Vecinas

Los recuerdos más marcados de la infancia, míos y de la mayoría de personas, están relacionados con los vínculos familiares, la primera casa donde vivimos o al menos la primera donde tuvimos consciencia de haber vivido, los amigos del barrio y por supuesto la vecinita aquella (o el vecino) con el que un coctel virgen de hormonas comenzó a agitarse.

De entre las memorias de los regaños paternos, la comida de mamá, la complicidad con los hermanos y los juegos con los amiguitos del vecindario cada tarde a la caída del sol, de tanto en tanto se asoma la carita aquella que en algún momento comenzamos a mirar diferente al del resto de niñas, la primera que trajo intranquilidad al alma, y nos hacía mirar más de dos veces al espejo para asegurarnos que el peinado y los cargadores de los pantaloncitos cortos que llevábamos lucieran bien.

La mayoría de mis amigos de la cuadra eran mayores que yo; salvo por mis dos hermanos menores, yo era el más pequeño del grupo que se reunía cada tarde a patear pelota, volar cometas o simplemente a hablar. Tenía, y aún conservo, una fuerte admiración y gran aprecio por mis amigos; juntos jugamos al fútbol, aprendimos a pescar en el río y a pelear a puño limpio en contra de los niños de las cuadras vecinas; algunas veces tuvimos enfrentamientos entre nosotros, pero al día siguiente era como si no hubiera pasado nada, nos dábamos las manos y la amistad continuaba.

Ese fue nuestro mundo a los diez años, era perfecto, sin preocupaciones, corriendo debajo de la lluvia o esperando el llamado de mamá para ir a cenar apresuradamente y regresar a la calle a sentarnos en nuestra esquina hasta que llegaran todos para continuar el difícil trabajo de ser niños. Era todo lo que teníamos y era más que suficiente, pero lástima, no duraría para siempre.

Con el crecimiento, la vida se hace compleja y los amigos, por diferentes causas se van alejando. Yo estaba muy niño para comprenderlo, pero llegó el día en que mis amigos comenzaron a perder el interés por las carreras a pie descalzo, el balón y las peleas. Se volvieron extraños: vestían bien, olían a perfume y lo peor: comenzaron a hablar con las niñas de la cuadra. Fue aterrador, un niño no habla con niñas, ellas son extrañas y juegan con muñecas, pensaba desconsolado y confundido.

Recuerdo tanto a mi mejor amigo de la época, no diré su nombre para proteger su identidad, lo llamaré Fidel, solo para efectos de este relato. Éramos inseparables, nos gustaba la misma música, la de los Beatles y Elvis Presley; él era mejor alumno que yo, pero para no hacerme sentir mal, se volvió el peor. Siempre andábamos sin zapatos corriendo como endemoniados y los fines de semana salíamos al monte de cacería o de pesca y una vez juramos que seríamos amigos siempre; hemos cumplido el juramento.

De un día al otro, hubo un cambio en Fidel casi escandaloso; ya no jugaba con nosotros, no se quitaba los zapatos, ni siquiera se nos unía en las peleas con los vecinos de cuadra. Parecía enfermo, estaba retraído, casi no hablaba, solo se sentaba en la esquina y se quedaba mirando con ojos perdidos la ventana de los vecinos, fijo, imperturbable, excepto cuando se asomaba Luisa Alejandra, la hija menor del señor Román, entonces el color de su rostro se ponía verde, como el de los muertos.

A Luisa Alejandra, casi no la dejaban salir a la calle a jugar, la estaban cuidando de la horda de gamines (nosotros) que gritaban como locos todas las tardes; solo los viernes le permitían asomarse a la puerta de la calle y Fidel pasaba del tono verde al blanco. Esa escena patética se repitió muchos viernes, hasta que se atrevió a acercarse y conversar con la vecinita; ese día perdí a mi mejor amigo.

Con la tristeza del amigo traicionado, le reclamé su reprochable actitud y por toda respuesta me dijo, en tono melancólico y proverbial: algún día, cuando crezcas, lo entenderás.

Más de treinta años después, visité por razones de trabajo la ciudad donde Fidel vive hoy. Por pura casualidad nos encontramos, pero fue un tiempo maravilloso. Ya él exhibía un ramillete considerable de canas y yo una hermosa curva de la prosperidad (también le llaman barriga). Conversamos de todo, de sus hijos y de los míos, de sus actividades y las mías y por supuesto, era obligatorio, del tiempo lejano de nuestra infancia en la calle torcida del pueblito donde crecimos.

