ Nojoda sí, este clima es pa’ locos

A medida que conversábamos el tono de voz subía y a la conversación se unió otro costeño que estaba sentado detrás de mí

—Mucho gusto compañeros, me llamo Iván Medrano Piñeres, soy de Cadtagena, dijo emocionado

Éramos tres costeños conversando descuidados, relajados, como si estuviéramos en el parque de cualquier pueblo de nuestro litoral, nos adueñamos del salón de clases, ni cuenta nos dimos de que el profesor detuvo su discurso y junto a él, el resto de compañeros, unos cuarenta, nos miraban atentos, con asombro y curiosidad, unos sonreían, la mayoría con gesto de desaprobación y nosotros ya parecíamos amigos de toda la vida.

No tuvimos tiempo de disculparnos, tampoco pensábamos hacerlo por lo menos yo no, cuando una algarabía atrajo la atención de todos. Sonaban pitos, gritos y explosiones, de un brinco el profesor quedó de pie, estaba pálido y sudaba, pensé que era algo grave, no podía ser menos, un cachaco sudaba a chorros en Bogotá, eso no presagiaba nada bueno.

Con el paso de los minutos, el barullo alcanzó niveles preocupantes, el profesor ordenó salir del salón y él mismo partió a las carreras con la cabeza enterrada en el piso. Nadie sabía qué pasaba a las afueras de la universidad, se notaba la incertidumbre en ese rebaño pueril de estudiantes que comenzaron a apiñarse en un rincón.

Sin pensarlo Diovanis, nos propuso salir a ver qué estaba sucediendo, Iván y yo ni lo pensamos, en cuestión de nada estábamos en la calle justo en la mitad de un escuadrón anti disturbios de la Policía Nacional y una turba de estudiantes con sus mochilas llenas de piedras.

El ambiente estaba caldeado, todos pedían a gritos la renuncia del rector, la terminación de la opresión del imperio yanqui, el final del capitalismo, la legalización de la mariguana y otras cosas. Llovían piedras y explosiones, el aire estaba pesado, olía horrible y los ojos ardían; eso no fue suficiente para hacernos pensar en abandonar el lugar, al contrario, sin darnos cuenta estábamos gritando igual que todos, recogíamos piedras y las lanzábamos a los uniformados que se mantenían firmes en perfecta formación.

Diovanis, Iván y yo, corríamos de un lado a otro, no teníamos la más mínima idea de lo que pasaba pero para nosotros representaba una oportunidad de correr, gritar y conseguir un poco de calor, la policía se mantenía inmóvil por lo que no representaba ningún riesgo; la universidad prometía ser algo divertido.

Un joven, solo unos años mayor que yo pintaba en una pared una frase que decía “el Che vive”, me acerqué por el costado derecho, él me miró, me entregó el frasco de pintura y me dijo: “chino, siga usted” y salió corriendo como alma que lleva el diablo, en ese momento de reojo, vi acercarse una figura negra y grande, era un policía, lo vi levantar su mano derecha en la que empuñaba un bastón de mando que descargó con furia sobre mi espalda; el dolor me quemó desde la nuca hasta donde la espalda pierde la dignidad de su nombre.

Corrí despavorido calle abajo, detrás de mí venían transmutados Iván y Diovanis: ¡Dios mío en qué nos hemos metido! gritaba Iván; la estrecha calle era un río de muchachos buscando refugio, la avalancha de policías se había desmadrado y su intención era masacrarnos a golpes. Dos cuadras más abajo, se abrió una puerta de madera verde, vieja y se asomó un cachaco de gafitas redondas, nos hizo señales con la mano invitándonos a entrar, no lo dudamos; antes de ingresar pude leer un cartel sobre la puerta que decía: La Tinaja, bar de estudiantes.

Dentro del bar había más o menos cincuenta jóvenes más, nos recibieron como a héroes, nos felicitaron por el arrojo, se presentaron uno a uno y nos dieron la bienvenida. Toda la noche la pasamos allí; no faltó comida, aguardiente y música de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. Pasado el susto, regresamos cada uno a su residencia de estudiantes pero satisfechos, borrachos y con muchos nuevos mejores amigos.

El siguiente viernes volvimos a La Tinaja y el siguiente. En menos de un mes éramos de la casa, nunca tuvimos que pagar una cuenta, siempre éramos invitados por alguno de los amigos que hicimos el primer día, nosotros devolvíamos la atención con vallenatos y chistes.

Nos parecían personas muy inteligentes, casi todos usaban lentes redondos, sacos de lana y jeans, hablaban de revoluciones, lucha de clases y de una bota yanqui que había que sacarse de encima. A nosotros nos interesaba la comida y las cervezas gratis, pero los escuchábamos con atención y respeto, nunca sospechamos que nos estaban tratando de adoctrinar.

