Muñecas

“Son como un jardín en primavera que se viste cada día de belleza y esplendor

Son como palomas mensajeras que el Señor mandó del cielo para hablarme de su amor”

Jesús Adrián Romero

—Doctora, este paciente se encuentra muy mal.

—Mantenga la calma, enfermera; tómele los signos vitales, rápido.

—No se escucha el corazón, doctora, ¡lo perdemos!

—Aplíquele esta inyección en la vena, es la única esperanza de salvarlo.

—Doctora, no encuentro las venas, parece que no tiene venas ni corazón —se oían ansiosas, mientras me atendían con esmero profesional.

—Ábrale la boca y hágale tragar esta pastilla, eso servirá.

—No reacciona, doctora, ¿qué puede ser?

—No sé, pero lo veo muy inflamado de la barriga y esa cara está muy fea, la situación es delicada. No creo que lo logremos.

En ese instante abrí mis ojos y las dos, doctora y enfermera, celebraron jubilosas mi regreso a la vida.

—Bueno señor —dijo la enfermera en tono más calmado—, nos debe dos millones quinientos mil pesos por salvarle la vida.

—¿¡Tanto, señorita!? —respondí sobresaltado—. No le parece que es demasiado, yo no tengo esa cantidad de dinero, ¿me permite que le pague en otra oportunidad? —supliqué.

Entonces, la enfermera, que era la menor de las dos, se cruzó de brazos, inclinó un poco la cabeza y me fulminó con un rayo de inconformidad que provino de sus ojos enormes como diamantes. Parecía un toro bravo.

—Viste como es de tramposo mi papá, Francesca, nunca nos paga nada —se lamentó con su hermana mayor.

—Hija, pero es que me estás cobrando mucha plata; ya sé —le dije—, ¿qué tal si esta tarde les pago con un helado enorme?

Ambas brincaron de alegría y convinieron que los honorarios causados por la asistencia médica prestada serían saldados en la heladería. Ellas estaban conformes y yo feliz con el par de muñecas que han hecho de mi vida un parque de diversiones.

La mañana que Silvana me dijo que estaba embarazada, casi me desmayo. Eran emoción, susto y expectativas entremezclados; no esperaba esa noticia, o al menos no en ese momento, la sorpresa fue grande.

En automático, calculé en la mente los años transcurridos desde el nacimiento del Andy, mi tercer hijo varón: ¡Dieciséis años!, pensé, ¡dieciséis años! eso es mucho tiempo; no sé porqué lo hice, pero antes de preocuparme por el asunto de pañales y sus cambios, las noches sin dormir que vendrían y las arduas faenas de los nueve meses de gestación, mi único pensamiento fue ese.

Los meses de espera transcurrieron sin mayores sobresaltos; lo usual: Silvana dormía como un lirón y yo a la par de ella; caminaba con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco y el poco tiempo en que no estaba dormida, planeaba con esmero cada detalle del nacimiento.

Solo hasta los cinco meses de gestación nos enteramos del sexo: una niña; las emociones continuaron al alza. Ya yo era papá de tres varones, Jorge Rafah, Jesús David y Andrés Daniel, según ese antecedente lo más seguro, eso pensó todo el mundo, mi cuarto hijo debería ser otro niño, pero no, en su infinita misericordia Dios me había reservado alegrías insospechadas.

A las once y treinta minutos del sábado dieciocho de febrero, hace diez años nació Francesca, Pachita le decimos con cariño en la familia; dos años después, para cerrar con broche de oro, llegó Sara Elisa.  

Mi experiencia de crianza de tres varones se reducía a tardes de fútbol, fines de semana de pesca en el viejo muelle de Puerto Colombia (el segundo más largo de todo el mundo), práctica de tiro en el club de Caza y Tiro de Barranquilla, rondas de Capoeira y rescate de las olas en las playas de Santa Verónica (en varias ocasiones mis hijos que se creían grandes nadadores estuvieron a punto de ahogarse); todas actividades de hombres.