Navegamos casi toda la noche entre recuerdos y carcajadas: que si la vez que pintamos de negro los pupitres del colegio, o cuando le amarramos los cordones al profesor de matemáticas para que se cayera, o las tardes que robábamos las hostias y el vino de la iglesia, tantos recuerdos inocentes… también hablamos, claro está, de su amor platónico con Luisa Alejandra, hoy felizmente casada y residente en el extranjero y reímos y filosofamos acerca de esos tiempos cuando despertamos a la vida y a la adultez. No sabía, hasta ese momento, que a Fidel siempre le intrigó saber cuál fue la vecina que me quitó, cómo a él, el sueño por primera vez, así que lo preguntó directo y sin vacilación, ¡no fue una Fidel, fueron tres! Contesté enfático. Creo que se preocupó un poco; en la cuadra de nosotros las únicas niñas, considerables para esos afectos, eran solo cuatro: Luisa Alejandra, mi hermana menor y sus dos hermanas.

¡Tres, no puede ser! ¿quiénes fueron? inquirió ansioso. Respiró aliviado, cuando supo quiénes eran: ¡Las Dávila! le dije. Ellas fueron las tres primeras mujeres que robaron mi tranquilidad, que me hicieron pasar noches enteras con los ojos pegados al techo. Noté que suspiró aliviado al comprobar que sus hermanas no hicieron parte del asunto y enseguida soltó una carcajada burlesca que interrumpía, para decir: no entiendo, no entiendo, explícame.

Era lógico que no entendiera, las Dávila, eran tres señoras bastante mayores cuando éramos niños. Creo que la menor tendría unos sesenta años por entonces; católicas devotas, hermosas, muy educadas y solteras. Fueron nuestras vecinas de toda la vida, cuando los vecinos eran como familia; madrugaban a diario para ir en fila india a rezar a la iglesia y por las tardes repetían el rito, nunca se perdieron una misa. A mí, me querían bastante.

La mayor de ellas acostumbraba apretarme los cachetes con sus manos y entre dientes le gritaba a mi mamá: este negrito es muy bonito, cuando sea grande me voy a casar él, siempre consideré eso como un gesto, algo angustiante, de bondad; yo era el pato feo de mi casa y ella intentaba darme consuelo, eso pensaba. La segunda, era menos expresiva, pero me manifestaba su afecto casi todos los días, con un plato de exquisita comida; esa siempre ha sido buena estrategia para llegar al corazón de un hombre; era excepcional en la cocina. Y la menor, detallista ella, siempre aparecía con algún juguete para mí.

Lo que no fue para nada agradable, era lo que esas tres hermosas viejitas me hacían en las noches oscuras.

Por esos tiempos, Fonseca era un pueblo muy pequeño con muchas necesidades, entre ellas la del servicio eléctrico, que solo se prestaba uno que otro día a la semana. En las noches sin luz, mi familia y todas las de la cuadra, nos sentábamos en las puertas de las casas buscando un poco de fresco bajo el cielo oscuro y estrellado de la península; las vecinas en cuestión nos acompañaban infaltables; de sus bocas escuché historias sobre la fundación del pueblo, la guerra de los mil días, los tesoros escondidos en los patios de las casa por los aborígenes que habitaron esas tierras antes de la colonia, entre otras; era agradable escuchar el sonido cálido de sus voces y el ritmo sin prisa de sus relatos, mi papá y mi mamá se dormían escuchándolas plácidos al vaivén sedante de sus mecedoras y ellas, como si estuvieran esperando ese momento, cambiaban las crónicas de historia por cuentos de ultratumba, hasta ahí llegaba lo divertido.

En turno sincronizado, cada una contaba dos historias de miedo sin perder la cadencia. Eran seis jácaras que podían aterrorizar al más valiente. Ellas sabían y disfrutaban lo que hacían; como nosotros, eran conscientes que mis papás dormían como bebés arrullados, aun así, se dirigían a ellos: comadre, decía la que primero tomara la palabra, usted sabía que hace muchos años… y así comenzaba unos cuentos que helaban la sangre y crispaban los nervios.

Las Dávila, cada noche antes de ir a la cama, nos contaron historias sobre espíritus en pena, fantasmas, demonios y endemoniados, apariciones y espantos. Fue un suplicio que solo acabó a los trece años, cuando instalaron una nueva planta eléctrica y los apagones se convirtieron en cosa del pasado, pero para ese momento, yo era un niño completamente traumado. Literalmente la oscuridad me daba pánico, no era ni capaz de ir al baño solo, estaba lleno de temores que me consumían. Y esa angustia me acompañó hasta los primeros años de mi adultez.

Recuerdo una noche en particular de algún enero; la brisa era fría y corría rauda remeciendo las ramas de los árboles con violencia, al entrar al callejón que desembocaba en la esquina de mi casa silbaba tétrico y furioso, la luna que refulgía imponente por momentos era opacada por bancos de nubes negras, un ambiente espeluznante que Chepa, la menor, capitalizó sin vacilación; tenía la atmósfera perfecta.

Pude ver en la penumbra, que recostó su cabeza en la mecedora, cerró los ojos y bajó dos tonos el volumen de su voz y unos segundos la aceleración de su ritmo. Yo estaba aterrorizado, mis ojos desorbitados y el corazón se me iba a reventar; mi papá, mi mamá y mis hermanos estaban dormidos, ese momento era para mí y ella lo iba a hacer memorable. La historia de esa noche fue la de La Llorona; yo gemía por dentro descontrolado.

Al cabo de algunos minutos, los suficientes para que Chepa terminara su macabro relato, mi papá regresó de su siesta, las Dávila se despidieron y todos nos fuimos a la cama. Ese era el final del martirio generalmente, pero esa vez en realidad fue el comienzo de mi verdadero calvario.

Entrada la madrugada, yo despierto por supuesto, escuché el llanto desgarrador de una mujer; la brisa llevaba y traía el requiebro y casi me vuelvo loco. Desperté a todos en mi casa; en principio mi papá no creía nada, hasta que el vagido viajando en una ráfaga de brisa se dejó escuchar y mi papá quedó de un brinco sentado al borde de su cama.

Al final, no fue la llorona la que apareció por el barrio aquella noche; una vecina nuestra sufrió la dolorosa pérdida de su hijita a causa de una enfermedad muy grave, pero esa penosa coincidencia dejó una huella que me acompañaría por muchos años.

Esas, fueron las primeras mujeres que me quitaron el sueño; hoy las recuerdo con mucho cariño, el mismo que les profesaba de niño, y con agradecimiento. Las historias que de niño me asustaban tanto han venido a ser la materia prima de muchos de mis cuentos, algunos ya publicados otros en proceso de serlo. Jamás imaginé que en la escritura encontraría la manera de exorcizar mis temores y de eternizar a mis vecinas, las tres viejitas bonitas que ya no están entre nosotros.

Además, aprendí varias lecciones importantes de vida: primero, que los temores en realidad son mentiras que se instalan en la mente y que paralizan si no los enfrentamos, algunos años más tarde en la ciudad de Valledupar, tuve la primera gran oportunidad para enfrentar los míos, después escribiré sobre eso, seguramente; y segundo, que lo que no te destruye, te hace más fuerte.

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28 comentarios en “Vecinas”

  1. Tatiana hernandez

    Excelente relato… Esas épocas.. De infancia.. Y de inocencia….no vuelven.. Pero, marcan nuestras vidas.
    Felicidades Jorge…

  2. Patricia Oropeza

    Admiro la forma en que su trabajo me hace conectarme con mis recuerdos y eso me hace disfrutarlo aún más. Muchas gracias, Jorge.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Gracias a ti, Patricia. Me alegra saber que mis escritos puedan ser un puente noble a momentos agradables del ayer y llevarnos a la reflexión del hoy. Gracias, otra vez

  3. M. Yedenira Cid Z.

    Nuevamente gracias, escritor. Es agradable saber que comparte sus vivencias con nosotros (sus lectores).
    Me gustó, ¡felicitaciones!

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Siempre es un gusto saludarte, Yedenira. Y una inmensa alegría la forma amable en que recibes mis escritos. Muchas gracias a ti

  4. Sixta Garcia de Cohen.

    Totalmente conectada, esas narraciones también me asustaron y quitaron el sueño durante muchas noches…excelente Jorge, felicitaciones!

