Punto de quiebre

Soy tan feliz, tengo las manos llenas de tantas cosas buenas, soy tan feliz. Bobby Cruz

Dos de las principales crisis que suelen afrontar los hombres a los cuarenta, a mí se me presentaron a las treinta y siete.

De la primera fui consciente una mañana de febrero muy temprano, al cabo de mi acostumbrada caminata alrededor del parque de La Electrificadora, al norte de Barranquilla.

Ese día, como todos los días, me acomodé jadeante y exhausto en la butaca que me reservaba el señor que vende los jugos en una de las esquinas del lugar; después de saborear el más exquisito extracto de naranja y engullirme una deliciosa y grasienta empanada rellena de carne y pollo, para recuperar las calorías perdidas, leía las noticias en el periódico local.

El grito de uno de los colegas que caminaba conmigo todos los días, me sacó abruptamente de mi entretenida lectura pos caminata, sobre atracos muertes y desfalcos, que inundaban las páginas del diario El Heraldo.

― ¡Parodi, tú lo que estás es corto de brazos!

La verdad no le entendí nada; esperé que terminara su rutina de ejercicios e intrigado le pregunté qué quiso decir con su comentario sobre mis brazos cortos.

― ¿De verdad no sabes? Ve al oculista para que te diga ―fue lo único que apuntó y siguió su camino.

Unas semanas atrás, ya había notado que, para leer las letras más pequeñas, tenía que estirar los brazos; estaba convencido que tenía demasiada fuerza en los ojos, hasta me llegué a sentir muy sano de la vista y orgulloso, por esa vía, pensaba yo, en unos meses mi visión tendría la potencia de la de superman.

Seguí el consejo de mi compañero de caminatas matutinas y esa misma tarde estaba sentado en la sala de espera de un consultorio de oftalmología. Resultado: presbicia; consecuencia: el resto de mis días, estaría atado a unos lentes.

La noticia no me gustó ni un poco. Usar gafas me parecía cosa de viejos y yo estaba en la flor de la existencia. Pregunté a la doctora que me atendió por alguna alternativa quirúrgica para solucionar el problema, pero no lo aconsejó.

―Está muy joven para ese tipo de operación, además la presbicia es una condición que avanza con los años ―me explicó con amabilidad.

Después de indagar sobre mis hábitos de estudio y otras cosas, concluyó que el desgaste visual que sufría y que normalmente comienza a presentarse a partir los cuarenta años de vida, a mí se me anticipó por mis jornadas de lectura nocturna y tal vez por la deficiencia de iluminación al hacerlo.

El desgaste de la visión fue gradual, casi imperceptible; no sucedió igual con la otra crisis. Los primeros síntomas fueron molestos e intranquilizantes, avanzaban consistentes, imparables y en la medida en que ganaban terreno en el espacio vital de mi existencia, el temor y el fastidio me invadían. Los días eran angustiosos y las noches eternas, el sueño huyó y le franqueó el camino al desasosiego.

Por esa época de mi vida, irónicamente, atravesaba un buen momento profesional; era un abogado joven, independiente, reconocido y prestigioso. Representaba varias entidades financieras, un número importante de empresas de la región, era catedrático en algunas de las mejores universidades, cursaba una maestría y había logrado establecer mi propia firma. Me sentía realizado.

Con el prestigio llegó la abundancia y detrás de ella los excesos, esa espiral ascendente de falacias que enceguece los sentidos y anestesia la razón. Todo se veía bien, pero en realidad nada estaba bien.

A pesar de los logros y de la estabilidad económica que me permitía satisfacer cualquier gusto o necesidad, una sensación de insatisfacción comenzó a aflorar y entonces, todo lo que en algún momento me produjo alegría o emoción, todo lo que construí y por lo que luché tanto, perdió significado, trascendencia.

Con cada meta alcanzada, comprobaba la futilidad de las cosas materiales; a diferencia de la crisis de la vista que tuvo su remedio en unos lentes, la otra parecía insalvable, no era una crisis del cuerpo, era del alma.

