Quinto Dos

Hace algunos días, mientras daba un paseo por la calle me topé con un señor alto, gordo, muy gordo, de frente amplia y semblante fruncido, que no me quitaba los ojos de encima. El rostro me resultó familiar, pero aparté la mirada en un impulso de prudencia, un poco prevenido porque en este mundo loco de hoy, puede ser que mirar a alguien fijamente, se convierta en una sentencia de muerte o de otra cosa; vaya uno a saber quién camina por las calles con ganas de morirse no sin antes despacharse a unos cuantos.

Caminé cabizbajo, en actitud inofensiva con la esperanza de que mi desgarbo me hiciera parecer insignificante y la mirada inquisidora con la que me enfocaba el monumento de grasa aquel, se dirigiera hacia alguien con talante más valeroso, quizás belicoso, tal vez más digno de recibir la descarga sicópata que albergaba, pensaba yo, en algún rincón de su alma averiada. A fuerza de resistir unas ganas incontrolables de correr, mantuve el compás de mi caminar y una gota helada de sudor me recorrió la espalda; ansiaba llegar a la esquina que tenía a escasos cinco metros de distancia y dar la vuelta para guarecerme del ataque aleve que presentía inminente.

El hombre grande se detuvo, lo rebasé, me siguió con la mirada y a tan solo dos metros de la esquina añorada, una exclamación estridente, gutural, ordinaria como su aspecto, me frenó en seco: “¿vas a pasar a mi lado y te vas a hacer el pendejo?” dijo con las manos cruzadas y el cuerpo ligeramente inclinado al frente; yo estaba petrificado, lo miré, miré a mi alrededor y con la voz quebrada y una lágrima asomada en el resquicio del ojo derecho le dije:

—Perdón, ¿es conmigo?

—¡Claro que es contigo!, ¿no me recuerdas? —contestó exhibiendo una sonrisa que le daba una apariencia de loco resuelto.

—No, realmente no lo recuerdo señor.

—Soy Alejandro Flórez —replicó.

 —¡No puede ser! ¡Alejandro, mi compañero de clases !,  ¿pero cómo crees que te iba a reconocer?, ¡estás forrado de manteca! —Mi espontaneidad borró la sonrisa de su rostro; yo, más tranquilo, sosegado, haciendo despliegue de todo el sarcasmo del que soy capaz, lancé una pregunta que puso punto final al saludo de dos ex compañeros de pupitre que se reencontraban después de más de cuarenta años sin verse —Y… ¿todavía juegas fútbol?

Alejandro Flórez fue en nuestra época de estudiantes el prototipo del atleta: alto, fornido y ágil. Se desempeñaba con lujo de detalles en cualquier disciplina deportiva, pero en el fútbol era toda una estrella; fue el capitán inamovible de la selección escolar. Un centro campista excelso, sudaba la camiseta, organizaba al equipo y convertía unos goles de fantasía. Era una celebridad y lo disfrutaba, era buena persona, pero por momentos la fama se le subía a la cabeza y lo tornaba un tanto soberbio y a los menos dotados de habilidades deportivas, como yo, nos hacía sentir casi que unos inservibles.

Cuando cursábamos nuestro Quinto año de educación media vocacional, el entusiasmo de todos los estudiantes, bueno de casi todos, cercano a la temporada del campeonato de fútbol era enorme, se sentía en el ambiente. Cada curso organizó su equipo, lo inscribió y se preparó para enfrentar la contienda por el trofeo codiciado.

Ese año nuestra clase, que hasta el anterior estuvo repartida en dos salones el A y el B, fue fusionada en uno solo por cuestiones de presupuesto. Además de los problemas de hacinamiento, hubo una sobre oferta de jugadores para integrar el equipo. La unión de cursos provocó que el número de equipos inscritos fuera impar; faltaba uno, así que se decidió organizar un segundo equipo, el flamante QUINTO DOS; era solo un relleno, para hacer viable el torneo, de modo que sus integrantes fueron todos aquellos que jamás harían parte de un equipo competitivo de fútbol, ​​era el club de los malos y yo fui escogido para llevar la dignidad de capitán de esa escuadra.

El deporte ha sido algo que ni entonces ni ahora ni nunca, me ha llamado mucho la atención, menos el fútbol; aclaro, como todo niño jugué a la pelota más para quemar el exceso de vitalidad de la edad que por afición, siempre me ha parecido un poco extraño ver correr a veintidós personas detrás de un balón, y ni qué hablar de las discusiones entre hinchas. No tengo capacidad para comprender esos amores obsesivos por una camiseta, que enriquece a algunos jugadores y sus empresarios, mientras se odia a los partidarios de los conjuntos rivales, hasta el punto de llegar a cometer actos de verdadera irracionalidad.

Quinto Dos comenzó mal conmigo a la cabeza; yo era bueno en desorden, puedo decir que el mejorcito; del resto de integrantes se destacaban algunos en trigonometría, otros en geografía, otros en filosofía, pero de deportes nada. Simplemente éramos malos, terribles, ninguno tenía apariencia ni remotamente atlética, todos teníamos aspecto de náufragos raquíticos y hambrientos y como futbolistas todos estábamos dotados de dos pies izquierdos, excepto Guarín, él era zurdo, pero tenía dos pies derechos.

Sin embargo, la oportunidad de participar en el campeonato escolar nos llenó de ilusión, aunque en principio costó algún trabajo convencer a algunos de integrar las toldas del nuevo conjunto; Quinto Dos era el equipo de los estudiantes comunes, los que no eran muy vistosos o quizá aficionados a actividades menos llamativas y poco populares; mi glorioso equipo estaba integrado, entre otros, por una promesa del ajedrez, un compañero que desde niño soñaba con tener un salón de belleza, yo, que me pasaba el tiempo escribiendo poesías y bailando la música de la banda sonora de Saturday Night Fever, y una legión de ratones de biblioteca que jamás tuvo el deporte entre sus intereses más cercanos. Éramos la antítesis de los futbolistas.

Ni siquiera con el uniforme parecíamos un equipo, nos veíamos como miembros de honor de una fundación de niños desnutridos; pero asumimos el papel y cuando por fin saltamos a la cancha la mirada de todos los asistentes se dirigió hacia nosotros. Entramos caminando en fila, distanciados a un metro el uno del otro marchando al compás, yo iba al frente, llevaba orgulloso el balón debajo del brazo izquierdo con la firme intención de que se destacara la cinta de capitán, nos formamos en el centro de la cancha, como los profesionales que esperan que suene el himno de sus países, llevábamos la mano derecha al corazón y entonces retumbó una carcajada colectiva con la que tengo pesadillas aún hoy.

Sabíamos que nuestro primer partido iba a ser difícil, no teníamos muchas esperanzas pero decidimos que íbamos a luchar a muerte; yo corría frenético, todos corríamos como poseídos, sin dirección ni orden tras el balón, yo gritaba con desesperación tratando de organizar mis líneas en el campo, por supuesto ninguno me hizo caso, en las tribunas los espectadores estaban dichosos viendo el encuentro, sus risas lo denotaba. En el segundo tiempo advertí que los pocos padres que fueron a apoyarnos y las compañeras porristas, se retiraron de la tribuna; al final, perdimos con un marcador de dieciséis goles a cero. Fue estruendoso, pero nuestro profesor de educación física, Oscar Rodríguez quien ya no está entre nosotros, amable, así como era él, buen institutor y gran persona nos dijo: Ánimo muchachos, lo hicieron bien para ser la primera .

A pesar de lo aparatoso del resultado no nos sentimos tan mal, fue extraño, pero para nosotros hacer parte de esa justa ya era un triunfo; yo estaba dichoso, sudaba, mi cara estaba sucia y mi cabello desordenado; me quité los guayos, los colgué sobre mis hombros y caminé las cinco cuadras que separaban el colegio de mi casa feliz, me sentí una figura del deporte. Las bromas de que fuimos objeto el siguiente día en el colegio, me ubicaron en la realidad del desastre.

Nuestro segundo encuentro fue tan funesto como el primero, la diferencia fue solo de un gol. En el colegio todos hablaban de Quinto Dos; lo abultado de los resultados nos dio una sorpresiva notoriedad, así que, para nuestro tercer choque, las graderías fueron abarrotadas; quién iba a pensarlo, éramos unas celebridades. Ningún otro encuentro tenía tantos espectadores como los de Quinto Dos; al paso que íbamos no jugaríamos más de cuatro partidos, estábamos aniquilados y nuestra eliminación estaba profetizada, pero la asistencia era masiva. Hasta se pactaban apuestas, no acerca de cuál equipo ganaría, ya eso se sabía, sino de cuántos goles sería la masacre.

Igual cada encuentro de los cuatro que jugamos lo enfrentamos con el alma y el profesor Oscar siempre ahí con su sabio consejo. En todos los partidos solo marcamos un gol, contra Quinto Uno y eso porque nos lo regalaron, pero lo celebramos a rabiar como si hubiéramos clasificado al mundial; yo saqué el balón de la red y corrí gritando a pulmón herido gol y mis compañeros detrás de mí hasta que me dieron alcance y me cargaron como si fuera un héroe y la gente, reventada de la risa, entre ellos mi compañero Alejandro Flórez, cuya carcajada era especialmente estrepitosa; su equipo ese año fue el campeón y nosotros los bufones de toda la comunidad académica.

