Reflexiones de navidad

La primera gran desilusión que enfrenté en la vida, la viví el día de navidad del año mil novecientos setenta y dos, estaba por cumplir siete años y el impacto fue muy fuerte; desde ese momento se acunó en mi corazón la incredulidad y germinó, regada por las aguas de la amargura, una inquebrantable angustia por encontrarle sentido a cada cosa y la urgencia por comprobar por mis propios medios la veracidad de todo cuanto escuchaba.

Recuerdo aquel diciembre como uno de los más tranquilos y brillantes de la casa paterna. La atmósfera era festiva, el tradicional arbolito navideño resplandecía, en la radio se escuchaban sin parar los villancicos y las canciones que hoy, cincuenta años después, aún siguen vigentes como si tuvieran la genética de Dorian Grey; no envejecen, parecen eternos, inmortales.

La mañana de ese veinticinco de diciembre, la única del año en que me levantaba temprano, corrí al pie del arbolito en busca de mis aguinaldos; para mi sorpresa, ese año todo cuanto había solicitado en mi carta al niño dios, me fue concedido; estaba alegre, corría, saltaba y estaba orgulloso: eso es porque fue un buen niño todo el año, por eso el niño dios lo premió con tanta generosidad, me decía mi mamá sonreída y mentirosa.

Contento salí al patio a jugar con mis juguetes nuevos: un balón azul, un camión de plástico y un revólver de fulminantes (sí, en aquellos días era normal que el niño dios regalara armas de juguete,  eran otros tiempos).

Yo hacía dos o tres disparos al aire, halaba mi carrito y pateaba mi pelota; en una de esas el balón salió disparado hasta el fondo del patio, cayó detrás de un matorral y corrí en busca de mi tesoro; cuando me incliné para recogerlo encontré, hecha añicos, la carta escrita con mi puño y letra al niño regalón.

El hallazgo asfixió la emoción del espíritu navideño, recogí cada pedazo de papel y lo armé como un rompecabezas, era mi carta no había duda, pero ¿por qué estaba ahí, rota, tirada; acaso el niño divino no las guardaba con aprecio? Fue desconcertante, algo no estaba bien; busqué respuesta en mis padres que resolvieron el asunto rápido, al estilo paternal de los años setenta: <>; pero ese no fue el final de la historia, tenía atravesada una daga en el alma.

Las ganas de jugar se esfumaron, en cambio una oleada de pensamientos agitaba mi cabeza; recordé el día a principios del mes más “feliz” cuando trajeron unas cajas misteriosas que escondieron en su habitación entre risitas, el recelo que tenían cada vez que entrábamos a esa alcoba, y los papeles de regalo que una tarde trajo a papá a casa, esos papeles rojos iguales a la envoltura de los regalos que aparecieron en el árbol.

Con todos esos hechos indicadores, la inferencia razonable era una sola: el niño dios son papá y mamá…mi pequeño universo se rompió en más pedazos que en los que terminó mi cartita de navidad.

Ahora sonrío evocando aquel momento, pero ese día el dolor fue mayúsculo, la navidad es una mentira, pensé, y ese pensamiento significó el final abrupto de mi inocencia; fea forma de perderla.

El dolor duró mucho tiempo, pero como la madurez viene con los golpes de la vida, comprendí que ese asunto de la navidad, era una tradición, un momento que coincidía con la época de vacancia escolar (ya eso era mucha alegría) propicia para los encuentros familiares, compartir regalos, volver a escuchar el Tutaina, los Pastores de Belén y el Burrito sabanero que invadían las emisoras, y, para que los adultos pudieran quemar pólvora e ingerir alcohol hasta que el niño, que renace cada año, estuviera acomodado en pesebre.

Yo hubiera preferido no conocer la verdad; me gustaba más la mentira, era sublime, quizá más tierna, como una película fantástica con su propia banda sonora y promoción multicolor.

Sin la mentira, el pino importado de las montañas nevadas de otras latitudes, las bolitas, las luces de colores, las figuritas del pesebre, los pastorcitos y toda la parafernalia propia de esa época, la navidad no tenía ningún sentido, solo era una excusa para la comilona y la francachela.

Bueno, después de todo sí tenía una razón de ser, era esa precisamente, el convite, los regalos, la fiesta, los estrenos; con todo, ninguna de esas razones, tan poderosas que mueven el mundo y el comercio, fue suficiente para mí, tal vez porque dentro de mis defectos más grandes, el peor es que nunca he podido ser apegado a las tradiciones y a las rutinas; respeto a los que honran las tradiciones, pero a mí siempre me han parecido una manera simple de vivir.