En mi trayectoria como papá, no contaba con la más mínima habilidad acerca de lidiar con niñas. La aventura que tenía por delante era monumental.

La sonrisa angelical de mis muñequitas, la tesitura dulce de sus voces, la delicadeza y donosura de sus maneras finas, el encanto de sus caritas bonitas han teñido de rosa el cielo de mis alegrías y así he aprendido a considerar, desde una perspectiva diferente, el valor y la grandeza de la mujer.

Ahora vivo entre muñecas y el té de la tarde, entre pijamadas y ositos de peluche, entre trenzas y castillos de princesas. Sí, con ellas he aprendido el verdadero sentido de la fragilidad, el de mi fragilidad y gustoso he abdicado mi reinado para ser el vasallo de ellas, su escudero y cuando toca, su bufón.

Me he propuesto junto a Silvana, enseñarles a vivir la vida con respeto y con valores, esos que son tan escasos hoy en día, y entregarle a la vida en agradecimiento, un par de doncellas dignas, con grandeza en el alma y humildad en el corazón. En la tarea, no ahorraremos esfuerzos.

No sé a qué horas crecieron; apenas ayer las llevaba a sus cunas dormidas después tomar el último tetero, hoy las veo enrutadas imparables hacia la pubertad y confieso que eso me espanta. Hace diez años, que se me antojan cortos en extremo, llegaron a mi vida y aunque quisiera que no crecieran nunca, cada día que pasa soy más viejo y ellas más mujeres.

Hace pocos meses, he comenzado a ser consciente que un día volarán lejos del nido, no podré evitarlo, esa es la ley de la vida, y mientras ese día llega, las disfrutaré al máximo, reiré con ellas, bailaré con ellas, jugaré con ellas y haré de cada día un día de fiesta; así, cuando extrañe sus risas en la sala de la casa, o cuando ya no las vea corriendo en el patio, cuando llore en silencio al ver sus camas vacías, el recuerdo de las noches de televisión, de los abrazos y de las cenas en la cama, traerán consuelo a mi alma, eso espero.

Tengo una imagen que no se aparta de mi mente: Estoy sentado en mi mecedora favorita, con mis pantuflas favoritas, al lado de Silvana (mi mujer favorita), ya estoy viejo pero aún conservo mi negra cabellera; la escena sucederá en quince años más o menos, los dos nos mecemos impacientes, miramos el reloj, la pantalla del celular y la puerta de entrada de nuestra casa, estamos esperando que Francesca y Sarita, sus esposos y sus hijos, nos visiten, como cada domingo para compartir el almuerzo en familia, como ha sido hasta hoy… Voy a ser un viejo feliz.

 

Ya se han dado cuenta que soy débil

Y con solo una sonrisa

Pueden todo conseguir

De mi corazón se han hecho dueñas

Y me alegran la existencia

Con solo en ellas pensar…

Fragmento de la canción Princesas mágicas, de Jesús Adrián Romero.

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16 comentarios en “Muñecas”

  1. Patricia Oropeza

    ¡Awwwhh!
    Re lindo caer de amor por los hijos.
    Se ganan con esos lindos ojitos cada latido de nuestro corazón.
    Felicidades por esa hermosa familia.
    Saludos desde México 🌻

  2. M. Yedenira Cid Z.

    ¡Qué hermoso relato!
    Y linda la visión de sí con su esposita, aguardando por las hijas y sus respectivas familias.
    ¡felicitaciones por esta nueva creación literaria!
    Reciba mi abrazo afectuoso desde México.

  3. Que lindo escrito Jorge. Se me aguaron los ojos de la forma como describes a mis sobrinas. Definitivamente nuestras muñecas nos alegran la vida, nos llenan de felicidad, son nuestro gran motor. Dios nos de mucha salud para seguir disfrutándolas y verlas crecer.

  4. El despertar paterno a todos esos sentimientos que le genera la ternura femenina de sus hijas en su crecimiento. Es hermoso su sentir!

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