Aquella experiencia con el balón, me convenció de varias cosas, entre otras, que eso de los deportes no era para mí ni para mis compañeros de equipo y eso no fue malo porque desde entonces supe que debía enfocarme en lo que soy bueno, en lo que me gusta de verdad. Pero también, y esa parte no fue muy divertida, descubrí que es muy difícil que la gente entienda las diferencias de los demás y sobre todo que las respete, es más fácil ridiculizar; hoy muchos años después de aquella experiencia, confieso que en el fondo me dolían las burlas de la gente. La verdad después del primer partido me quise retirar, mi dignidad estaba afectada, pero solo pensarlo me hizo sentir cobarde; no podía dejar solos a mis compañeros, menos después de que fui yo quien los convenció de participar. Para nada eran agradables las risotadas cada vez que errábamos el balón o que nos caíamos de cansancio. Fuimos duramente escarnecidos desde el principio sin compasión y la deshonra nos acosó el resto de ese año. Los de Quinto Dos terminamos siendo buenos amigos, las bromas nos hicieron de alguna manera fuerte y aprendimos a aceptar que éramos diferentes, no inferiores, eso nos hermanó.

Desde entonces, porque lo viví, supe lo que siente el corazón del desvalido, el alma del que está en condiciones difíciles o al menos diferentes; mis tardes de fútbol con Quinto Dos me enseñaron lo feo que se siente la crueldad del burlador y las heridas indelebles que deja la ridiculización; pero también pude conocer el valor de los diferentes, el pundonor de los que luchan en desventaja, la ilusión y los sueños que también tienen los impopulares, y que a veces intentan romper los bocones; en el crepúsculo de las abultadas goleadas que sepultaron al jugador, nació una firme decisión de luchar el resto de mi vida por hacer respetar la dignidad del que tiene menos oportunidades, por levantar los brazos del cansado, calmar el hambre del hambriento, saciar al sediento, consolar al abatido y vendar, de alguna forma, las heridas que no se ven; eso le ha dado sentido a mi vida.

De vez en cuando, averiguo por la vida de los integrantes del glorioso Quinto Dos; me alegra saber que son personas buenas, trabajadores, profesionales destacados y gente de hogar; ya casi todos somos abuelos y en más de cuarenta años no he visto a la mayoría, pero los buenos recuerdos los mantiene vigentes en mi mente.

En la calle, Flórez, el ex compañero y ex atleta se despidió con una respuesta que me sonó melancólica: No, Jorge, ya no juego fútbol, ​​no sirvo ni de balón, el sobrepeso me ha afectado el corazón. Después, dio media vuelta y lo vi alejarse caminando con dificultad. Supe que el tiempo y los infortunios lo hicieron parte de los impopulares y me avergoncé de haber hecho aquella pregunta.

close

Subscribe to our newsletter

and receive

Selected writings, updates about upcoming book releases, promotions and special offers


We do not send spam! Read our privacy policy for more information.

27 comentarios en “Quinto Dos”

  1. Tatiana hernandez

    Muy bueno… Las burlas… Aquello que hoy se llama bulling.. Pero que toda la vida ha existido.. Hoy se castiga.. O se enfrenta con valentía.. Mas que ayer… Valientes aquellos que sobresalen a pesar de todo…. Al final.. De las historias de todos nosotros solo queda eso recuerdos… Buenos.. Malos.. Pero que forjan el carácter de cada quien. Excelente Jorge.. Felicidades

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Sí, Tatiana. La burla de existencia eterna, hace fuertes a los que valientes la enfrentan. Gracias por comentar

  2. Germán Solano

    Jajajaja mi hermano Jorge Parodi, yo formé parte de ese equipo conjuntamente con ud & Lin… Los rosqueros del 5to uno me sacaron del equipo q encabezaba Crispin Pérez, la mayoría de nosotros si acaso en la vida habíamos jugado fútbol, los recuerdos quedan como algo q dejó huella mas alegre q triste de las peripecias del momento…un fuerte abrazo mí hermano
    Germán Solano

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Apreciado Germán, que conste que quise guardar la identidad de los integrantes del Quinto Dos, para evitar la vergüenza. De acuerdo contigo, los recuerdos son más felices que nada. Un abrazo a ti, hermano. Gracias por tu comentario

  3. M. Yedenira Cid Z.

    Escritor, tiene mucha razón, todos desarrollamos diferentes habilidades o nacemos con virtudes. Me da gusto saber que esta etapa (como varias que nos ha compartido a través de sus escritos) ha sido capitalizada de la mejor manera.
    Es un gusto siempre leerle. Gracias por permitírmelo.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Esa es la vida, apreciada Yedenira, el entretejido de las diferencias. Es lo que al mundo le ha quedado difícil comprender. El gusto es mío, gracias por escribir y por tu apoyo