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Para consuelo mío, parece que no fui el único que sufrió con esas historias de terror. Gracias, Sixta por comentar

  5. Fidel Redondo Solano

    Jorge, sabroso leer tus relatos, los disfruto mucho, me devuelven en el tiempo, al mejor momento de nuestras vidas, no dejes de escribir mi eterno amigo.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Fide, amigo, me alegra contarte entre los lectores que semana a semana me acompañan y que los puedas disfrutar. Es una forma, espero que buena, de volver a los tiempos de la cometa. Un abrazo, hermano. Gracias por comentar

    2. Silvio Velásquez Santos

      Estos son los relatos que nos recuerdan de esas épocas que vivimos libres y complicados en nuestra querida y amada tierra FONSECA por favor no dejes de hacer estos escritos
      Un abrazo

      1. Jorge Parodi Quiroga

        Apreciado Silvio, así es. El recuerdo de hermosos tiempos, de esos que al recordarlos suspira el alma. Gracias por comentar

  6. Julia Maldonado

    Interesante relato, me trasladó como a muchos, a mis años de infancia cuando jugaba con otros niños, hasta bien entrada la noche, en las polvorientas calles de mi pueblo y también tuve la oportunidad de escuchar esas historias de miedo.
    Disfruté mucho esta lectura. Te felicito y deseo muchos éxitos.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Julia, mil gracias por tu comentario. Resultan una aventura feliz, los recuerdos buenos, con sus altos y bajos, de los tiempos vividos en la infancia. Son, sin duda alguna, patrimonio inmaterial del alma

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Así es, José Antonio. Se trata de darle una mirada a memorias agradables de esa etapa de la vida. Gracias por comentar

  7. Natalia Suárez Cohen

    Me gusta mucho la forma en que escribe. Despierta en el lector múltiples emociones pero hay una que está plasmada en todos sus relatos…. Y es, la alegría (realmente en muchos apartes me rio). Y con ella, quién no tiene un buen día? Siga haciendo lo que hace para nosotros seguir sintiendo lo que sentimos. Felicidades!

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Natalia, muchas gracias por tu comentario. Siempre me alegra, muchísimo, saber que mis escritos entretienen, dejan algún valor, eso espero y sobre todo que hacen más llevaderos estos tiempos que no son tan amables por momentos

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Tal cual, mi querida Ingrid. Historias de la vida real que la hacen mágica y a veces surrealista. Gracias por tu comentario

  8. Luz Janet Quiroga Suárez

    Una delicia de relato. Me llevas a recordar hermosos tiempos. Hasta en casa, en Bogotá, supimos la particularidad de “Las Dávila”, cómo las reconocimos.

    1. Jorge Parodi Quiroga

      Muchas Gracias, tía. Las Dávila, son eternas y mundialmente reconocidas. Ellas ya se fueron, pero dejaron tantas historias, que jamás imaginaron, cuando las contaban en las noches sin luz en Fonseca, serían la leña que alimentaría el fuego de este aspirante a escritor

  9. Jewell Andres Brito Rueda

    Excelente relato, muy buena época en mi pueblo, con toda esa carencia d servicios se estrechaban mas los lazos d amistad entre vecinos.

    1. Muchas Gracias, Jewell. Has tocado un punto importante; la consciencia de las carencias con las que vivimos, solo la tuvimos en la edad adulta, porque mientras crecimos, aprendimos a disfrutar de la vida y de la amistad, como la que nos une hace casi medio siglo, sin enfocarnos tanto en las cosas materiales. Gracias por escribir.

  10. Al leerte es como revivir mis propias experiencias, Jorge. Solo nos apartaba una calle, las Davila mis tias abuelas adoradas y buenas, sus historias contadas y recontadas como un eco a nuestros jóvenes oídos , aun, ahora cuando he tenido la dicha de volver, se me eriza aun la piel y en mi ultimo viaje ni dormí, esperando la mano que me jalaría mis pies mientras dormía…
    Cuantas historias similares pero distintas, cuantas miradas con brillo en los ojos compartimos… ahora en el otoño de mis años lamento no haber cruzado esa calle para revivir mas experiencias, nosotros los pájaros raros, no creo que esa sensibilidad se encuentre repetida en nadie más. Seguiré engullendo tus relatos con el tono perfecto que me pone a soñar. Con la nostalgia latente que me trae el saberme lejos…pero con el recuerdo perenne de que lo vivi todo y bien vivido (hasta lo que no hice, también lo disfruté)

    1. Negra, me alegra tu comentario. Mi amiga de la infancia y de toda la vida, condiscípula y co víctima (¿se puede decir eso?) de tantas historias que helaron la sangre, pero que le dieron un tinte especial a los años primeros. Tu protagonismo quedó plasmado en este relato, con la correspondiente dosis de ficción, por supuesto; la Luisa Alejandra de Vecinas, es Luisa Fernanda, tú, de la vida real.
      Tal vez discreparía, con todo respeto, acerca de tu ubicación cronológica en el “otoño” de tus años. Estás en la primavera de la vida, el tiempo del florecimiento.

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