Un domingo nos llamaron temprano; nos pidieron que cada uno de nosotros llegara con diez minutos de diferencia después de las doce de la noche. Sonaba raro, pero acordamos asistir y así lo hicimos.

La reunión duró hasta el amanecer y quedamos atrapados en un plan para tomarnos las instalaciones del diario El Espectador en protesta de nunca supimos qué; era una misión riesgosa y con altas probabilidades de terminar presos o heridos. No pudimos ni chistar, quedamos enmarañados entre cerveza y cerveza, desde ese día perdí la calma; me llamaron constantemente pero nunca más por mi nombre, me bautizaron con el alias Camilo, en honor a un cura idealista, me dijeron.

Sin ninguna opción, el día de la toma estaba sentado en un bus alquilado para transportarnos desde La Tinaja, el punto de partida hasta las instalaciones de El Espectador. Todos gritaban, menos Diovanis y yo, Iván ni se apareció.

Sobre las diez de la mañana arribamos al destino y en un movimiento rápido un grupo ingresó al interior de las oficinas, otro se ubicó en los parqueaderos y a Diovanis y a mí nos pidieron quedarnos en las afueras, arengando y amarrando los pendones preparados para tal fin en la alambrada que cercaba el importante diario capitalino, nos comandaba un estudiante de octavo semestre de derecho, el cual impartía instrucciones precisas.

En poco tiempo estábamos rodeados del escuadrón anti disturbios, ya yo les tenía miedo, qué digo miedo, pánico. Temblaba pero no lo demostré en ningún momento, Diovanis no dejaba de reír, me imagino que esa fue su reacción nerviosa, porque no había una sola razón para ello.

Nos entregaron un pasacalle largo, se leía en él: “Viva la toma estudiantil, por la vida hasta la vida misma”, cuando leí esa leyenda se me secó la garganta, voy a morir, era todo en lo que pensaba, maldije la hora en que me metí en ese embrollo.

El compañero que coordinaba las actividades, nos apremió para que amarráramos el pasacalle en un lugar visible; todos estaban encapuchados, menos Diovanis y yo, éramos los idiotas útiles, y así nos sentíamos; para ese momento ya Diovanis no reía, parecía que iba a soltar el llanto, me decía en voz baja: “Compadre y ahora qué vamos a hacer, esta vaina se ve mal, donde salgamos vivos de esta y mi papá se entere, me va a joder”.

Resignados, nos encaramamos en la pared frontal del diario y comenzamos a sujetar el pendón a la cerca de alambre; en ese momento un reportero gráfico del periódico se acercó y tomó la foto que sería la portada de la edición del siguiente día. En primer plano estaba yo, con mi mochila al hombro y mi pelo desordenado.

Dos días después mi papá me llamó molesto a la residencia donde vivía: “me hace el favor y toma el siguiente vuelo de regreso para su casa, yo no lo mandé allá a sinverguencear, sino a estudiar”. Así terminé en Barranquilla y mi amistad con Diovanis y con Iván, tantos años después, es tan fuerte como entonces.

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12 comentarios en “La tinaja”

  1. Sixta Garcia de Cohen.

    Seguramente muchos de los miles que hoy protestan en los paros organizados por vaya a saber quienes , ni saben por que lo hacen, ni para que, total la idea es armar el caos, ahí ya se cumplió la misión…

    1. Así es, Sixta, soy un claro ejemplo. Aunque en el fondo, tanta carencia, irrespeto y necesidad que se vie en nuestro país, alimenta la inconformidad y la furia en los corazones desesperanzados. Lástima que demagogos con apariencia de intelectuales, aprovechen estas inconformidades para incendiar y destruir más a un país que sangra desde su más lejana historia. Es que a los de un extremo y a los del otro, les interesa la miseria, el abandono y las inconformidades. Incapaces de proponer y ejecutar soluciones, les ha quedado mejor aprovecharlas como discursos de campaña para su beneficio propio, mientras mandan a que se maten hermanos con hermanos. Gracias por comentar.

  2. Joel Peñuela Quintero

    Lo entiendo perfectamente: también soy caribe y con varias escenas antigobiernistas rebotando en mi memoria lejana. Para fortuna mía son solo recuerdos, pero aunque a veces nos riamos de nuestras pilatunas o algunas otras nos causen miedo o vergüenza, todo ello es parte de lo que somos, y por ello valiosas como legado. Gracias por compartir sus historias con nosotros.

    1. O sea que usted, mi querido escritor, también fue un tira piedra. Bienvenido al combo. De acuerdo, todas esas vivencias, son los ladrillos que en mayor o menor forma, han construido nuestras vidas. Gracias por comentar.

  3. Julio Cesar Rendón

    Buen relato. Agarra desde el inicio y se desarrolla con fluidez. Ademas de esos totulos usted es excelente escritor. Haga mas literatura por favor. Y si puede dejame saber donde leerle. Saludos.

    1. Julio César, bienvenido a mi blog, celebro que me honre usted con la lectura de mis textos y mucho más que comente de la manera tan especial y bondadosa en la que lo ha hecho. Gracias. Aquí encontrará una serie de relatos con trazas biográficas. Si usted desea conocer más de cerca nuestra obra, a través de la página lo puede hacer. En Amazon está disponible El Callejón, el más reciente libro publicado por la editorial Papel y Lápiz.

  4. ¡Jorge Parodi, vaya manera de hilar la historia personal con los acontecimientos de una historia general y común para tu pueblo colombiano!

    Me encanta como abres el telón “Dicen…” haciéndonos creer que te vas a excluir de la afirmación que sigue para demostrar a continuación todo lo contrario, que es un hecho demostrado con razones de peso. Unas razones desde luego incuestionables por su impronta y tangibilidad ordenados en la evolución vital de Jorge.

    Las descripciones y comparaciones de la capital y tu pueblo Guajira son una delicia. Hay una oración especialmente bella para mí por su metáfora tan visual y tan viva a la vez “el frío de la capital estaba empecinado en colonizar mis huesos y desplazaba con una bocanada gélida el calor que llevaba grabado en los tuétanos”

    Hay una oposición muy llamativa entre ambos espacios vitales y, sin embargo, acabas mostrando que la ciudad vive solo aparentemente en un ambiente frío, su corazón La Tinaja, al que se accede por una puerta “vieja de color verde” (el color de la esperanza que se dice que es lo último que se pierde) está que arde en fuego de sueños y planes juveniles por un mundo mejor, aunque utópico también por su modo de imponerse y construirse.
    Me gusta mucho cómo vas trazando la ingenuidad de los recién llegados, los tres de climas calientes que comparten algo más que esto, comparten también la búsqueda de este clima familiar donde nos sentimos seguros y podemos destapar nuestras caras, el hecho de que sean los únicos en participar sin ocultar sus rostros en la revuelta es prueba clara de ello, no necesitan esconderse para defender a la “familia adoptiva”, aunque no entiendan del todo las razones de su comportamiento extraño.

    El final está resuelto con madura rapidez y deja clara la postura. Desde luego, el padre un hombre sabio tanto por sus palabras como por la actuación que lleva a cabo de rescate urgente de su hijo de un espacio en ebullición ferviente de utopías peligrosas.

    Le saludo cordialmente!
    Ha sido un placer leerle de nuevo!

    1. Tengo que decir, apreciada Veli, que me conmueve la capacidad y la claridad de interpretación de mis textos que realizas con un detalle admirable. Es un gusto saber que hasta los detalles más pequeños, esos que casi siempre son patrimonio exclusivo del autor con su creación, no se te escapan. Tu comprensión de los giros, las figuras y las técnicas es brillante. Me honra tu crítica literaria, por lo generosa; también por lo profesional. Muchas gracias, Veli.

  5. Patricia Oropeza

    Gran lección de vida al inicio de la vida universitaria, siempre con la guía inigualable de tu sabio padre.

    Muy interesante Jorge.

    Saludos desde México 🌻

  6. M. Yedenira Cid Z.

    Señor, me ha tenido absorta en la lectura imaginándolo todo. Hubo momentos en que me sentí parte del cuadro.
    Me alegra saber que no fue preciso inmolarse por la causa y menos cuando ha sido casi obligada la toma del rol asignado.
    Gracias por seguir compartiendo sus vivencias.

    Reciba fraterno abrazo.

  7. Jorge,
    Me sorprende la similitud de experiencias vividas, en mi caso encontrarme de frente con la disección de El capital de Karl Marx para entender entonces la revolución proletaria de Lenin para asumir con éxito el poder de gobierno en las ciudades que luego podría explicar el concepto de la ideología del mariateguismo… pero luego pensar: Que tiene todo esto que ver conmigo?
    Pero me gusta pensar que puedo cambiar al mundo, ja, ja,ja en mi caso; lo hice con canciones, me uní a todas las voces de protesta y canté a todo galillo todo lo que me hacia tener una voz para ayudar al pueblo.
    Y es que en esta experiencia tuya recién llegado de nuestro querido pueblo, me encanta la inocencia pero mejor aun la nota de humor con que nos envuelves, como siempre, con notas que a veces no sabemos si reír o llorar. Lo disfrute muchísimo y mejor aun me identifique con la época de sentirme libre y creer que estaba tomando decisiones acertadas.
    De nuevo la intervención oportuna de tu padre, cambió el curso de tu vida…
    Lo disfrute muchísimo Jorge.
    Gracias

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