  4. Cenaida López

    Es hermoso cada recuerdo del ayer nos ayuda a vivir.Magnifico Dios y su Santo Espiritu sea siempre esa valiosa inspiracion a seguir escribiendo talento hermoso sigalo multiplicando más.Se les Ama.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Pastora querida, me alegra mucho tu acertado comentario. Gracias por tus oraciones en mi favor. El amor es mutuo

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Apreciada Patricia, en la crueldad de esos tiempos, se forjó el temple necesario para vivir el presente y para aportar algo a está generación. Como el oro se refina en el fuego, así el carácter del hombre en cada prueba. Gracias por tu comentario

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Mi estimado Edwin, valoro mucho tus palabras. Tu apreciación sobre mi escritura es muy honrosa y amable. Gracias por comentar

  5. Sixta Garcia de Cohen.

    Excelentes reminiscencias, Ahora a los niños que practican fútbol y no son muy destacados los llaman “troncos” cariñosamente. Yo conozco uno que con su disciplina y amor por el deporte se ha superado mucho. El bulling no hizo mella en él. Ojalá sirva este relato para hacernos conscientes del daño que hace un simple comentario. Felicitaciones Jorge, Escritura con propósito!

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Yo era un tronco de roble, Sixta; hasta yo me reía de mí mismo. De verdad espero, con cada escrito, al menos y con el mayor respeto y humildad, además de entretener, dejar alguna reflexión válida para la vida. Gracias por tu comentario

  6. Joel Peñuela Quintero

    Escritor, nunca comprendí su actual rechazo visceral hacia el fútbol, hasta hoy… así cualquiera…

    Al leer su escrito, un recuerdo añejo sacó su largo cuello por entre las telarañas de mi memoria y volví a aquel día cuando fui desde Valledupar a Fonseca con un grupo de amigos (y amigas) y armamos un partido contra usted y sus amigos. El marcador fue 14-1, en mi contra, pero tengo tres buenos recuerdos de ese único gol de mi equipo: primero: fui yo quien lo marcó; segundo: lo hice desde mi propia área : vi al arquero contrario fuera de su área y le pegué un zapatazo con toda la ira y resentimiento que sudaba (ya el marcador iba 0-11), el balón cruzó el aire, el arquero contrario corrió como loco nuevo hacia su propia portería, alcancé a sentir ganas de morder mi lengua cuando el balón pegó en el palo y rebotó, no iba a ser gol, pero, afortunadamente para mí, el arquero (que debió de ir con los ojos cerrados) le pegó soberbio cabezazo y lo metió en su propio arco. Así pude marcar el gol de la honrilla; tercero: ese gol se lo marqué a un gran amigo: usted.

    No escribo esto para echar sal a la herida, solo para dejar constancia de la veracidad de su escrito.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Pruebas, de manera irrefutable, la carencia absoluta de la más pequeña facultad deportiva, que me ha caracterizado siempre. La herida está cerrada, la sal ya no arde, pero me saca una carcajada de lujo. Gracias por escribir

  7. Cuanto disfruto crear las imágenes de sus escritos y aún más al compartirle a mis nietos para motivar a la lectura y al disfrute de ello. Gracias!

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Inmenso honor que me hace su comentario, Rossette. Gran privilegio saber que, además de entretener, pueda servir de inspiración. Gracias por escribir

  8. Qué divertida y entretenida historia y contundente el mensaje que entrega, la esencia y el carácter no los condicionan los demás. Gracias Jorge, felicidades!

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Ingrid, me alegra que una historia de vida tan sencilla, pueda traer alegría y entretenimiento, al tiempo que sienta algún mensaje de vida. Muchas gracias por comentar

  9. Luz Janet Quiroga Suárez

    Tus relatos son un remanso de paz, en esta convulsionada vida que llevamos. Que bonito reconocer hoy que cada experiencia nos enseña y nos prepara, nos fortalece. Disfruto cada sílaba de tus escritos. Gracias por compartirlos conmigo. Te quiero mucho.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Mi tía favorita, gracias por comentar. Me alegra saber, que en medio de tantas horas difíciles, un acto pequeño de lúdica, pueda traer sosiego. Yo te quiero más

  10. Natalia Suárez Cohen

    Excelente mensaje de vida, que entre otras cosas, me hace acordarme de algo que escribí recientemente: el mundo sería un lugar más feliz si amáramos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Felicidades Jorge!

    1. Completamente de acuerdo, Natalia; el mundo sería otra cosa si amáramos a los demás, como a nosostros mismos, el asunto es que a veces ni nosotros mismos nos amamos; indefectiblemente hay que buscar la fuente de amor infinito y esta no se halla en el plano horizontal; hay que voltear la mirada hacia arriba. Gracias por compartir tu opinión.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *