La última llamada

Esa mañana, las operaciones en el Aeropuerto Internacional de Nueva Catanga transcurrían de manera normal.

En los mostradores de registro asignados a cada aerolínea las filas eran largas, casi interminables y alimentadas cada segundo por el arribo de nuevos pasajeros, para quienes llegar tarde es un asunto de moda, los del último minuto, los que llegan a las carreras y con el equipaje de manos a rastra.

La cafetería estaba atiborrada de personas que entre café y café quemaban sus labios y el tiempo eterno y angustiante de espera de los aeropuertos.

Las sillas ubicadas en la sala de espera, unas cien, estaban todas ocupadas; algunos leían, otros hablaban por sus teléfonos y otros simplemente miraban lejos, en aparente estado de contemplación.

Se escuchaba un murmullo que se apagaba por segundos y regresaba más fuerte. Posicionados en lugares estratégicos se podía ver a los guardias de seguridad en actitud atenta, expectante, manteniendo contacto permanente desde sus radios de comunicación.

En el interior de la sala de abordaje de los vuelos internacionales, la cual estaba separada por una amplia ventana de vidrio que la separaba del resto de las instalaciones, Vittorio experimentó una sensación de seguridad: «Es imposible que algo malo pueda suceder dentro del aeropuerto» pensó, y acto seguido decidió que los cuarenta y cinco minutos faltantes para su hora de abordar el vuelo hasta la tierra de la libertad, al comienzo de una nueva vida, eran suficientes para estirar un poco las piernas, dar una vuelta como cualquier turista y tal vez tomarse un último café.

Desatendiendo las precisas instrucciones que los agentes de la Oficina Antinarcóticos le habían impartido una hora antes cuando lo llevaron escoltado hasta la puerta misma del lugar en el que se encontraba, puso su chaqueta de cuero fino sobre el brazo izquierdo, tomó su portafolios y se dirigió hacia el exterior con paso sosegado y actitud altiva, esa con la que viven los de alma chiquita y ego grande.

Cinco minutos después, ya había recorrido algunos locales comerciales de joyas y artesanías finas, pasó por la cafetería a la cual no entró pues a simple vista todas las mesas se veían ocupadas, continuó su caminata como si fuera la primera vez que visitaba ese puerto aéreo y encontró una silla vacía, lo que le pareció extraño habiendo tanta gente.

Se sentó con tranquilidad, como si fuera un pasajero cualquiera y no el muy influyente empresario consagrado al servicio de las mafias trasnacionales, las más temidas y perseguidas en el mundo.

Con gesto elegante levantó su mano para llamar la atención de un lustrabotas que deambulada en busca de clientes y este, presuroso atendió el llamado; en un santiamén le pedía con desmedida cortesía que pusiera su pie sobre la caja «para dejarle los zapatos, resplandecientes como un espejo».

Vittorio, sin mirarlo, sacó del bolsillo derecho del pantalón su teléfono para hacer una última llamadita a la nena esa que la noche anterior en un ceremonial de droga, whisky y sexo, le había dado una despedida memorable.

Transcurridos algunos segundos de la llamada que el lustrabotas con no poca curiosidad pero sí mucho disimulo se esmeraba en escuchar, la detonación de tres disparos retumbó amplificada como sonido de cañones por la acústica del recinto, y una estampida humana convirtió el lugar en un escenario de gritos y gente rodando por el suelo.

En la salida principal hacia el parqueadero, se alcanzaba a observar un forcejeo entre tres guardias de seguridad y un joven, cuando de pronto otra detonación le insufló nuevas fuerzas al caos ya imperante y de entre la multitud, que despavorida transitaba amorfa, una mujer joven un segundo antes de caer al suelo desmayada gritó: ¡Está muerto!

Diez años atrás, Vittorio Campanelli celebraba con la emoción de las familias de tercera clase su grado como ingeniero de sistemas. Era el primero, contadas sus generaciones anteriores, que lograba una meta similar.

Nieto de inmigrantes, luchó para romper el destino que la tradición marcó como sino desgraciado a todos los hombres de su familia.

Su sueño era ser un gran profesional, no un vendedor de telas. Con esfuerzo y mucho trabajo en el almacén de su padre, cursó su profesión en la jornada nocturna. Fue un alumno destacado y nadie dudaba que algún día sería el mejor desarrollador de software.

