petricor

A Elena Gertrudis Parodi Ovalle

In memoriam

Es mediados del mes de abril. Aunque en el interior del país las lluvias han comenzado a causar estragos, aquí en la península, la temporada seca se ha extendido más de lo usual; puedo ver a través de la ventana de mi habitación que se comienzan a arremolinar nubes espesas y oscuras; hace más de una semana que el cielo se ha tornado gris y no hay quien no espere que el cielo derrame su bendición en torrentes.

Quizá hoy si llueva, pienso esperanzado; el calor es agobiante, las hojas de los árboles permanecen inmóviles y del suelo se levanta un vapor que hace difícil respirar. La humedad conspira y la transpiración se vuelve excesiva, casi vulgar; tengo la camisa pegada a la espalda, la tela arde como agua caliente y me siento deshidratado por completo.

Miro de nuevo por la ventana, las nubes siguen ahí, quietas, indiferentes; hago fuerza para que se rejunten, estallen en rayos y centellas y se derritan sobre esta tierra olvidada, a ver si se aplaca la flama infernal que quema y desespera. Regreso a mi escritorio, a buscar en los laberintos de mi cabeza al menos dos palabras que pueda hilvanar, trato de escribir mi columna semanal sin éxito, si lo logro, habré vencido la desidia a la que me convida este sopor adormecedor.

Pasan minutos que no cuento, miro la pantalla de mi computador, escribo, borro, escribo, borro. Las ideas no fluyen, tal vez tenga un bloqueo, he oído decir que los escritores tienen momentos de infertilidad total, ¿estaré atravesando un periodo así? ¿Soy escritor? Me levanto de nuevo, voy a la ventana, ahora las nubes se aprietan unas con otras, pero no se escuchan truenos, doy la espalda, he decidido no escribir hoy, camino sin rumbo en mi habitación y de pronto sucede.

Es ese aroma inconfundible, especial. Sube y su ascenso desplaza el olor árido del aire caliente. Regreso a la ventana y mi corazón salta.

Las puedo ver: verticales, menudas, simétricas, casi perfectas; caen en tierra, la horadan con afán, hasta que sacan ese olor que es refrigerio del alma; estoy encantado, agradecido y de pronto, enredado en el aroma de la tierra mojada, emerge su figura eterna, elegante, sobria, veo sus ojos llenos de amor, el mismo amor infinito que perdí hace cincuenta años.

Ella siempre vuelve con la lluvia, solo hasta hoy caigo en cuenta de ello. Sí, en realidad me importa poco si el mundo se inflama o si los campos se mueren de sed, yo solo quiero que llueva porque cuando tal sucede, mi orfandad acaba y mi corazón retoza de nuevo; vuelvo a ser el niño que tomado de su mano, camina feliz bajo la lluvia, mientras respiro el perfume encantador que despiden bajo mis pies las calles polvorientas de mi pueblito olvidado.

Recuerdo mi último paseo al lado de ella, fue una tarde de abril, como este abril, caluroso y lento. Me vistió con cuidado, como si fuera de porcelana, peinó mi cabello con detalle, amarró los cordones de mis zapatos, nos despedimos de mis padres y salimos tomados de las manos. Fuimos como todas las tardes hasta la única panadería del pueblo. Era el paseo de cada tarde a las tres, cuando el pan de bocadillo recién salía del horno.

Aquella vez el cielo estaba negro, la inminencia de lluvia era total y mamá promulgó la respectiva alerta. No te preocupes, Ruth, contestó ella con voz serena, antes de que comience a llover ya estaremos de regreso.

Los cálculos de mi abuela fallaron estrepitosamente. No alcanzamos a llegar a la panadería y las compuertas del cielo se abrieron de par en par. Ella previsiva, llevaba su paraguas así que no se inquietó mucho, claro, este aguacero vino acompañado de brisas que aullaban amenazantes; yo me aferré con fuerza a su mano arrugada y ella me sonrió, con esa sonrisa que me prodigaba paz y seguridad.

Ella en realidad no era mi abuela biológica. Crio a mi papá como si fuera el hijo de sus entrañas, consagró su vida a cuidarlo, defenderlo y educarlo con todo el esmero del mundo, fue madre y padre y cuando aparecí en escena, enloqueció de amor por mí.

Fue una mujer devota a su fe, criada para ser una dama de sociedad en una provincia lejos de la Italia de la que provinieron sus antepasados.  Era laboriosa, educada y su sola presencia me reconfortaba.

Preparaba para mí queso, mantequilla y pan en el horno artesanal de su patio. Por eso sabía que las visitas a la panadería solo eran una excusa para salir de paseo conmigo. El pan que preparaba era infinitamente superior a cualquiera que he probado en mi vida, es que ninguno ha sido elaborado con tanto cariño.

De mi madre heredé el amor por las plantas, pero de Nena, aprendí el amor por la tierra. Cada día me ofrecía una porción de fruta y me enseñaba que en sus entrañas, esas pepitas negras, tenían vida. Comprendí el principio de la siembra y la cosecha. Planté tantas semillas a su lado, aprendí a cuidar la planta germinada y a abonarla.

Permanecimos en el interior de la panadería por algún tiempo, hasta cuando decidió que nos aventuraríamos a regresar antes de que el tiempo se pusiera peor. Abrió su paraguas y abrazados salimos bajo la lluvia que caía indómita. Las calles parecían ríos, las corrientes corrían hasta debajo del puente de la avenida principal en dirección al rio, allí desembocarían bravías, invasoras.

A media cuadra, ambos estuvimos completamente mojados, el pan también, seguimos el camino y no sé en qué momento una corriente intempestiva me arrebató de sus manos, era un niño de solo seis años, la furia del torrente me arrastraba sin piedad, entonces ella, decidida y valiente soltó su paraguas, olvidó los dolores de su reumatismo y se lanzó en mi rescate; justo antes de ser tragado debajo del puente, me asió con fuerza y de un tirón me puso a salvo.

Lloramos, reímos y acordamos que no diríamos nada en casa, para evitar la histeria de mamá.

Después de aquella tarde, nunca más regresamos a la panadería, ella enfermó y su deterioro fue rápido. Aun así, me prodigaba los mejores momentos, hasta que las fuerzas la abandonaron por completo y cayó postrada en una cama de la cual, jamás se volvió a levantar.

Una mañana, me despertó el llanto desconsolado de un hombre, era mi papá, pero no me dejaron verlo. Estaban las vecinas nuestras, todas compañeras de misa de mi abuelita, lucían serias sin dejar de ser amables. Una de ellas me vistió, fue extraño, puso en mis pies los zapatos nuevos que mi abuela me había regalado unas semanas antes y me llevaron a la casa de doña Faride Abuchaibe, una vecina libanesa querida y simpática.

Su casa estaba justo enfrente de la mía, esquina con esquina. Asomado en la puerta, pude ver cuando entraron a la mía una caja grande de madera; muchos años después, supe que en ella se llevaron a mi abuela para siempre. No la vi nunca más, no sentí su aroma a rosas nunca más, nunca nadie me ha tenido tanta paciencia como ella y hasta el día de hoy, siempre que llueve, ella vuelve a mí.

 

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4 comentarios en “petricor”

  1. Vaya, Jorge…tienes un don único para engendrar rocíos en ojos ajenos. La humedad de la lluvia de tu escrito ha tomado posesión tangible en mi cara…

    Leo este relato y en mi cabeza suena la famosa frase coloquial “ya escampa, y llovían guijarros.”

    La historia rompe el alma, no hay nada peor que no poder despedirse de los que se ama y te aman a corazón abierto y tú lo transmites con tanta ternura desde los ojos de un niño pequeño que sabe amar y se siente amado, antes siquiera de entender qué debe de significar esto. La visión del niño hecho hombre que sigue esperando la llegada, la tan ansiada visita de la que nunca abandonó su corazón es una imagen imborrable que horada el corazón.

    Me encanta el título, es realmente el átomo de la historia y un espejo de las fuentes de emoción y de sentimiento que puede desencadenar un olor ligado a toda una odisea, aunque en este caso el final no sea de un feliz y complaciente desenlace.

    “En el interior del país las lluvias han comenzado a causar estragos” vaya enlace entre presente y pasado, entre realidad objetiva en forma de lluvia literal y la otra, la realidad íntima donde pocos se pueden adentrar para apreciar los estragos de las borrascas invisibles pero mil veces más potentes y asfixiantes.

    El bochorno lo has descrito magistralmente: “la transpiración se vuelve excesiva, casi vulgar;”, “la tela arde como agua caliente”; “flama infernal que quema y desespera”, un calor que produce sopor hasta para la inspiración…(me ha encantado este detalle).

    Cuando por fin, casi milagrosamente “el cielo derramA su bendición en torrentes” y nos pones frente a Nena y su amor “por la tierra” y el ser humano, se entiende porque el narrador no desea que la lluvia escampe. Por qué anhela librarse de una orfandad que la lluvia un día decidió imponer. El cielo necesitaría llevarse la semilla que da vida solo tras su partida y así poder volver para bendecir la tierra, la arenosa y la tierra hecha hombre que recuerda cada detalle de un universo hecho mujer y convertido en leyenda…

    Podría decir mucho más, pero lo dejo aquí…

    El amor es el pan de nuestro día, o por lo menos debería serlo, y los zapatos nuevos…se necesitan cuando se ha de transitar por caminos viejos pero con un hombre o una mujer nueva recién nacida en el interior del que hace pocos días era tan solo un niño o una niña…

    Un saludo cordial, Jorge

    P.D. El Petricor hoy me persigue y me sorprende porque me lo has mostrado de una manera diferente a la que yo lo describí hoy en mi escrito donde la lluvia fue personaje principal también…La vida no deja de sorprenderme!

  2. Me ha enternecido tu hermosa manera de describir todos los recuerdos que te trae sobre tu abuelita, al caer la lluvia, en particular la historia en la Panaderia… A pesar de que hay un final triste, quedó en tu mente de niño, vivencias, que recuerdas con mucha alegría.

  3. Sixta Garcia de Cohen.

    Que buenos recuerdos de un nieto…No sabría describir yo los sentimientos de las abuelas…es algo tan intenso, dulce, que llena el alma hasta el punto de hacer único cada momento compartido con ellos…

  4. Patricia Oropeza

    Me ha tomado varios días calmar las emociones y poder compartir contigo que, lo sublime de tus palabras, trajo a mi el recuerdo amoroso de mi abuela también.
    No ha sido fácil lidiar con ese sentimiento que deja su partida, aunque también hayan transcurrido 25 años.

    Gracias Jorge por no olvidar.

    Un abrazo amigo.

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