Esperar fechas marcadas por otro hombre en el calendario para celebrar, nunca ha sido mi idea de moverme en la vida; menos, cuando cada “tradición” obedece a motivos irreales, imprácticos y artificiosos, porque al final, no son sino construcciones humanas, basadas en leyendas o convencionalismos religiosos y a veces políticos.

Reconozco que las tradiciones fijan la identidad cultural de los pueblos, procuran dar explicaciones del mundo y sus laberintos, sin embargo, resultan insuficientes para hacer entender el sentido de la vida y de vivir, dejando el asunto en el mero campo de lo sensorial, de las emociones: Es una tradición hermosa, es un tiempo de familia, me trae lindos recuerdos, es casi siempre el aforismo con el que se sella el tema.

En algún momento de mi vida, estuve convencido que la mejor manera de vivir era no pensar tanto en las cosas, no esperar entenderlo todo; creí que a esta tierra a la que vinimos sin ser consultados, llegamos a ser felices, a gozar, no a pensar, a disfrutar de todo lo que pudiéramos, pero no, la realidad no es así, no es posible vivir sin comprender el sentido de la existencia, la razón por la que estamos aquí y el propósito por el cual existen todas las cosas.

Renunciar a entender el sentido de la vida, es rebajarse a la condición irracional de los animales, y de esa manera, nadie, nunca podrá en realidad ser feliz.

Al momento de escribir este ensayo, he vivido más de veinte mil cuatrocientos días, y cada uno de los casi quinientos mil minutos que conforman cada hora de mi vida, me han enseñado que cada segundo tiene su razón de ser porque en el breve espacio de su existencia, se construye la base del siguiente, es decir, nada existe por casualidad, todo existe por causalidad.

Mi forma de ver la vida me ha valido más de un desacuerdo, y aunque soy bastante flojo para las discusiones, muchas veces he sido emplazado por mis convicciones, que resultan extrañas, lo sé, y que al final son mías, tan mías que nunca he pretendido cambiar las de nadie y menos irrespetar al pensamiento que diverge del mío.

La navidad, siempre fue uno de esos puntos de roce; es comprensible la extrañeza, soy un bicho raro y feliz, con una cosmovisión bastante diferente y por lo tanto escandalosa, aunque a mí me hace sentido y eso es suficiente.

Solo por aclarar, no soy ni ateo ni incrédulo, y aunque el etiquetamiento no me parece lo más acertado, soy cristiano, no nominal, yo creo en Jesús el Cristo, el que nació en un pesebre, caminó sobre el mar, fue crucificado, muerto y enterrado, el que resucitó al tercer día y por tanto, está vivo.

El asunto es que su nacimiento no fue en veinticinco de diciembre, esa fecha es improbable, dado que ese día invariablemente nieva en Israel; no hay lugar a estrellas en el cielo ni a pastorcitos en los campos pastoreando ovejitas.

La fecha fue escogida por el sistema religioso que fusionó el advenimiento del hijo de Dios con la celebración de la fiesta pagana del romanismo al dios Sol, que acaecía en el solsticio de invierno cada veinticinco de diciembre en nuestro calendario gregoriano.

De otro lado, en la Biblia, y créanme que la he leído con juicio, no existe ningún registro que instruya acerca de establecer como fiesta solemne el nacimiento de Jesús, para ser justo, tampoco hay ninguno que lo prohíba.

En cambio, y esto es muy curioso, de la boca de Jesús mismo hay una indicación acerca de recordar su muerte hasta su regreso, evento que es anunciado por cada escritor bíblico.

Así las cosas, tenemos una tradición que se basa en hechos imprecisos y dedicada a causas que son equivocadas.

No es verdad que diciembre sea el mes más lindo del año, que en navidad todo es alegría.

A lo largo de mi vida, lo que he podido comprobar hasta la saciedad, es que por cuenta de la “tradición” en la mayoría de hogares la tensión sube, la frustración ataca, el comercio sube sus indicadores, y la unidad familiar no es que mejore mucho, además que a los niños se les miente flagrante.

Ahora, de ninguna manera estoy en contra de las reuniones familiares, de dar y recibir regalos o compartir la mesa. Pero no necesitamos una fecha especial para hacer eso.

Pienso que haría mucha diferencia si no esperamos doce meses para visitar a los padres viejos, si con más frecuencia celebramos el amor filial con detalles, presentes y abrazos, si sacamos un poco de tiempo de nuestras apretadas agendas profesionales para demostrarle a ese que llamamos “ser querido” que su opinión es valiosa y su pensamiento un tesoro; si en lugar de una vez al año, al menos una vez al mes, extendemos los brazos para alojar en el regazo a la que nos sustentó en su pecho.

La verdad, así no nos guste escucharla, es que en diciembre la gente sufre, pocos gozan; más de uno queda esperando el abrazo que añoró todo un año, y el vacío que queda por el que ya no está se hace más agudo; la economía familiar queda en estado crítico, los religiosos se hinchan de orgullo santo, los pobres, esos que no tuvieron cena ni ropa que estrenar, se sumen en la tristeza porque el niño dios no los visitó y los comerciantes hacen su agosto en diciembre.

Es que, aunque en la base de la tradición esté el recordatorio del nacimiento del hijo de Dios, en realidad nadie le da mucho valor a ello, y al margen de la fecha, eso es tal vez lo menos trascendente, muy pocos son conscientes que ese hecho histórico, fue el principio iniciador de una obra que tendrá su culminación con su regreso a este mundo, no como un niño indefenso, sino como Rey victorioso, invencible y eterno.

Y sí, ya lo dije, Jesús no nació el veinticinco de diciembre, si aun así usted desea celebrarlo, bien puede, no ha sido mi intención que cambie sus costumbres por mis convicciones, aunque apelando a su permiso, si me permite el atrevimiento, quisiera proponerle que, entre tradición y festejos, medite en aquel por quien las celebraciones de estos días han tomado el nombre. Celebre a Jesús, no el niño del pesebre, él creció, ahora es el Rey que vive; vale la pena.

Finalmente, en nombre de mi señora, mis hijos y en el mío propio, deseo para usted y su familia que estos días sean particularmente llenos de todo bien, de salud y prosperidad.

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14 comentarios en “Reflexiones de navidad”

  1. Juan Manuel Gómez Cotes

    Muchas gracias por su escrito señor Jorge, es cierto, no podemos esperar doce meses para manifestarles nuestro amor a los seres queridos, eso es algo que se puede hacer con mucha frecuencia.

  2. Sixta Garcia de Cohen.

    Gracias por las remembranzas, se de mas de un niño la felicidad que produce recibir regalos mandados por el niño Dios, pero también se de las frustraciones nombradas al comienzo del escrito, particularmente mi memoria como niña no recuerda regalos de niño Dios…Se que la vida que me dio ha sido el mayor de los dones y todo lo que puso a mi alrededor para ser feliz…Gracias

  3. Joel Peñuela Quintero

    Me encantó esta frase: “Yo hubiera preferido no conocer la verdad; me gustaba más la mentira, era sublime…”.

    Sí, esto refleja una dura realidad de todos los seres humanos, no solo de los niños… muchas veces amamos la mentira porque es más llevadera.

    Excelente recomendación como conclusión a su escrito.

    Gracias, autor, por acercarnos a su memoria y mostrar realidades un poco pasadas por alto en el ajetreo de diciembre.

    Bendiciones.

  4. La humanidad busca la forma de hacer más llevadera la vida creando formas de festejo en este caso religioso pero que a pesar de las decepciones infantiles, de haber sido en otra fecha, y todas las razones, se han creado para llevar a la humanidad a un tiempo especial de despertar sentimientos y manifestaciones reprimidas por las ocupaciones. Aprovechadas por el comercio lamentablemente y desarrolladas por el consumismo . Dios nos libere de tanta ceguera y el amor se manifieste a diario en todos los nacidos y por nacer

    1. Qué interesante sería si, como bien dices, fuéramos librados de la ceguera con la que el consumismo y el tradicionalismo, le agrego yo, nos ha nublado para no ver que estos días, comno todos los días, son el momento ideal para amar a la familia, celebrar la fe y manisfestar nuestros sentimientos. Muchas gracias, apreciada Rossette, por tu comentario.

  5. M. Yedenira Cid Z.

    Muy buena reflexión.
    Gracias por sus deseos.
    Reciba usted y su familia un gran abrazo.
    ¡Felices fiestas, hoy y siempre!

    1. Abrazos igual a ti, Yedenira, hasta México. Felicidades y parabienes todos los días de tu vida; en especial en estas épocas, que de alguna manera nos llama a la reflexión. Gracias por tu apoyo incondicional de siempre.

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