Los dos años posteriores a su grado, mientras conseguía alguna oportunidad laboral en su área, continuó vendiendo telas. Las esperanzas de iniciar su propia empresa se fueron muriendo y un tanto resignado, una o dos veces por semana solicitaba permiso para llevar a alguna empresa su hoja de vida con la esperanza de comenzar a desarrollar los conocimientos adquiridos a lo largo de cinco años de fatigantes estudios. Ya el tercer año, Vittorio era un hombre totalmente frustrado.

En un esfuerzo por cambiar su destino, decidió que si iba vendedor, no sería a ser de telas.

Con sus ahorros y dinero prestado de Ricardo, su mejor amigo, arrendó un local comercial donde inauguró Solutec Inc. Comercializadora de computadores, impresoras y repuestos. No era lo que había soñado, pero por algo se comenzaba; el negocio apenas producía lo necesario para cubrir los gastos de arriendo y servicios públicos; él terminó convertido en un técnico de reparación de impresoras.

Desde que le concedió el préstamo, Ricardo visitaba con más frecuencia a Vittorio, quizá monitoreando el curso del dinero invertido. Generalmente los viernes por la tarde, justo antes del final de la jornada de trabajo, pasaba a recogerlo para invitarlo a algún bar nuevo a tomar dos o tres cervezas y casi siempre terminaban enrumbados e inconscientes de tanto tomar whisky.

Ricardo no fue a una universidad, estaba dedicado a negocios de los cuales nunca hablaba en detalle, pero se notaba que eran muy buenos porque en poco tiempo le permitieron un notable cambio de vida; vestía ropa fina, cambió su domicilio a un barrio de estrato alto, tenía varios autos, todos de alta gama y hasta el aroma del perfume que usaba denotaba clase.

Jamás le puso plazo a Vittorio para la devolución del préstamo, muy pocas veces le preguntaba acerca del negocio, en cambio a Vittorio le tocaba aguantarse los alardes de nuevo rico y la exhibición de sus extravagancias y por dentro moría las mil muertes preso de la envidia y la sensación de injusticia producidas por la estridente prosperidad de su amigo cuasi analfabeta, que además lo hacía sentir cada día más pobre.

A pesar de la intriga despertada en Vittorio por la boyante situación económica de Ricardo, prudente jamás indagó por la fuente de su buena fortuna, aunque en repetidas ocasiones el amigo, sobre todo cuando los tragos comenzaban a subírsele a la cabeza, abrazándolo le prometía que un día lo iba a ayudar para que su negocio se convirtiera en el más grande del país.

—Compita, lo voy a hacer millonario, va a ser el mayor importador de esa vaina que vende, se lo prometo, usted es mi hermano —le decía eufórico y alcoholizado.

Con el paso del tiempo, el negocio de Vittorio no mejoraba, pudo conseguir alguna clientela fiel, pero llegó el momento que los costos de operación eran superiores a los ingresos. Le urgía una inyección de capital o la debacle sería inminente. Estaba en un momento angustioso de la vida de su empresa, atravesaba el valle de la muerte y las posibilidades de salir de allí con éxito eran casi inexistentes, a no ser que sucediera un milagro.

Sumido en la desesperación, decidió hablar con Ricardo para ponerlo al tanto de la situación, más con la intención de pedirle paciencia para el retorno del dinero prestado.

Con vergüenza le describió la condición de inminente quiebra que se avecinaba y la dificultad que esto supondría para quedarle bien; esperaba una respuesta áspera y quizá amenazante o intimidante, pero para su sorpresa, Ricardo soltó una carcajada que lo dejó perplejo.

—Compa, ¿eso es lo que le preocupa?, no sea pendejo hombe, usted sabe que soy su amigo y que lo voy a ayudar —le dijo mientras se incorporaba de la silla donde estaba sentado y estiraba su brazo para tomar una botella de whisky fino que se encontraba sobre una mesa auxiliar detrás de su escritorio.

— Relájese compadre y más bien vamos a tomarnos unos traguitos, que desde hoy usted y yo, además de mejores amigos, vamos a ser socios.

Vittorio, que navegaba entre la expectación y la incredulidad, se tomó uno, dos y varios tragos casi sin respirar, ansioso de escuchar la fórmula mágica que su buen amigo le propondría y lo sacaría por fin de sus miserias económicas.

—Pero no vamos a hablar de negocios, compadre, eso lo haremos mañana, hoy nos vamos de fiesta —dijo Ricardo, con tono de amable imposición.

La fiesta se prolongó hasta la madrugada.

A pesar de la resaca, Vittorio se levantó bien temprano, esperanzado en la redención que le habían prometido la noche anterior. El alcohol le salía por los poros; a medida que el sol levantaba sentía que su piel se quemaba y recordó que eso le pasaba al legendario vampiro de la película; sonrió, miró la hora en la pantalla de su celular y esperó impaciente la llamada del millón.

Ese día, el teléfono no sonó «esas fueron cosas de borracho» pensó «bueno, al menos el hombre se tomó bien lo del retraso en el pago, seguro el próximo viernes pasa por el negocio».

Con la caída del día consintió el maltrato que el trasnocho y el alcohol produjeron en su cuerpo tirado sobre la cama vieja.

El viernes llegó, pero extrañamente, no el amigo. Así transcurrieron dos semanas sin que Ricardo diera señales de vida. Vittorio llegó a pensar que simplemente se espantó por la realidad económica del negocio y como nadie quiere amigos pobres, seguro por eso puso distancia prudente entre ellos.

Cuando menos lo esperaba, de una imponente camioneta que se parqueó en frente de su local comercial, se bajaron tres hombres de aspecto foráneo y por último Ricardo, quien venía conduciéndola; otro vehículo se estacionó al lado y bajaron otros tres individuos, con cara de pocos amigos y se desperdigaron a lo largo del andén mientras los primeros cuatro ingresaron al almacén.

Sorprendido por la inesperada visita, Vittorio los invitó a pasar hasta el pequeño cuarto al fondo del lugar que tenía habilitado para oficina. Ricardo hizo las presentaciones de los acompañantes a quienes anunció como “algunos de sus socios” y sin excusarse por la inexplicable ausencia de los días anteriores fue directo al grano.

Sin rodeos ni adornos, le explicó a Vittorio que ellos internacionalizarían su pequeño negocio. Lo ayudarían, con amigos en el gobierno a conseguir las licencias de importación, le entregarían sin obligación de devolución un capital de trabajo importante, lo conectarían con proveedores extranjeros y hasta le entregarían un número significativo de clientes grandes en la ciudad.

A cambio, le explicó, él solamente debía reportar ventas un poco más elevadas de las reales para justificar una platica extra que ellos mensualmente introducirían al país proveniente de “negocios internacionales” de la cual también recibiría una comisión del tres por ciento. “Un negocio seguro y rentable”, le explicaba Ricardo.

Mientras escuchaba, consciente de que la propuesta era una invitación al blanqueo de capital, tuvo la seguridad que el milagro esperado acababa de llegar. Igual, él no tendría contacto con el negocio que generaba el dinero, convertiría a su empresa en una lavandería y a él, en un delincuente de cuello blanco.

— ¿Cuándo empezamos? — dijo sin siquiera haber terminado de hablar Ricardo.

A partir de ese momento, la vida de Vittorio cambiaría para siempre. Con prudencia, para no levantar sospechas, fue ampliando el pequeño negocio hasta convertirlo en una plataforma enorme de venta de aparatos tecnológicos, en muy poco tiempo.

El año siguiente abrió sucursales en diferentes ciudades del país. Lo hizo tan bien, que nadie podía sospechar que el crecimiento solo era una fachada porque el verdadero negocio funcionaba en la parte posterior del almacén.

Manejaba volúmenes inmensos de divisas “lavadas” en los aparentes negocios internacionales que su empresa reportaba ante la oficina de aduanas del país.

Sus ganancias también crecieron vertiginosamente y su vida de escasez y penurias económicas, se hizo cosa del pasado. Con el dinero mal habido llegó la vanidad, el derroche y la codicia.

Se ganó la confianza de sus compinches y en el quinto año de operaciones ilícitas, parte del dinero que le encargaban blanquear, lo comenzó a desviar a cuentas que abrió en paraísos fiscales. Les estaba robando y así continuó por cuatro años más.

Aunque Vittorio logró conformar una familia, las aventuras extramatrimoniales eran constantes. Su nivel de ingreso le permitía darse los gustos que se le antojaran y las mujeres, era su preferido.

Su nivel de ostentación y derroche llegó a ser tan grande que sus socios comenzaron a desconfiar de él; además, temían que cometiera alguna imprudencia como consecuencia de su alcoholismo cada vez más acentuado.

Para asegurarse de mantenerlo vigilado y monitorear sus pasos, decidieron infiltrar a Jessica, una voluptuosa joven que oficiaba como dama de compañía, su asignación era lograr que Vittorio se enamorara perdidamente de ella hasta lograr hacerse su confidente.

La debilidad de Vittorio por las mujeres hizo muy fácil la tarea de Jessica, en poco tiempo cayó rendido a los encantos de una sensualidad elaborada durante varios años de constante práctica.

La labor soterrada de la mujer logró el objetivo y cualquier noche, intoxicado por el whisky y la cocaína, Vittorio se jactó de la astucia con la que defraudaba las leyes y engañaba a sus socios.

Enterados de las andanzas de Vittorio a los jefes, en reunión solemne, todos, incluido Ricardo, consideraron que una acción de tal calaña solo tenía una sanción posible: la muerte. Proferida la sentencia, se adelantaron los preparativos y convinieron disimular para no alertarlo de sus planes.

Ricardo cada cierto tiempo lo visitaba y compartían, como lo hacían desde muchachos, ratos de música y tragos. No podía creer que su amigo, al que le dio tanta confianza y le tendió la mano en el momento más difícil de su vida, lo estuviera traicionando de esa manera y lo hiciera quedar tan mal frente a sus socios. Le costaba disimular para no reventarlo a tiros; sin embargo, el aprecio y la amistad desde niños por momentos parecían pesar más que la traición.

Sabía que frente a él, tenía literalmente a un hombre con los días contados. Solo era terminar los “trabajos” en proceso para que la orden de ejecución se hiciera efectiva.

Se lo merecía, pero no por eso le dejaba de doler profundamente el alma. Fue su amigo de infancia, corrieron descalzos por las calles del mismo barrio, asistieron a la misma escuela, se enamoraron de la misma niña, se defendían mutuamente de niños más grandes en el colegio. Lo quería y le mortificaba el destino sellado de Vittorio, finalmente decidió alertarlo a costa de sufrir la misma suerte.

Saberse descubierto llenó de angustia a Vittorio, el miedo lo inundó y entró en un estado de paranoia aguda. A la primera oportunidad, sacó a su esposa e hijas del país.

Sabía, por la información de Ricardo, que su asesinato se produciría una vez concluyera con el blanqueo del dinero del último embarque. Estimó que eso le daba entre seis y ocho meses más para encontrar alguna salida.

Con la excusa de supervisar la operación, viajó al extranjero y una vez fuera del país, adelantó contactos con la Agencia Internacional Antidrogas, a quienes ofreció entregar nombres y pruebas del cartel de narcotraficantes más grande de toda Suramérica a cambio de inmunidad y protección para él y su familia.

El acuerdo se avaló, se establecieron los compromisos y se acordó que Vittorio regresaría al país. Acompañado de dos agentes, estuvo por cuatro meses en Nueva Catanga recopilando documentos, grabaciones de reuniones y llamadas.

A pesar de la tensión, la salida a su problema estaba cerca; con lo que había logrado desviar a bancos de Panamá y Barbados era suficiente para pasar el resto de sus días sin trabajar, dándose la vida de lujo a la que se acostumbró. Al final, se sentía casi un héroe. Se reunió en varias ocasiones con Ricardo, y nunca le comentó el acuerdo hecho con la Agencia Antidrogas.

El nerviosismo en las conversaciones, la insistencia en hacer preguntas obvias y la presencia a cierta distancia de los hombres que acompañaban encubiertos a Vittorio, le hicieron comprender a Ricardo que algo no estaba bien.

Ya lo había traicionado una vez y nada garantizaba que no lo haría de nuevo; todo indicaba que Vittorio trabajaba con agenda propia. Por prevención, el mismo Ricardo sugirió acelerar la orden de ejecución. Ya no importaba recuperar el dinero que les había robado ni el que estaba en proceso de blanqueo, ahora la ejecución tenía otra finalidad: ¡Evitar que el sapo los delatara!