En la búsqueda de la felicidad, que se comportaba esquiva, abdiqué principios, transgredí límites, cometí desafueros y dañé vidas, todo en nombre del mal entendido derecho a ser feliz y con la anuencia de una sociedad menguada y sin valores que privilegia la forma sobre la sustancia, la apariencia sobre el carácter, el placer sobre la responsabilidad.

Nunca me atreví a hablar con nadie al respecto, de manera que no tenía idea si otras personas pudieran estar experimentando lo que yo, o si el enmarañamiento que estaba viviendo era mi patrimonio exclusivo, así que, a la recua de insatisfacciones, le sumé la mentira de la personalidad triunfadora, aun cuando por dentro, un frío sepulcral hacía miserable la vida. De día reía, de noche lloraba, ese era yo; no era feliz.

Era extraño, en apariencia lo tenía todo: una carrera en ascenso, tres hijos maravillosos (lo único realmente valioso), libertad financiera y aun así, una inmensa sensación de insatisfacción; era frustrante, en realidad no tenía nada. Las falaces alegrías del placer irresponsable y de la vida licenciosa profundizaron mucho más el problema.

El asunto tocó fondo un día antes de mi cumpleaños número treinta y siete, era viernes, recuerdo; salía de dictar mi cátedra de derecho procesal penal a los estudiantes de octavo semestre, varios de mis colegas me esperaban con una invitación especial para celebrar mi onomástico; ese día inauguraban un bar en el norte de la ciudad, era la novedad del momento y a ellos se les ocurrió que no había mejor escenario para agasajarme.

Yo representaba muy bien mi papel del hombre feliz, todo el tiempo sonriente y cordial; esa semana decidí regalarme un carro nuevo y ese día en particular lo estrené con el deseo que mi nuevo juguete elevara un poco mi estado de ánimo; no sucedió.

Ya en el bar, la música, las risas, el sonido de las copas que se estrellaban en brindis que se repetían cada cinco minutos, daban la apariencia de un momento feliz. La noche prometía, a instancia del licor y de la euforia, un final de desenfreno, de esos que dejan más culpas y preocupaciones que satisfacción.

A pesar de que hice el mejor esfuerzo por estar a tono, esa noche estuve apagado, aburrido, miraba a mi alrededor y todo me parecía tan banal y sin sentido; yo era el festejado, el ambiente estaba caldeado, pero en realidad me sentí fuera de lugar; en el lugar más inadecuado para hacerlo, comencé a reflexionar sobre mi vida, mis propósitos, las cosas que realmente eran importantes para mí y concluí que ese no era mi lugar.

Recordé la pequeña iglesia de mi pueblo; como una visión, me vi sentado en una de sus bancas viejas y extrañé la simplicidad de vida de aquellos años, sentí un poco de nostalgia por la fe que en los albores de mi juventud conocí y que dejé abandonada en el camino, cuando corrí afanado detrás del brillo falaz del éxito y la prosperidad. Me sentí atrapado dentro de rejas que yo mismo levanté; no sabía cómo liberarme de aquella prisión.

No tuve más deseos de mantener la sonrisa falsa que exhibí toda la noche; estaba confrontado con mis realidades y por una vez en mucho tiempo, quería ser un hombre real. Me levanté con la disculpa de ir hasta el baño, pero en realidad me dirigí a la barra, pagué la cuenta y le pedí al mesero que me indicara la salida de los empleados del lugar; abandoné sin aviso la fiesta, de una sola cosa estaba seguro: no quería continuar en ese lugar.

Caminé hasta el estacionamiento donde dejé aparcado mi carro nuevo y no encontré fuerzas en todo mi cuerpo, ni ganas para conducir, así que decidí dejarlo en aquel lugar y tomé un taxi que esperaba por algún pasajero.

―Buenas noches ―saludé― dígame cuánto gana usted en toda la noche, lo voy a contratar.

―Buenas noches, señor, y ¿a dónde se dirige? ―respondió el conductor.

―A ninguna parte, solo dé vuelta por la ciudad hasta que tenga que terminar su turno, no me importa.

―Señor, ¿por qué quiere hacer eso? ―preguntó un tanto sorprendido, pero con respeto.

―No sé.

Lo que sucedió enseguida fue extraño, muy extraño. Estaba en el asiento de un taxi que manejaba un desconocido y a pesar de ello, no pude esconder un par de lágrimas que se escurrieron impertinentes por mi cara, mi voz sonaba quebrada y el chofer no ocultó su preocupación.

― ¿Se siente bien?, ¿desea que lo lleve a alguna clínica?

―No, solo maneje por la ciudad ―saqué un fajo de billetes y se los entregué con la intención de que no hiciera más preguntas, el señor lo rechazó con gentileza y lo próximo que hizo, tan extraño y tan particular, habría de insuflar nuevas esperanzas a mi vida.

El resto de la noche, ahí sobre una calle del norte de Barranquilla, un hombre que jamás en mi vida había visto, con palabras sencillas y sin ninguna pretensión, como si conociera las tristezas de mi alma y la amargura de mi corazón, me enseñó que había un estilo superior de vida, que aún no era tarde para mí.

―Vuelva a la senda que abandonó, Dios espera por usted todavía ―fue lo último que dijo y me llevó hasta mi edificio.

La mañana siguiente, tuve la sensación de que el sol era más brillante. No sucedió nada sobrenatural o místico, pero las palabras que la noche anterior escuché dieron vueltas en mi cabeza ese y los días siguientes. La esperanza que me prodigó el consejo sencillo de un humilde taxista, fue el impulso necesario para reenfocar mi vida y caminar en la dirección de un propósito mejor y más noble: Rendí mi vida a Dios.

De eso hace ya diecinueve años, los mejores de mi vida; los cambios no han sido automáticos ni fáciles, el camino ha sido largo, plagado de aciertos y equivocaciones, pero feliz.  

Cada vez que vuelvo la mirada sobre esos días de crisis, recuerdo una canción que interpretó Bobby Cruz, uno de mis cantantes favoritos, con la que quiero cerrar el relato de hoy:

 “…cómo pude vivir así, sin esperanzas sin comprensión, había tristeza en mi canción y amargura en mi corazón… Ahora ya tengo lo que quería, felicidad… Soy tan feliz, tú has cambiado mi vida, por ti mi alma suspira, soy tan feliz…”.

close

Subscribe to our newsletter

and receive

Selected writings, updates about upcoming book releases, promotions and special offers


We do not send spam! Read our privacy policy for more information.

12 comentarios en “Punto de quiebre”

  1. Joel Peñuela Quintero

    Escritor, una vez más abre esa ventana del corazón por donde se alcanza a percibir el ser humano detrás del hombre que es. Sus lectores, por seguro, podrán verse reflejados en este escrito, especialmente aquellos que hemos pasado por el valle de la desesperación, en palabras de Bunyan. Qué bueno es constatar que Dios es real y puede relacionarse persona a persona, corazón a corazón con aquellos que ponen en Él su esperanza. Bendiciones.

  2. Patricia Oropeza

    La fuente inagotable de Amor, que hermoso es sentir esa contención amorosa que nos guía y nos salva en las noches más oscuras.
    Muchas gracias por tu trabajo compartido.
    Un abrazo Jorge.
    Saludos desde México 🌻

    1. Es una guía bondadosa, firme ancla del alma, noble sostén de la esperanza. Gracias a ti Paty por leer fielmente mis escritos y opinar con tanta amabilidad. A ti y a México, envío un fuerte y sincero abrazo guajiro.

  3. Luz Janet Quiroga Suárez

    La maravilla de entender que poco necesitamos para ser felices y de ese poco, bien poco necesitamos. El amor de Dios lo transforma todo.

  4. Sin duda alguna, el mejor aliado de nuestra vida es Dios. Nunca es tarde para buscarlo.
    A veces sin querer nos olvidamos de él y sólo lo recordamos en momentos difíciles… Hermosa reflexión.

  5. Amigo Jorge, “Punto de quiebre” es sin dudas, una revelación que me lleva a convencer que el humilde taxista fue el ángel enviado. Lo felicito una vez más, por esa narrativa que hace la lectura exquisita.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *