Soldado de papel y lápiz

A mi hermano Aaron; guerrero incansable detrás de la utopía de la justicia y la equidad

Sentado en la sala de espera del puesto de salud que tenía apariencia de carnicería, esperando el anuncio del nacimiento de su segundo hijo, Juan Padilla planificaba meticulosamente el futuro de su nuevo retoño.

Será médico, está decidido; sí, un médico es necesario en la familia y así tendré quién me formule en la vejez, pensaba mientras se acomodaba en la vieja silla de madera que le estaba ocasionando un dolor agudo en la nalga derecha.

Llevaba más de tres horas esperando desde que llegó con su esposa quien se quejaba de fuertes dolores en el vientre bajo. Los gritos de la partera que le pedían a su mujer pujar fuerte y los alaridos de dolor de ésta en el intento de expulsar la criaturita, lo sacaron de sus pensamientos y sobrecogido de la impresión en voz baja dijo: ¡Qué cosa difícil es ser mujer! ¡Gracias a Dios me tocó ser hombre, yo no hubiera aguantado esa vaina!

Pasados algunos minutos, la algarabía cesó y una enfermera grande y gorda apareció por el pasillo anunciando el éxito del nacimiento.

—En un momento puede pasar a ver a su mujer y su hijo, ambos están bien, lo felicito, es un niño muy sano, blanquito como la leche.

—Va a ser médico —dijo Juan, quien sudaba frío y exhibía una sonrisa idiota.

—Y ¿Cómo se va a llamar? —preguntó la enfermera.

—Abdón… Abdón Padilla, un nombre grande para un hombre grande.

Diecisiete años después, el día que Abdón se graduaba de la escuela secundaria, a Juan los nervios y la incomodidad de la silla en la que estaba, le hicieron recordar el día del nacimiento de su hijo, solo que los nervios de ese momento tenían otra razón.

El tiempo pasó volando y Juan, que con dificultad pudo proveer apenas lo necesario para completar el bachillerato de su hijo, no tenía ni la más mínima esperanza de poder pagar su carrera de medicina. La frustración lo abatía; mandarlo a estudiar a una universidad pública era su única esperanza, aunque sabía que en su país la educación de pública solo tenía el nombre, porque los políticos hasta eso tenían secuestrado para hacer sus campañas cambiando cupos de ingreso por votos “espontáneos”.

No había otro remedio que buscar un contacto con algún político influyente para que Abdón pudiera convertirse en el médico que Juan toda la vida soñó.

En la espera de que ello sucediera, tomaron la decisión de enviarlo al ejército; no para cumplirle a la patria, sino porque para ingresar a la universidad, la situación militar debía estar resuelta y eso se lograba con el pago de una gran cantidad de dinero, una opción solo reservada para los ricos, o con la entrega de los hijos a las filas como carne de cañón en un país violento que riega los campos con la sangre de los hijos de los pobres.

Un mes después de la fiesta del grado, Abdón, con una pequeña tula al hombro como único equipaje y treinta compañeros más, eran llevados como ganado en la parte trasera de un camión rumbo a un batallón militar, sin imaginar que ese pasaje de su vida le tenía reservadas algunas experiencias que cambiarían para siempre su destino.

El rigor del entrenamiento, la disciplina militar y el frío intenso de la capital a donde fue destacado, conspiraban demoníacamente con la sensación de vacío y la nostalgia que se desbordaba en ríos de lágrimas cada noche.

Extrañaba el calor del hogar, las comidas de su mamá preparadas con tanta dedicación, las pilatunas con sus hermanos y las tardes de juego con los amigos de la cuadra.

No fue criado para algo así, era el hijo consentido; cuidado con el esmero que se merecía el futuro doctor de la familia. Tanto le inculcaron los padres su destino, que él no veía la hora de convertirse en el flamante doctor Abdón Padilla, médico cirujano.

Su papá determinó que cuando se recibiera como médico, el garaje de su casa se convertiría en consultorio, se emocionaba de solo imaginar la placa profesional de su hijo pegada en la pared a un lado de la entrada. Soñaba verlo con su bata blanca, porque médico que se precie de serlo, debe exhibir bata blanca, ah y el aparatico ese colgado del cuello que usan hasta para revisar un cayo.

En el ejército raparon su abundante cabellera rubia y rizada, por bata tenía un uniforme de campaña y en lugar de estetoscopio portaba un fusil —para defender a la patria —le decían los superiores—, aunque defenderla significara matar a sus semejantes.

En el hogar le enseñaron a hacer siempre su mejor esfuerzo en todo, por eso de soldado se aplicó con voluntad de hierro a cumplir las órdenes que le eran impartidas. Era un soldado sobresaliente y al final de la fase de entrenamiento, como reconocimiento, fue designado integrante del esquema de seguridad del Presidente de la República, ni más ni menos.

Tal asignación entre los soldados era una condecoración, así lo pretendían hacer ver los superiores, aunque en realidad los escogidos para esa tarea eran los gladiadores que, por sus condiciones, estaban destinados a la primera línea de protección del funcionario más importante del país, es decir, eran los “enfriabalas”.

Abdón, que entre otras cosas heredó de su papá un positivismo extremo, estaba convencido que esa increíble oportunidad de estar tan cerca a la persona más importante de la nación le podría significar la llave para cualquier universidad, sin duda, eso era un “designio divino”, que además podría abrirle puertas laborales inimaginables en el futuro.

Por su esmero, cuidado y entrega, en poco tiempo llegó a ser el escolta motorizado más próximo al carro donde se movía el presidente. No le era permitido dirigirle una palabra ni estar a menos de cinco metros del mandatario; en todo caso, la distancia al hombre más poderoso de la nación se acortaba.

Por aquellos tiempos, el presidente encarnaba la más rancia tradición de la politiquería. Era un personaje de apariencia repulsiva, carente del más mínimo carisma, sus movimientos eran lentos y torpes como resultado de su obesidad grotesca, el sonido de su voz era agónico y agudo, como si las palabras se escaparan con esfuerzo de su garganta tan ancha y fea como su vientre, hablaba con la tesitura del borracho porque la mayor parte del tiempo se encontraba en esa condición; estaba sentado en el solio más prominente de la nación gracias a las maquinarias, la corruptela y al dinero, como casi todos los presidentes. Le decían señor presidente, pero de señor no tenía nada y además era un viejo inmoral.

Casi todas las noches, la caravana presidencial se dirigía hasta el club El Sauce, donde se reunía infaltablemente la crema y nata de la política nacional y sus lambiscones, quienes detrás de las enaguas del poder se arrastraban con indignidad para untarse, aunque fuera un poco, de la dulce jalea que para ellos representaba el erario público y que entre amigos y esbirros se ripiaban con furor.

Antes de la media noche, los escoltas de confianza muy discretamente, subían al carro presidencial a una joven de no más de veinte años con la que el mandatario, en un reservado de lujo, terminaba la juerga con una danza grotesca de lujuria y desenfreno.

A Abdón tal visión le resultaba perturbadora e incoherente. Con el tiempo ser parte de la seguridad de un hombre tan obsceno y desagradable, le resultó decepcionante.

Lo que veía le hizo comprender la razón para que allá a su lejana tierra, los recursos para las escuelitas nunca llegaran, los niños murieran por desnutrición, los pueblos agonizaran de sed y por las noches se alumbraran con hachones. Asqueado, renunció a la esperanza de alguna vez acercarse a él en busca de ayuda para convertirse en médico.

Por pedido directo del comandante supremo de las fuerzas militares, Abdón fue trasladado para formar parte de su esquema personal de protección.

Había tenido la oportunidad de conocerlo en sus frecuentes reuniones en el palacio de gobierno y la disciplina del soldado, su cortesía y su ánimo siempre alerta lo convertían en el conscripto perfecto para prestar guardia en su residencia familiar. El cambio significó menos exposición y mayor lejanía del centro del poder y Abdón lo agradeció en principio. Su trabajo consistía en hacer turnos de ocho horas.

Las jornadas de día transcurrían relativamente rápido, las nocturnas, eran otra cosa; el frío espantoso que viajaba con la brisa se clavaba en los huesos y el reloj parecía avanzar muy lento.

Aunque el general era un hombre de trato cordial y respetuoso, su familia era displicente y grosera. Cada mañana, la esposa del militar y sus hijas salían a recibir el transporte que las llevaba hasta sus colegios y pasaban por el lado del guardia entumecido y morado del frío sin siquiera determinarlo, como si no existiera, como si no valiera nada y si por alguna razón se dirigían a él, era para reclamarle con altivez por su uniforme desarreglado o por pisar el césped de su jardín principal.

Una vez por semana, el general era visitado por hombres de aspecto militar que vestían de civil. Siempre estaban custodiados por escoltas fuertemente armados y sostenían reuniones de tres y cuatro horas. Algunas veces traían maletines que el general mismo recibía con gesto de reserva y alegría.

Comenzó a correr el rumor que el castrense era auspiciador de grupos armados irregulares; los noticieros hicieron un despliegue mediático sin precedentes a raíz de algunas masacres realizadas por estos grupos con los que se le vinculaba, y aunque él siempre negó con vehemencia los supuestos vínculos, el titular de un periódico en donde aparecía la foto de uno de esos cabecillas dado de baja en un enfrentamiento con otra fuerza oscura y que Abdón vio muchas veces reunido con el general en su residencia, lo convenció que las afirmaciones, después de todo, no estaban tan lejos de la realidad.

Concluido su servicio, con libreta militar en mano y sin ninguna posibilidad de ingresar a la universidad, Abdón se encontraba completamente frustrado y resentido.

La cercanía tangencial a los círculos del poder político y militar durante su paso por el ejército, le hicieron comprender que el cáncer en su país estaba enquistado en el establecimiento, al que había que derrocar irremisiblemente para cambiar esa horda de truhanes de vestidos elegantes y títulos rimbombantes obtenidos en universidades extranjeras, autocalificados como honorables y atornillados en el poder, a costa de la miseria del pueblo.

Resignado a no ser el médico de los sueños de su padre, acarició la idea de incorporarse a alguno de los tantos movimientos subversivos que luchaban para reivindicar la tan anhelada justicia social.

Leyó manifiestos, estudió la historia de las revoluciones, de las luchas de clase y memorizó tesis, necesarias todas para fortalecer su espíritu rebelde y cultivar su ideología de lucha.

Nunca tuvo contacto con algún revolucionario en realidad, no sabía cómo hacer tal cosa, era un hijo de la provincia, de padres sencillos y trabajadores.

Se dejó crecer una profusa barba, porque la barba es al guerrillero como la bata al médico y, apenas pudo, posó sobre su cabeza una boina negra y maloliente conseguida de segunda en algún pulguero que lucía a medio lado y lo identificaba con la legendaria figura del típico subversivo imbatible y beligerante del ideario latinoamericano, aunque en realidad se asemejaba más a un espantapájaros abatido por un huracán; pero él, era de alma y cuerpo un guerrero valiente y en permanente lucha por los derechos y la libertad.

No volvió a su tierra; se instaló en la capital donde las protestas estudiantiles caldeaban el clima social. Visitaba los cafetines para intelectuales como él, ricos en ideales, pobres del bolsillo, donde pasaba horas enteras entre conversaciones y lectura de libros, siempre enfocadas en arreglar el mundo, derrocar el sistema, combatir al demoníaco imperio del norte e instalar un gobierno del pueblo y para el pueblo.

Una mañana de septiembre, la animada conversación de los contertulios de la insurrección, se vio interrumpida por el ruido ensordecedor de una explosión.

Pasados algunos segundos, una estampida humana corría despavorida y sin dirección por las calles. Abdón y quienes lo acompañaban se asomaron curiosos; de pronto el sonido de metralla y explosiones se confundía con los gritos de la gente que gritaba: ¡La guerra! ¡La guerra! ¡Ha comenzado la guerra! Abdón instintivamente buscó refugio y tras dos horas de imparable y fiera confrontación, llegaron las primeras noticias que daban cuenta de un atentado subversivo al edificio de los altos tribunales de justicia del país.

En la seguridad de la pieza húmeda donde vivía, siguió paso a paso el transcurso de la intrépida y suicida operación que comandos guerrilleros estaban perpetrando y las acciones de retoma por parte de las fuerzas regulares.

La barbarie era total, el país entero estaba paralizado ante un hecho sin antecedentes. Los muertos se contaban por decenas, los familiares de los funcionarios judiciales se apostaron angustiosos a un lado del campo de operaciones. Clamaban por todos los medios el cese de las acciones del ejército para poder garantizar su supervivencia.

El combate era cruento, feroz, despiadado. Los militares, amparados en la orden presidencial, se propusieron la recuperación a sangre y fuego del edificio. No faltaron los abusos y las desapariciones en una tragedia de la cual el país no se sobrepondría en cincuenta años y que dejó familias desmembradas, mujeres viudas, hijos huérfanos y herida de gravedad la majestad de la justicia.

Tal caos produjo una profunda desazón en el alma de Abdón. La crueldad, irracionalidad y la infructuosidad de la confrontación bélica entre hermanos, lo llevaron a cuestionar sus convicciones.

La grandeza de sus ideales se diluyó en los ríos de sangre derramados con métodos tan innobles, ruines e infames. Su anhelo de equidad y justicia como fin supremo de la lucha, no contemplaba la aniquilación brutal del prójimo sino el restablecimiento de la justicia, las oportunidades para todos y la paz como valor supremo para que la sociedad alcanzara la felicidad.

La dantesca imagen de un pueblo autodestruyéndose por cuenta de doctrinas filosóficas ubicadas en extremos ideológicos que la mayoría no conocía, y que se imponían con violencia y abuso del poder, siempre en perjuicio del ciudadano de a pie y beneficio de unos pocos, marcó en Abdón un profundo cambio en la manera de concebir el bien común.

Comprendió que el arma más potente para subyugar al prójimo era la ignorancia, porque un pueblo sin educación y cultura es una sociedad esclava, ciega y alienada.

Estaba seguro que la emancipación de los pueblos no se alcanzaría con las armas, sino mediante la transformación del pensamiento, eso solo se podría lograr con educación, estudio y formación.

Él deseaba servir a la sociedad; ya no lo haría como médico, no como militar y tampoco en las trincheras de la subversión. Ahora una causa noble lo alentaba, un propósito superior lo guiaba como antorcha en medio de la oscuridad.

Habría de convertirse en soldado; un soldado sin cuartel, cuyo campo de batalla sería una hoja de papel en blanco, su fusil un lápiz y sus balas las letras que brotarían para traer luz al entendimiento y libertad a la conciencia: ¡Sería un soldado de papel y lápiz!

Imagen: La Luce della Conoscenza – Alessandro Fioraso – Italia

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7 comentarios en “Soldado de papel y lápiz”

  1. Patricia Oropeza

    Me maravilla la percepción de como se forma un ser humano, tan cercano como un hermano. Cada persona gestiona de manera distinta sus aprendizajes en la vida y me parece que ese soldado de papel y lápiz tiene mucho trabajo por delante. Gracias por compartir esta historia. 😃

    Saludos desde México 🌻

    Un abrazo Jorge

  2. Sixta Garcia de Cohen.

    Excelente…la mayoría de los padres ilusionamos con el futuro de los hijos…la decisión es de ellos, solo podemos apoyarlos para que cumplan sus metas…el titulo, que metáfora…

  3. Vaya, hombre, leí todo el texto y descubrí realidad pura en él, cuanta realidad. Descubrí unas 3 palabras que no conocía y que ahora conozco. ¡Viva la literatura y vivan los hombres que la producen! . Gracias

  4. Nidia Cavadía

    Me alegra y admiro mucho ese soldado de Papel. Sino, conocerlo no hubiese sido posible, las armas que usa hacen de cada uno de nosotros un ser inmortal y a él un héroe. Felicitaciones a ti por ese homenaje a tu hermano, ESCRITOR.

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