Por varios días, el sicario siguió a Vittorio adonde quiera este iba. La compañía permanente de los agentes que lo escoltaban impedía que la acción criminal se pudiera perpetrar. Sabían que si no lo asesinaban pronto, en cualquier momento lo sacarían del país y todo acabaría.

El contrato de ejecución se convirtió en una operación suicida. Vittorio debía morir a cualquier precio. Pero, ¿cómo saber hasta cuándo estaría el traidor en el país?

Aprovechando la debilidad de Vittorio por las mujeres, organizaron la manera de hacerlo caer en los brazos de una prostituta de clase alta.

En acuerdo con el personal del hotel donde estaba alojado junto con sus escoltas, el camarero a la hora del almuerzo amablemente le comentó que conocía una agencia de exclusivas acompañantes para hombres de su clase y con disimulo le entregó una tarjeta con la información de contacto de «Amanda, masajista erótica».

Toda la tarde el asunto le dio vueltas en la cabeza, hasta que finalmente sucumbió a la tentación y llamó al número en la tarjeta. La sola sensualidad de la voz que contestó lo extasió y sin titubeos la invitó a que lo visitara. Vittorio, nuevamente había caído en la trampa.

Por semana y media Amanda visitó a diario a Vittorio en el hotel. Ya parecían novios y ella después de cada sesión de amor frenético, conversaba largas horas sobre trivialidades. Vittorio jamás sospechó que la despampanante morena que lo amaba como si fuera el gran amor, en realidad era otra emisaria soterrada que averiguaba sus pasos y mantenía informados a sus futuros ejecutores.

—Esta noche va a ser muy especial —dijo Vittorio a Amanda mientras le servía una copa de vino caro.

— ¿Qué la hace tan especial? —preguntó Amanda.

—Esta noche es nuestra despedida, mañana debo ausentarme por algún tiempo y no sé cuándo regrese.

Amanda, consciente de su labor, se esmeró en proporcionarle una despedida inolvidable. Total, pensaba, este hombre mañana muere. Finalizada la faena, ella se las arregló para hacer saber la novedad acerca del viaje de Vittorio. La rueda de la muerte se había inflamado.

El operativo de eliminación comenzó bien temprano ese día. Un pequeño ejército de diez sicarios altamente entrenados se distribuyó en cada rincón del aeropuerto mimetizados entre los pasajeros.

A las afueras del hotel, el ejecutor principal montó guardia desde antes que el sol despuntara en el horizonte. Vittorio estaba listo para salir hacia el aeropuerto; esperó que los agentes llamaran a la puerta y en medio de los dos bajó hasta el parqueadero donde abordaron un vehículo blindado, de bajo perfil para no llamar la atención. El recepcionista dio la noticia al sicario que aguardaba en la calle y una vez hubo salido el carro, lo siguió a una distancia prudente. A pesar de la experiencia de los agentes, no se dieron cuenta.

El blindaje del carro y la velocidad a la que avanzaba no permitieron llevar a cabo la operación.

Con la tranquilidad que la experiencia confiere, el sicario se adelantó y arribó primero al aeropuerto; esperó y a los cinco minutos lo alertó el ingreso de los agentes que a paso veloz condujeron a Vittorio directo hasta la sala de abordaje internacional, en donde no era posible ingresar sin pasaporte ni tiquete de viaje, mucho menos portando un arma. La operación tenía visos de fracaso.

Los agentes cruzaron unas últimas palabras con el protegido y lo siguieron con la vista hasta que se internó en el fondo de la sala, entonces, se marcharon.

Una hora más tarde, Vittorio estaba brillando sus zapatos y hablando en tono sensual con Amanda recordando la alocada noche, había abandonado la seguridad de la sala y con ello selló su destino. Tres disparos hicieron blanco en su cráneo que se derramó sobre su hombro. El embolador quedó paralizado y sin quién le pagara por su servicio.

Y en la salida, los agentes que forcejeaban con un joven que en su mano empuñaba un arma… Bueno, esa es otra historia.

Imagen; “Il guardiano del tempo perso” – Alessandro Fioraso – Italia.

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8 comentarios en “La última llamada”

  1. Entretenido e interesante, siempre nos atrapa y nos mantiene a la expectativa.
    Buena muy buena.
    Aqui me tienes ya, esperando como siempre por la próxima historia para viajar en tu imaginación…
    allí nos veremos
    Gracias

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